II. El despliegue de los reinos
II.1. El Zócalo Roto
II.2.
Reconquista Y Cruzada
1.Las bases del poder
a)
Económicas
1.El
territorio
El
imperio de la Corona de Aragón
El reino de
Portugal
2.La
población
La invasión de
los francos
El linaje es la
patria
La repoblación
3.La actividad económica
Las parias
El Honrado
Concejo de la Mesta
b)
Sociales
4.La Guerra Del
Camino
2. Los señores de la
guerra
5.Los
caballeros villanos
6.La
nobleza eclesiástica
3. La organización
política del Poder
7.Las Cortes
8.El
Privilegio General
9.El Derecho
10.La administración territorial
4. La legitimación del
Poder
11.Imperator
totius Hispaniae
12.El “fecho
del Imperio”
13.La Bula de
Cruzada
14.Defensores de los pequeños
15.El imperialismo papal
16.Del
románico al gótico
II.1. El Zócalo Roto
La dictadura de Almanzor arruinó el prestigio
y legitimidad de la dinastía reinante, lo que fue ocasión para que de nuevo,
como en los siglos precedentes, se alzaran los poderosos locales, con la
participación ahora de los mercenarios eslavos y beréberes introducidos, como
plataforma de su poder, por Abd ar-Rahman III y el hachib. Ibn Abi Amir tuvo en
este proceso un protagonismo indudable, pero no debemos olvidar que el régimen
era un despotismo personal que, desde el primer califa, se apoyaba en la
fidelidad de un cuerpo de mercenarios ajenos al entramado social.
El hijo mayor del dictador, Abd al-Malik al-Mudaffar,
aún aguantó el embate, pero a su muerte (1008) todo el tinglado se vino abajo y
durante dos décadas al-Andalus fue un caos y Córdoba padeció un baño de sangre.
Córdoba después de la fitna
que destruyó el califato
Uno de los que han venido hace poco de
Córdoba, a quien yo había pedido noticias de ella, me contó cómo había visto
nuestras casas de Balat Mugit, a la parte de poniente de la ciudad. Sus huellas
se han borrado, sus vestigios han desaparecido y apenas se sabe dónde están. La
ruina lo ha trastrocado todo. La prosperidad se ha cambiado en estéril desierto;
la sociedad, en soledad espantosa; la belleza, en desparramados escombros; la
tranquilidad, en encrucijadas aterradoras. Ahora son asilo de los lobos, juguete
de los ogros, diversión de los genios y cubil de las fieras los parajes que
habitaron hombres como leones y vírgenes como estatuas de marfil, que vivían
entre delicias sin cuento. Su reunión ha quedado deshecha y ellos esparcidos en
mil direcciones.
(IBN HAZAM, El collar de la paloma
(Madrid, Alianza Ed., 1979), pp. 227-8).
A partir de 1031, abolido el califato y
encarcelado su último titular, Hixam III, el territorio de al-Andalus se dividió
en innumerables reinos y señoríos, las taifas, que, aunque mantuvieron la
potencia económica y alcanzaron la Edad de Oro cultural, no consiguieron armar
un ejército que detuviera el empuje de los reinos feudales del norte. Así
debieron someterse a su presión y chantaje económico, hasta que, cansados de
ellos, llamaron en su ayuda a sus correligionarios del norte de África,
almorávides primero (1090) y luego almohades (1147), quienes por un momento
frenaron a los castellanos en Zagrajas (1086) y Uclés (1108), y en Alarcos
(1195).
La fuerza político militar fue acompañada de
un rigorismo fundamentalista, más extremado con los almorávides, que paró en
seco el esplendor cultural anterior y truncó la convivencia de las tres castas y
culturas. Mozárabes y judíos tuvieron que exiliarse y buscar otros lares.
Sólo con los almohades destacaron los
filósofos Abubacer
y Averroes, aunque el judío Maimónides
también buscó el exilio. Almohade es sin embargo el emblema universal de
Sevilla, el alminar de su mezquita mayor y luego campanario de su iglesia
catedral, cuya construcción se inicia en 1184.
Sin embargo la fuerza de los reinos cristianos
era ya imparable y en 1212, en las Navas de Tolosa, lograron la victoria que
abría a la Corona de Castilla el valle del Guadalquivir. Sólo subsistió la taifa
de Granada enfeudada al rey castellano.
II.2. Reconquista y Cruzada
Probablemente el que abordamos sea el período fundamental en la formación de las sociedades y Estados europeos.
Durante él surge una nueva clase, la burguesía, que andando el tiempo disputará
el poder a la nobleza y el clero, y dinamizará las sociedades, y los reinos o
principados en torno a los que cuajará el Estado moderno alcanzan un
protagonismo indiscutible.
Los reinos españoles, entre las monarquías
occidentales, son sin embargo de los pocos que tienen una frontera abierta que les
permite ejercer la política más genuina del feudalismo, la conquista y
colonización de territorios. Rusia, en el lado oriental, tuvo una suerte
parecida y su historia tiene cierto paralelismo con la nuestra. Que el
feudalismo es una sociedad dominada por una clase de guerreros profesionales que
hacen de la guerra de pillaje o conquista su única razón de ser. Las Cruzadas,
aparte otras motivaciones, fueron una válvula de escape y seguridad para ese
potencial sin objetivos en una Europa cerrada.
Ello tuvo como consecuencia el crecimiento
hipertrófico de la nobleza y el clero, que, como un tumor maligno, ahogaron el
desarrollo de la burguesía y dejaron sin futuro a las sociedades ibéricas. El
principado de Cataluña en cambio aún lo tenía prometedor a finales del siglo
XIII.
1.Las bases del poder
Tierra y hombres naturalmente, ¿quién iba si
no a trabajar? Los cruzados europeos se espantaban de que los españoles no
pasaran a cuchillo a las poblaciones de infieles sometidas, en Calatrava se
espantaron y algunos desertaron de la coalición de Las Navas por lo mismo.
a)
Económicas
Naturalmente la tierra en primer lugar y
consiguientemente la guerra de conquista, legitimada como Reconquista y Cruzada.
1.El territorio
Hundido el califato y unificados los reinos de
Castilla y León por Fernando I (1035-1065), tras la victoria de
Tamarón (1037) contra su cuñado Vermudo III, de nuevo los monarcas
castellano-leoneses prosiguen el avance hacia el sur.
Le suceden Sancho en Castilla, con título de
rey, Alfonso en León y García en Galicia. Sancho II (1065-1072) unifica la
Corona de Castilla tras vencer en Llantada (1068) y Golpejera (1072) a su
hermano Alfonso. Pero muere en el sitio de Zamora contra su hermana Urraca,
señora de la ciudad, que protege a Alfonso. Sin duda Alfonso desconfiaba de la
voluble voluntad de Dios, inspiradora de reyes, Quien finalmente le dio la
razón, y no respetó su Juicio en Llantada, revalidado luego en Golpejera.
Entre 1055 y 1064 se toman Lamego (1057),
Viseo (1058) y Coimbra (1064). Alfonso VI llega al Tajo y toma Toledo
(25-V-1085), acción facilitada por el partido mozárabe, lo que va a permitir la
ocupación efectiva de todo el territorio al sur del Duero y la repoblación de
Segovia, Ávila y Salamanca en la retaguardia.
Los almorávides sin embargo derrotaron a
Afonso VI en Sagrajas (1086) y Uclés (1108), y frenaron su avance.
Arruinado el imperio almorávide, Alfonso VII
(1126 1157) inicia nuevas campañas en los valles del Henares y del Tajuña, y
toma Oreja (1139), Coria (1143), Calatrava (1146), Lisboa (1147) y, de forma
efímera, Almería (1147), lo que permitió consolidar la repoblación del valle del
Tajo. Instrumento fundamental en este avance y en la posterior ocupación del
territorio fueron las Órdenes de Caballería: Santiago, Alcántara y Calatrava.
Pero en 1143, mediante el Tratado de Zamora,
tuvo que reconocer la independencia de Portugal con Alfonso I Enríquez y a su
muerte (1157) de nuevo los reinos de la Corona, León y Castilla, se alejan.
Alfonso VIII de Castilla (1158 1214) toma
Cuenca (1177), pero los almohades detuvieron de nuevo este avance en Alarcos
(1195). Previamente, en 1179, el rey de Castilla y Alfonso II de Aragón se
habían repartido las zonas de influencia por el Tratado de Cazorla. Sin embargo,
el empuje era ya imparable y en 1212 Alfonso VIII, al frente de un ejército
coaligado de casi todos los reyes cristianos, animados del espíritu de cruzada,
cuya Bula había concedido el papa Inocencio III en 1210, venció a los almohades
en las Navas de Tolosa, lo que abrió el valle del Guadalquivir a la Corona de
Castilla que no tardó en conquistarlo: Fernando III toma Úbeda (1232), Córdoba
(1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), y Alfonso X, Cádiz y Niebla (1262). En el
extremo oriental del reino el príncipe Alfonso había ocupado Murcia en 1243.
Fernando III proyectaba llevar una expedición
al norte de África pero murió antes.
Entretanto, Alfonso IX de León alcanza la
Extremadura: Cáceres (1227), Mérida y Badajoz.
Fernando III había sido coronado rey de
castilla en 1217 por cesión de los derechos de su madre Berenguela, que los
había recibido de su hermano Enrique I (1214-1217). A la muerte de su padre
Alfonso IX (1188-1230), sus hermanastras Sancha y Dulce también le cedieron sus
derechos, con lo que en 1230 Fernando III pudo reunir de nuevo los reinos de
Castilla y León. Resurgía la Corona de Castilla, aunque ya sin el brazo
portugués.
Sancho IV toma Tarifa y Fernando IV Trafalgar.
Ferando IV firma con Aragón la Concordia de
Ágreda que garantiza para Castilla el reino de Murcia, menos la zona de
Alicante.
Los reyes de Navarra Aragón, tomada
Calahorra en 1045, inician un lento avance a partir de Sancho Ramírez que
conquista Estrada (1087), Monzón (1089), Zaidín (1092) y Almenar (1093). Con
Pedro I se ocupa Huesca (1096) y Barbastro (1100), la Tierra Llana en
definitiva.
Alfonso I el Batallador organiza una auténtica
cruzada para tomar Zaragoza, lograda en 1118; luego conquistó en poco más de dos
años todas las demás plazas del reino islámico. En 1127, en respuesta a un
llamamiento de los mozárabes granadinos, hizo una atrevida expedición por
Andalucía de donde se trajo a muchos de ellos. Fue derrotado y muerto sin
embargo en el sitio de Fraga (1134).
La política musulmana llevada a cabo por los
condes de Barcelona, encaminada al cobro de parias, frenó el avance hasta
el siglo XII en que se ocupa Cataluña la Nueva al sur de la frontera tradicional
(Llobregat Cardener Segre medio): Tarragona (1129) y, ya tras la unión con
Aragón, Tortosa (1148), en cuya conquista intervienen naves genovesas, Fraga y
Lérida (1149).
Previamente Alfonso el Batallador, al morir
sin heredero, había cedido el reino a las Órdenes de Caballería; pero la nobleza
impugna el testamento, saca a Ramiro el Monje (1134-1137) del convento y lo casa
urgentemente. De este matrimonio nace Petronila que casa con Ramón Berenguer IV
y unificará los dos reinos. Alfonso II será el primer rey de la Corona de
Aragón, que se legitima con la toma Teruel (1171). Sólo el vasallaje de la taifa
de Valencia frena de momento el avance.
La expedición sobre Almería, aunque dirigida
por Alfonso VII, el emperador, parece que se debe a la iniciativa de los
catalanes, que corren con lo principal de su financiación, junto a Génova y
Pisa, interesados recuperar el control del mar (17-X-1147). Poco después, en
1151, Alfonso VII firma con Ramón Berenguer IV, el conde rey de la Corona de
Aragón, el tratado de Tudilén por el que se reparten las zonas de influencia en
al-Andalus.
Finalmente en 1304 la paz de Ágreda deja
Alicante para la Corona de Aragón y Murcia para la castellana, luego de
continuas disputas fronterizas.
El matrimonio de Ramón Berenguer III con Dulce
de Provenza a comienzos del siglo XII da ocasión a los condes para iniciar un
proceso de expansión en el área ultra pirenaica a costa de los condes de Tolosa.
Entre 1130 y 1162 numerosos señores languedocianos reconocen la soberanía de
Barcelona, que alcanza su apogeo durante el reinado de Alfonso II. Pero a partir
de ese momento, el rey se ve obligado a defender a sus vasallos, el conde de
Tolosa entre ellos, acusados de apoyar a los albigenses, ante la cruzada de la
monarquía francesa, y la empresa que acaba con la derrota y muerte de Pedro II,
llamado el Católico, porque paradójicamente había sido coronado en Roma por
Inocencio III (1204) y enfeudado el reino a la Santa Sede, en la batalla de
Muret (1213).
El imperio de la Corona de Aragón
Abierto claramente a los intereses mercantiles
mediterráneos, ya en la conquista de Tarragona hemos visto naves genovesas, está
liderado por Barcelona y su burguesía, caso absolutamente nuevo entre los reinos
peninsulares, cuyo impulso es netamente feudal y se sustenta en una economía
agropecuaria.
