Una Crónica Del Horror

©  Aurelio Mena Hornero




II. El despliegue de los reinos



 

II.1. El Zócalo Roto

II.2. Reconquista Y Cruzada

1.Las bases del poder

a) Económicas

1.El territorio

El imperio de la Corona de Aragón

El reino de Portugal

2.La población

La invasión de los francos

El linaje es la patria

La repoblación

3.La actividad económica

Las parias

El Honrado Concejo de la Mesta

b) Sociales

4.La Guerra Del Camino

2. Los señores de la guerra

5.Los caballeros villanos

6.La nobleza eclesiástica

3. La organización política del Poder

7.Las Cortes

8.El Privilegio General

9.El Derecho

10.La administración territorial

4. La legitimación del Poder

11.Imperator totius Hispaniae

12.El “fecho del Imperio”

13.La Bula de Cruzada

14.Defensores de los pequeños

15.El imperialismo papal

16.Del románico al gótico

 



II.1. El Zócalo Roto

La dictadura de Almanzor arruinó el prestigio y legitimidad de la dinastía reinante, lo que fue ocasión para que de nuevo, como en los siglos precedentes, se alzaran los poderosos locales, con la participación ahora de los mercenarios eslavos y beréberes introducidos, como plataforma de su poder, por Abd ar-Rahman III y el hachib. Ibn Abi Amir tuvo en este proceso un protagonismo indudable, pero no debemos olvidar que el régimen era un despotismo personal que, desde el primer califa, se apoyaba en la fidelidad de un cuerpo de mercenarios ajenos al entramado social.

El hijo mayor del dictador, Abd al-Malik al-Mudaffar, aún aguantó el embate, pero a su muerte (1008) todo el tinglado se vino abajo y durante dos décadas al-Andalus fue un caos y Córdoba padeció un baño de sangre.

Córdoba después de la fitna que destruyó el califato

Uno de los que han venido hace poco de Córdoba, a quien yo había pedido noticias de ella, me contó cómo había visto nuestras casas de Balat Mugit, a la parte de poniente de la ciudad. Sus huellas se han borrado, sus vestigios han desaparecido y apenas se sabe dónde están. La ruina lo ha trastrocado todo. La prosperidad se ha cambiado en estéril desierto; la sociedad, en soledad espantosa; la belleza, en desparramados escombros; la tranquilidad, en encrucijadas aterradoras. Ahora son asilo de los lobos, juguete de los ogros, diversión de los genios y cubil de las fieras los parajes que habitaron hombres como leones y vírgenes como estatuas de marfil, que vivían entre delicias sin cuento. Su reunión ha quedado deshecha y ellos esparcidos en mil direcciones.

(IBN HAZAM, El collar de la paloma (Madrid, Alianza Ed., 1979), pp. 227-8).

A partir de 1031, abolido el califato y encarcelado su último titular, Hixam III, el territorio de al-Andalus se dividió en innumerables reinos y señoríos, las taifas, que, aunque mantuvieron la potencia económica y alcanzaron la Edad de Oro cultural, no consiguieron armar un ejército que detuviera el empuje de los reinos feudales del norte. Así debieron someterse a su presión y chantaje económico, hasta que, cansados de ellos, llamaron en su ayuda a sus correligionarios del norte de África, almorávides primero (1090) y luego almohades (1147), quienes por un momento frenaron a los castellanos en Zagrajas (1086) y Uclés (1108), y en Alarcos (1195).

La fuerza político militar fue acompañada de un rigorismo fundamentalista, más extremado con los almorávides, que paró en seco el esplendor cultural anterior y truncó la convivencia de las tres castas y culturas. Mozárabes y judíos tuvieron que exiliarse y buscar otros lares.

Sólo con los almohades destacaron los filósofos Abubacer y Averroes, aunque el judío Maimónides también buscó el exilio. Almohade es sin embargo el emblema universal de Sevilla, el alminar de su mezquita mayor y luego campanario de su iglesia catedral, cuya construcción se inicia en 1184.

Sin embargo la fuerza de los reinos cristianos era ya imparable y en 1212, en las Navas de Tolosa, lograron la victoria que abría a la Corona de Castilla el valle del Guadalquivir. Sólo subsistió la taifa de Granada enfeudada al rey castellano.




II.2. Reconquista y Cruzada

 

Probablemente el que abordamos sea el período fundamental en la formación de las sociedades y Estados europeos. Durante él surge una nueva clase, la burguesía, que andando el tiempo disputará el poder a la nobleza y el clero, y dinamizará las sociedades, y los reinos o principados en torno a los que cuajará el Estado moderno alcanzan un protagonismo indiscutible.

Los reinos españoles, entre las monarquías occidentales, son sin embargo de los pocos que tienen una frontera abierta que les permite ejercer la política más genuina del feudalismo, la conquista y colonización de territorios. Rusia, en el lado oriental, tuvo una suerte parecida y su historia tiene cierto paralelismo con la nuestra. Que el feudalismo es una sociedad dominada por una clase de guerreros profesionales que hacen de la guerra de pillaje o conquista su única razón de ser. Las Cruzadas, aparte otras motivaciones, fueron una válvula de escape y seguridad para ese potencial sin objetivos en una Europa cerrada.

Ello tuvo como consecuencia el crecimiento hipertrófico de la nobleza y el clero, que, como un tumor maligno, ahogaron el desarrollo de la burguesía y dejaron sin futuro a las sociedades ibéricas. El principado de Cataluña en cambio aún lo tenía prometedor a finales del siglo XIII.

 

1.Las bases del poder

Tierra y hombres naturalmente, ¿quién iba si no a trabajar? Los cruzados europeos se espantaban de que los españoles no pasaran a cuchillo a las poblaciones de infieles sometidas, en Calatrava se espantaron y algunos desertaron de la coalición de Las Navas por lo mismo.

a) Económicas

Naturalmente la tierra en primer lugar y consiguientemente la guerra de conquista, legitimada como Reconquista y Cruzada.

1.El territorio

Hundido el califato y unificados los reinos de Castilla y León por Fernando I (1035-1065), tras la victoria de Tamarón (1037) contra su cuñado Vermudo III, de nuevo los monarcas castellano-leoneses prosiguen el avance hacia el sur.

Le suceden Sancho en Castilla, con título de rey, Alfonso en León y García en Galicia. Sancho II (1065-1072) unifica la Corona de Castilla tras vencer en Llantada (1068) y Golpejera (1072) a su hermano Alfonso. Pero muere en el sitio de Zamora contra su hermana Urraca, señora de la ciudad, que protege a Alfonso. Sin duda Alfonso desconfiaba de la voluble voluntad de Dios, inspiradora de reyes, Quien finalmente le dio la razón, y no respetó su Juicio en Llantada, revalidado luego en Golpejera.

Entre 1055 y 1064 se toman Lamego (1057), Viseo (1058) y Coimbra (1064). Alfonso VI llega al Tajo y toma Toledo (25-V-1085), acción facilitada por el partido mozárabe, lo que va a permitir la ocupación efectiva de todo el territorio al sur del Duero y la repoblación de Segovia, Ávila y Salamanca en la retaguardia.

Los almorávides sin embargo derrotaron a Afonso VI en Sagrajas (1086) y Uclés (1108), y frenaron su avance.

Arruinado el imperio almorávide, Alfonso VII (1126 1157) inicia nuevas campañas en los valles del Henares y del Tajuña, y toma Oreja (1139), Coria (1143), Calatrava (1146), Lisboa (1147) y, de forma efímera, Almería (1147), lo que permitió consolidar la repoblación del valle del Tajo. Instrumento fundamental en este avance y en la posterior ocupación del territorio fueron las Órdenes de Caballería: Santiago, Alcántara y Calatrava.

Pero en 1143, mediante el Tratado de Zamora, tuvo que reconocer la independencia de Portugal con Alfonso I Enríquez y a su muerte (1157) de nuevo los reinos de la Corona, León y Castilla, se alejan.

Alfonso VIII de Castilla (1158 1214) toma Cuenca (1177), pero los almohades detuvieron de nuevo este avance en Alarcos (1195). Previamente, en 1179, el rey de Castilla y Alfonso II de Aragón se habían repartido las zonas de influencia por el Tratado de Cazorla. Sin embargo, el empuje era ya imparable y en 1212 Alfonso VIII, al frente de un ejército coaligado de casi todos los reyes cristianos, animados del espíritu de cruzada, cuya Bula había concedido el papa Inocencio III en 1210, venció a los almohades en las Navas de Tolosa, lo que abrió el valle del Guadalquivir a la Corona de Castilla que no tardó en conquistarlo: Fernando III toma Úbeda (1232), Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), y Alfonso X, Cádiz y Niebla (1262). En el extremo oriental del reino el príncipe Alfonso había ocupado Murcia en 1243.

Fernando III proyectaba llevar una expedición al norte de África pero murió antes.

Entretanto, Alfonso IX de León alcanza la Extremadura: Cáceres (1227), Mérida y Badajoz.

Fernando III había sido coronado rey de castilla en 1217 por cesión de los derechos de su madre Berenguela, que los había recibido de su hermano Enrique I (1214-1217). A la muerte de su padre Alfonso IX (1188-1230), sus hermanastras Sancha y Dulce también le cedieron sus derechos, con lo que en 1230 Fernando III pudo reunir de nuevo los reinos de Castilla y León. Resurgía la Corona de Castilla, aunque ya sin el brazo portugués.

Sancho IV toma Tarifa y Fernando IV Trafalgar.

Ferando IV firma con Aragón la Concordia de Ágreda que garantiza para Castilla el reino de Murcia, menos la zona de Alicante.

Los reyes de Navarra Aragón, tomada Calahorra en 1045, inician un lento avance a partir de Sancho Ramírez que conquista Estrada (1087), Monzón (1089), Zaidín (1092) y Almenar (1093). Con Pedro I se ocupa Huesca (1096) y Barbastro (1100), la Tierra Llana en definitiva.

Alfonso I el Batallador organiza una auténtica cruzada para tomar Zaragoza, lograda en 1118; luego conquistó en poco más de dos años todas las demás plazas del reino islámico. En 1127, en respuesta a un llamamiento de los mozárabes granadinos, hizo una atrevida expedición por Andalucía de donde se trajo a muchos de ellos. Fue derrotado y muerto sin embargo en el sitio de Fraga (1134).

La política musulmana llevada a cabo por los condes de Barcelona, encaminada al cobro de parias, frenó el avance hasta el siglo XII en que se ocupa Cataluña la Nueva al sur de la frontera tradicional (Llobregat Cardener Segre medio): Tarragona (1129) y, ya tras la unión con Aragón, Tortosa (1148), en cuya conquista intervienen naves genovesas, Fraga y Lérida (1149).

Previamente Alfonso el Batallador, al morir sin heredero, había cedido el reino a las Órdenes de Caballería; pero la nobleza impugna el testamento, saca a Ramiro el Monje (1134-1137) del convento y lo casa urgentemente. De este matrimonio nace Petronila que casa con Ramón Berenguer IV y unificará los dos reinos. Alfonso II será el primer rey de la Corona de Aragón, que se legitima con la toma Teruel (1171). Sólo el vasallaje de la taifa de Valencia frena de momento el avance.

La expedición sobre Almería, aunque dirigida por Alfonso VII, el emperador, parece que se debe a la iniciativa de los catalanes, que corren con lo principal de su financiación, junto a Génova y Pisa, interesados recuperar el control del mar (17-X-1147). Poco después, en 1151, Alfonso VII firma con Ramón Berenguer IV, el conde rey de la Corona de Aragón, el tratado de Tudilén por el que se reparten las zonas de influencia en al-Andalus.

Finalmente en 1304 la paz de Ágreda deja Alicante para la Corona de Aragón y Murcia para la castellana, luego de continuas disputas fronterizas.

El matrimonio de Ramón Berenguer III con Dulce de Provenza a comienzos del siglo XII da ocasión a los condes para iniciar un proceso de expansión en el área ultra pirenaica a costa de los condes de Tolosa. Entre 1130 y 1162 numerosos señores languedocianos reconocen la soberanía de Barcelona, que alcanza su apogeo durante el reinado de Alfonso II. Pero a partir de ese momento, el rey se ve obligado a defender a sus vasallos, el conde de Tolosa entre ellos, acusados de apoyar a los albigenses, ante la cruzada de la monarquía francesa, y la empresa que acaba con la derrota y muerte de Pedro II, llamado el Católico, porque paradójicamente había sido coronado en Roma por Inocencio III (1204) y enfeudado el reino a la Santa Sede, en la batalla de Muret (1213).

El imperio de la Corona de Aragón

Abierto claramente a los intereses mercantiles mediterráneos, ya en la conquista de Tarragona hemos visto naves genovesas, está liderado por Barcelona y su burguesía, caso absolutamente nuevo entre los reinos peninsulares, cuyo impulso es netamente feudal y se sustenta en una economía agropecuaria.

La conquista de Baleares respondía a los intereses de la nobleza y burguesía catalanas (por lo que los aragoneses negaron su colaboración) que la financió, interesada como estaba en erradicar el foco de corsarios mallorquín y asegurar el comercio con el norte de África. Las Cortes de Barcelona aprobaron la expedición de conquista en 1228, el papa otorgó la bula de Cruzada y al año siguiente salía de los puertos de Cataluña una escuadra de mil quinientas naves. El 31 de diciembre de 1229 sucumbió la ciudad de Mallorca, toda la isla cayó a sangre y fuego: «Como manada de hambrientos lobos atentos a su presa», escribe el cronista Ash Sahkandi, se abatieron los catalanes sobre la ciudad. Ibiza y Formentera fueron conquistadas en 1235 por concesión de Jaime I a la nobleza catalana. Menorca se había sometido en 1231 por el tratado de Capdepera, lo que no la libró de «una conquista brutal medio siglo después por Alfonso III el Franco».

Aunque el conde Blasco de Aragón tomó la iniciativa en la conquista del reino de Valencia, la Curia reunida por dos veces en Monzón tomó la decisión de que las tropas reales interviniesen en la conquista. El papa Gregorio IX concedió una bula de cruzada en 1236 y en 1238 caía Valencia, esta vez con participación catalano-aragonesa, y en 1245 Alcira.

El matrimonio de Pedro III (1276-1285) con Constanza, hija de Manfredo, regente de Sicilia, muerto por los Anjou, pone el reino en manos aragonesas cuando en el verano de 1282 el conde-rey interviene en apoyo de los sicilianos, que en las Vísperas sicilianas se han alzado contra los franceses y le han pedido ayuda. El papa excomulgó a Pedro III y Felipe III de Francia llegó a invadir Cataluña.

A partir de entonces los condes reyes habrán de maniobrar entre el papado y la casa de Anjou hasta dominar totalmente el Mediterráneo occidental mediante la ocupación de Córcega, Cerdeña, Sicilia y Nápoles al servicio de la hegemonía comercial catalana.

En 1319 con Jaime II se crea la Orden de Montesa que hereda los bienes de la Orden del Templo, ya abolida.

Entretanto Navarra había aprovechado la confusión creada en Aragón y conseguido la independencia con García VI Ramírez, el Restaurador, (1134-1150).

Pero en 1200 Alfonso VIII se incorpora Guipúzcoa y parte de Álava, que pertenecían a Navarra, a la que dejará desde entonces sin salida al mar y con el tiempo dará origen al irredentismo vasco. Desde entonces Sancho VII el Fuerte orientará su expansión hacia las comarcas septentrionales.

Aparte de la conquista en tierras musulmanas, no debe olvidarse la permanente guerra fronteriza que los reinos cristianos mantienen entre sí, que el mayor bien es la tierra y los reyes y señores feudales se la disputan como bandas de ladrones, como machos territoriales de cualquier especie se la disputan:

Fernando I derrota a su hermano García III Sánchez de Navarra, que resulta muerto, en Atapuerca (1054), y se anexiona la comarca de la Bureba. Sancho II de Castilla disputa el reino a sus hermanos como antes lo hizo su padre con sus tíos y Alfonso VI mantiene encarcelado de por vida a su hermano García y arrebata a Navarra parte de la Rioja y del actual País Vasco. Sancho Ramírez de Aragón se proclama rey de Navarra, tras la muerte de Sancho IV en Peñalén (1076), víctima de una conspiración nobiliaria. Alfonso VII de León ocupa Zaragoza en 1134 a la muerte de Alfonso el Batallador y pudo exigir vasallaje por ella a Ramón Berenguer IV.

El reino de Portugal

Surge de la felonía de los condes tenientes, tras la que se encuentra en inextricable amalgama la ambición personal, los intereses de la orden de Cluny (el obispo de Toledo, Bernardo, cluniacense francés, apoyaba al partido borgoñón y el papa Calixto II (1119) era hermano de Raimundo y tío de Alfonso VII), instrumento del Papado, y el imperialismo borgoñón:

«La debilidad de Alfonso VI, y su urgencia por prestigiarse él y su reino, le hicieron dócil instrumento de la política de Cluny, agente de la política imperial del papado. Casó primero con Inés de Aquitania (lo cual es todavía un eco de la acción de Cluny a través del ducado de Aquitania y de Navarra); luego, con Constanza, hija del duque de Borgoña. Sus yernos, Enrique y Ramón, pertenecían a la casa ducal de Borgoña, lo mismo que su pariente el abad Hugo de Cluny. La muerte del conde Ramón, heredero del reino, perturbó los planes cluniacenses en cuanto a León y Castilla, planes que entonces se concentraron sobre Portugal, feudo otorgado por Alfonso VI a su yerno el conde Enrique. Así pues, por caminos indirectos pero muy claros, la independencia de Portugal es inseparable del culto dado a Santiago...

«Mas, ahora, esos acontecimientos deben ser vistos a la indirecta luz que proyectaban sobre ellos el apóstol Santiago y el imperialismo borgoñón. El conde Enrique vino a España por los mismos motivos que hicieron a los cluniacenses establecer sus monasterios en los lugares estratégicos del camino de la peregrinación; también por esos motivos casó con Teresa, hija de una unión ilegítima de Alfonso VI, y recibió en feudo las tierras al sur de Galicia». 

(CASTRO, Américo, La realidad histórica de España, Cap. X).

En 1143, mediante el Tratado de Zamora, Alfonso VII no tuvo más remedio que reconocer a Alfonso I de Portugal, que usaba el título desde cuatro años antes. Alfonso Enríquez recogía así el fruto de las intrigas y rebeldía continuas de sus padres Enrique de Lorena y la infanta Teresa de León, en guerra permanente contra la reina madre Urraca (1109-1126). Inmediatamente prosiguió su particular expansión en territorio musulmán: en 1147 tomaba Lisboa y Santarem, y su hijo y sucesor Sancho I incorporaba el Algarve.

La población

Hasta este momento, salvo raras excepciones, como las incorporaciones de Nájera y Viguera (920), los reinos del norte no han hecho más que ocupar territorios vacíos. Surge sin embargo ahora una importante novedad, los territorios conquistados están poblados, Calahorra (1045) es el primero de ellos. Inmediatamente Alejandro II predicó la Primera Cruzada contra el Barbastro musulmán (1063), que convocó a innumerables caballeros ultra pirenaicos.

La Cruzada de Barbastro

«El ejército de gentes del Norte sitió largo tiempo esta ciudad y la atacó vigorosamente. El príncipe a quien pertenecía era Yusuf ibn Sulaiman ibn Hud y la había abandonado a su suerte, de manera que sus habitantes no podían contar más que con sus propias fuerzas. El asedio había durado cuarenta días y los sitiados comenzaron a disputar los escasos víveres que tenían. Los enemigos lo supieron y, redoblando entonces sus esfuerzos, lograron apoderarse del arrabal. Entraron allí alrededor de cinco mil caballeros. Muy desalentados, los sitiados se fortificaron entonces en la misma ciudad. Se produjo un combate encarnizado, en el cual fueron muertos quinientos cristianos. Pero el Todopoderoso quiso que una piedra enorme y muy dura, que se encontraba en un muro de vieja construcción cayese en un canal subterráneo que había sido fabricado por los antiguos y que llevaba dentro de la ciudad el agua del río. La piedra obstruyó completamente el canal y entonces los soldados de la guarnición, que creyeron morir de sed, ofrecieron rendirse a condición de que se les respetase la vida abandonando a los enemigos de Dios tanto sus bienes como sus familias. Como así se hizo. Los cristianos violaron su palabra, porque mataron a todos los soldados musulmanes conforme salían de la ciudad, a excepción del jefe ibn-al-Tawil del cadí ibn-Isa y de un pequeño número de ciudadanos importantes. El botín que hicieron los impíos en Barbastro fue inmenso. Su general en jefe, el comandante de la caballería de Roma, se dice que tuvo para él alrededor de mil quinientas jóvenes y quinientas cargas de muebles, ornamentos, vestidos y tapices. Se cuenta que con esta ocasión fueron muertas o reducidas a cautividad cincuenta mil personas»...

(IBN HAYYAN, traducción de R. Dozy publicada por Antonio UBIETO ARTETA en Historia de Aragón, La Formación Territorial, La Cruzada contra Barbastro (1064) (Anubar Ediciones, 1981), pp. 53-67.

O sea, el horror. Sin embargo, no será ésta la norma, aunque no por humanitarismo, que no conocen, ni por caridad cristiana, que no practican, sino por pragmatismo, que la población, como la tierra, es un bien económico imprescindible.

No se conocen cifras para este período, pero las continuas repoblaciones permiten suponer un fuerte crecimiento demográfico paralelo al que se observa en Europa: León, por ejemplo, tiene 1500, 3000 y 5000 habitantes respectivamente en 1100, 1200 y 1300.

En la composición de la población conviene destacar a los mudéjares, a los que se suele expulsar de los principales núcleos urbanos, y la minoría judía, que permanecen en el reino de Toledo y los territorios catalano aragoneses. También es importante la emigración desde el Norte, donde se advierte un considerable aumento de la población en los núcleos montañeses originales, al valle del Guadalquivir y la de sentido contrario cuando la realidad no corresponda a las expectativas.3 No obstante, el valle del Guadalquivir se vació de su población autóctona a partir de 1264, lo que colapsó su economía; lo mismo sucedió en el reino de Murcia.

La invasión de los francos

Por otro lado, es importante la inmigración de francos, que llenan las ciudades del Camino, ocupan las sedes episcopales, dirigen parte del tesoro hacia la abadía de Cluny, comparten trono y lecho con Alfonso VI, casan con sus hijas y logran instalar dinastías borgoñonas en Castilla y Portugal. Bien se podría hablar de una invasión de francos, invasión cluniacense precisó Américo Castro, aunque promovida por la monarquía, que los términos franco y franquicia han quedado en la lengua como sinónimos de libre o exención fiscal, porque eran los reyes quienes facilitaban su instalación para que llenaran el vacío económico que los naturales, ocupados en la guerra de frontera, dejaban. Si alguien levantó la voz contra ellos, no consta. Estaban al servicio de Roma y controlaban la ideología oficial, o sea, eran ellos quienes escribían la historia.

En la Corona de Aragón la población se duplicaría entre mediados del siglo XII y mediados del XIV, alcanzando cerca de 900.000 habitantes poco después de los primeros ataques de la Peste Negra:

Cataluña 500.000

Aragón   200.000

Valencia 200.000

Baleares 50.000

Los mudéjares constituyeron un sector fundamental: 66% en Valencia, 35% en Aragón y 3% en Cataluña, la mayoría de ellos en el campo.

Los judíos en cambio vivían en las ciudades, en Aragón destacaba la aljama de Zaragoza y en Cataluña las de Barcelona, Gerona, Tárrega, Lérida y Tarragona. En Mallorca se les llamó chuetas.

Los francos acudieron en buen número al valle medio del Ebro y los judíos formaban una minoría importante, cualitativa y cuantitativamente, ya que «en sus manos estaba buena parte de la actividad industrial, comercial y científica de la Corona».

El linaje es la patria

En la base del entramado social la familia es la unidad fundamental con una importancia que hoy desconocemos, porque une a todos los que comparten un ascendiente común con una fuerte solidaridad por encima de cualquiera otra, sea nacional, que desconocen, señorial, territorial o incluso religiosa en ocasiones. En el caso de los humildes esta solidaridad es casi el único seguro, a veces, ante la adversidad. En el caso de los ricos o de la nobleza más propiamente es además un símbolo de prestigio, porque, por encima de todo, el linaje es la patria. Sólo así se explica la actitud de algunas familias que lo subordinan todo a la honra de sus miembros: el afán de los borgoñones por dominar la corona de Castilla.

La repoblación

Al Sur del Duero.- El extenso territorio entre el Duero y el Sistema Central, casi vacío, fue repartido «en grandes términos municipales, al frente de los cuales los concejos respectivos se encargaron de dominar el área mediante la instalación de colonos».4

Estos municipios fronterizos (Salamanca, Ávila, Cuéllar, Arévalo, Segovia, Sepúlveda, y más tarde Soria, Almazán, Berlanga) reciben una serie de privilegios contenidos en los fueros, de los que el más claro es el de Sepúlveda.

Son municipios abiertos a todo el mundo, incluso delincuentes, dada la necesidad de repoblar, y sus habitantes, a diferencia de los de las ciudades europeas, son «ganaderos, labradores y soldados a caballo más que comerciantes o artesanos».

Aparecen así en el Duero dos zonas, separadas por el río, con estatutos jurídicos diferentes:

1. El Norte, con un derecho señorializado.

2. El Sur, con un amplio derecho de frontera condicionado a la instalación del colono en la zona y la puesta en cultivo de la tierra.

Amparándose mutuamente, monarquía y ciudades impondrán sus intereses y estilo.

«Los caballeros villanos son quizá el resultado social más específico de la ocupación cristiana del espacio entre el Duero y el Tajo durante los siglos XI al XIII».5 Pero, no obstante el mayor número de hombres jurídicamente libres, de pequeños propietarios y la menor señorialización de esta zona, ello no impide a las ciudades comportarse como auténticos señores con respecto a su alfoz y cumplen el mismo papel que en Francia cumplieron las castellanías.