La conquista de Baleares respondía a los
intereses de la nobleza y burguesía catalanas (por lo que los aragoneses negaron
su colaboración) que la financió, interesada como estaba en erradicar el foco de
corsarios mallorquín y asegurar el comercio con el norte de África. Las Cortes
de Barcelona aprobaron la expedición de conquista en 1228, el papa otorgó la
bula de Cruzada y al año siguiente salía de los puertos de Cataluña una escuadra
de mil quinientas naves. El 31 de diciembre de 1229 sucumbió la ciudad de
Mallorca, toda la isla cayó a sangre y fuego: «Como manada de hambrientos lobos
atentos a su presa», escribe el cronista
Ash Sahkandi,
se abatieron los catalanes sobre la ciudad.
Ibiza y Formentera fueron
conquistadas en 1235 por concesión de Jaime I a la nobleza catalana. Menorca se
había sometido en 1231 por el tratado de Capdepera, lo que no la libró de «una
conquista brutal medio siglo después por Alfonso III el Franco».
Aunque el conde Blasco de Aragón tomó la
iniciativa en la conquista del reino de Valencia, la Curia reunida por dos veces
en Monzón tomó la decisión de que las tropas reales interviniesen en la
conquista. El papa Gregorio IX concedió una bula de cruzada en 1236 y en 1238
caía Valencia, esta vez con participación catalano-aragonesa, y en 1245 Alcira.
El matrimonio de Pedro III (1276-1285) con
Constanza, hija de Manfredo, regente de Sicilia, muerto por los Anjou, pone el
reino en manos aragonesas cuando en el verano de 1282 el conde-rey interviene en
apoyo de los sicilianos, que en las Vísperas sicilianas se han alzado
contra los franceses y le han pedido ayuda. El papa excomulgó a Pedro III y
Felipe III de Francia llegó a invadir Cataluña.
A partir de entonces los condes reyes habrán
de maniobrar entre el papado y la casa de Anjou hasta dominar totalmente el
Mediterráneo occidental mediante la ocupación de Córcega, Cerdeña, Sicilia y
Nápoles al servicio de la hegemonía comercial catalana.
En 1319 con Jaime II se crea la Orden de
Montesa que hereda los bienes de la Orden del Templo, ya abolida.
Entretanto Navarra había aprovechado la
confusión creada en Aragón y conseguido la independencia con García VI Ramírez,
el Restaurador, (1134-1150).
Pero en 1200 Alfonso VIII se incorpora
Guipúzcoa y parte de Álava, que pertenecían a Navarra, a la que dejará desde
entonces sin salida al mar y con el tiempo dará origen al irredentismo vasco.
Desde entonces Sancho VII el Fuerte orientará su expansión hacia las comarcas
septentrionales.
Aparte de la conquista en tierras musulmanas,
no debe olvidarse la permanente guerra fronteriza que los reinos cristianos
mantienen entre sí, que el mayor bien es la tierra y los reyes y señores
feudales se la disputan como bandas de ladrones, como machos territoriales de
cualquier especie se la disputan:
Fernando I derrota a su hermano García III
Sánchez de Navarra, que resulta muerto, en Atapuerca (1054), y se anexiona la
comarca de la Bureba. Sancho II de Castilla disputa el reino a sus hermanos como
antes lo hizo su padre con sus tíos y Alfonso VI mantiene encarcelado de por
vida a su hermano García y arrebata a Navarra parte de la Rioja y del actual
País Vasco. Sancho Ramírez de Aragón se proclama rey de Navarra, tras la muerte
de Sancho IV en Peñalén (1076), víctima de una conspiración nobiliaria. Alfonso
VII de León ocupa Zaragoza en 1134 a la muerte de Alfonso el Batallador y pudo
exigir vasallaje por ella a Ramón Berenguer IV.
El reino de Portugal
Surge de la felonía de los condes tenientes,
tras la que se encuentra en inextricable amalgama la ambición personal, los
intereses de la orden de Cluny (el obispo de Toledo, Bernardo, cluniacense
francés, apoyaba al partido borgoñón y el papa Calixto II (1119) era hermano de
Raimundo y tío de Alfonso VII), instrumento del Papado, y el imperialismo
borgoñón:
«La
debilidad de Alfonso VI, y su urgencia por prestigiarse él y su reino, le
hicieron dócil instrumento de la política de Cluny, agente de la política
imperial del papado. Casó primero con Inés de Aquitania (lo cual es todavía un
eco de la acción de Cluny a través del ducado de Aquitania y de Navarra); luego,
con Constanza, hija del duque de Borgoña. Sus yernos, Enrique y Ramón,
pertenecían a la casa ducal de Borgoña, lo mismo que su pariente el abad Hugo de Cluny. La muerte del conde Ramón, heredero del reino, perturbó los planes
cluniacenses en cuanto a León y Castilla, planes que entonces se concentraron
sobre Portugal, feudo otorgado por Alfonso VI a su yerno el conde Enrique. Así
pues, por caminos indirectos pero muy claros, la independencia de Portugal es
inseparable del culto dado a Santiago...
«Mas, ahora, esos
acontecimientos deben ser vistos a la indirecta luz que proyectaban sobre ellos
el apóstol Santiago y el imperialismo borgoñón. El conde Enrique vino a España
por los mismos motivos que hicieron a los cluniacenses establecer sus
monasterios en los lugares estratégicos del camino de la peregrinación; también
por esos motivos casó con Teresa, hija de una unión ilegítima de Alfonso VI, y
recibió en feudo las tierras al sur de Galicia».
(CASTRO, Américo, La realidad histórica de
España, Cap. X).
En 1143, mediante el Tratado de Zamora,
Alfonso VII no tuvo más remedio que reconocer a Alfonso I de Portugal, que usaba
el título desde cuatro años antes. Alfonso Enríquez recogía así el fruto de las
intrigas y rebeldía continuas de sus padres Enrique de Lorena y la infanta
Teresa de León, en guerra permanente contra la reina madre Urraca (1109-1126).
Inmediatamente prosiguió su particular expansión en territorio musulmán: en 1147
tomaba Lisboa y Santarem, y su hijo y sucesor Sancho I incorporaba el Algarve.
La población
Hasta este momento, salvo raras excepciones,
como las incorporaciones de Nájera y Viguera (920), los reinos del norte no han
hecho más que ocupar territorios vacíos. Surge sin embargo ahora una importante
novedad, los territorios conquistados están poblados, Calahorra (1045) es el
primero de ellos. Inmediatamente
Alejandro II predicó la
Primera Cruzada contra el Barbastro musulmán (1063), que convocó a innumerables
caballeros ultra pirenaicos.
La Cruzada de Barbastro
«El ejército de gentes del Norte
sitió largo tiempo esta ciudad y la atacó vigorosamente. El príncipe a
quien pertenecía era Yusuf ibn Sulaiman ibn Hud y la había abandonado a su
suerte, de manera que sus habitantes no podían contar más que con sus
propias fuerzas. El asedio había durado cuarenta días y los sitiados
comenzaron a disputar los escasos víveres que tenían. Los enemigos lo
supieron y, redoblando entonces sus esfuerzos, lograron apoderarse del
arrabal. Entraron allí alrededor de cinco mil caballeros. Muy
desalentados, los sitiados se fortificaron entonces en la misma ciudad. Se
produjo un combate encarnizado, en el cual fueron muertos quinientos
cristianos. Pero el Todopoderoso quiso que una piedra enorme y muy dura,
que se encontraba en un muro de vieja construcción cayese en un canal
subterráneo que había sido fabricado por los antiguos y que llevaba dentro
de la ciudad el agua del río. La piedra obstruyó completamente el canal y
entonces los soldados de la guarnición, que creyeron morir de sed,
ofrecieron rendirse a condición de que se les respetase la vida
abandonando a los enemigos de Dios tanto sus bienes como sus familias.
Como así se hizo. Los cristianos violaron su palabra, porque mataron a
todos los soldados musulmanes conforme salían de la ciudad, a excepción
del jefe ibn-al-Tawil del cadí ibn-Isa y de un pequeño número de
ciudadanos importantes. El botín que hicieron los impíos en Barbastro fue
inmenso. Su general en jefe, el comandante de la caballería de Roma, se
dice que tuvo para él alrededor de mil quinientas jóvenes y quinientas
cargas de muebles, ornamentos, vestidos y tapices. Se cuenta que con esta
ocasión fueron muertas o reducidas a cautividad cincuenta mil personas»...
(IBN HAYYAN, traducción de R.
Dozy publicada por Antonio UBIETO ARTETA en Historia de Aragón, La
Formación Territorial, La Cruzada contra Barbastro (1064) (Anubar
Ediciones, 1981), pp. 53-67.
O sea, el horror. Sin embargo, no será ésta la
norma, aunque no por humanitarismo, que no conocen, ni por caridad cristiana,
que no practican, sino por pragmatismo, que la población, como la tierra, es un
bien económico imprescindible.
No se conocen cifras para este período, pero
las continuas repoblaciones permiten suponer un fuerte crecimiento demográfico
paralelo al que se observa en Europa: León, por ejemplo, tiene 1500, 3000 y 5000
habitantes respectivamente en 1100, 1200 y 1300.
En la composición de la población conviene
destacar a los mudéjares, a los que se suele expulsar de los principales
núcleos urbanos, y la minoría judía, que permanecen en el reino de Toledo
y los territorios catalano aragoneses. También es importante la emigración desde
el Norte, donde se advierte un considerable aumento de la población en los
núcleos montañeses originales, al valle del Guadalquivir y la de sentido
contrario cuando la realidad no corresponda a las expectativas.
No obstante, el valle del
Guadalquivir se vació de su población autóctona a partir de 1264, lo que colapsó
su economía; lo mismo sucedió en el reino de Murcia.
La invasión
de los francos
Por otro lado, es importante la inmigración de
francos, que llenan las ciudades del Camino, ocupan las sedes
episcopales, dirigen parte del tesoro hacia la abadía de Cluny, comparten trono
y lecho con Alfonso VI, casan con sus hijas y logran instalar dinastías
borgoñonas en Castilla y Portugal. Bien se podría hablar de una invasión de
francos, invasión cluniacense precisó Américo Castro, aunque promovida por la
monarquía, que los términos franco y franquicia han quedado en la lengua como
sinónimos de libre o exención fiscal, porque eran los reyes quienes facilitaban
su instalación para que llenaran el vacío económico que los naturales, ocupados
en la guerra de frontera, dejaban. Si alguien levantó la voz contra ellos, no
consta. Estaban al servicio de Roma y controlaban la ideología oficial, o sea,
eran ellos quienes escribían la historia.
En la Corona de Aragón la población se
duplicaría entre mediados del siglo XII y mediados del XIV, alcanzando cerca de
900.000 habitantes poco después de los primeros ataques de la Peste Negra:
Cataluña 500.000
Aragón 200.000
Valencia 200.000
Baleares 50.000
Los mudéjares constituyeron un sector
fundamental: 66% en Valencia, 35% en Aragón y 3% en Cataluña, la mayoría de
ellos en el campo.
Los judíos en cambio vivían en las
ciudades, en Aragón destacaba la aljama de Zaragoza y en Cataluña las de
Barcelona, Gerona, Tárrega, Lérida y Tarragona. En Mallorca se les llamó
chuetas.
Los francos acudieron en buen número al
valle medio del Ebro y los judíos formaban una minoría importante,
cualitativa y cuantitativamente, ya que «en sus manos estaba buena parte de la
actividad industrial, comercial y científica de la Corona».
El linaje es la patria
En la base del entramado social la familia
es la unidad fundamental con una importancia que hoy desconocemos, porque une a
todos los que comparten un ascendiente común con una fuerte solidaridad por
encima de cualquiera otra, sea nacional, que desconocen, señorial, territorial o
incluso religiosa en ocasiones. En el caso de los humildes esta solidaridad es
casi el único seguro, a veces, ante la adversidad. En el caso de los ricos o de
la nobleza más propiamente es además un símbolo de prestigio, porque, por encima
de todo, el linaje es la patria. Sólo así se explica la actitud de algunas
familias que lo subordinan todo a la honra de sus miembros: el afán de los
borgoñones por dominar la corona de Castilla.
La repoblación
Al Sur del Duero.- El extenso
territorio entre el Duero y el Sistema Central, casi vacío, fue repartido «en
grandes términos municipales, al frente de los cuales los concejos respectivos
se encargaron de dominar el área mediante la instalación de colonos».
Estos municipios fronterizos (Salamanca,
Ávila, Cuéllar, Arévalo, Segovia, Sepúlveda, y más tarde Soria, Almazán,
Berlanga) reciben una serie de privilegios contenidos en los fueros, de los que
el más claro es el de Sepúlveda.
Son municipios abiertos a todo el mundo,
incluso delincuentes, dada la necesidad de repoblar, y sus habitantes, a
diferencia de los de las ciudades europeas, son «ganaderos, labradores y
soldados a caballo más que comerciantes o artesanos».
Aparecen así en el Duero dos zonas, separadas
por el río, con estatutos jurídicos diferentes:
1. El Norte, con un derecho señorializado.
2. El Sur, con un amplio derecho de frontera
condicionado a la instalación del colono en la zona y la puesta en cultivo
de la tierra.
Amparándose mutuamente, monarquía y ciudades
impondrán sus intereses y estilo.
«Los caballeros villanos son quizá el
resultado social más específico de la ocupación cristiana del espacio entre el
Duero y el Tajo durante los siglos XI al XIII».