El valle del Tajo.- La extensión del territorio, la densidad de su población autóctona y la falta de hombres impuso a Alfonso VI la necesidad de mantener sobre el terreno a los vencidos. Generosidad de la capitulación en la que se garantiza la vida, propiedades, bienes y lugares de culto de los antiguos habitantes, propiciado por la amplia población mozárabe. Pero el obispo cluniacense Bernardo, al ocupar la mezquita musulmana, inicia una radicalización que se acentuará con la llegada de los almorávides y la derrota de Zalaca.

Para 1188 estaban creados al norte del Tajo los concejos de Hita, Guadalajara, Uceda, Madrid, Maqueda, Magán, Talavera y Plasencia.

El asentamiento en el Tajo va a permitir la ocupación definitiva de la Extremadura castellana: Ayllón, San Esteban de Gormaz, Iscar, Coca, Cuéllar, Arévalo, Olmedo, Medina, Segovia, Ávila, Salamanca, con gentes venidas en general del norte del Duero. Se trata de una repoblación de la llamada concejil «dirigida por las autoridades del reino, que no dejaba nada a la improvisación»6; se constituyen así poderosos concejos que controlan y defienden un territorio en los que el grupo dominante son los caballeros, esto es, aquellos que pueden sostener un caballo de guerra, una de cuyas «principales fuentes de ingresos» son «las famosas cabalgadas, expediciones sobre territorio enemigo que tenían como objetivo principal del castigo de los musulmanes y la obtención de botín»7; es una sociedad de frontera; se conceden fueros en que figuran las obligaciones y privilegios; el de Sepúlveda (1076) será el modelo que se irá extendiendo a los demás.

El valle del Tajo tenía sin embargo un poblamiento denso y diverso; en Toledo convive una población originaria de mozárabes, mudéjares y judíos a los que se unen castellanos y francos; muchos de los mudéjares emigraron hacia al Andalus, los mozárabes acabaron integrándose en el grupo castellano y perdieron su lengua y hábitos, el grupo judío se reforzó y los francos eran escasos aunque destacados, como Bernardo, primer arzobispo de Toledo.

«La columna vertebral del poblamiento en el valle del Tajo fue el concejo»8 en lo que se seguía el modelo ya experimentado en la Extremadura: Medinaceli, Atienza, Sigüenza y Molina, la campiña del Henares y la Alcarria (Hita, Uceda, Talamanca, Guadalajara, Alcalá), Buitrago, Madrid, Escalona, Maqueda, Talavera y Santa Oalla.

El valle del Guadiana.- Hay una clara distinción entre los territorios de la sierra repoblados según el sistema concejil, de lo que son ejemplos Cuenca y Plasencia, y la llanura manchega repoblada por las Órdenes de Caballería: la de Calatrava en el Campo de Calatrava, la de Santiago en el Campo de Montiel y el Priorato de San Juan en la zona de la puebla de Alcázar, lo que favorece un tipo de repoblación señorial y latifundista. Esta modalidad se consagró definitivamente en la región extremeña, repoblada después de Andalucía, lo que dio a su estructura agraria y social el carácter aristocrático que ha resultado secular. Sólo la zona de Villa Real, fundada por Alfonso X, es de realengo. La escasez de población y el parón que impone la derrota de Alarcos «explican la importancia de la ganadería lanar y de la trashumancia en la Meseta Sur».9

El valle del Guadalquivir.- Dos objetivos fundamentales se propone la monarquía en la repoblación del valle:

1. La rápida castellanización y

2. La potenciación de los concejos.

Para lo primero se procede a la expulsión de la población musulmana del reino de Jaén y en general del resto de las ciudades, que se entregan a repobladores venidos de Castilla (Burgos, Palencia, Valladolid, Toledo, Guadalajara) y del alto Guadalquivir, y a genoveses, contrariamente a lo hecho en Toledo donde se superpusieron las poblaciones, lo que ha sido considerado «como el salto más espectacular registrado en toda la historia de Andalucía.»10

Para lo segundo, que se explica por la necesidad de controlar los enclaves estratégicos, se conceden fueros a los nuevos concejos organizados sobre las ciudades musulmanas: Baeza y Úbeda reciben el fuero de Cuenca, Córdoba y Sevilla el Fuero Juzgo (de Toledo?). Otros concejos importantes son Andújar, Jaén, Écija, Carmona, Jerez, Arcos y Cádiz.

Así, las ciudades, ocupadas por cristianos, se convierten en centros de poder militar y político, mientras que el campo aparece poblado exclusivamente por mudéjares hasta su expulsión en 1264.11

Se concedieron encomiendas a las Órdenes de Caballerías a lo largo de la frontera con el reino de Granada y el adelantamiento de Cazorla, en el alto Guadalquivir, al arzobispado de Toledo.

El sistema predominante de repoblación son los repartimientos, «es decir, la entrega de casas y tierras, realizada por comisiones nombradas al efecto, entre quienes se decidían a instalarse en los territorios que acababan de ser incorporados a la corona de Castilla»12, los cuales estaban constituidos por donadíos mayores, que se entregaban a los magnates (por causas mal conocidas, luego de la prudencia de Fernando III, «el contingente importante de cesiones de tierra se produjo en 1252, inmediatamente después de que Alfonso X subiera al trono»13), y heredamientos, entregados a los caballeros y peones.

Repartimiento de Sevilla

«Dentro de este grupo de concesiones se puede establecer se puede establecer una distinción entre los llamados donadíos mayores, otorgados a infantes y ricos hombres, Órdenes Militares o iglesia catedral de Sevilla, y los donadíos menores, concedidos a oficiales, gentes de la administración real, eclesiásticos, adalides, etc... Un ejemplo típico de donadío mayor es el otorgado a Don Alfonso de Molina, hermano de Fernando III: recibió la aldea de Corcubina, en el término de Sanlúcar, con 30.000 pies de olivar, 120 almarrales de viña, higueras suficientes para recoger 1.000 seras de higos anualmente, 150 casas, 12 molinos de aceite y ocho huertas, aparte de 30 yugadas de tierras de labor en el lugar de Torres...

«[Los] caballeros de linaje... recibieron como heredamiento, aparte de buenas casas, 20 aranzadas de olivar, seis de viña, dos de huerta y dos yugadas de pan. El resto de los pobladores de la ciudad recibió una casa y una heredad, si bien el heredamiento del peón (una yugada de pan y cuatro aranzadas de olivar) era inferior al del caballero (dos yugadas de pan y ocho aranzadas de olivar)».

(VALDEÓN, Julio, en Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, p. 28).

Sin embargo, la constitución de los latifundios no se origina de los repartimientos cuyo nervio básico «había sido el asentamiento de amplios contingentes de cultivadores de la tierra en heredades de tipo de pequeño o mediano»14, sino de diversas causas ajenas al mismo repartimiento, entre las que cabe contar la destrucción del campo como resultado de la guerra de conquista, las tierras &ldquoasmadas&rdquo, lo que ocasionaría su abandono y venta por parte de los nuevos propietarios («existen pruebas evidentes de una emigración a la inversa en dirección Norte cuando las condiciones reinantes en Andalucía demostraron ser menos prometedoras que lo imaginado al principio»15) y la rebelión mudéjar de 1264 que terminó con su expulsión del campo andaluz y la despoblación de éste, lo que revirtió sobre el anterior proceso de abandono. A ello habría que añadir el efecto de las razzias de los benimerines entre 1275 y 1285. Así, «la despoblación del campo andaluz acentuó aún más la sensación de fracaso del proceso repoblador que se tenía a los veinte años de la conquista de Sevilla».16

Conviene subrayar este fenómeno porque resulta capital en la historia de la Bética y quizá de los pueblos hispánicos. La Bética constituía la mejor tierra agrícola de todo el Occidente europeo y había sido cuna de su más antigua y alta civilización, que se había mantenido sin solución de continuidad desde los orígenes hasta la llegada de los castellanos. La crisis del siglo III y las invasiones bárbaras supusieron un paréntesis, tal vez similar al que supuso el final de la influencia fenicia; pero la civilización resurgió poderosa en cuanto los musulmanes devolvieron a las poblaciones del Betis las condiciones favorables para ello. Sin embargo, la crisis que siguió a la invasión de los castellanos sumió a la Bética en una crisis tal que la relegó al lugar secundario y marginal que aún conserva dentro del Estado y del conjunto de los pueblos hispánicos, porque le impuso una estructura de propiedad de la tierra, más allá incluso de la estructura feudal, que la paralizó durante siglos.

El valle del Ebro.- Se pueden distinguir dos zonas a las que corresponden dos fórmulas bien diferenciadas: al norte del Ebro donde se dan fuertes municipios como Tudela, Zaragoza y Tortosa, cuya repoblación se asemeja a la utilizada en Toledo, lo que supone la permanencia de la población mudéjar, y al sur, en la frontera, con municipios como Calatayud, Daroca y Belchite, con fueros inspirados en el de Sepúlveda que atraen a la zona pobladores de todo el arco pirenaico con la única obligación de defender el territorio a caballo, los hombres libres, y a pie, los francos.

Valle del Turia.- En su curso alto y medio, en los macizos de Teruel, y en el área de la actual provincia de Castellón, abandonada por los musulmanes, la repoblación es semejante a la llevada en el Guadiana por las Órdenes Militares con la consecuente señorialización y desarrollo de una economía pastoril. En la zona de Valencia en cambio se utiliza la fórmula de los repartimientos ensayados ya en el Ebro y llevados a cabo en el Guadalquivir. El sur del reino apenas recibió repobladores y la población mudéjar permaneció de modo abrumador.

El valle del Segura.- Tropezó también con muchas dificultades y tiene muchos rasgos que la asemejan a la de Andalucía.

Baleares.- Las Baleares quedaron vacías de población musulmana, que fue pasada a cuchillo, y se repobló por el sistema de repartimientos. La mitad de Mallorca, medietas magnatum, se entregó a los grandes magnates que habían intervenido en la conquista. La otra mitad, medietas regis, tuvo muchos beneficiarios, la Orden del Temple, oficiales del rey y muchos repobladores catalanes.

El camino de Santiago y la costa Cantábrica.- De modo paralelo a la repoblación de las nuevas tierras, la monarquía inicia a mediados del siglo XI la de las tierras interiores que se concreta en la concesión del fuero e institucionaliza en el concejo, según venimos viendo. Gran desarrollo urbano a lo largo del Camino, aunque por todas partes aparecen villas, polas y burgos, en lo que se ha visto el intento por parte de la monarquía de contrarrestar a los señoríos laicos y eclesiásticos.

«La repoblación concejil está vinculada al fortalecimiento político de la monarquía» por cuanto equilibra el poder de la nobleza al crear «centros de organización política y social cuya feudalización escapa al control nobiliario» y de atracción demográfica «porque los fueros concejiles reconocen una serie de libertades desconocidas en los señoríos de la nobleza de la zona.»17

«Esta situación de equilibrio entre nobleza y concejos contribuirá decisivamente a la mejora de las condiciones de vida de un importante sector campesino».18 Porque la nobleza tendrá que suavizar los tributos, censos y otras cargas para frenar el éxodo campesino que amenazaba con colapsar la producción y limitar seriamente las rentas señoriales.

Conocido es el caso de Sahagún que trata de retener a los artesanos que llegan por el Camino:

Poblamiento de Sahagún

«Pues agora como el sobredicho rrei ordenase e estableçiese que ai se fiçiese villa [1087], ayuntaronse de todas las partes del vniberso burgueses de muchos e diuersos ofiçios, conbiene a sauer, herreros, carpinteros, xastres, pelliteros, çapateros, escutarios e omes enseñados en muchas e dibersas artes e ofiçios, e otrosi personas de diuersas e estrañas provinçias e rreinos, conbiene a sauer, gascones, bretones, alemanes, yngleses, borgoñones, normandos, tolosanos, provinçiales, lombardos, e muchos otros negociadores de diuersas naçiones e estrannas lenguas; e asi poblo e fiço la villa non pequenna. E luego el rrei fiço tal decreto e ordeno que ninguno de los que morasen en la villa, dentro del coto del monasterio, toviese por rrespeto hereditario o rraçon de heredad, canpo, nin vinna, nin huerto, nin hera, nin molino, saluo si el abad, por manera de emprestido, diese alguna cosa a alguno dellos, pero pudiese haber casa dentro de la villa, e por causa e respeto de ella, por todos los annos pagase cada uno de ellos al abad vn sueldo por çenso e conosçimiento de señorio, [...] Otrosi ordeno que todos devan a coçer el pan al forno del monasterio, [...]

«Semejantemente, el mercado que primeramente se façia en Grajal, que es villa rreal, traspasó a la villa de Sant Fagun, e esto porque aprobechase a rrefecçion e a la ayuda de los monjes, [...] e aun ordenó [...] que los burgueses de Sant Fagum no pagasen al rrei portadgo nin triuuto alguno [...]

«E por quanto los burgueses de Sant Fagum usauan paçificamente de sus mercaderías e negoçiauan en gran tranquilidad, por eso benian e traian de todas las partes mercadurias, asi de oro como de plata, y aun de muchas bestiduras de diuersas façiones, en manera que los dichos burgueses e moradores eran mucho rricos e de muchos deleites abastados».