Pero, no obstante el mayor
número de hombres jurídicamente libres, de pequeños propietarios y la menor
señorialización de esta zona, ello no impide a las ciudades comportarse como
auténticos señores con respecto a su alfoz y cumplen el mismo papel que en
Francia cumplieron las castellanías.
El valle del Tajo.- La extensión del
territorio, la densidad de su población autóctona y la falta de hombres impuso a
Alfonso VI la necesidad de mantener sobre el terreno a los vencidos. Generosidad
de la capitulación en la que se garantiza la vida, propiedades, bienes y lugares
de culto de los antiguos habitantes, propiciado por la amplia población
mozárabe. Pero el obispo cluniacense Bernardo, al ocupar la mezquita musulmana,
inicia una radicalización que se acentuará con la llegada de los almorávides y
la derrota de Zalaca.
Para 1188 estaban creados al norte del Tajo
los concejos de Hita, Guadalajara, Uceda, Madrid, Maqueda, Magán, Talavera y
Plasencia.
El asentamiento en el Tajo va a permitir la
ocupación definitiva de la Extremadura castellana: Ayllón, San Esteban de Gormaz,
Iscar, Coca, Cuéllar, Arévalo, Olmedo, Medina, Segovia, Ávila, Salamanca, con
gentes venidas en general del norte del Duero. Se trata de una repoblación de la
llamada concejil «dirigida por las autoridades del reino, que no dejaba nada a
la improvisación»;
se constituyen así poderosos concejos que controlan y defienden un territorio en
los que el grupo dominante son los caballeros, esto es, aquellos que pueden
sostener un caballo de guerra, una de cuyas «principales fuentes de ingresos»
son «las famosas cabalgadas, expediciones sobre territorio enemigo que tenían
como objetivo principal del castigo de los musulmanes y la obtención de botín»;
es una sociedad de frontera; se conceden fueros en que figuran las obligaciones
y privilegios; el de Sepúlveda (1076) será el modelo que se irá extendiendo a
los demás.
El valle del Tajo tenía sin embargo un
poblamiento denso y diverso; en Toledo convive una población originaria de
mozárabes, mudéjares y judíos a los que se unen castellanos y francos; muchos de
los mudéjares emigraron hacia al Andalus, los mozárabes acabaron integrándose en
el grupo castellano y perdieron su lengua y hábitos, el grupo judío se reforzó y
los francos eran escasos aunque destacados, como Bernardo, primer arzobispo de
Toledo.
«La columna vertebral del poblamiento en el
valle del Tajo fue el concejo»
en lo que se seguía el modelo ya
experimentado en la Extremadura: Medinaceli, Atienza, Sigüenza y Molina, la
campiña del Henares y la Alcarria (Hita, Uceda, Talamanca, Guadalajara, Alcalá),
Buitrago, Madrid, Escalona, Maqueda, Talavera y Santa Oalla.
El valle del Guadiana.- Hay una clara
distinción entre los territorios de la sierra repoblados según el sistema
concejil, de lo que son ejemplos Cuenca y Plasencia, y la llanura manchega
repoblada por las Órdenes de Caballería: la de Calatrava en el Campo de
Calatrava, la de Santiago en el Campo de Montiel y el Priorato de San Juan en la
zona de la puebla de Alcázar, lo que favorece un tipo de repoblación señorial y
latifundista. Esta modalidad se consagró definitivamente en la región extremeña,
repoblada después de Andalucía, lo que dio a su estructura agraria y social el
carácter aristocrático que ha resultado secular. Sólo la zona de Villa Real,
fundada por Alfonso X, es de realengo. La escasez de población y el parón que
impone la derrota de Alarcos «explican la importancia de la ganadería lanar y de
la trashumancia en la Meseta Sur».
El valle del Guadalquivir.- Dos
objetivos fundamentales se propone la monarquía en la repoblación del valle:
1. La rápida castellanización y
2. La potenciación de los concejos.
Para lo primero se procede a la expulsión de
la población musulmana del reino de Jaén y en general del resto de las ciudades,
que se entregan a repobladores venidos de Castilla (Burgos, Palencia,
Valladolid, Toledo, Guadalajara) y del alto Guadalquivir, y a genoveses,
contrariamente a lo hecho en Toledo donde se superpusieron las poblaciones, lo
que ha sido considerado «como el salto más espectacular registrado en toda la
historia de Andalucía.»
Para lo segundo, que se explica por la
necesidad de controlar los enclaves estratégicos, se conceden fueros a los
nuevos concejos organizados sobre las ciudades musulmanas: Baeza y Úbeda reciben
el fuero de Cuenca, Córdoba y Sevilla el Fuero Juzgo (de Toledo?). Otros
concejos importantes son Andújar, Jaén, Écija, Carmona, Jerez, Arcos y Cádiz.
Así, las ciudades, ocupadas por cristianos, se
convierten en centros de poder militar y político, mientras que el campo aparece
poblado exclusivamente por mudéjares hasta su expulsión en 1264.
Se concedieron encomiendas a las Órdenes de
Caballerías a lo largo de la frontera con el reino de Granada y el
adelantamiento de Cazorla, en el alto Guadalquivir, al arzobispado de Toledo.
El sistema predominante de repoblación son los
repartimientos, «es decir, la entrega de casas y tierras, realizada por
comisiones nombradas al efecto, entre quienes se decidían a instalarse en los
territorios que acababan de ser incorporados a la corona de Castilla»,
los cuales estaban constituidos por donadíos mayores, que se entregaban a
los magnates (por causas mal conocidas, luego de la prudencia de Fernando III,
«el contingente importante de cesiones de tierra se produjo en 1252,
inmediatamente después de que Alfonso X subiera al trono»),
y heredamientos, entregados a los caballeros y peones.
Repartimiento de Sevilla
«Dentro de este grupo de concesiones se puede
establecer se puede establecer una distinción entre los llamados donadíos
mayores, otorgados a infantes y ricos hombres, Órdenes Militares o iglesia
catedral de Sevilla, y los donadíos menores, concedidos a oficiales, gentes de
la administración real, eclesiásticos, adalides, etc... Un ejemplo típico de
donadío mayor es el otorgado a Don Alfonso de Molina, hermano de Fernando III:
recibió la aldea de Corcubina, en el término de Sanlúcar, con 30.000 pies de
olivar, 120 almarrales de viña, higueras suficientes para recoger 1.000 seras de
higos anualmente, 150 casas, 12 molinos de aceite y ocho huertas, aparte de 30
yugadas de tierras de labor en el lugar de Torres...
«[Los] caballeros de linaje... recibieron como
heredamiento, aparte de buenas casas, 20 aranzadas de olivar, seis de viña, dos
de huerta y dos yugadas de pan. El resto de los pobladores de la ciudad recibió
una casa y una heredad, si bien el heredamiento del peón (una yugada de pan y
cuatro aranzadas de olivar) era inferior al del caballero (dos yugadas de pan y
ocho aranzadas de olivar)».
(VALDEÓN, Julio, en Feudalismo y
consolidación de los pueblos hispánicos, p. 28).
Sin embargo, la constitución de los
latifundios no se origina de los repartimientos cuyo nervio básico «había sido
el asentamiento de amplios contingentes de cultivadores de la tierra en
heredades de tipo de pequeño o mediano»,
sino de diversas causas ajenas al mismo repartimiento, entre las que cabe contar
la destrucción del campo como resultado de la guerra de conquista, las tierras &ldquoasmadas&rdquo,
lo que ocasionaría su abandono y venta por parte de los nuevos propietarios
(«existen pruebas evidentes de una emigración a la inversa en dirección Norte
cuando las condiciones reinantes en Andalucía demostraron ser menos prometedoras
que lo imaginado al principio»)
y la rebelión mudéjar de 1264 que terminó con su expulsión del campo andaluz y
la despoblación de éste, lo que revirtió sobre el anterior proceso de abandono.
A ello habría que añadir el efecto de las razzias de los benimerines entre 1275
y 1285. Así, «la despoblación del campo andaluz acentuó aún más la sensación de
fracaso del proceso repoblador que se tenía a los veinte años de la conquista de
Sevilla».
Conviene subrayar este fenómeno porque resulta
capital en la historia de la Bética y quizá de los pueblos hispánicos. La Bética
constituía la mejor tierra agrícola de todo el Occidente europeo y había sido
cuna de su más antigua y alta civilización, que se había mantenido sin solución
de continuidad desde los orígenes hasta la llegada de los castellanos. La crisis
del siglo III y las invasiones bárbaras supusieron un paréntesis, tal vez
similar al que supuso el final de la influencia fenicia; pero la civilización
resurgió poderosa en cuanto los musulmanes devolvieron a las poblaciones del
Betis las condiciones favorables para ello. Sin embargo, la crisis que siguió a
la invasión de los castellanos sumió a la Bética en una crisis tal que la relegó
al lugar secundario y marginal que aún conserva dentro del Estado y del conjunto
de los pueblos hispánicos, porque le impuso una estructura de propiedad de la
tierra, más allá incluso de la estructura feudal, que la paralizó durante
siglos.
El valle del Ebro.- Se pueden
distinguir dos zonas a las que corresponden dos fórmulas bien diferenciadas: al
norte del Ebro donde se dan fuertes municipios como Tudela, Zaragoza y Tortosa,
cuya repoblación se asemeja a la utilizada en Toledo, lo que supone la
permanencia de la población mudéjar, y al sur, en la frontera, con municipios
como Calatayud, Daroca y Belchite, con fueros inspirados en el de Sepúlveda que
atraen a la zona pobladores de todo el arco pirenaico con la única obligación de
defender el territorio a caballo, los hombres libres, y a pie, los francos.
Valle del Turia.- En su curso alto y
medio, en los macizos de Teruel, y en el área de la actual provincia de
Castellón, abandonada por los musulmanes, la repoblación es semejante a la
llevada en el Guadiana por las Órdenes Militares con la consecuente
señorialización y desarrollo de una economía pastoril. En la zona de Valencia en
cambio se utiliza la fórmula de los repartimientos ensayados ya en el Ebro y
llevados a cabo en el Guadalquivir. El sur del reino apenas recibió repobladores
y la población mudéjar permaneció de modo abrumador.
El valle del Segura.- Tropezó también
con muchas dificultades y tiene muchos rasgos que la asemejan a la de Andalucía.
Baleares.- Las Baleares quedaron vacías
de población musulmana, que fue pasada a cuchillo, y se repobló por el sistema
de repartimientos. La mitad de Mallorca, medietas magnatum, se entregó a
los grandes magnates que habían intervenido en la conquista. La otra mitad,
medietas regis, tuvo muchos beneficiarios, la Orden del Temple, oficiales
del rey y muchos repobladores catalanes.
El camino de Santiago y la costa Cantábrica.-
De modo paralelo a la repoblación de las nuevas tierras, la monarquía inicia a
mediados del siglo XI la de las tierras interiores que se concreta en la
concesión del fuero e institucionaliza en el concejo, según venimos viendo. Gran
desarrollo urbano a lo largo del Camino, aunque por todas partes aparecen
villas, polas y burgos, en lo que se ha visto el intento por parte de la
monarquía de contrarrestar a los señoríos laicos y eclesiásticos.
«La repoblación concejil está vinculada al
fortalecimiento político de la monarquía» por cuanto equilibra el poder de la
nobleza al crear «centros de organización política y social cuya feudalización
escapa al control nobiliario» y de atracción demográfica «porque los fueros
concejiles reconocen una serie de libertades desconocidas en los señoríos de la
nobleza de la zona.»
«Esta situación de equilibrio entre nobleza y
concejos contribuirá decisivamente a la mejora de las condiciones de vida de un
importante sector campesino».
Porque la nobleza tendrá que
suavizar los tributos, censos y otras cargas para frenar el éxodo campesino que
amenazaba con colapsar la producción y limitar seriamente las rentas señoriales.
Conocido es el caso de Sahagún que trata de
retener a los artesanos que llegan por el Camino:
Poblamiento de Sahagún
«Pues agora como el sobredicho rrei ordenase e
estableçiese que ai se fiçiese villa [1087], ayuntaronse de todas las partes del
vniberso burgueses de muchos e diuersos ofiçios, conbiene a sauer, herreros,
carpinteros, xastres, pelliteros, çapateros, escutarios e omes enseñados en
muchas e dibersas artes e ofiçios, e otrosi personas de diuersas e estrañas
provinçias e rreinos, conbiene a sauer, gascones, bretones, alemanes, yngleses,
borgoñones, normandos, tolosanos, provinçiales, lombardos, e muchos otros
negociadores de diuersas naçiones e estrannas lenguas; e asi poblo e fiço la
villa non pequenna. E luego el rrei fiço tal decreto e ordeno que ninguno de los
que morasen en la villa, dentro del coto del monasterio, toviese por rrespeto
hereditario o rraçon de heredad, canpo, nin vinna, nin huerto, nin hera, nin
molino, saluo si el abad, por manera de emprestido, diese alguna cosa a alguno
dellos, pero pudiese haber casa dentro de la villa, e por causa e respeto de
ella, por todos los annos pagase cada uno de ellos al abad vn sueldo por çenso e
conosçimiento de señorio, [...] Otrosi ordeno que todos devan a coçer el pan al
forno del monasterio, [...]
«Semejantemente, el mercado que primeramente
se façia en Grajal, que es villa rreal, traspasó a la villa de Sant Fagun, e
esto porque aprobechase a rrefecçion e a la ayuda de los monjes, [...] e aun
ordenó [...] que los burgueses de Sant Fagum no pagasen al rrei portadgo nin
triuuto alguno [...]
«E por quanto los burgueses de Sant Fagum
usauan paçificamente de sus mercaderías e negoçiauan en gran tranquilidad, por
eso benian e traian de todas las partes mercadurias, asi de oro como de plata, y
aun de muchas bestiduras de diuersas façiones, en manera que los dichos
burgueses e moradores eran mucho rricos e de muchos deleites abastados».
(Crónica anónima de Sahagún)
Tierra de Campos a mediados del siglo XII:
Medina de Rioseco, Villabrágima, Urueña, Castromonte, Paredes de Nava,
Astudillo... Benavente en 1164 por Fernando II con el fuero de León; tres años
más tarde se le otorga fuero propio que en 1181 se lleva a Mansilla y entre 1200
y 1225, el mismo de Benavente u otros emparentados con él, a Betanzos, La
Coruña, Llanes, Villafranca del Bierzo, Puebla de Sanabria.
En 1163 se concede el fuero de Logroño a
Castro Urdiales, lo que confirma «las intensas relaciones que estas villas
costeras mantienen con el territorio interior castellano».
En 1187 nace la villa de Santander junto al
monasterio de San Emeterio, y «entre los años 1200 y 1210 Alfonso VIII establece
toda una cadena de villas de realengo a lo largo del litoral Cantábrico de
Castilla, desde el Bidasoa hasta la desembocadura del Deva... El mismo años de
1200 Alfonso VIII confirma los fueros de Guipúzcoa». El fuero de San Sebastián
se convierte desde entonces en el ordenamiento foral de mayor difusión en el
litoral cantábrico castellano.
3.
La actividad económica
Dado el carácter económico fundamental que
tiene la guerra y por supuesto el avance espectacular que en estos siglos
alcanzará la frontera, no se puede olvidar la consolidación definitiva de la
caballería pesada con toda una serie de mejoras técnicas (difusión del estribo,
herradura claveteada, silla con pomo y borrén trasero) que harán del caballero
el blindado de la época.
En la agricultura cabe destacar la
introducción, aunque su difusión sea muy lenta, de una serie de adelantos
técnicos como el arado asimétrico de ruedas y vertedera, un sistema de enganche
mediante collera rígida en las caballerías, que permite emplear el caballo, más
rápido y resistente que el buey; yugo sobre los cuernos en los bueyes, las
carretas de cuatro ruedas con enganches en fila, los molinos de agua y viento,
difusión de las herramientas de hierro, aunque se sigue utilizando el viejo
arado romano, de una o dos rejas de hierro o madera endurecida al fuego,
uncido a bueyes. Y finalmente el desarrollo de cultivos trienales, que permite
un mejor aprovechamiento de la tierra.
Las parias
«La tierra era la base de la producción y de
las relaciones sociales».
No obstante, la guerra constituye la principal y más rentable de todas las
actividades económicas, la que va a permitir triplicar el territorio de los
reinos y volcar sobre ellos una enorme riada de oro procedente del botín y del
cobro de las parias, un tributo que permitía a las taifas comprar la paz
y librarse de la agresión feudal. Sancho el Mayor y Ramón Berenguer I fueron los
primeros en cobrarlas, y se sabe que Zaragoza pagaba al rey de Navarra veinte
kilos de oro anuales. Sin embargo, como sucederá más adelante con el oro de
América, esta riqueza no contribuirá al desarrollo de una economía burguesa,
sino que se invertirá en financiar la guerra, tesaurizará en forma de objetos de
lujo, litúrgicos principalmente, y servirá como pago en el mercado andalusí de
los objetos que la artesanía propia no producía.
«En su conjunto, por tanto, el oro musulmán
apenas contribuye, en el siglo XI, a fomentar la vida ciudadana, las artes de
lujo ni la aparición de una burguesía en los núcleos del norte; las
características del ambiente político-social lo orientaba preferentemente al
establecimiento y consolidación de un predominio cristiano sobre el Islam».
(GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A., La época medieval, 156).
La afluencia de oro era tal que se devalúa
rápidamente, la inflación llegó al 70% durante el siglo, y repercute sobre el
resto de Europa, que acuñó moneda según el modelo musulmán. Se entiende así la
llamada invasión cluniacense, aparte las ganancias que empieza a proporcionar el
Camino.
La consecuencia política, aparte la indicada
de la invasión cluniacense, fue el fortalecimiento de la nobleza y el clero,
porque los reyes repartían el oro entre ellos para comprar su fidelidad, que
compran las tierras de los hombres libres y se hacen fuertes frente al rey.
Pero la presión tributaria de Alfonso VI fue
tanta que determinó a al-Mutamid de Sevilla a pedir ayuda a Ysuf ibn Tasufin, al
otro lado del Estrecho, quien lo derrotó en Sagradas (1086), se apoderó de luego
al-Andalus y liquidó aquella brillante cultura.
Consideramos fundamental resaltar este aspecto
de la economía peninsular, muy particularmente de la Corona de Castilla, porque
ello contribuirá a desarrollar unas estructuras socioeconómicas de carácter
depredador que inhabilitarán a castellanos, portugueses y aragoneses para
instalarse en la modernidad cuando la ocasión les llegue.
A lo largo del período estudiado asistimos a
un doble proceso: «la definitiva sustitución de la pequeña propiedad libre o
alodio por el gran dominio o señorío territorial como unidad de producción
agraria» y el paso a un sistema de aprovechamiento de las rentas de la tierra,
en que «las derivadas del señorío jurisdiccional alcanzan proporción superior a
las propiamente dominicales».
Lo que convierte a la
agricultura y ganadería en las actividades fundamentales.
El cereal (trigo, cebada, centeno, mijo...) y
la vid eran los cultivos básicos, a los que se añadió el olivo, el arroz y la
higuera en Andalucía, donde se introdujeron los cultivos típicos castellanos y
se arruinaron las huertas (aunque parece que éstas nunca tuvieron la importancia
que en Levante). «Se trataba de una agricultura basada en unas técnicas
arcaicas... destinada al autoabastecimiento del mercado interior».
Sobre ella repercutieron
negativamente los trastornos demográficos y la parcial despoblación del Norte,
ocasionada por la emigración al valle del Guadalquivir, lo que acarreará «la
carestía y la falta de comestibles» y «un rápido índice de inflación», que
apareció en Castilla treinta y cinco años antes que en los demás países
occidentales, acentuado por la devaluación de la moneda ante las dificultades
financieras de la monarquías.
Paralelamente muchos campesinos libres
vendieron sus propiedades para emigrar, a consecuencia de lo cual «el final del
siglo XIII y el siglo XIV fueron testigos de la formación de grandes fincas en
el Norte»,
cuyos principales beneficiarios fueron los magnates y algunas grandes familias
urbanas.
El Honrado Concejo de la Mesta
La base de la ganadería es el ganado ovino,
más favorable en una tierra donde escasea la mano de obra: «La conquista de
Andalucía hizo más provechosa la trashumancia y fomentó su desarrollo... La
existencia de grandes extensiones de tierras deshabitadas facilitaba su
conversión en pastos».
Los principales dueños de
rebaños son las Órdenes Militares, las iglesias catedralicias, los grandes
monasterios y los magnates, los cuales se organizan corporativamente en el
Honrado Concejo de la Mesta, constituido por Alfonso X poco antes de 1273,
que andando el tiempo se convertirá en un formidable grupo de presión que
acumulará privilegios y entorpecerá el desarrollo agrícola e industrial.
Como ya lo había hecho Sancho el Mayor de
Navarra también Fernando I y Alfonso VI favorecen el tránsito de peregrinos a
Santiago levantando hospitales y hospederías, y protegiendo sus bienes y
personas.
El Camino De Santiago
«Por esta arteria central del reino corrió,
cada vez más abundante y fácilmente, la vida europea, traída por continuas
turbas de devotos y mercaderes; a trechos la corriente se remansaba y los
viajeros se convertían en colonos, pobladores de barrios enteros, llamados
"barrio de francos", en las ciudades del camino, en Logroño, en Belorado, en
Burgos, en Sahagún.
«La prosperidad de la peregrinación significó
prosperidad general de las otras vías de comercio, especial atención de Alfonso.
Negociantes y peregrinos cruzaban seguros todo el país sin que nadie se
atreviese a vejarlos. Alfonso no consistió ni a nobles ni a plebeyos mover
guerra entre sí; "la paz del rey", esta paz interna de todos sus
vasallos fue tan terriblemente garantizada, que una mujer sola podía llevar
consigo oro a través de yermos o de poblados sin que ninguno se propasase a
tocarla».
(MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, La España del Cid,
vol. I, pág. 253)
La industria textil tiene un carácter
doméstico y rural destinada al consumo local. Desde mediados del siglo XIII, sin
embargo, se observa un crecimiento y una tendencia a superar su localismo con
una radicación urbana, aunque los paños son de escasa calidad y su producción no
se corresponde con la de lana. En el País Vasco crecen las ferrerías en relación
con la producción de hierro de Vizcaya. También cabe destacar la producción
naval, donde destaca la decisión de Alfonso X de instalar atarazanas en Sevilla
en 1252.
Se asiste a un «incremento espectacular del
comercio, tanto local y regional como de larga distancia».
«La primera feria documentada de tierras
castellano-leonesas es la concedida en 1116 por Alfonso I de Aragón a Belorado.
En 1152, Alfonso VII otorgaba una feria a Valladolid, y en 1155, otra a Sahagún.
A partir de esas fechas se multiplica la concesión de ferias: Palencia, Carrión
[1169], Sepúlveda, Madrid, Brihuega, Alcalá de Henares, Cuenca, Cáceres,
Badajoz, Sevilla, etcétera.»
La abundancia de numerario que proporcionan
las parias fomenta el comercio y en 1171 Alfonso VIII de Castilla acuña
maravedíes de oro en Toledo, según el modelo de los dinares cordobeses. También
se acuña sueldos de plata burgaleses y dineros de vellón, que es la moneda que
circula.
Sin embargo, «la Castilla medieval era un país
subdesarrollado» que exportaba materias primas e importaba productos
manufacturados. La clase mercantil del Norte de Castilla era descendiente en
muchos casos de los extranjeros que poblaron el Camino, en Sevilla eran los
italianos quienes dominaban el comercio a larga distancia y, como el grueso de
las importaciones consistía en paños de Flandes, sumamente rentables, unos y
otros «no tenían ningún interés en la manufacturación de productos ni en
diversificar su comercio».
Característico del período en la Corona de
Aragón es la inversión de capitales de la burguesía en el campo y la
concentración de la propiedad en pocas manos. No obstante, entre 1200 y 1350 se
advierte una gran prosperidad en el ámbito rural.
El reino de Aragón es eminentemente agrícola
donde se cultiva la tríada mediterránea, frutales y hortalizas, y algunos
cultivos industriales como lino y cáñamo. A lo largo del Camino se practica el
comercio, aunque la única ciudad digna del nombre es Zaragoza. La ganadería
ovina era la principal riqueza.
En Cataluña la agricultura estaba más
diversificada con arroz, olivo y frutos secos. Pero destacaba fundamentalmente
la industria textil con talleres en Barcelona, Puigcerdá, Ripoll, Vic o Gerona,
debidos en parte al conflicto con los Anjou, que dificultaba la importación.
También el comercio era abundante a lo largo de la vía francígena que enlazaba
el Ampurdán con Tarragona, con ferias en Figueras, Gerona, Barcelona, Tarragona
o Reus. Barcelona era el centro comercial con atarazanas y un puerto muy
frecuentado. En torno a 1282 se crea el Consulado de mar con delegaciones en
Bujía, Constantinopla y Alejandría.
«La forma de asociación comercial más
característica durante la Baja Edad Media catalana fue la comanda... con
el tiempo, la comanda fue una asociación por la que un capitalista o
comandante confiaba su capital a un mercader o camandatario para que lo
invirtiese en una empresa mercantil en el extranjero.»
La primera documentada es de
1194.
Valencia y Mallorca también ofrecían una
abundante cosecha agrícolas y grandes expectativas artesanales y mercantiles.
«En resumen, entre los años 1000 y 1300, las
economías hispano cristianas son, salvo quizá la catalana, economías dominadas,
sometidas a un régimen colonial, con exportaciones de materias primas e
importaciones de productos manufacturados, en que la balanza comercial, siempre
desfavorable, supone la salida del reino de continuas remesas de metales
preciosos. Sólo la creación, desde 1284, de una gran industria textil catalana
favorecerá el despegue definitivo de esta región, en la que el tráfico comercial
ha permitido, para estas fechas, la constitución de una importante masa de
capitales».
b)
Sociales
En la articulación de la sociedad
castellano-leonesa de los siglos XI-XIII aparece un eje fundamental: «la
dicotomía entre dos clases antagónicas, los señores feudales y los campesinos.
Los señores, valiéndose de medios coercitivos extraeconómicos (poder militar,
atribuciones jurisdiccionales, etc.), obtenían una importante fracción de la
riqueza social, procedente en definitiva del trabajo de los campesinos».
La base del sistema social estaba constituida
por los campesinos, un mundo de enorme heterogeneidad, cuyo estatuto carecía de
cualquier tipo de privilegios. Se pueden distinguir: libres, solariegos,
realengo y abadengo. La tendencia durante el período es la progresiva caída en
dependencia de muchos de ellos. Un ejemplo son los hombres de benefactoría
o behetría, según la cual un grupo de campesinos entraba colectivamente
bajo la protección de un señor. Estaban sujetos al pago de censos o foros y a
prestaciones de trabajo personal o sernas.