(Crónica anónima de Sahagún)

Tierra de Campos a mediados del siglo XII: Medina de Rioseco, Villabrágima, Urueña, Castromonte, Paredes de Nava, Astudillo... Benavente en 1164 por Fernando II con el fuero de León; tres años más tarde se le otorga fuero propio que en 1181 se lleva a Mansilla y entre 1200 y 1225, el mismo de Benavente u otros emparentados con él, a Betanzos, La Coruña, Llanes, Villafranca del Bierzo, Puebla de Sanabria.

En 1163 se concede el fuero de Logroño a Castro Urdiales, lo que confirma «las intensas relaciones que estas villas costeras mantienen con el territorio interior castellano».19

En 1187 nace la villa de Santander junto al monasterio de San Emeterio, y «entre los años 1200 y 1210 Alfonso VIII establece toda una cadena de villas de realengo a lo largo del litoral Cantábrico de Castilla, desde el Bidasoa hasta la desembocadura del Deva... El mismo años de 1200 Alfonso VIII confirma los fueros de Guipúzcoa». El fuero de San Sebastián se convierte desde entonces en el ordenamiento foral de mayor difusión en el litoral cantábrico castellano.

3. La actividad económica

Dado el carácter económico fundamental que tiene la guerra y por supuesto el avance espectacular que en estos siglos alcanzará la frontera, no se puede olvidar la consolidación definitiva de la caballería pesada con toda una serie de mejoras técnicas (difusión del estribo, herradura claveteada, silla con pomo y borrén trasero) que harán del caballero el blindado de la época.

En la agricultura cabe destacar la introducción, aunque su difusión sea muy lenta, de una serie de adelantos técnicos como el arado asimétrico de ruedas y vertedera, un sistema de enganche mediante collera rígida en las caballerías, que permite emplear el caballo, más rápido y resistente que el buey; yugo sobre los cuernos en los bueyes, las carretas de cuatro ruedas con enganches en fila, los molinos de agua y viento, difusión de las herramientas de hierro, aunque se sigue utilizando el viejo arado romano, de una o dos rejas de hierro o madera endurecida al fuego20, uncido a bueyes. Y finalmente el desarrollo de cultivos trienales, que permite un mejor aprovechamiento de la tierra.

Las parias

«La tierra era la base de la producción y de las relaciones sociales»21. No obstante, la guerra constituye la principal y más rentable de todas las actividades económicas, la que va a permitir triplicar el territorio de los reinos y volcar sobre ellos una enorme riada de oro procedente del botín y del cobro de las parias, un tributo que permitía a las taifas comprar la paz y librarse de la agresión feudal. Sancho el Mayor y Ramón Berenguer I fueron los primeros en cobrarlas, y se sabe que Zaragoza pagaba al rey de Navarra veinte kilos de oro anuales. Sin embargo, como sucederá más adelante con el oro de América, esta riqueza no contribuirá al desarrollo de una economía burguesa, sino que se invertirá en financiar la guerra, tesaurizará en forma de objetos de lujo, litúrgicos principalmente, y servirá como pago en el mercado andalusí de los objetos que la artesanía propia no producía.

«En su conjunto, por tanto, el oro musulmán apenas contribuye, en el siglo XI, a fomentar la vida ciudadana, las artes de lujo ni la aparición de una burguesía en los núcleos del norte; las características del ambiente político-social lo orientaba preferentemente al establecimiento y consolidación de un predominio cristiano sobre el Islam». (GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A., La época medieval, 156).

La afluencia de oro era tal que se devalúa rápidamente, la inflación llegó al 70% durante el siglo, y repercute sobre el resto de Europa, que acuñó moneda según el modelo musulmán. Se entiende así la llamada invasión cluniacense, aparte las ganancias que empieza a proporcionar el Camino.

La consecuencia política, aparte la indicada de la invasión cluniacense, fue el fortalecimiento de la nobleza y el clero, porque los reyes repartían el oro entre ellos para comprar su fidelidad, que compran las tierras de los hombres libres y se hacen fuertes frente al rey.

Pero la presión tributaria de Alfonso VI fue tanta que determinó a al-Mutamid de Sevilla a pedir ayuda a Ysuf ibn Tasufin, al otro lado del Estrecho, quien lo derrotó en Sagradas (1086), se apoderó de luego al-Andalus y liquidó aquella brillante cultura.

Consideramos fundamental resaltar este aspecto de la economía peninsular, muy particularmente de la Corona de Castilla, porque ello contribuirá a desarrollar unas estructuras socioeconómicas de carácter depredador que inhabilitarán a castellanos, portugueses y aragoneses para instalarse en la modernidad cuando la ocasión les llegue.

A lo largo del período estudiado asistimos a un doble proceso: «la definitiva sustitución de la pequeña propiedad libre o alodio por el gran dominio o señorío territorial como unidad de producción agraria» y el paso a un sistema de aprovechamiento de las rentas de la tierra, en que «las derivadas del señorío jurisdiccional alcanzan proporción superior a las propiamente dominicales».22 Lo que convierte a la agricultura y ganadería en las actividades fundamentales.

El cereal (trigo, cebada, centeno, mijo...) y la vid eran los cultivos básicos, a los que se añadió el olivo, el arroz y la higuera en Andalucía, donde se introdujeron los cultivos típicos castellanos y se arruinaron las huertas (aunque parece que éstas nunca tuvieron la importancia que en Levante). «Se trataba de una agricultura basada en unas técnicas arcaicas... destinada al autoabastecimiento del mercado interior».23 Sobre ella repercutieron negativamente los trastornos demográficos y la parcial despoblación del Norte, ocasionada por la emigración al valle del Guadalquivir, lo que acarreará «la carestía y la falta de comestibles» y «un rápido índice de inflación», que apareció en Castilla treinta y cinco años antes que en los demás países occidentales, acentuado por la devaluación de la moneda ante las dificultades financieras de la monarquías.24

Paralelamente muchos campesinos libres vendieron sus propiedades para emigrar, a consecuencia de lo cual «el final del siglo XIII y el siglo XIV fueron testigos de la formación de grandes fincas en el Norte»25, cuyos principales beneficiarios fueron los magnates y algunas grandes familias urbanas.

El Honrado Concejo de la Mesta

La base de la ganadería es el ganado ovino, más favorable en una tierra donde escasea la mano de obra: «La conquista de Andalucía hizo más provechosa la trashumancia y fomentó su desarrollo... La existencia de grandes extensiones de tierras deshabitadas facilitaba su conversión en pastos».26 Los principales dueños de rebaños son las Órdenes Militares, las iglesias catedralicias, los grandes monasterios y los magnates, los cuales se organizan corporativamente en el Honrado Concejo de la Mesta, constituido por Alfonso X poco antes de 1273, que andando el tiempo se convertirá en un formidable grupo de presión que acumulará privilegios y entorpecerá el desarrollo agrícola e industrial.

Como ya lo había hecho Sancho el Mayor de Navarra también Fernando I y Alfonso VI favorecen el tránsito de peregrinos a Santiago levantando hospitales y hospederías, y protegiendo sus bienes y personas.

El Camino De Santiago

«Por esta arteria central del reino corrió, cada vez más abundante y fácilmente, la vida europea, traída por continuas turbas de devotos y mercaderes; a trechos la corriente se remansaba y los viajeros se convertían en colonos, pobladores de barrios enteros, llamados "barrio de francos", en las ciudades del camino, en Logroño, en Belorado, en Burgos, en Sahagún.

«La prosperidad de la peregrinación significó prosperidad general de las otras vías de comercio, especial atención de Alfonso. Negociantes y peregrinos cruzaban seguros todo el país sin que nadie se atreviese a vejarlos. Alfonso no consistió ni a nobles ni a plebeyos mover guerra entre sí; "la paz del rey", esta paz interna de todos sus vasallos fue tan terriblemente garantizada, que una mujer sola podía llevar consigo oro a través de yermos o de poblados sin que ninguno se propasase a tocarla».

(MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, La España del Cid, vol. I, pág. 253)

La industria textil tiene un carácter doméstico y rural destinada al consumo local. Desde mediados del siglo XIII, sin embargo, se observa un crecimiento y una tendencia a superar su localismo con una radicación urbana, aunque los paños son de escasa calidad y su producción no se corresponde con la de lana. En el País Vasco crecen las ferrerías en relación con la producción de hierro de Vizcaya. También cabe destacar la producción naval, donde destaca la decisión de Alfonso X de instalar atarazanas en Sevilla en 1252.

Se asiste a un «incremento espectacular del comercio, tanto local y regional como de larga distancia».27

«La primera feria documentada de tierras castellano-leonesas es la concedida en 1116 por Alfonso I de Aragón a Belorado. En 1152, Alfonso VII otorgaba una feria a Valladolid, y en 1155, otra a Sahagún. A partir de esas fechas se multiplica la concesión de ferias: Palencia, Carrión [1169], Sepúlveda, Madrid, Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres, Badajoz, Sevilla, etcétera.»28

La abundancia de numerario que proporcionan las parias fomenta el comercio y en 1171 Alfonso VIII de Castilla acuña maravedíes de oro en Toledo, según el modelo de los dinares cordobeses. También se acuña sueldos de plata burgaleses y dineros de vellón, que es la moneda que circula.

Sin embargo, «la Castilla medieval era un país subdesarrollado» que exportaba materias primas e importaba productos manufacturados. La clase mercantil del Norte de Castilla era descendiente en muchos casos de los extranjeros que poblaron el Camino, en Sevilla eran los italianos quienes dominaban el comercio a larga distancia y, como el grueso de las importaciones consistía en paños de Flandes, sumamente rentables, unos y otros «no tenían ningún interés en la manufacturación de productos ni en diversificar su comercio».29

Característico del período en la Corona de Aragón es la inversión de capitales de la burguesía en el campo y la concentración de la propiedad en pocas manos. No obstante, entre 1200 y 1350 se advierte una gran prosperidad en el ámbito rural.

El reino de Aragón es eminentemente agrícola donde se cultiva la tríada mediterránea, frutales y hortalizas, y algunos cultivos industriales como lino y cáñamo. A lo largo del Camino se practica el comercio, aunque la única ciudad digna del nombre es Zaragoza. La ganadería ovina era la principal riqueza.

En Cataluña la agricultura estaba más diversificada con arroz, olivo y frutos secos. Pero destacaba fundamentalmente la industria textil con talleres en Barcelona, Puigcerdá, Ripoll, Vic o Gerona, debidos en parte al conflicto con los Anjou, que dificultaba la importación. También el comercio era abundante a lo largo de la vía francígena que enlazaba el Ampurdán con Tarragona, con ferias en Figueras, Gerona, Barcelona, Tarragona o Reus. Barcelona era el centro comercial con atarazanas y un puerto muy frecuentado. En torno a 1282 se crea el Consulado de mar con delegaciones en Bujía, Constantinopla y Alejandría.

«La forma de asociación comercial más característica durante la Baja Edad Media catalana fue la comanda... con el tiempo, la comanda fue una asociación por la que un capitalista o comandante confiaba su capital a un mercader o camandatario para que lo invirtiese en una empresa mercantil en el extranjero.»30 La primera documentada es de 1194.

Valencia y Mallorca también ofrecían una abundante cosecha agrícolas y grandes expectativas artesanales y mercantiles.

«En resumen, entre los años 1000 y 1300, las economías hispano cristianas son, salvo quizá la catalana, economías dominadas, sometidas a un régimen colonial, con exportaciones de materias primas e importaciones de productos manufacturados, en que la balanza comercial, siempre desfavorable, supone la salida del reino de continuas remesas de metales preciosos. Sólo la creación, desde 1284, de una gran industria textil catalana favorecerá el despegue definitivo de esta región, en la que el tráfico comercial ha permitido, para estas fechas, la constitución de una importante masa de capitales».31

b) Sociales

En la articulación de la sociedad castellano-leonesa de los siglos XI-XIII aparece un eje fundamental: «la dicotomía entre dos clases antagónicas, los señores feudales y los campesinos. Los señores, valiéndose de medios coercitivos extraeconómicos (poder militar, atribuciones jurisdiccionales, etc.), obtenían una importante fracción de la riqueza social, procedente en definitiva del trabajo de los campesinos».32

La base del sistema social estaba constituida por los campesinos, un mundo de enorme heterogeneidad, cuyo estatuto carecía de cualquier tipo de privilegios. Se pueden distinguir: libres, solariegos, realengo y abadengo. La tendencia durante el período es la progresiva caída en dependencia de muchos de ellos. Un ejemplo son los hombres de benefactoría o behetría, según la cual un grupo de campesinos entraba colectivamente bajo la protección de un señor. Estaban sujetos al pago de censos o foros y a prestaciones de trabajo personal o sernas.

En el reino de Aragón los campesinos tienen varios estatutos, villanos, villanos de parata o collazos, mezquinos y exaricos, desde los que cultivan tierras propias hasta los mudéjares de condición servil.

En Cataluña los de la Nueva tenían más libertades que los de la Vieja, al norte del Llobregat, que si querían abandonar la tierra que trabajaban, payeses de remensa, debían pagar un rescate, la remensa.

En la cúspide de los no nobles estaban los boni homines u hombres buenos, que eran libres y tenían bienes raíces propios, aunque sujetos al pago de pechos. A su lado los caballeros villanos, cuya diferencia con los primeros no está muy clara, son pequeños propietarios capaces de costearse un caballo con su equipo de guerra, por lo que también se les llama caballeros de cuantía. Tuvieron un importante papel en la guerra de frontera, constituyendo milicias concejiles particularmente famosas en la Extremadura castellana, y los reyes les concedieron diversos privilegios que facilitasen esta tarea. Constituyeron una puerta abierta para el ingreso en la nobleza, aunque los privilegiados trataron de cerrarles el paso.

Los mudéjares viven fundamentalmente en el valle del Tajo y en la huerta de Murcia dedicados al campo o a oficios bajos como la construcción o la carpintería.

Luego de las rebeliones del siglo XIII, en Valencia en 1247 y en el valle del Guadalquivir en 1267, los mudéjares fueron expulsados; pero en la vega murciana quedaron muchos de ellos que eran imprescindibles para el trabajo en las huertas.

4. La Guerra Del Camino

Contrariamente a lo sucedido en Barcelona o el resto de Europa, la burguesía castellana, en un pías cuya actividad más lucrativa era la guerra de saqueo y conquista, el surgimiento de la burguesía se debe a la política repobladora de los príncipes con un tripe objetivo

  • económico, para activar una economía artesanal y de mercado, en el Camino de Santiago y el litoral cantábrico,

  • estratégico, para la defensa de las zonas fronterizas, Ávila, Sepúlveda, y

  • político, para contrarrestar el poder de la nobleza, Ciudad Real.

En la segunda década del siglo XII los burgueses del Camino de Santiago (Sahagún, Carrión, Lugo, Santiago), apoyados por el campesinado y bajo clero, se sublevan contra sus señores, el abad del monasterio benedictino de Sahagún y el obispo Diego Gelmírez de Santiago, en un intento de «obtener una participación más amplia en la renta feudal»,33 que las inmunidades del clero chocaban frecuentemente con las aspiraciones de los burgueses a la igualdad de fuero y a la igualdad económica.34

«En este tiempo todos los rrusticos e labradores e menuda gente se ayuntaron, faciendo conjuración contra sus sennores que ninguno de ellos diese a sus sennores serviçio devido, a esta conjuraçción llamaban hermandad, e por los mercados e villas andavan los pregoneros pregonando a grandes voces: sepan todos los que en tal y tal lugar, tal día señalado se ayuntara la hermandad, e quien falleciere que non biniere, sepa que su casa se derrocara. Levantaronse entonces a manera de bestias fieras, façiendo grandes asonadas contra sus señores e mayores, e contra sus vicarios mayordomos e façedores, por los valles e collados perseyendolos e afoyentandolos, rrompiendo e quebrantando los palacios de los rreyes, las casas de los nobles, las iglesias de los obispos e las granxas e obediençias de los abbades, e otrosí gastando el pan e vino e todas las cosas necesarias al mantenimiento, matando los judíos que fallaban, e negavan los portalgos e tributos e labranças a sus sennores, e si algunos por abentura se lo mandava, luego lo matavan, e si alguno de los nobles diese favor e ayuda, a tal como aqueste deseavan que fuese su rrei e señor e si algunas begadas les parecía façer gran exceso, ordenauan que diesen a sus sennores las labranças tan solamente negando e tirandoles todas las otras cosas».

(Crónica anónima de Sahagún, primera, cap. 19, en GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A., Nueva Historia de España en sus Textos. Edad Media, pp. 460-1).

Las dificultades creadas por la guerra civil durante la minoría de Alfonso VII (1110-1117) alimenta las condiciones para la sublevación de la gente menuda, que buscaron la alianza de Alfonso I, el rey consorte, cuyo matrimonio fue declarado nulo por el clero. Pero los rebeldes difícilmente pudieron casar sus intereses frente a la coalición de los poderosos, nobleza y alto clero, y la corona. Incluso el papa Pascual II dictó bulas por las que los burgueses de Sahagún habían de devolver a las iglesias las tierras que les pertenecían en tiempos de Alfonso VI y someterse al abad bajo pena de excomunión.

Tras la derrota los burgueses rebeldes, que fueron casi todos, fueron desterrados, lo que ocasionó la despoblación de los núcleos comerciales, cuya actividad se suplió con abundantes ferias. El Emperador aún dio una vuelta de tuerca más y en 1135 decretó que se observaran las costumbres y leyes como habían sido en tiempos de su abuelo.

La derrota, consiguientemente, marcaba el predominio de la nobleza y el clero con intereses en el negocio lanero, la burguesía perdía una oportunidad de oro para desembarazarse de los obstáculos que entorpecían su progreso y Castilla el revulsivo de su renovación.35

Porque «la burguesía castellana medieval carecía de aquel elemento dinámico que acabaría transformando los grupos burgueses al norte de los Pirineos. Atrapados en el cepo de unos intereses estrechos y desalentados ante la política negativa de la corona, las experiencias vividas por los mercaderes durante los siglos XIII y XIV se repetirán, con escasas diferencias, en los siglos XVI y XVII».36

En Cataluña, en cambio, pronto la burguesía se diferenciará y surgirá un patriciado, los ciutadans honrats, con que se aludía a los burgueses con poder económico, tanto que financiarán la conquista de Baleares y enviarán mil quinientas naves, y político porque controlaban los concejos y obtuvieron de los reyes privilegios análogos a los de la nobleza. En el otro extremo el común de artesanos es la mà menor.

Los judíos constituían una minoría muy activa, que se incrementó considerablemente cuando emigraron huyendo del radicalismo almorávide y almohade. Muchos se dedicaron a las finanzas; pero también ejercían otras profesiones liberales: comercio, medicina y cultura en general. Algunos ocuparon puestos de confianza en el aparato del estado: Yusef ibn Ferrusel fue consejero de Alfons VI; Yehudá ibn Ezra, almojarife de Alfonso VII y Judá Mosca, colaborador intelectual de Alfonso X. A partir del siglo XII se fue creando un clima antijudío. Alfonso X tuvo que fijar una tasa máxima en el interés de los préstamos que efectuaban los hombres de negocios judíos, lo que ilumina el sentido de la hostilidad. Causa o efecto también influirá la acusación de deicidas que se empieza a lanzar contra ellos.

 

2. Los señores de la guerra

La nobleza era el grupo social en el poder, gozaba de un estatuto altamente privilegiado, tanto en sus personas como en sus bienes, tenían exención fiscal, sólo podían ser juzgados por sus iguales y en caso de daños percibían indemnizaciones mayores que los no nobles, y tenía la guerra como actividad eminente.

«El impresionante crecimiento económico de la sociedad feudal no puede ocultar el componente agresivo del sistema. Este se revela sobre todo en la consolidación de la nobleza como grupo social dominante a través de dos vías principales...: por una parte, utilizando el poder político y jurisdiccional también, cuando se requiere, el poder militar como instrumento de una agresión sistemática contra las comunidades campesinas, que son las proveedoras de fuerza de trabajo y de renta; pero, al mismo tiempo, los linajes nobiliarios mantienen una permanente confrontación entre ellos las rebeliones contra la monarquía son episodios de esta lucha intranobiliaria en un proceso selectivo basado y respaldado en la fuerza militar que llega a instaurarse como la principal garantía del poder político, social e ideológico de la nobleza feudal; fuerza militar, que esta nobleza debe revalidar constantemente, ya sea en la guerra interior, ya sea frente al enemigo exterior... De ahí que la guerra constituya la actividad eminente de la nobleza y la razón última de su existencia. La guerra es el instrumento mas eficaz de enriquecimiento y de ascenso social y la única forma eficaz de ejercer las funciones de protección que se esgrimen como coartada ideológica de unas relaciones sociales de sometimiento y de coacción sobre la fuerza de trabajo».

(MÍNGUEZ, José María, Las sociedades feudales, 1, pp. 219-220).

A la cabeza de ellos figuraban los magnates, llamados progresivamente ricos hombres, y en la base encontramos a los infanzones, nobles de linaje que combatían a caballo, y los hidalgos. «Unos y otros tenían honra en sus personas y podían estar ligados al rey por lazos de dependencia personal. Pero lo que fundamentalmente daba cohesión a ambos grupos era la posesión de unos hábitos de comportamiento y de una mentalidad similares».37

A partir del siglo XII forman una Orden de Caballería, con un complicado ritual, para distinguirse de los caballeros villanos. En la Corona de Castilla surgen las órdenes de caballería según el modelo de las del Temple y del Hospital: Calatrava (1158), Alcántara y Santiago (1171), que desempeñaron un papel decisivo en la conquista y repoblación de al-Andalus, así como instrumento de presión y prestigio de los magnates, que desarrollan entre ellos lazos de dependencia personal de carácter militar, aunque en tierras castellano-leonesas estas instituciones feudo vasalláticas se desarrollaron tardía e incompletamente.

Después de la conquista de Sevilla «el acrecentamiento de la riqueza no causó sino un acrecentamiento del poder político en la alta nobleza por comparación con la debilidad del rey»,38 que alteran la relación económica y política que mantenían entre sí.

El señor de Vizcaya, Lope Díaz de Haro, que se enfrenta con el rey Sancho IV (1284-1295), es un claro ejemplo de la alta nobleza, asesinado en 1288 al parecer por orden del rey, y puede ilustrar este tipo de enfrentamientos. Aunque también se los puede encontrar en épocas anteriores en cuanto perciben en el rey signos de debilidad o que ellos interpretan como tales, como es el caso de Pedro Froilaz en Galicia, durante el reinado de Urraca.

También corporativamente algunos sectores de la nobleza se enfrentan a Alfonso X y conseguirá en las Cortes de Almagro la suspensión de las Partidas y la dispensa del nuevo impuesto de alcabala, apoyan a Sancho frente a su padre y sus sobrinos, los infantes de la Cerda, hijos de Fernando de la Cerda.

Así, Alfonso X, necesitado de aliados, se volvió a las oligarquías urbanas. «En aquel conflicto entre la corona y la alta nobleza, los caballeros villanos... constituían un tercer ángulo del triángulo político».39

Sin embargo a lo largo del siglo XIII la actitud de la nobleza irá cambiando y de la rebelión para constituir estados independientes pasará al intento de controlar al rey para arrancarle todo tipo de prebendas y regalías. Durante la minoridad de Alfonso VIII (1158-1214) ya los Castro y los Lara rivalizaron por tutelar al rey y luego durante las minoridades de Fernando IV (1295 1312) y Alfonso XI (1312 1350), cuando María de Molina, la regente, debe buscar el apoyo de las cortes para contrarrestar su poderío.

Aparte de rivalizar con las armas, el lujo y la ostentación era otra manera fundamental de competir entre ellos e incluso con el rey y naturalmente con los caballeros villanos. Así «la nobleza castellana [a finales del siglo XIII] era ya conocida como una de las aristocracias más dilapidadoras de Europa»40 y Alfonso X tuvo que promulgar medidas suntuarias en 1252 y 1258 contra el despilfarro de la alta nobleza, que reservaban la seda y otras telas para uso exclusivo del rey y su familia, al tiempo que se otorgan privilegios fiscales a los caballeros villanos.

5. Los caballeros villanos

Surgieron éstos, los caballeros villanos, de la necesidad de poblar, defender y aprovechar las tierras conquistadas entre el Duero y el Guadiana. Aunque habitaban ciudades, no se dedicaban a la economía urbana, que desempeñaban judíos y mudéjares, sino a la ganadería y la guerra:

«Fue Ávila ciudad-fortaleza, habitada, como casi todas las cristianas, por eclesiásticos, guerreros -de vigorosos jinetes califica Idrisí a sus pobladores- consagrados a periódicas expediciones militares a tierras manchegas y andaluzas; pastores y ganaderos, y algunos labriegos. Su economía nutríase principalmente de la ganadería y del botín conseguido en las cabalgadas».41

Era práctica habitual de los caballeros villanos hacer expediciones de saqueo todos los veranos al territorio musulmán, las cabalgadas, y luego repartirse el botín, una vez reservado el quinto del rey.

A partir del siglo XII estos caballeros comenzaron a monopolizar el gobierno y las magistraturas municipales de las ciudades castellanas, bloqueando el acceso a ellas de las burguesías y desempeñando un papel semejante al del patriciado urbano de las ciudades europeas bajomedievales.

Por otro lado, aunque resisten a los grandes señores territoriales y apoyan la centralización del poder monárquico, en lo que coinciden las burguesías, sin embargo sus intereses fundamentalmente ganaderos les hacen diferir de ellas y apoyar el comercio de la lana a larga distancia, lo que los coloca al lado de los grandes señores.