En el reino de Aragón los campesinos tienen
varios estatutos, villanos, villanos de parata o collazos, mezquinos y exaricos,
desde los que cultivan tierras propias hasta los mudéjares de condición servil.
En Cataluña los de la Nueva tenían más
libertades que los de la Vieja, al norte del Llobregat, que si querían abandonar
la tierra que trabajaban, payeses de remensa, debían pagar un rescate, la
remensa.
En la cúspide de los no nobles estaban los
boni homines u hombres buenos, que eran libres y tenían bienes raíces
propios, aunque sujetos al pago de pechos. A su lado los caballeros villanos,
cuya diferencia con los primeros no está muy clara, son pequeños propietarios
capaces de costearse un caballo con su equipo de guerra, por lo que también se
les llama caballeros de cuantía. Tuvieron un importante papel en la
guerra de frontera, constituyendo milicias concejiles particularmente famosas en
la Extremadura castellana, y los reyes les concedieron diversos privilegios que
facilitasen esta tarea. Constituyeron una puerta abierta para el ingreso en la
nobleza, aunque los privilegiados trataron de cerrarles el paso.
Los mudéjares viven fundamentalmente en el
valle del Tajo y en la huerta de Murcia dedicados al campo o a oficios bajos
como la construcción o la carpintería.
Luego de las rebeliones del siglo XIII, en
Valencia en 1247 y en el valle del Guadalquivir en 1267, los mudéjares fueron
expulsados; pero en la vega murciana quedaron muchos de ellos que eran
imprescindibles para el trabajo en las huertas.
4. La Guerra Del Camino
Contrariamente a lo sucedido en Barcelona o el
resto de Europa, la burguesía castellana, en un pías cuya actividad más
lucrativa era la guerra de saqueo y conquista, el surgimiento de la burguesía se
debe a la política repobladora de los príncipes con un tripe objetivo
-
económico, para activar una
economía artesanal y de mercado, en el Camino de Santiago y el litoral
cantábrico,
-
estratégico, para la defensa de
las zonas fronterizas, Ávila, Sepúlveda, y
-
político, para contrarrestar el
poder de la nobleza, Ciudad Real.
En la segunda década del siglo XII los
burgueses del Camino de Santiago (Sahagún, Carrión, Lugo, Santiago), apoyados
por el campesinado y bajo clero, se sublevan contra sus señores, el abad del
monasterio benedictino de Sahagún y el obispo Diego Gelmírez de Santiago, en un
intento de «obtener una participación más amplia en la renta feudal»,
que las inmunidades del clero
chocaban frecuentemente con las aspiraciones de los burgueses a la igualdad de
fuero y a la igualdad económica.
«En este tiempo todos los rrusticos e
labradores e menuda gente se ayuntaron, faciendo conjuración contra sus sennores
que ninguno de ellos diese a sus sennores serviçio devido, a esta conjuraçción
llamaban hermandad, e por los mercados e villas andavan los pregoneros
pregonando a grandes voces: sepan todos los que en tal y tal lugar, tal día
señalado se ayuntara la hermandad, e quien falleciere que non biniere, sepa que
su casa se derrocara. Levantaronse entonces a manera de bestias fieras, façiendo
grandes asonadas contra sus señores e mayores, e contra sus vicarios mayordomos
e façedores, por los valles e collados perseyendolos e afoyentandolos,
rrompiendo e quebrantando los palacios de los rreyes, las casas de los nobles,
las iglesias de los obispos e las granxas e obediençias de los abbades, e otrosí
gastando el pan e vino e todas las cosas necesarias al mantenimiento, matando
los judíos que fallaban, e negavan los portalgos e tributos e labranças a sus
sennores, e si algunos por abentura se lo mandava, luego lo matavan, e si alguno
de los nobles diese favor e ayuda, a tal como aqueste deseavan que fuese su rrei
e señor e si algunas begadas les parecía façer gran exceso, ordenauan que diesen
a sus sennores las labranças tan solamente negando e tirandoles todas las otras
cosas».
(Crónica anónima de Sahagún, primera,
cap. 19, en GARCÍA DE CORTÁZAR, J. A., Nueva Historia de España en sus
Textos. Edad Media, pp. 460-1).
Las dificultades creadas por la guerra civil
durante la minoría de Alfonso VII (1110-1117) alimenta las condiciones para la
sublevación de la gente menuda, que buscaron la alianza de Alfonso I, el rey
consorte, cuyo matrimonio fue declarado nulo por el clero. Pero los rebeldes
difícilmente pudieron casar sus intereses frente a la coalición de los
poderosos, nobleza y alto clero, y la corona. Incluso el papa Pascual II dictó
bulas por las que los burgueses de Sahagún habían de devolver a las iglesias las
tierras que les pertenecían en tiempos de Alfonso VI y someterse al abad bajo
pena de excomunión.
Tras la derrota los burgueses rebeldes, que
fueron casi todos, fueron desterrados, lo que ocasionó la despoblación de los
núcleos comerciales, cuya actividad se suplió con abundantes ferias. El
Emperador aún dio una vuelta de tuerca más y en 1135 decretó que se observaran
las costumbres y leyes como habían sido en tiempos de su abuelo.
La derrota, consiguientemente, marcaba el
predominio de la nobleza y el clero con intereses en el negocio lanero, la
burguesía perdía una oportunidad de oro para desembarazarse de los obstáculos
que entorpecían su progreso y Castilla el revulsivo de su renovación.
Porque «la burguesía castellana medieval
carecía de aquel elemento dinámico que acabaría transformando los grupos
burgueses al norte de los Pirineos. Atrapados en el cepo de unos intereses
estrechos y desalentados ante la política negativa de la corona, las
experiencias vividas por los mercaderes durante los siglos XIII y XIV se
repetirán, con escasas diferencias, en los siglos XVI y XVII».
En Cataluña, en cambio, pronto la
burguesía se diferenciará y surgirá un patriciado, los ciutadans honrats,
con que se aludía a los burgueses con poder económico, tanto que financiarán la
conquista de Baleares y enviarán mil quinientas naves, y político porque
controlaban los concejos y obtuvieron de los reyes privilegios análogos a los de
la nobleza. En el otro extremo el común de artesanos es la mà menor.
Los judíos constituían una minoría muy
activa, que se incrementó considerablemente cuando emigraron huyendo del
radicalismo almorávide y almohade. Muchos se dedicaron a las finanzas; pero
también ejercían otras profesiones liberales: comercio, medicina y cultura en
general. Algunos ocuparon puestos de confianza en el aparato del estado: Yusef
ibn Ferrusel fue consejero de Alfons VI; Yehudá ibn Ezra, almojarife de Alfonso
VII y Judá Mosca, colaborador intelectual de Alfonso X. A partir del siglo XII
se fue creando un clima antijudío. Alfonso X tuvo que fijar una tasa máxima en
el interés de los préstamos que efectuaban los hombres de negocios judíos, lo
que ilumina el sentido de la hostilidad. Causa o efecto también influirá la
acusación de deicidas que se empieza a lanzar contra ellos.
2. Los señores de la guerra
La nobleza era el grupo social en el poder,
gozaba de un estatuto altamente privilegiado, tanto en sus personas como en sus
bienes, tenían exención fiscal, sólo podían ser juzgados por sus iguales y en
caso de daños percibían indemnizaciones mayores que los no nobles, y tenía la
guerra como actividad eminente.
«El
impresionante crecimiento económico de la sociedad feudal no puede ocultar
el componente agresivo del sistema. Este se revela sobre todo en la
consolidación de la nobleza como grupo social dominante a través de dos
vías principales...: por una parte, utilizando el poder político y
jurisdiccional también, cuando se requiere, el poder militar como
instrumento de una agresión sistemática contra las comunidades campesinas,
que son las proveedoras de fuerza de trabajo y de renta; pero, al mismo
tiempo, los linajes nobiliarios mantienen una permanente confrontación
entre ellos las rebeliones contra la
monarquía son episodios de esta lucha intranobiliaria en un proceso
selectivo basado y respaldado en la fuerza militar que llega a instaurarse
como la principal garantía del poder político, social e ideológico de la
nobleza feudal; fuerza militar, que esta nobleza debe revalidar
constantemente, ya sea en la guerra interior, ya sea frente al enemigo
exterior... De ahí que la guerra constituya la actividad eminente de la
nobleza y la razón última de su existencia. La guerra es el instrumento
mas eficaz de enriquecimiento y de ascenso social y la única forma eficaz
de ejercer las funciones de protección que se esgrimen como coartada
ideológica de unas relaciones sociales de sometimiento y de coacción sobre
la fuerza de trabajo».
(MÍNGUEZ, José María, Las
sociedades feudales, 1, pp. 219-220).
A la cabeza de ellos figuraban los magnates,
llamados progresivamente ricos hombres, y en la base encontramos a los
infanzones, nobles de linaje que combatían a caballo, y los hidalgos.
«Unos y otros tenían honra en sus personas y podían estar ligados al rey por
lazos de dependencia personal. Pero lo que fundamentalmente daba cohesión a
ambos grupos era la posesión de unos hábitos de comportamiento y de una
mentalidad similares».
A partir del siglo XII forman una Orden de
Caballería, con un complicado ritual, para distinguirse de los caballeros
villanos. En la Corona de Castilla surgen las órdenes de caballería según el
modelo de las del Temple y del Hospital: Calatrava (1158), Alcántara y Santiago
(1171), que desempeñaron un papel decisivo en la conquista y repoblación de al-Andalus,
así como instrumento de presión y prestigio de los magnates, que desarrollan
entre ellos lazos de dependencia personal de carácter militar, aunque en tierras
castellano-leonesas estas instituciones feudo vasalláticas se desarrollaron
tardía e incompletamente.
Después de la conquista de Sevilla «el
acrecentamiento de la riqueza no causó sino un acrecentamiento del poder
político en la alta nobleza por comparación con la debilidad del rey»,
que alteran la relación
económica y política que mantenían entre sí.
El señor de Vizcaya, Lope Díaz de Haro, que se
enfrenta con el rey Sancho IV (1284-1295), es un claro ejemplo de la alta
nobleza, asesinado en 1288 al parecer por orden del rey, y puede ilustrar este
tipo de enfrentamientos. Aunque también se los puede encontrar en épocas
anteriores en cuanto perciben en el rey signos de debilidad o que ellos
interpretan como tales, como es el caso de Pedro Froilaz en Galicia, durante el
reinado de Urraca.
También corporativamente algunos sectores de
la nobleza se enfrentan a Alfonso X y conseguirá en las Cortes de Almagro la
suspensión de las Partidas y la dispensa del nuevo impuesto de alcabala, apoyan
a Sancho frente a su padre y sus sobrinos, los infantes de la Cerda, hijos de
Fernando de la Cerda.
Así, Alfonso X, necesitado de aliados, se
volvió a las oligarquías urbanas. «En aquel conflicto entre la corona y la alta
nobleza, los caballeros villanos... constituían un tercer ángulo del triángulo
político».
Sin embargo a lo largo del siglo XIII la
actitud de la nobleza irá cambiando y de la rebelión para constituir estados
independientes pasará al intento de controlar al rey para arrancarle todo tipo
de prebendas y regalías. Durante la minoridad de Alfonso VIII (1158-1214) ya los
Castro y los Lara rivalizaron por tutelar al rey y luego durante las minoridades
de Fernando IV (1295 1312) y Alfonso XI (1312 1350), cuando María de Molina, la
regente, debe buscar el apoyo de las cortes para contrarrestar su poderío.
Aparte de rivalizar con las armas, el lujo y
la ostentación era otra manera fundamental de competir entre ellos e incluso con
el rey y naturalmente con los caballeros villanos. Así «la nobleza castellana [a
finales del siglo XIII] era ya conocida como una de las aristocracias más
dilapidadoras de Europa»
y Alfonso X tuvo que promulgar
medidas suntuarias en 1252 y 1258 contra el despilfarro de la alta nobleza, que
reservaban la seda y otras telas para uso exclusivo del rey y su familia, al
tiempo que se otorgan privilegios fiscales a los caballeros villanos.
5. Los caballeros villanos
Surgieron éstos, los caballeros villanos, de
la necesidad de poblar, defender y aprovechar las tierras conquistadas entre el
Duero y el Guadiana. Aunque habitaban ciudades, no se dedicaban a la economía
urbana, que desempeñaban judíos y mudéjares, sino a la ganadería y la guerra:
«Fue Ávila ciudad-fortaleza, habitada, como
casi todas las cristianas, por eclesiásticos, guerreros -de vigorosos jinetes
califica Idrisí a sus pobladores- consagrados a periódicas expediciones
militares a tierras manchegas y andaluzas; pastores y ganaderos, y algunos
labriegos. Su economía nutríase principalmente de la ganadería y del botín
conseguido en las cabalgadas».
Era práctica habitual de los caballeros
villanos hacer expediciones de saqueo todos los veranos al territorio musulmán,
las cabalgadas, y luego repartirse el botín, una vez reservado el quinto del
rey.
A partir del siglo XII estos caballeros
comenzaron a monopolizar el gobierno y las magistraturas municipales de las
ciudades castellanas, bloqueando el acceso a ellas de las burguesías y
desempeñando un papel semejante al del patriciado urbano de las ciudades
europeas bajomedievales.