«La conquista de Sevilla transformó la relación entre el rey y la nobleza y condujo a la formación final de grupos patricios en la mayoría de ciudades castellanas. Por un lado, la alianza entre la caballería popular y la corona estaba dirigida contra los magnates; por otro, amenazados desde abajo, los caballeros villanos buscaban la protección real para los privilegios sociales, económicos y políticos que acababan de adquirir. El sacrificio de los residuos de la autonomía municipal, autonomía largo tiempo acariciada pero nunca auténtica después de finales del siglo XIII, suponía un exiguo precio para los caballeros villanos, que así podían seguir dominando otros grupos dentro de las ciudades. La historia de los cien años que siguen a la caída de Sevilla ha de verse como una relación triangular entre la corona, los magnates y los caballeros villanos, en virtud de la cual el rey y las oligarquías urbanas se unen contra la alta nobleza y la pequeña burguesía».42

«A consecuencia de la conquista de Sevilla y de la fuerte presión que ejercía sobre la corona la alta nobleza, los reyes de Castilla dieron el paso decisivo de aliarse no con la burguesía... sino con el sector más influyente de la burguesía: el grupo estricto y oligárquico de caballeros urbanos»43 dedicados en su mayoría al comercio a larga distancia. La consecuencia de ello acaso será el apoyo del rey a este comercio y el olvido de las necesidades de la burguesía de artesanos, que no podrán desarrollar una industria capaz de competir con la europea.

En la Corona de Aragón Ramón Berenguer IV hizo importantes concesiones a la nobleza y a la Iglesia e incluso Jaime I tuvo que ceder ante la nobleza para que secundara su política exterior. Porque en situaciones de crisis no duda en amenazar al rey con motines o cambio de bando para obtener concesiones, sucedió con Pedro el Grande o Alfonso III. Mediante la Unión Aragonesa, una hermandad nobiliar de ayuda mutua frente al rey, consigue en las Cortes de Zaragoza de 1282 que el rey reconozca sus fueros, que el Justicia de Aragón decida en sus pleitos y el compromiso de consultar a las Cortes antes de declarar la guerra

En Aragón los grande linajes de la alta nobleza son Luna, Abarca, Urrea o los que se originaban en los bastardos de Jaime I, Híjar, Castro, Jérica o Eyerbe, en Cataluña destacan Cardona, Montcada o Rocaberti. La baja nobleza, los cavallers, es muy heterogénea.

6. La nobleza eclesiástica

También los eclesiásticos constituían un estamento privilegiado, cuyos dignatarios procedían «del grupo de los ricos hombres y de los infanzones, con frecuencia se hallaban al frente de cargos palatinos y, como titulares del señorío de los vastísimos dominios de sus respectivos institutos, actuaban de forma similar a los señores feudales laicos».44

El obispo Gelmírez, educado en la corte y notario del conde Raimundo de Borgoña, a quien debía el nombramiento, era segundón del conde Gelmiro. Sus buenas relaciones con la orden de Cluny, Roma y el rey Alfonso le permitieron convertir la diócesis de Santiago en un poderoso feudo, donde llegó a acuñar moneda.

Aunque de origen desconocido, tampoco las maneras del arzobispo de Toledo Bernardo desdicen las de la nobleza, que participó activamente en la guerra de frontera y en 1118 tomó Alcalá de Henares, que desde ese momento se integró en el feudo de Toledo y donde mandó construir un palacio para residencia de los arzobispos.

En Cataluña el abad Oliba, aunque había renunciado a sus derechos como conde de Berga y Ripoll, en 1008 estaba ya al frente de Santa María Ripoll y San Miguel Cuixá, y en 1018 fue elegido por los príncipes y el clero obispo de Vic. Intentó disciplinar los monasterios que «dependían enteramente de las familias nobiliarias en cuyas manos estaban los nombramientos de abades y abadesas y la administración de los bienes» y fundó las Asambleas de Paz y Tregua, precedente de las futuras Cortes catalanas, a las que asistían nobles y obispos del principado, para proteger a los fieles y bienes eclesiásticos entre sábado y lunes.45

 

3. La organización política del Poder

«El tipo de estado que se estableció en Castilla y León era plenamente feudal», en tanto que el rey, que lo encabezaba y dirigía, por la gracia de Dios y ungido por la Iglesia en la ceremonia de coronación, se rodeaba de colaboradores vinculados a él por lazos de vasallaje, a quienes concedía beneficios, en forma de honores o tenencias, que conllevaban el ejercicio de funciones públicas.46

En consecuencia, la potestad real viene limitada por las inmunidades de que gozan los señores. En todo caso el rey siempre conserva cuatro atribuciones: el derecho de administrar justicia, aunque sólo a ciertos niveles, acuñar moneda, dirigir la guerra y exigir hospedaje. Poseen también la potestad legislativa, aunque muy raramente la ejercen antes del siglo XI. Tiene también varias regalías como la propiedad de las minas y las salinas, y prerrogativas eclesiásticas como el derecho de patronato y la recaudación a veces de las tercias reales, dos novenas partes de los diezmos de la Iglesia.

También era un estado patrimonial en que lo público se confundía con lo privado. Fernando I, a imitación de su padre Sancho III, dividirá el reino entre sus hijos, lo que será ocasión de guerras fraticidas, y lo mismo sucederá a la muerte de Alfonso VII.

«Las decisiones del monarca son, por tanto, resultado de una permanente negociación con los miembros más destacados del reino, cuya adhesión y fidelidad sólo consigue mediante la permanente concesión de beneficios de toda clase».47

En consecuencia el éxito político radicaba en la capacidad para aprovechar las oportunidades de la frontera como medio de enriquecimiento, lo que permitía comprar la fidelidad de los grandes.

Cuando la guerra de frontera se detiene, inmediatamente surgen los problemas. Urraca (1109-1126) sucede a su padre Alfonso VI y, viuda de Raimundo de Borgoña, casa con Alfonso I el Batallador, buscando así neutralizar el alzamiento de los grandes en Galicia y Portugal. Pero el matrimonio levantó aún más oposición, que tuvo el liderazgo del obispo de Toledo, el cluniacense Bernardo, porque el partido borgoñón vio en el aragonés un peligro para hacerse con el trono.

Que la situación era crítica, la confirma la división del reino a la muerte de Alfonso VII (1126-1157), el hijo de Urraca y de Raimundo de Borgoña, a pesar de que había pretendido controlarla proclamándose emperador en León (1135), aunque a renglón seguido tuvo que aceptar la independencia de Portugal (1143) con Alfonso Enríquez. La corona quedó repartida luego entre Sancho III (1157-1158), Castilla, y Fernando II (1157-1188), León.

No muy distinto en su origen es el reino de Aragón y el condado de Barcelona, aunque en éste la inicial dependencia del Imperio da más fuerza al pacto feudal entre los magnates. Luego la dinámica de los tres Estados generará diferencias fundamentales.

En la Corona de Castilla la unidad de origen permitirá unas instituciones comunes, pero, aunque el caudillaje de los ejércitos dará más protagonismo al rey, la amplitud del territorio le restará eficacia y dará lugar a la división del reino en dos ocasiones y a la felonía y secesión de los condes de Portugal. Tampoco Alfonso X, no obstante su sabiduría, tuvo éxito en su política de reforzamiento del poder real, en parte por la resistencia de los poderosos y en parte por su desastrosa política exterior, aquel disparate del &ldquofecho del Imperio&rdquo, que le enajenó incluso a las burguesías por su política fiscal agobiante.

7. Las Cortes

El príncipe nunca actúa solo en la gestión y administración del Estado, sino asistido por los miembros de su séquito o Palatium, que desde el siglo XII se llamará Curia o Cort y estará integrada por los oficiales palatinos, el alférez real, el notario mayor y el mayordomo entre otros, y los principales magnates, y a fines del s. XIII dará lugar al Consejo Real, institución en la que se integraban los grandes oficiales palatinos con la misión de asesorar al rey.

Cancillería y Hacienda eran las secciones más desarrolladas de la corte. Para la primera Alfonso X creó el cargo de Canciller mayor, en la segunda por debajo del mayordomo estaba el almojarifazgo mayor, ocupado habitualmente por un judío.

Para casos de especial importancia se reúne la Curia plena o extraordinaria, en la que participan todos los prelados y magnates del reino, que parece haber heredado las competencias del Aula Regia y de los Concilios de Toledo.

La Curia tiene carácter consultivo, presta consejo al rey y le ayuda en la administración de la justicia; pero de hecho el rey, por su debilidad, nunca decide contra la Curia.

Justamente cuando la presión de los almohades deje estancada la conquista, los reyes recurrirán a manipular la moneda para compensar así el beneficio que les falta, con la consiguiente inflación y perjuicio para las burguesías urbanas, que deciden abonar una cantidad septenal al monarca a cambio de que mantenga la paridad de la moneda. Los representantes burgueses encargados de velar por el cumplimiento del pacto se integrarán en la Curia regia extraordinaria que constituirán las Cortes: Cortes de León (1188), Lérida (1213), Aragón (1274), donde el brazo nobiliario se desdoblará en dos, alta y baja nobleza, y Valencia (1283), cuya competencia se extenderá a todas las cuestiones en que entendía la Curia.

Así, la Curia plena de ser una asamblea colaboradora, pasa a ser un organismo fiscalizador de la monarquía de la que obtiene privilegios y mercedes a cambio de la concesión de los subsidios solicitados, lo que atestigua obviamente la importancia del sector burgués en algunas ciudades. Porque, según la costumbre de la legislación medieval, el derecho a asistir a las cortes es un privilegio, es decir, un derecho o ley particular que sólo tienen algunas ciudades y no siempre las mismas.

En Castilla las Cortes tendrán el carácter consultivo que tuvo la Curia y «quizá lo único indubitable era la presentación de agravios y el voto de subsidios por los procuradores del tercer estado».48

En Aragón, en cambio, las sesiones se inician con la resolución de los agravios que cada estamento presenta contra el rey o sus oficiales por decisiones estimadas contra fuero, con lo que el rey debía plegarse a los deseos de sus súbditos, cuyos estamentos reunidos en Cortes tenían potestad legislativa, según reconoció Pedro III en 1283.

En esta fecha Pedro III, presionado por la excomunión del Papa Martín IV, hubo de pactar con la nobleza y la burguesía «a cambio de su colaboración en la empresa de salvación nacional frente a Francia» firmando el Privilegio General por el que se obligaba a reunir las Cortes una vez al año y les reconocía capacidad legislativa.

«Las concesiones de Pedro III a la nobleza y al patriciado urbano suponen el triunfo de los feudales, los principales beneficiarios, sobre la Corona y la cristalización de un Estado feudal construido sobre el equilibrio entre monarquía, nobleza y oligarquías urbanas. Con el Privilegio General se consolida, asimismo, en la Corona aragonesa el pactismo como filosofía política básica».49

Las Cortes de Aragón tenían cuatro brazos en tanto que las de Cataluña y Valencia sólo tres. Todas ellas de amplia potestad legislativa, al ser proclamados los reyes de la Corona de Aragón tenían que jurar ante las Cortes de cada reino que respetarían los fueros. Las reuniones eran periódicas.

Desde finales del s. XIII funciona en Cataluña la Diputación de las Cortes, órgano delegado que luego de disueltas las Cortes se encargaba de recaudar los subsidios concedidos y velar por el cumplimiento de los acuerdos votados, se disolvía cuando terminaba la recaudación, pero a partir de 1359 se convirtió en permanente y se llamó Diputació del general de Catalunya o Generalitat.

8. El Privilegio General

Según ya hemos visto, la unión de Aragón y Cataluña fue el resultado de una unión dinástica pactada. «Por este motivo, en el seno de la Corona de Aragón los miembros componentes conservaron la propia identidad, es decir, la integridad territorial, las leyes, las costumbres, las instituciones y los gobernantes propios».50 Tanto que las Cortes surgirán y se reunirán por separado en cada Estado. Así «el rey al ser investido con la potestad regia se comprometía a cumplir las leyes y costumbres del reino, y el pueblo, por su parte, a guardarle fidelidad».51

No obstante, también la muerte de Pedro el Católico en Muret (1213) y la consiguiente minoridad de Jaime I dejaron libre el campo a las guerras feudales que desde 1218 se extienden por toda la Confederación, no concluyendo hasta 1227 con la paz de Alcalá, que beneficia al rey. Luego, sin embargo se ve obligado a pactar con los tres estamentos, reunidos por primera vez en Cortes, para emprender la conquista de Valencia y Mallorca.

Finalizada la conquista de Valencia, la nobleza consolida su poder económico y se reproducen las luchas feudales. Jaime I entonces busca el apoyo de la burguesía urbana, a la que concede participación en las Cortes y cierta autonomía en los municipios. Al finalizar su reinado, «de hecho el gobierno de la Confederación recaía en tres fuerzas que pactaban en las Cortes: la oligarquía feudal, la oligarquía urbana y la monarquía».52

Así, cuando en 1264 Jaime I pide colaboración a los grandes de Aragón para ayudar a su yerno Alfonso X en la represión de la sublevación mudéjar de Murcia, éstos se niegan hasta ver reconocidos sus derechos en las cortes de Egea de 1265 y la institución del Justicia de Aragón, para su defensa.

Pedro III el Grande (1276 1285) inicia una política agresiva (intentos de cobrar el tributo extraordinario llamado bovaje, que sólo las cortes podían conceder) contra la nobleza feudal de resultas de las dificultades que le plantea la conquista de Sicilia: el papa Martín IV lo había excomulgado, privado de sus reinos y ofrecido se los a Felipe III el Atrevido de Francia (1282 84), situación que obligó al rey a convocar Cortes y pactar con ellas (Cortes de Tarazona Zaragoza, X 1283, y Cortes de Barcelona, XII 1283)

Previamente, en 1283 a fin de defender mejor sus intereses, los nobles, ciudades y villas crearon una unión, la Unión Aragonesa, que arranca a Pedro III el Privilegio General, comparable a la Carta Magna inglesa, porque es un reconocimiento de sus libertades y garantías constitucionales frente al creciente autoritarismo real, en pago a su colaboración ante la invasión francesa por la cuestión siciliana.

El mismo año de 1283 en las cortes de Barcelona el rey hizo concesiones similares y se comprometió a convocarlas una vez al año, que antes lo hacía el rey a discreción. También se especificó que en ellas habían de participar los nobles, el clero y el pueblo, y que a ellas, junto con el monarca, correspondía la función legisladora.

«Las claudicaciones de Pedro el Grande en 1283 no fueron una anécdota en la lucha secular entre el poder real unificador y la disgregación feudal, sino que consagraron el régimen político &mdashla estructura feudal&mdash que en lo sucesivo había de regir la Confederación: a partir de entonces, el gobierno de la Corona de Aragón se basó en un equilibrio de fuerzas entre la monarquía, la oligarquía urbana y la nobleza».53

En 1258 el Tratado de Corbeil con Luis IX de Francia había terminado con el teórico vasallaje de los condes de Barcelona a la monarquía francesa.

9. El Derecho

Las fuentes del derecho en los siglos altomedievales eran «la costumbre y las sentencias judiciales, y en menor medida las disposiciones legislativas de carácter general» que comienzan a aparecer a partir del siglo XI.54

El Libro de los Fueros de Castilla, de mediados del XIII, es un intento de introducir orden en la vasta selva de la legislación territorial, pero la recepción del Derecho romano interumpe el proceso.

El Derecho Romano, puesto en circulación en el siglo XII por la escuela de Bolonia, va a ofrecer un instrumental valiosísimo para los intentos centralizadores de las monarquías del occidente europeo, ya que «la imagen del príncipe, la naturaleza de su poder y el carácter de sus atribuciones quedaban rotundamente reforzados en la doctrina romanista».55

La tarea de adaptar la legislación castellana al derecho romano la llevará a cabo Alfonso X en tres obras fundamentales: el Fuero Real, el Espéculo y Las Partidas. Sin embargo, «el intento de impulsar la uniformidad jurídica de los distintos reinos... encontró una cerrada oposición por parte de los defensores de la tradición localista»,56 que no pretendían otra cosa que poner coto al poder del rey.

A Pere Alberts, experto en Derecho Romano, se debe el texto de las Commemoracions en Cataluña.

10. La administración territorial

Cada reino hispano cristiano constituye un mosaico de elementos diversos yuxtapuestos, señoríos, eclesiásticos o solariegos, tenencias, honores, ciudades y aldeas, dotados cada uno de un ordenamiento peculiar que lo convierte en un islote jurídico. Dentro de él todavía se pueden distinguir situaciones personales reglamentadas por los especiales estatutos de mozárabes, mudéjares, judíos y francos, aparte de los correspondientes a los miembros del clero o los derivados de la situación social: nobleza, hombre libre y siervo.57

Todo este conglomerado se coordina mediante el juego de las relaciones vasalláticas, que, en último extremo, confluyen en el príncipe.

«La fórmula de gobierno de éste adopta, lógicamente, la forma feudal de una corte señorial en la que el señor &mdashel príncipe dotado de la potestad real&mdash se rodea de sus vasallos &mdashlos nobles&mdash constituyendo una Curia que le presta los característicos servicios de auxilium y consilium».58

Las ciudades reciben fueros particulares: Alfonso VIII de Castilla impulsó el poblamiento urbano en la costa cantábrica y concedió fuero a Santander en 1187. Por la misma época Sancho VI concede fueros a Vitoria y San Sebastián.

A partir de mediados del siglo XII comienza, sin embargo, el proceso de integración jurídica y política que conducirá al estado moderno y ello mediante cuatro fenómenos sucesivos:

1. Centralización empírica de los dominios del rey con la transformación en públicos de los funcionarios privados de la corte. Aparecen los merinos y vegueres con funciones fiscales, reclutadoras y judiciales, y el merino mayor con Alfonso VIII.

2. Territorialización empírica del derecho local mediante la adopción por unos lugares del derecho que rige en otros, particularmente desde comienzos del siglo XII. Usatges de Barcelona, recopilación de diversos fueros de carácter general hacia mediados del s. XII, en Cataluña. Fueros de Jaca (1063), Zaragoza (1119-1126) y Sepúlveda (1076) en Aragón. Fueros de Sepúlveda y de Logroño (1095) en Castilla. Fueros de León (1017) y de Benavente (1167) en León.

«Este proceso... es síntoma, factor y consecuencia de más hondos fenómenos: el del renacimiento mercantil y urbano y el del relajamiento de los viejos vínculos familiares y señoriales».59

Paralelamente los reyes los reyes tratan de imponer un derecho territorial, muy influido por el derecho romano: Las Partidas en Castilla, Fuero General de Navarra, Fuero General de Aragón, Furs de Valencia, Costumes de Catalunya, Costumes de la mar.

3. Formulación doctrinal de la preeminencia política del príncipe y del vínculo de naturaleza por encima del vasallaje, vinculada a la recepción del derecho romano a partir de las formulaciones teóricas de Alfonso el Sabio y de Pere Albert. Ello comportará «la fijación dentro de cada reino de la autoridad real como más alta instancia política y la confirmación del reino como comunidad jurídica y territorial».60

De la formulación de la superioridad regia se deduce la naturaleza divina y contenido del poder real la función legisladora. La confirmación del territorio como unidad jurídica sienta las bases que permitirá pasar de la posición de vasallo a la de súbdito, que hará primar el vínculo territorial sobre el personal.

4. La consciente centralización práctica mediante un creciente intervencionismo real en las células anteriormente autónomas se deriva de la anterior formulación teórica. De todos estos elementos, municipios y señoríos, el único en situación de enfrentarse con la monarquía es la nobleza que luchará «porque no desaparezca el viejo status contractual típico del sistema feudal».61

Como se ha dicho, los reyes de Castilla intentan durante los cien años que siguen a la conquista de Sevilla hacerse con el control institucional y fiscal de las ciudades.

La vida local se gobierna mediante el Concilium o concejo, sometido a la autoridad del dominus villae o agente real, elegido entre la nobleza local. En el siglo XIII el patriciado urbano controlaba ya el concejo.

Jaime I da autonomía a las villas reales para contrarrestar el poder de la nobleza. En 1265 se formó el primer Consejo Municipal de Barcelona, gobierna la ciudad el Consell del Cent formado por cien prohoms o jurats y unos magistrados o consellers.

 

4. La legitimación del Poder

En su España invertebrada, José Ortega y Gasset afirmaba que «una reconquista de seis siglos no es una reconquista». Además, a la conquista de Granada no se la llama reconquista, quizá porque ya había pasado más de dos siglos desde las últimas de importancia. Quiere esto decir que las palabras son mentirosas y sólo responden a la intención del que las utiliza. Entonces la guerra era un modo de vida que sólo se legitimaba con la victoria, lo demás sobraba. Pero los curas y frailes de al-Andalus llevaron aquel concepto a los reinos montañeses, que desde el siglo XI lo utilizarán para legitimar su aspiración a la soberanía de toda España.

11. Imperator totius Hispaniae

Alfonso VI (1072-1109) abrió el reino a las corrientes europeas: financió a los cluniacenses, se casó con princesas francesas y casó a sus hijas con segundones franceses. Se autoproclamó emperador de las dos religiones e imperator totius Hispaniae.

Naturalmente según el clero, el rey es un representante de Dios, ungido por los obispos, para cuidar el bien del pueblo. Comentaba Menéndez Pidal la obstinada incomprensión y repulsa de Alfonso VI hacia el Cid y la paralela obstinación del Cid, un hombre más capaz que el propio Alfonso VI, por someterse al vasallaje del rey, en humillarse y someterse al rey, y añade que es una muestra de cómo el espíritu de los tiempos, o sea, la ideología, transforma a los hombres. Sin duda es el espíritu de la época, o sea, la ideología, lo que ciega al clero y le impide ver la violencia continua que padece el pueblo.

Tras la toma de Toledo, Alfonso VI adopta los títulos de "imperator totius Hispaniae" y "emperador de las dos religiones", propaganda sin duda, pero al mismo tiempo reivindicación de la primacía de León en la empresa reconquistadora, que ya había reconocido Sancho el Mayor de Navarra. Luego en 1135 su nieto Alfonso VII sería proclamado emperador en una ceremonia fastuosa, acaso en un intento desesperado de apuntalar un reino desgarrado por las disputas feudales, contagiado tal vez del ejemplo de su abuelo o de las historias escuchadas a su padre y a los francos inmigrados.

"Atleta de Cristo", llamó el Papa Gregorio IX a Fernando III e Inocencio IV, lo proclamó "Campeón invicto de Jesucristo", contaminados ambos como estaban, no podía ser de otro modo desde que la Iglesia se puso al servicio del Estado, de la moral guerrera del feudalismo, aunque la consecuencia fundamental de sus victorias fue el fortalecimiento desmesurado de la nobleza que pondrá en jaque a la monarquía y causará innumerables males a los pequeños, que en teoría debiera proteger.

Su hijo, el sabio Alfonso X, proclamará en Las Partidas, su gran obra: «Vicarios de Dios son los reyes cada uno en su regno puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia et en verdad quanto en lo temporal, bien así como el emperador en su imperio».62 Palabras, palabras, palabras.

12. El “fecho del Imperio”

A mes y medio o dos meses de distancia de Aquisgrán, ¿realmente creía el Rey Sabio en la efectividad de la corona imperial? Creyera lo que creyera, algunos apuntan que sólo le interesaba como herramienta de cohesión y prestigio dentro de su propio reino, sin duda su brillo lo deslumbró y en aquella época en que honores y glorias se valoraban por encima de todo, dijera lo que dijese la ideología oficial eclesiástica, gastó tiempo, dineros y prestigio en perseguir un fantasma: «las miras de Alfonso se hallaban dirigidas a una coronación imperial del Papa», que finalmente no alcanzó y le ocasionó sinsabores y el levantamiento del reino.

Tenía derecho a la elección de rey de romanos por su madre Beatriz de Suabia. A la muerte de de Guillermo de Holanda en 1256, los representantes de Pisa lo animaron a presentarse. También se presentó Ricardo de Cornualles, hermano de Enrique III de Inglaterra, y ambos fueron elegidos fraudulentamente por sus partidarios en 1257, pero Ricardo viajó a Alemania y se hizo coronar en Aquisgrán. Desde entonces el rey disputó y gastó, hasta que en 1273 se eligió nuevo emperador a Rodolfo I de Habsburgo y Alfonso renunció definitivamente a sus derechos en 1275.

El asunto fue muy impopular en los reinos por los impuestos que supuso. Fue una quimera que anunció de algún modo la que vendría en el siglo XVI con el césar Carlos, un Habsburgo precisamente.

13. La Bula de Cruzada

Históricamente, las cruzadas fueron expediciones militares dirigidas contra infieles, particularmente las realizadas en los siglos XI-XIII para reconquistar el sepulcro de Jesucristo y los lugares santos en poder de los turcos.

Alejandro II inauguró este sistema con su bula Eos qui in Ispaniam (1064) que se aplicó en la Península por vez primera en la efímera conquista de Barbastro del mismo año, y concedía indulgencia plenaria a los participantes en la empresa.63

Deriva su etimología de cruz, por la insignia o emblema que llevaban los soldados en el pecho, de ahí también el nombre de cruzados, porque se les dotaba de esa insignia al alistarse voluntariamente como miembros de la expedición militar para la reconquista de Tierra Santa. Cruzada se llamaba también a la tropa que iba en estas expediciones. Las indulgencias que otorgaba el Papa a los que colaboraban en la guerra contra los infieles se llamaba Bula de la cruzada. El término data del siglo XIII, cuando se terminaron las cruzadas y se convirtieron en un referente histórico. A partir del siglo XIII se aplicó también el nombre de cruzada a las guerras contra los herejes y contra todo enemigo de la Iglesia de Roma. La palabra española cruzada aparece hacia el 1220.64

Inocencio III (1160-1216), a petición de Castilla, otorgó una Bula (1210) en la que instaba a luchar contra los almohades y concedía indulgencias plenarias a los que participasen en la expedición.

En definitiva, la Iglesia, como en tantas ocasiones, asume la violencia institucional del sistema, el feudalismo en este caso, y legitima la guerra de conquista, saqueo y exterminio:

«Barons, ara no és hora de fer un llarg sermó, que ocasió no ens ho permet, perquè aquest fet en què el rei, nostre senyor, i nosaltres ens trobem, és obra de Déu i no obra nostra».