Por otro lado, aunque resisten a los grandes
señores territoriales y apoyan la centralización del poder monárquico, en lo que
coinciden las burguesías, sin embargo sus intereses fundamentalmente ganaderos
les hacen diferir de ellas y apoyar el comercio de la lana a larga distancia, lo
que los coloca al lado de los grandes señores.
«La conquista de Sevilla transformó la
relación entre el rey y la nobleza y condujo a la formación final de grupos
patricios en la mayoría de ciudades castellanas. Por un lado, la alianza entre
la caballería popular y la corona estaba dirigida contra los magnates; por otro,
amenazados desde abajo, los caballeros villanos buscaban la protección real para
los privilegios sociales, económicos y políticos que acababan de adquirir. El
sacrificio de los residuos de la autonomía municipal, autonomía largo tiempo
acariciada pero nunca auténtica después de finales del siglo XIII, suponía un
exiguo precio para los caballeros villanos, que así podían seguir dominando
otros grupos dentro de las ciudades. La historia de los cien años que siguen a
la caída de Sevilla ha de verse como una relación triangular entre la corona,
los magnates y los caballeros villanos, en virtud de la cual el rey y las
oligarquías urbanas se unen contra la alta nobleza y la pequeña burguesía».
«A consecuencia de la conquista de Sevilla y
de la fuerte presión que ejercía sobre la corona la alta nobleza, los reyes de
Castilla dieron el paso decisivo de aliarse no con la burguesía... sino con el
sector más influyente de la burguesía: el grupo estricto y oligárquico de
caballeros urbanos»
dedicados en su mayoría al
comercio a larga distancia. La consecuencia de ello acaso será el apoyo del rey
a este comercio y el olvido de las necesidades de la burguesía de artesanos, que
no podrán desarrollar una industria capaz de competir con la europea.
En la Corona de Aragón Ramón Berenguer
IV hizo importantes concesiones a la nobleza y a la Iglesia e incluso Jaime I
tuvo que ceder ante la nobleza para que secundara su política exterior. Porque
en situaciones de crisis no duda en amenazar al rey con motines o cambio de
bando para obtener concesiones, sucedió con Pedro el Grande o Alfonso III.
Mediante la Unión Aragonesa, una hermandad nobiliar de ayuda mutua frente al
rey, consigue en las Cortes de Zaragoza de 1282 que el rey reconozca sus fueros,
que el Justicia de Aragón decida en sus pleitos y el compromiso de consultar a
las Cortes antes de declarar la guerra
En Aragón los grande linajes de la alta
nobleza son Luna, Abarca, Urrea o los que se originaban en los bastardos de
Jaime I, Híjar, Castro, Jérica o Eyerbe, en Cataluña destacan Cardona, Montcada
o Rocaberti. La baja nobleza, los cavallers, es muy heterogénea.
6. La nobleza eclesiástica
También los eclesiásticos constituían un
estamento privilegiado, cuyos dignatarios procedían «del grupo de los ricos
hombres y de los infanzones, con frecuencia se hallaban al frente de cargos
palatinos y, como titulares del señorío de los vastísimos dominios de sus
respectivos institutos, actuaban de forma similar a los señores feudales
laicos».
El obispo Gelmírez, educado en la corte
y notario del conde Raimundo de Borgoña, a quien debía el nombramiento, era
segundón del conde Gelmiro. Sus buenas relaciones con la orden de Cluny, Roma y
el rey Alfonso le permitieron convertir la diócesis de Santiago en un poderoso
feudo, donde llegó a acuñar moneda.
Aunque de origen desconocido, tampoco las
maneras del arzobispo de Toledo Bernardo desdicen las de la nobleza, que
participó activamente
en la guerra de frontera y en 1118 tomó Alcalá de Henares, que desde ese momento
se integró en el feudo de Toledo y donde mandó construir un palacio para
residencia de los arzobispos.
En Cataluña el abad Oliba, aunque había
renunciado a sus derechos como conde de Berga y Ripoll, en 1008 estaba ya al
frente de Santa María Ripoll y San Miguel Cuixá, y en 1018 fue elegido por los
príncipes y el clero obispo de Vic. Intentó disciplinar los monasterios que
«dependían enteramente de las familias nobiliarias en cuyas manos estaban los
nombramientos de abades y abadesas y la administración de los bienes» y fundó
las Asambleas de Paz y
Tregua, precedente de las futuras Cortes catalanas, a las que asistían nobles y
obispos del principado, para proteger a los fieles y bienes eclesiásticos entre
sábado y lunes.
3. La organización política
del Poder
«El tipo de estado que se estableció en
Castilla y León era plenamente feudal», en tanto que el rey, que lo encabezaba y
dirigía, por la gracia de Dios y ungido por la Iglesia en la ceremonia de
coronación, se rodeaba de colaboradores vinculados a él por lazos de vasallaje,
a quienes concedía beneficios, en forma de honores o tenencias, que conllevaban
el ejercicio de funciones públicas.
En consecuencia, la potestad real viene
limitada por las inmunidades de que gozan los señores. En todo caso el rey
siempre conserva cuatro atribuciones: el derecho de administrar justicia, aunque
sólo a ciertos niveles, acuñar moneda, dirigir la guerra y exigir hospedaje.
Poseen también la potestad legislativa, aunque muy raramente la ejercen antes
del siglo XI. Tiene también varias regalías como la propiedad de las minas y las
salinas, y prerrogativas eclesiásticas como el derecho de patronato y la
recaudación a veces de las tercias reales, dos novenas partes de los diezmos de
la Iglesia.
También era un estado patrimonial en que lo
público se confundía con lo privado. Fernando I, a imitación de su padre Sancho
III, dividirá el reino entre sus hijos, lo que será ocasión de guerras
fraticidas, y lo mismo sucederá a la muerte de Alfonso VII.
«Las decisiones del monarca son, por tanto,
resultado de una permanente negociación con los miembros más destacados del
reino, cuya adhesión y fidelidad sólo consigue mediante la permanente concesión
de beneficios de toda clase».
En consecuencia el éxito político radicaba en
la capacidad para aprovechar las oportunidades de la frontera como medio de
enriquecimiento, lo que permitía comprar la fidelidad de los grandes.
Cuando la guerra de frontera se detiene,
inmediatamente surgen los problemas. Urraca (1109-1126) sucede a su padre
Alfonso VI y, viuda de Raimundo de Borgoña, casa con Alfonso I el Batallador,
buscando así neutralizar el alzamiento de los grandes en Galicia y Portugal.
Pero el matrimonio levantó aún más oposición, que tuvo el liderazgo del obispo
de Toledo, el cluniacense Bernardo, porque el partido borgoñón vio en el
aragonés un peligro para hacerse con el trono.
Que la situación era crítica, la confirma la
división del reino a la muerte de Alfonso VII (1126-1157), el hijo de Urraca y
de Raimundo de Borgoña, a pesar de que había pretendido controlarla
proclamándose emperador en León (1135), aunque a renglón seguido tuvo que
aceptar la independencia de Portugal (1143) con Alfonso Enríquez. La corona
quedó repartida luego entre Sancho III (1157-1158), Castilla, y Fernando II
(1157-1188), León.
No muy distinto en su origen es el reino de
Aragón y el condado de Barcelona, aunque en éste la inicial
dependencia del Imperio da más fuerza al pacto feudal entre los magnates. Luego
la dinámica de los tres Estados generará diferencias fundamentales.
En la Corona de Castilla la unidad de
origen permitirá unas instituciones comunes, pero, aunque el caudillaje de los
ejércitos dará más protagonismo al rey, la amplitud del territorio le restará
eficacia y dará lugar a la división del reino en dos ocasiones y a la felonía y
secesión de los condes de Portugal. Tampoco Alfonso X, no obstante su sabiduría,
tuvo éxito en su política de reforzamiento del poder real, en parte por la
resistencia de los poderosos y en parte por su desastrosa política exterior,
aquel disparate del &ldquofecho del Imperio&rdquo, que le enajenó incluso a las
burguesías por su política fiscal agobiante.
7. Las Cortes
El príncipe nunca actúa solo en la gestión y
administración del Estado, sino asistido por los miembros de su séquito o
Palatium, que desde el siglo XII se llamará Curia o Cort y
estará integrada por los oficiales palatinos, el alférez real, el notario mayor
y el mayordomo entre otros, y los principales magnates, y a fines del s. XIII
dará lugar al Consejo Real, institución en la que se integraban los
grandes oficiales palatinos con la misión de asesorar al rey.
Cancillería y Hacienda eran las secciones más
desarrolladas de la corte. Para la primera Alfonso X creó el cargo de Canciller
mayor, en la segunda por debajo del mayordomo estaba el almojarifazgo mayor,
ocupado habitualmente por un judío.
Para casos de especial importancia se reúne la
Curia plena o extraordinaria, en la que participan todos los prelados y
magnates del reino, que parece haber heredado las competencias del Aula Regia y
de los Concilios de Toledo.
La Curia tiene carácter consultivo, presta
consejo al rey y le ayuda en la administración de la justicia; pero de hecho el
rey, por su debilidad, nunca decide contra la Curia.
Justamente cuando la presión de los almohades
deje estancada la conquista, los reyes recurrirán a manipular la moneda para
compensar así el beneficio que les falta, con la consiguiente inflación y
perjuicio para las burguesías urbanas, que deciden abonar una cantidad septenal
al monarca a cambio de que mantenga la paridad de la moneda. Los representantes
burgueses encargados de velar por el cumplimiento del pacto se integrarán en la
Curia regia extraordinaria que constituirán las Cortes:
Cortes de León (1188), Lérida (1213), Aragón (1274), donde el brazo nobiliario
se desdoblará en dos, alta y baja nobleza, y Valencia (1283), cuya competencia
se extenderá a todas las cuestiones en que entendía la Curia.
Así, la Curia plena de ser una asamblea
colaboradora, pasa a ser un organismo fiscalizador de la monarquía de la que
obtiene privilegios y mercedes a cambio de la concesión de los subsidios
solicitados, lo que atestigua obviamente la importancia del sector burgués en
algunas ciudades. Porque, según la costumbre de la legislación medieval, el
derecho a asistir a las cortes es un privilegio, es decir, un derecho o ley
particular que sólo tienen algunas ciudades y no siempre las mismas.
En Castilla las Cortes tendrán el
carácter consultivo que tuvo la Curia y «quizá lo único indubitable era la
presentación de agravios y el voto de subsidios por los procuradores del tercer
estado».
En Aragón, en cambio, las sesiones se
inician con la resolución de los agravios que cada estamento presenta contra el
rey o sus oficiales por decisiones estimadas contra fuero, con lo que el rey
debía plegarse a los deseos de sus súbditos, cuyos estamentos reunidos en Cortes
tenían potestad legislativa, según reconoció Pedro III en 1283.
En esta fecha Pedro III, presionado por la
excomunión del Papa Martín IV, hubo de pactar con la nobleza y la burguesía «a
cambio de su colaboración en la empresa de salvación nacional frente a Francia»
firmando el Privilegio General por el que se obligaba a reunir las Cortes
una vez al año y les reconocía capacidad legislativa.
«Las concesiones de Pedro III a la nobleza y
al patriciado urbano suponen el triunfo de los feudales, los principales
beneficiarios, sobre la Corona y la cristalización de un Estado feudal
construido sobre el equilibrio entre monarquía, nobleza y oligarquías urbanas.
Con el Privilegio General se consolida, asimismo, en la Corona aragonesa el
pactismo como filosofía política básica».
Las Cortes de Aragón tenían cuatro brazos en
tanto que las de Cataluña y Valencia sólo tres. Todas ellas de amplia potestad
legislativa, al ser proclamados los reyes de la Corona de Aragón tenían que
jurar ante las Cortes de cada reino que respetarían los fueros. Las reuniones
eran periódicas.
Desde finales del s. XIII funciona en Cataluña
la Diputación de las Cortes, órgano delegado que luego de disueltas las
Cortes se encargaba de recaudar los subsidios concedidos y velar por el
cumplimiento de los acuerdos votados, se disolvía cuando terminaba la
recaudación, pero a partir de 1359 se convirtió en permanente y se llamó
Diputació del general de Catalunya o Generalitat.
8. El Privilegio General
Según ya hemos visto, la unión de Aragón y
Cataluña fue el resultado de una unión dinástica pactada. «Por este motivo, en
el seno de la Corona de Aragón los miembros componentes conservaron la propia
identidad, es decir, la integridad territorial, las leyes, las costumbres, las
instituciones y los gobernantes propios».
Tanto que las Cortes surgirán y
se reunirán por separado en cada Estado. Así «el rey al ser investido con la
potestad regia se comprometía a cumplir las leyes y costumbres del reino, y el
pueblo, por su parte, a guardarle fidelidad».
No obstante, también la muerte de Pedro el
Católico en Muret (1213) y la consiguiente minoridad de Jaime I dejaron libre el
campo a las guerras feudales que desde 1218 se extienden por toda la
Confederación, no concluyendo hasta 1227 con la paz de Alcalá, que beneficia al
rey. Luego, sin embargo se ve obligado a pactar con los tres estamentos,
reunidos por primera vez en Cortes, para emprender la conquista de Valencia y
Mallorca.
Finalizada la conquista de Valencia, la
nobleza consolida su poder económico y se reproducen las luchas feudales. Jaime
I entonces busca el apoyo de la burguesía urbana, a la que concede participación
en las Cortes y cierta autonomía en los municipios. Al finalizar su reinado, «de
hecho el gobierno de la Confederación recaía en tres fuerzas que pactaban en las
Cortes: la oligarquía feudal, la oligarquía urbana y la monarquía».