Así dice el obispo de Barcelona a los cruzados que van con Jaime I a la conquista de Mallorca.65

14. Defensores de los pequeños

Como viene siendo normal desde la monarquía visigoda y aún lo será por espacio de muchos siglos, la Iglesia y su pensamiento son el único y exclusivo referente de las cosas humanas, todo se justifica por la inspiración divina, tanto el mal como el bien. Así el orden social, en el que se han de distinguir tres estamentos, clérigos, caballeros y labradores, ha sido instituido por Dios, y en consecuencia nadie puede escapar a su destino. El obispo Adalbéron de Laón (947-1030) lo explica muy claramente:

Los tres órdenes

El orden eclesiástico no compone sino un solo cuerpo. En cambio, la sociedad esta dividida en tres ordenes. Aparte del ya citado, la ley concede otras condiciones: el noble y el siervo que no se rigen por la misma ley. Los nobles son los guerreros, los protectores de la Iglesia. Defienden a todo el mundo, a los grandes lo mismo que a los pequeños y al mismo tiempo se protegen a ellos mismos. La otra clase es la de los siervos. Esta raza de desgraciados no posee nada sin sufrimiento: Provisiones y vestidos son suministrados por ellos, pues los hombres libres no pueden valerse sin ellos. Así en la ciudad de Dios que es tenida como una, en realidad es triple. Unos oran, otros luchan y otros trabajan. Los tres órdenes viven juntos y no sufrirán una separación. Los servicios de cada uno de estos órdenes permiten los trabajos de los otros dos. Y cada uno a su vez presta apoyo a los demás. Mientras esta ley ha estado en vigor el mundo ha estado en paz. Pero ahora, las leyes se debilitan y toda paz desaparece. Cambian las costumbres de los hombres y cambia la división de la sociedad.

ADALBERON, Carmen ad Rotbertum regem francom, cit. por Miguel ARTOLA, en &ldquoTextos fundamentales para la historia&rdquo (Revista de Occidente, Madrid, 1968), Pág. 70.

Clamoroso es el carácter ideológico del texto del obispo: La Ciudad de Dios se adapta a las necesidades de los poderosos y así en ella conviven los hombres libres con los siervos, una raza de desgraciados que han de mantener a los primeros con sufrimiento. No impera la ley de Dios, no al menos la que enseñó el maestro de Nazaret, al que paradójicamente adoran, sino la de los poderosos convertida en ley divina. Se rinde culto al Salvador, pero los siervos no tienen salvación posible, el culto diluye y oculta la Palabra.

Años más tarde el Rey Sabio, no obstante su sabiduría, se hará eco en las Partidas de este pensamiento:

Defensores son uno de los tres estados por que Dios quiso que se mantuviese el mundo: ca bien así como los que ruegan á Dios por el pueblo son dichos oradores; et otrosí los que labran la tierra et facen en ella aquellas cosas por que los homes han de vevir et de mantenerse son dichos labradores; et otrosí los que han de defender á todos son dichos defensores.

Partidas P. II, título XXI, Introducción. Cit. por Miguel ARTOLA, en Textos fundamentales para la historia (Revista de Occidente, Madrid, 1968), Pág. 70-1.

A partir del monasterio de Fitero en Navarra en 1140 se extiende rápidamente la orden del Císter que tiene como norma la pobreza, la sencillez de costumbres y el trabajo, alejados de los núcleos urbanos, una contestación al lujo y el poder. Ya en el primer tercio siglo XIII las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, vuelven a la ciudad buscando el contacto con los fieles y se extienden rápidamente. Postulan también la pobreza y tienen como objetivo fundamental recuperar la pureza evangélica, señal inequívoca de que algo no funciona en la Iglesia, secuestrada por los poderosos. Sin embargo, de hecho, le sirven de legitimación.

Ya se ha comentado la importancia económica del Camino de Santiago, en auge desde la primera mitad del XII con la aparición de la primera Guía de Aymeric Picaud, incluida en Codice Calixtino, su valor ideológico legitimador de la Iglesia y de los reinos, no obstante la visión negativa de los navarros, fue también indubitable.

En la misma línea deben verse las escuelas catedralicias, que aparecen junto a las monacales: La vida social se hace más compleja, crece la necesidad de llegar a un público cada vez más amplio e inquieto y la Iglesia extiende sus brazos para dar cobertura a todas las urgencias: Santiago, Toledo, Palencia y Segovia. En 1212 la Escuela de Palencia se convirtió por deseo de Alfonso VIII en Estudio General, pero no tuvo futuro y en 1218 se vio sustituido por el de Salamanca, que se consolida a partir de 1254 con los privilegios que le concedió Alfonso X

Paralelamente aparecen Escuelas judeo cristiana musulmanas en Tarazona y Toledo, la última bajo el patrocinio del obispo Raimundo. Se trata de rescatar el patrimonio cultural de los antiguos para ponerlo al servicio de la nueva civilización, siguiendo el ejemplo que ya diera Isidoro de Sevilla, aún vigente. Los árabes habían traducido a los clásicos y ahora se los vierten al latín: Euclides, Hipócrates, Tolomeo y Aristóteles. Toledo se convierte en centro internacional con la llegada de sabios ultrapirenaicos que luego divulgaran tales saberes por Europa

Al mismo tiempo sin embargo también el romance alcanza estatuto literario con el Cantar del Cid en Castilla y las Homilies d'Organyà en Cataluña.

15. El imperialismo papal

La Iglesia Bizantina se había separado de Roma en 1054, que el emperador no podía permitir la independencia del papa. Ante esta situación formidable los papas Nicolás II (1059-61) y Alejandro II (1061-73) iniciaron una reforma que evitara nuevos cismas y preservara su imperio. En 1073 fue elegido el cluniacense Hildebrando de Soana, que reinó como Gregorio VII (1073-1085) y continuó la reforma con tan enérgico e intransigente ímpetu, que desde entonces se la conoce como reforma gregoriana: Era un esfuerzo por moralizar al clero y organizar mejor a los fieles, defender la independencia del Papado ante a las monarquías laicas y reforzar la supremacía de Roma sobre las iglesias locales. Incluso afirmó que sólo el papa podía nombrar y deponer a los obispos, y defendió que también correspondía al papa la designación de los reyes, que tenían un poder delegado de Dios.

En estas circunstancias, el papa no podía menos que mirar con desconfianza la iglesia hispana, tan próxima al Islam y contaminada por él en alguna ocasión.

«Lo que más singularizaba a la Iglesia española era el hecho de practicar una liturgia especial, que tenía rezo e himno propios, debidos en su mayor parte a los doctos padres de la iglesia toledana o visigoda... Dos veces ya los libros de este oficio toledano o español habían sido examinados en Roma, en 924 y en 1067, y las dos veces habían sido aprobados como católicos; mas a pesar de eso la prevención contra ellos continuaba, teniéndose por inconveniente la diversidad de liturgias en la iglesia occidental».

(MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, La España del Cid, vol. I, pág. 256)

Sancho III el Mayor de Navarra ya había adoptado la norma cluniacense en todos los monasterios. Ahora es el aragonés Sancho Ramírez (1063-1094) el primero en adoptar la reforma al tiempo que daba entrada a los cluniacenses. Así las cosas, Alfonso VI, devoto de Cluny y principal financiero de la abadía, promovió un Concilio en Burgos que, no obstante la resistencia de los obispos castellanos, que perdían su autonomía administrativa frente a Roma, confirmó en 1080 la sustitución del rito mozárabe por el romano.

Se hunde así la cultura hispánica, porque la nueva liturgia romana estaba en códices redactados en letra carolina que sustituyeron a los viejos de letra visigoda, muchos de los cuales se perdieron y aún los de carácter cultural laico fueron ininteligibles en poco tiempo.

Paladín de la reforma fue el monje cluniacense francés, abad de Sahagún luego, primer arzobispo de Toledo y legado pontificio finalmente, Bernardo de Sédirac. A partir del concilio de Burgos la mayoría de las sedes episcopales están ocupadas por obispos cluniacenses franceses.66

Emparedado entre dos culturas antagónicas y más brillantes, con frecuencia el mundo hispano oscilará de una a otra sin atinar a encontrar su verdadera identidad, el conde Garci Fernández y el rey Pedro I de Castilla luego se sentirán fascinados por la cultura islámica, en tanto que Alfonso VI se vuelve hacia los vecinos francos, acaso en un afán de marcar distancia con la agobiante presencia mozárabe y mudéjar. Cinco esposas tuvo Alfonso VI, cuatro de ellas francesas, y franceses fueron sus yernos, los duques de Borgoña. ¿Fascinación por lo foráneo ante lo provinciano local para desmarcarse de lo mozárabe o mudéjar? ¿Sentimiento de culpa por la manera de llegar al trono y necesidad de legitimarse ante el Papa?

«Con la invasión cluniacense, y con lo que tras ella vino, comenzó a modificarse el aspecto mozárabe-islámico de la Península en su zona cristiana. El rito religioso fue reemplazado por el romano, usado en Cluny; cambió el tipo de escritura, y el estilo arquitectónico; la literatura, aun siendo originalísima (el Poema del Cid de hacia 1140 vale como lo que más valga en su tiempo), acudió a fuentes y formas francesas (teatro religioso, cuaderna vía, temas internacionales religiosos y profanos). Mas, aunque los cristianos pasaran de dormir en el almadraque árabe a usar el colchón francés, la tensión personal de la casta heroica continuó siendo la misma; el cristiano -fuese leonés, castellano o navarro- se mantuvo a distancia de lo árabe y de lo francés..».

(CASTRO, Américo, La realidad histórica de España, Cap. X).

 

16. Del románico al gótico

Junto a la obra teórica y legislativa, tiene importancia fundamental la obra simbólica mediante la cual se socializa la ideología. Asistimos ya al nacimiento del mito del apóstol Santiago, legitimador de la Monarquía y de la guerra contra los musulmanes, la Reconquista, que ahora se amplia con la aparición de un documento falso, debido a un canónigo compostelano de mediados del s. XII, que relaciona la victoria de Clavijo con el Apóstol y la cancelación del llamado Tributo de las Cien Doncellas.67

Ahora, gracias a las riquezas que aporta la creciente marea de peregrinos, el obispo de Santiago Gelmírez, que encarna quizá como nadie el poder feudal, ordena levantar la nueva catedral dedicada al apóstol, que será símbolo y ejemplo para toda la Cristiandad, porque allí se concentra lo mejor del románico y del sentir de aquella sociedad: El Señor del Cielo y la Tierra preside los umbrales de acceso al templo en actitud solemne, como magistrado supremo que dictará sentencia en la consumación de los tiempos. Los pobres no tienen otra esperanza y los ricos pueden permanecer tranquilos disfrutando de su poder y riqueza.

Iniciadas en el siglo XIII, las catedrales de León y Burgos muestran una nueva sensibilidad. Frente al espacio lóbrego, misterioso y sobrecogedor del románico, más próximo al terror que inspira el poder, el espacio gótico se eleva a las alturas lleno de luz y color, como una alegoría de la gloria de Dios. Por otro lado, ya no es la imagen austera y terrible del Juez Supremo, imagen de un poder absoluto, la que acoge a los fieles, vale recordar también el Señor de San Clemente de Tahull, sino la Madre del Cristo, piénsese en la Virgen Blanca de León. A la justicia se opone la misericordia. La Iglesia responde así al reto de los franciscanos.

También la imagen del Crucificado comienza a cambiar, al impasible y vestido de Batlló, se oponen otros dolientes que no ocultan las señales del martirio. También el Hijo de Dios sufrió antes de renacer en la nueva vida, parece ser el nuevo mensaje. Los pobres por tanto deben aguantar el sufrimiento mientras esperan. Obviamente los ricos están exentos de esa clase de sufrimiento y se esfuerzan en ganar el Paraíso con donaciones a la Iglesia que hagan olvidar sus tropelías.

 


Apunte bibliográfico

GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A., La época medieval, tomo II de la Historia de España Alfaguara dirigida por Miguel ARTOLA (Madrid, Ed. Alfaguara-Alianza Ed., 1973), 530 págs.

GARCÍA DE CORTÁZAR, J.A., y OTROS, La organización social del espacio en la España medieval. La Corona de Castilla en los siglos VIII a XV (Barcelona, Ed. Ariel, 1985), 248 págs.

LACOSTA, Javier, Mallorca 1229: la visión de los vencidos, http://www.islamyal-andalus.org/nuevo/historia/mallorca_1229.htm

MARTÍN, José Luis, La Península en la Edad Media

MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, La España del Cid (Madrid, Ed. Plutarco, 1929), 2 volúmenes.

MÍNGUEZ, José María, Las sociedades feudales, 1. Antecedentes, formación y expansión (Madrid, Ed. Nerea, 1994), 421 págs.

RUIZ, Teófilo F., Sociedad y poder real en Castilla,

VALDEÓN, Julio, José Mª SALRACH y Javier ZABALO, Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, tomo IV de la Historia de España, dirigida por Manuel TUÑÓN DE LARA (Barcelona, Ed. Labor, 1980), 475 págs.


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