Así, cuando en 1264 Jaime I pide colaboración
a los grandes de Aragón para ayudar a su yerno Alfonso X en la represión de la
sublevación mudéjar de Murcia, éstos se niegan hasta ver reconocidos sus
derechos en las cortes de Egea de 1265 y la institución del Justicia de Aragón,
para su defensa.
Pedro III el Grande (1276 1285) inicia una
política agresiva (intentos de cobrar el tributo extraordinario llamado bovaje,
que sólo las cortes podían conceder) contra la nobleza feudal de resultas de las
dificultades que le plantea la conquista de Sicilia: el papa Martín IV lo había
excomulgado, privado de sus reinos y ofrecido se los a Felipe III el Atrevido de
Francia (1282 84), situación que obligó al rey a convocar Cortes y pactar con
ellas (Cortes de Tarazona Zaragoza, X 1283, y Cortes de Barcelona, XII 1283)
Previamente, en 1283 a fin de defender mejor
sus intereses, los nobles, ciudades y villas crearon una unión, la Unión
Aragonesa, que arranca a Pedro III el Privilegio General,
comparable a la Carta Magna inglesa, porque es un reconocimiento de sus
libertades y garantías constitucionales frente al creciente autoritarismo real,
en pago a su colaboración ante la invasión francesa por la cuestión siciliana.
El mismo año de 1283 en las cortes de
Barcelona el rey hizo concesiones similares y se comprometió a convocarlas una
vez al año, que antes lo hacía el rey a discreción. También se especificó que en
ellas habían de participar los nobles, el clero y el pueblo, y que a ellas,
junto con el monarca, correspondía la función legisladora.
«Las claudicaciones de Pedro el Grande en 1283
no fueron una anécdota en la lucha secular entre el poder real unificador y la
disgregación feudal, sino que consagraron el régimen político &mdashla
estructura feudal&mdash que en lo sucesivo había de regir la Confederación: a
partir de entonces, el gobierno de la Corona de Aragón se basó en un equilibrio
de fuerzas entre la monarquía, la oligarquía urbana y la nobleza».
En 1258 el Tratado de Corbeil con Luis IX de
Francia había terminado con el teórico vasallaje de los condes de Barcelona a la
monarquía francesa.
9. El Derecho
Las fuentes del derecho en los siglos
altomedievales eran «la costumbre y las sentencias judiciales, y en menor medida
las disposiciones legislativas de carácter general» que comienzan a aparecer a
partir del siglo XI.
El Libro de los Fueros de Castilla, de
mediados del XIII, es un intento de introducir orden en la vasta selva de la
legislación territorial, pero la recepción del Derecho romano interumpe el
proceso.
El Derecho Romano, puesto en circulación en el
siglo XII por la escuela de Bolonia, va a ofrecer un instrumental valiosísimo
para los intentos centralizadores de las monarquías del occidente europeo, ya
que «la imagen del príncipe, la naturaleza de su poder y el carácter de sus
atribuciones quedaban rotundamente reforzados en la doctrina romanista».
La tarea de adaptar la legislación castellana
al derecho romano la llevará a cabo Alfonso X en tres obras fundamentales: el
Fuero Real, el Espéculo y Las Partidas. Sin embargo, «el
intento de impulsar la uniformidad jurídica de los distintos reinos... encontró
una cerrada oposición por parte de los defensores de la tradición localista»,
que no pretendían otra cosa que
poner coto al poder del rey.
A Pere Alberts, experto en Derecho Romano, se
debe el texto de las Commemoracions en Cataluña.
10. La administración
territorial
Cada reino
hispano cristiano constituye un mosaico de elementos diversos yuxtapuestos,
señoríos, eclesiásticos o solariegos, tenencias, honores, ciudades
y aldeas, dotados cada uno de un ordenamiento peculiar que lo convierte en un
islote jurídico. Dentro de él todavía se pueden distinguir situaciones
personales reglamentadas por los especiales estatutos de mozárabes, mudéjares,
judíos y francos, aparte de los correspondientes a los miembros del clero o los
derivados de la situación social: nobleza, hombre libre y siervo.
Todo este conglomerado se coordina mediante el
juego de las relaciones vasalláticas, que, en último extremo, confluyen en el
príncipe.
«La fórmula de gobierno de éste adopta,
lógicamente, la forma feudal de una corte señorial en la que el señor &mdashel
príncipe dotado de la potestad real&mdash se rodea de sus vasallos &mdashlos
nobles&mdash constituyendo una Curia que le presta los característicos servicios
de auxilium y consilium».
Las ciudades reciben fueros particulares:
Alfonso VIII de Castilla impulsó el poblamiento urbano en la costa cantábrica y
concedió fuero a Santander en 1187. Por la misma época Sancho VI concede fueros
a Vitoria y San Sebastián.
A partir de mediados del siglo XII comienza,
sin embargo, el proceso de integración jurídica y política que conducirá al
estado moderno y ello mediante cuatro fenómenos sucesivos:
1. Centralización empírica de los dominios
del rey con la transformación en públicos de los funcionarios privados de
la corte. Aparecen los merinos y vegueres con funciones fiscales,
reclutadoras y judiciales, y el merino mayor con Alfonso VIII.
2. Territorialización empírica del derecho
local mediante la adopción por unos lugares del derecho que rige en otros,
particularmente desde comienzos del siglo XII. Usatges de Barcelona,
recopilación de diversos fueros de carácter general hacia mediados del s.
XII, en Cataluña. Fueros de Jaca (1063), Zaragoza (1119-1126) y Sepúlveda
(1076) en Aragón. Fueros de Sepúlveda y de Logroño (1095) en Castilla.
Fueros de León (1017) y de Benavente (1167) en León.
«Este proceso... es síntoma, factor y
consecuencia de más hondos fenómenos: el del renacimiento mercantil y
urbano y el del relajamiento de los viejos vínculos familiares y
señoriales».
Paralelamente los reyes los reyes tratan de
imponer un derecho territorial, muy influido por el derecho romano: Las
Partidas en Castilla, Fuero General de Navarra, Fuero General de Aragón,
Furs de Valencia, Costumes de Catalunya, Costumes de la mar.
3. Formulación doctrinal de la preeminencia
política del príncipe y del vínculo de naturaleza por encima del vasallaje,
vinculada a la recepción del derecho romano a partir de las formulaciones
teóricas de Alfonso el Sabio y de Pere Albert. Ello comportará «la
fijación dentro de cada reino de la autoridad real como más alta instancia
política y la confirmación del reino como comunidad jurídica y
territorial».
De la
formulación de la superioridad regia se deduce la
naturaleza divina y contenido del poder real la
función legisladora. La confirmación del territorio como unidad jurídica
sienta las bases que permitirá pasar de la posición de vasallo a la de
súbdito, que hará primar el vínculo territorial sobre el personal.
4. La consciente centralización práctica
mediante un creciente intervencionismo real en las células anteriormente
autónomas se deriva de la anterior formulación teórica. De
todos estos elementos, municipios y señoríos, el único en situación de
enfrentarse con la monarquía es la nobleza que luchará «porque no
desaparezca el viejo status contractual típico del sistema feudal».
Como se ha dicho, los reyes de Castilla
intentan durante los cien años que siguen a la conquista de Sevilla hacerse con
el control institucional y fiscal de las ciudades.
La vida local se gobierna mediante el
Concilium o concejo, sometido a la autoridad del
dominus villae o
agente real, elegido entre la nobleza local. En el siglo XIII el patriciado
urbano controlaba ya el concejo.
Jaime I da autonomía a las villas reales para
contrarrestar el poder de la nobleza. En 1265 se formó el primer Consejo
Municipal de Barcelona, gobierna la ciudad el Consell del Cent formado
por cien prohoms o jurats y unos magistrados o consellers.
4. La legitimación del Poder
En su España invertebrada, José Ortega
y Gasset afirmaba que «una reconquista de seis siglos no es una reconquista».
Además, a la conquista de Granada no se la llama reconquista, quizá porque ya
había pasado más de dos siglos desde las últimas de importancia. Quiere esto
decir que las palabras son mentirosas y sólo responden a la intención del que
las utiliza. Entonces la guerra era un modo de vida que sólo se legitimaba con
la victoria, lo demás sobraba. Pero los curas y frailes de al-Andalus llevaron
aquel concepto a los reinos montañeses, que desde el siglo XI lo utilizarán para
legitimar su aspiración a la soberanía de toda España.
11. Imperator totius
Hispaniae
Alfonso VI (1072-1109) abrió el reino a las
corrientes europeas: financió a los cluniacenses, se casó con princesas
francesas y casó a sus hijas con segundones franceses. Se autoproclamó
emperador de las dos religiones e imperator totius Hispaniae.
Naturalmente según el clero, el rey es un
representante de Dios, ungido por los obispos, para cuidar el bien del pueblo.
Comentaba Menéndez Pidal la obstinada incomprensión y repulsa de Alfonso VI
hacia el Cid y la paralela obstinación del Cid, un hombre más capaz que el
propio Alfonso VI, por someterse al vasallaje del rey, en humillarse y someterse
al rey, y añade que es una muestra de cómo el espíritu de los tiempos, o sea, la
ideología, transforma a los hombres. Sin duda es el espíritu de la época, o sea,
la ideología, lo que ciega al clero y le impide ver la violencia continua que
padece el pueblo.
Tras la toma de Toledo, Alfonso VI adopta los
títulos de "imperator totius Hispaniae" y "emperador de las dos religiones", propaganda sin duda, pero al mismo tiempo reivindicación de la
primacía de León en la empresa reconquistadora, que ya había reconocido Sancho
el Mayor de Navarra. Luego en 1135 su nieto Alfonso VII sería proclamado
emperador en una ceremonia fastuosa, acaso en un intento desesperado de
apuntalar un reino desgarrado por las disputas feudales, contagiado tal vez del
ejemplo de su abuelo o de las historias escuchadas a su padre y a los francos
inmigrados.
"Atleta de Cristo", llamó el Papa
Gregorio IX a Fernando III e Inocencio IV, lo proclamó "Campeón invicto de
Jesucristo", contaminados ambos como estaban, no podía ser de otro modo
desde que la Iglesia se puso al servicio del Estado, de la moral guerrera del
feudalismo, aunque la consecuencia fundamental de sus victorias fue el
fortalecimiento desmesurado de la nobleza que pondrá en jaque a la monarquía y
causará innumerables males a los pequeños, que en teoría debiera proteger.
Su hijo, el sabio Alfonso X, proclamará en Las
Partidas, su gran obra: «Vicarios de Dios son los reyes cada uno en su regno
puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia et en verdad quanto en lo
temporal, bien así como el emperador en su imperio».
Palabras, palabras, palabras.
12. El “fecho del Imperio”
A mes y medio o dos meses de distancia de
Aquisgrán, ¿realmente creía el Rey Sabio en la efectividad de la corona
imperial? Creyera lo que creyera, algunos apuntan que sólo le interesaba como
herramienta de cohesión y prestigio dentro de su propio reino, sin duda su brillo lo deslumbró y en aquella
época en que honores y glorias se valoraban por encima de todo, dijera lo que
dijese la ideología oficial eclesiástica, gastó tiempo, dineros y prestigio en
perseguir un fantasma: «las miras de Alfonso se hallaban dirigidas a una
coronación imperial del Papa», que finalmente no alcanzó y le ocasionó
sinsabores y el levantamiento del reino.
Tenía derecho a la elección de rey de romanos
por su madre Beatriz de Suabia. A la muerte de de Guillermo de Holanda en 1256,
los representantes de Pisa lo animaron a presentarse. También se presentó
Ricardo de Cornualles, hermano de Enrique III de Inglaterra, y ambos fueron
elegidos fraudulentamente por sus partidarios en 1257, pero Ricardo viajó a
Alemania y se hizo coronar en Aquisgrán. Desde entonces el rey disputó y gastó,
hasta que en 1273 se eligió nuevo emperador a Rodolfo I de Habsburgo y Alfonso
renunció definitivamente a sus derechos en 1275.
El asunto fue muy impopular en los reinos por
los impuestos que supuso. Fue una quimera que anunció de algún modo la que
vendría en el siglo XVI con el césar Carlos, un Habsburgo precisamente.
13. La Bula de Cruzada
Históricamente, las cruzadas fueron
expediciones militares dirigidas contra infieles, particularmente las realizadas
en los siglos XI-XIII para reconquistar el sepulcro de Jesucristo y los lugares
santos en poder de los turcos.
Alejandro II inauguró este sistema con su bula
Eos qui in Ispaniam (1064) que se aplicó en la Península por vez primera
en la efímera conquista de Barbastro del mismo año, y concedía indulgencia
plenaria a los participantes en la empresa.
Deriva su etimología de cruz, por la
insignia o emblema que llevaban los soldados en el pecho, de ahí también el
nombre de cruzados, porque se les dotaba de esa insignia al alistarse
voluntariamente como miembros de la expedición militar para la reconquista de
Tierra Santa. Cruzada se llamaba también a la tropa que iba en estas
expediciones. Las indulgencias que otorgaba el Papa a los que colaboraban en la
guerra contra los infieles se llamaba Bula de la cruzada. El término data
del siglo XIII, cuando se terminaron las cruzadas y se convirtieron en un
referente histórico. A partir del siglo XIII se aplicó también el nombre de
cruzada a las guerras contra los herejes y contra todo enemigo de la Iglesia
de Roma. La palabra española cruzada aparece hacia el 1220.
Inocencio III (1160-1216), a petición de
Castilla, otorgó una Bula (1210) en la que instaba a luchar contra los almohades
y concedía indulgencias plenarias a los que participasen en la expedición.
En definitiva, la Iglesia, como en tantas
ocasiones, asume la violencia institucional del sistema, el feudalismo en este
caso, y legitima la guerra de conquista, saqueo y exterminio:
«Barons, ara no és hora de fer un llarg sermó,
que ocasió no ens ho permet, perquè aquest fet en què el rei, nostre
senyor, i nosaltres ens trobem, és obra de Déu i no obra nostra».
Así dice el obispo de Barcelona a los cruzados
que van con Jaime I a la conquista de Mallorca.
14. Defensores de los
pequeños
Como viene siendo normal desde la monarquía
visigoda y aún lo será por espacio de muchos siglos, la Iglesia y su pensamiento
son el único y exclusivo referente de las cosas humanas, todo se justifica por
la inspiración divina, tanto el mal como el bien. Así el orden social, en el que
se han de distinguir tres estamentos, clérigos, caballeros y labradores, ha sido
instituido por Dios, y en consecuencia nadie puede escapar a su destino. El
obispo Adalbéron de Laón (947-1030) lo explica muy
claramente:
Los tres órdenes
El orden eclesiástico no compone sino un solo
cuerpo. En cambio, la sociedad esta dividida en tres ordenes. Aparte del ya
citado, la ley concede otras condiciones: el noble y el siervo que no se rigen
por la misma ley. Los nobles son los guerreros, los protectores de la Iglesia.
Defienden a todo el mundo, a los grandes lo mismo que a los pequeños y al mismo
tiempo se protegen a ellos mismos. La otra clase es la de los siervos. Esta raza
de desgraciados no posee nada sin sufrimiento: Provisiones y vestidos son
suministrados por ellos, pues los hombres libres no pueden valerse sin ellos.
Así en la ciudad de Dios que es tenida como una, en realidad es triple. Unos
oran, otros luchan y otros trabajan. Los tres órdenes viven juntos y no sufrirán
una separación. Los servicios de cada uno de estos órdenes permiten los trabajos
de los otros dos. Y cada uno a su vez presta apoyo a los demás. Mientras esta
ley ha estado en vigor el mundo ha estado en paz. Pero ahora, las leyes se
debilitan y toda paz desaparece. Cambian las costumbres de los hombres y cambia
la división de la sociedad.
ADALBERON, Carmen ad Rotbertum regem
francom, cit. por Miguel ARTOLA, en &ldquoTextos fundamentales para la
historia&rdquo (Revista de Occidente, Madrid, 1968), Pág. 70.
Clamoroso es el carácter ideológico del texto
del obispo: La Ciudad de Dios se adapta a las necesidades de los poderosos y así
en ella conviven los hombres libres con los siervos, una raza de desgraciados
que han de mantener a los primeros con sufrimiento. No impera la ley de Dios, no
al menos la que enseñó el maestro de Nazaret, al que paradójicamente adoran,
sino la de los poderosos convertida en ley divina. Se rinde culto al Salvador,
pero los siervos no tienen salvación posible, el culto diluye y oculta la
Palabra.
Años más tarde el Rey Sabio, no obstante su
sabiduría, se hará eco en las Partidas de este pensamiento:
Defensores son uno de los tres estados por que
Dios quiso que se mantuviese el mundo: ca bien así como los que ruegan á Dios
por el pueblo son dichos oradores; et otrosí los que labran la tierra et facen
en ella aquellas cosas por que los homes han de vevir et de mantenerse son
dichos labradores; et otrosí los que han de defender á todos son dichos
defensores.
Partidas
P. II, título XXI, Introducción. Cit. por Miguel
ARTOLA, en
Textos fundamentales para la historia
(Revista de Occidente, Madrid, 1968), Pág. 70-1.
A partir del monasterio de Fitero en Navarra
en 1140 se extiende rápidamente la orden del Císter que tiene como norma la
pobreza, la sencillez de costumbres y el trabajo, alejados de los núcleos
urbanos, una contestación al lujo y el poder. Ya en el primer tercio siglo XIII
las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos, vuelven a la ciudad buscando
el contacto con los fieles y se extienden rápidamente. Postulan también la
pobreza y tienen como objetivo fundamental recuperar la pureza evangélica, señal
inequívoca de que algo no funciona en la Iglesia, secuestrada por los poderosos.
Sin embargo, de hecho, le sirven de legitimación.
Ya se ha comentado la importancia económica
del Camino de Santiago, en auge desde la primera mitad del XII con la
aparición de la primera Guía de Aymeric Picaud, incluida en Codice
Calixtino, su valor ideológico legitimador de la Iglesia y de los reinos, no
obstante la visión negativa de los navarros, fue también indubitable.
En la misma línea deben verse las escuelas
catedralicias, que aparecen junto a las monacales: La vida social se hace más
compleja, crece la necesidad de llegar a un público cada vez más amplio e
inquieto y la Iglesia extiende sus brazos para dar cobertura a todas las
urgencias: Santiago, Toledo, Palencia y Segovia. En 1212 la Escuela de Palencia
se convirtió por deseo de Alfonso VIII en Estudio General, pero no tuvo futuro y
en 1218 se vio sustituido por el de Salamanca, que se consolida a partir de 1254
con los privilegios que le concedió Alfonso X
Paralelamente aparecen Escuelas judeo
cristiana musulmanas en Tarazona y Toledo, la última bajo el patrocinio del
obispo Raimundo. Se trata de rescatar el patrimonio cultural de los antiguos
para ponerlo al servicio de la nueva civilización, siguiendo el ejemplo que ya
diera Isidoro de Sevilla, aún vigente. Los árabes habían traducido a los
clásicos y ahora se los vierten al latín: Euclides, Hipócrates, Tolomeo y
Aristóteles. Toledo se convierte en centro internacional con la llegada de
sabios ultrapirenaicos que luego divulgaran tales saberes por Europa
Al mismo tiempo sin embargo también el romance
alcanza estatuto literario con el Cantar del Cid en
Castilla y las Homilies d'Organyà en Cataluña.
15. El imperialismo papal
La Iglesia Bizantina se había
separado de Roma en 1054, que el emperador no podía permitir la independencia
del papa. Ante esta situación formidable los papas
Nicolás II (1059-61) y Alejandro II (1061-73)
iniciaron una reforma
que evitara nuevos cismas y preservara su imperio. En 1073 fue elegido el
cluniacense Hildebrando de Soana, que reinó como Gregorio VII (1073-1085) y
continuó la reforma con tan enérgico e intransigente ímpetu, que desde entonces
se la conoce como reforma gregoriana: Era un esfuerzo por moralizar al clero y
organizar mejor a los fieles, defender la independencia del Papado ante a las
monarquías laicas y reforzar la supremacía de Roma sobre las iglesias locales.
Incluso afirmó que sólo el papa podía nombrar y deponer a los obispos, y
defendió que también correspondía al papa la designación de los reyes, que
tenían un poder delegado de Dios.
En estas circunstancias, el papa no podía
menos que mirar con desconfianza la iglesia hispana, tan próxima al Islam y
contaminada por él en alguna ocasión.
«Lo que más singularizaba a la Iglesia
española era el hecho de practicar una liturgia especial, que tenía rezo e himno
propios, debidos en su mayor parte a los doctos padres de la iglesia toledana o
visigoda... Dos veces ya los libros de este oficio toledano o español habían
sido examinados en Roma, en 924 y en 1067, y las dos veces habían sido aprobados
como católicos; mas a pesar de eso la prevención contra ellos continuaba,
teniéndose por inconveniente la diversidad de liturgias en la iglesia
occidental».
(MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, La España del Cid,
vol. I, pág. 256)
Sancho III el Mayor de Navarra ya había
adoptado la norma cluniacense en todos los monasterios. Ahora es el aragonés
Sancho Ramírez (1063-1094) el primero en adoptar la reforma al tiempo que daba
entrada a los cluniacenses. Así las cosas, Alfonso VI, devoto de Cluny y
principal financiero de la abadía, promovió un Concilio en Burgos que, no
obstante la resistencia de los obispos castellanos, que perdían su autonomía
administrativa frente a Roma, confirmó en 1080 la sustitución del rito mozárabe
por el romano.
Se hunde así la cultura hispánica, porque la
nueva liturgia romana estaba en códices redactados en letra carolina que
sustituyeron a los viejos de letra visigoda, muchos de los cuales se perdieron y
aún los de carácter cultural laico fueron ininteligibles en poco tiempo.
Paladín de la reforma fue el monje cluniacense
francés, abad de Sahagún luego, primer arzobispo de Toledo y legado pontificio
finalmente, Bernardo de Sédirac. A partir del concilio de
Burgos la mayoría de las sedes episcopales están ocupadas por obispos
cluniacenses franceses.
Emparedado entre dos culturas antagónicas y
más brillantes, con frecuencia el mundo hispano oscilará de una a otra sin
atinar a encontrar su verdadera identidad, el conde Garci Fernández y el rey
Pedro I de Castilla luego se sentirán fascinados por la cultura islámica, en
tanto que Alfonso VI se vuelve hacia los vecinos francos, acaso en un afán de
marcar distancia con la agobiante presencia mozárabe y mudéjar. Cinco esposas
tuvo Alfonso VI, cuatro de ellas francesas, y franceses fueron sus yernos, los
duques de Borgoña. ¿Fascinación por lo foráneo ante lo provinciano local para
desmarcarse de lo mozárabe o mudéjar? ¿Sentimiento de culpa por la manera de
llegar al trono y necesidad de legitimarse ante el Papa?
«Con la invasión cluniacense,
y con lo que tras ella vino, comenzó a modificarse el aspecto mozárabe-islámico
de la Península en su zona cristiana. El rito religioso fue reemplazado por el
romano, usado en Cluny; cambió el tipo de escritura, y el estilo arquitectónico;
la literatura, aun siendo originalísima (el Poema del Cid de hacia 1140
vale como lo que más valga en su tiempo), acudió a fuentes y formas francesas
(teatro religioso, cuaderna vía, temas internacionales religiosos y profanos).
Mas, aunque los cristianos pasaran de dormir en el almadraque árabe a
usar el colchón francés, la tensión personal de la casta heroica continuó
siendo la misma; el cristiano -fuese leonés, castellano o navarro- se mantuvo a
distancia de lo árabe y de lo francés..».
(CASTRO, Américo, La realidad histórica de
España, Cap. X).
16. Del románico al gótico
Junto a la obra teórica y legislativa, tiene
importancia fundamental la obra simbólica mediante la cual se socializa la
ideología. Asistimos ya al nacimiento del mito del apóstol Santiago, legitimador
de la Monarquía y de la guerra contra los musulmanes, la Reconquista, que ahora
se amplia con la aparición de un documento falso, debido a un canónigo
compostelano de mediados del s. XII, que relaciona la victoria de Clavijo con el
Apóstol y la cancelación del llamado Tributo de las Cien Doncellas.
Ahora, gracias a las riquezas que aporta la
creciente marea de peregrinos, el obispo de Santiago Gelmírez, que encarna quizá
como nadie el poder feudal, ordena levantar la nueva catedral dedicada al
apóstol, que será símbolo y ejemplo para toda la Cristiandad, porque allí se
concentra lo mejor del románico y del sentir de aquella sociedad: El Señor del
Cielo y la Tierra preside los umbrales de acceso al templo en actitud solemne,
como magistrado supremo que dictará sentencia en la consumación de los tiempos.
Los pobres no tienen otra esperanza y los ricos pueden permanecer tranquilos
disfrutando de su poder y riqueza.
Iniciadas en el siglo XIII, las catedrales
de León y Burgos muestran una nueva sensibilidad. Frente al espacio lóbrego,
misterioso y sobrecogedor del románico, más próximo al terror que inspira el
poder, el espacio gótico se eleva a las alturas lleno de luz y color, como una
alegoría de la gloria de Dios. Por otro lado, ya no es la imagen austera y
terrible del Juez Supremo, imagen de un poder absoluto, la que acoge a los
fieles, vale recordar también el Señor de San Clemente de Tahull, sino la Madre
del Cristo, piénsese en la Virgen Blanca de León. A la justicia se opone la
misericordia. La Iglesia responde así al reto de los franciscanos.
También la imagen del Crucificado comienza a
cambiar, al impasible y vestido de Batlló, se oponen otros dolientes que no
ocultan las señales del martirio. También el Hijo de Dios sufrió antes de
renacer en la nueva vida, parece ser el nuevo mensaje. Los pobres por tanto
deben aguantar el sufrimiento mientras esperan. Obviamente los ricos están
exentos de esa clase de sufrimiento y se esfuerzan en ganar el Paraíso con
donaciones a la Iglesia que hagan olvidar sus tropelías.
Apunte
bibliográfico
LACOSTA, Javier,
Mallorca 1229: la visión de los vencidos,
http://www.islamyal-andalus.org/nuevo/historia/mallorca_1229.htm
MARTÍN, José Luis, La Península en la Edad
Media
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, La España del Cid
(Madrid, Ed. Plutarco, 1929), 2 volúmenes.

 
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