Mi taller

©  Aurelio Mena Hornero


 

 

Relatos cortos, cuentos o algo así

 

Un regalo de cumpleaños

El mono libre

Las playas de Saturno

La mano de la hija del alcaide

Candela tuvo una vez un oso

El tren de las 8:05

¡A las barricadas!

 

 

 

Un regalo de cumpleaños

 

Finalista del premio Nacional de Relatos Cortos de la Asociación de Mujeres Progresistas de Badajoz 2003.

 

El día de mi dieciocho cumpleaños mi padre me regaló una pistola, la misma con que luego lo maté. Mi padre decía que los hombres deben llevar pistola porque hay cosas que sólo ellos deben resolver; sin embargo, a pesar de la pistola, él no pudo resolver a su favor el momento más importante de su vida, porque paradójicamente él no sabía usar una pistola.

Mi padre era narcotraficante, pero desde mucho tiempo atrás nos fuimos distanciando hasta el momento en que el azar nos volvió a juntar en el mismo charco de sangre. Quizá me regaló la pistola con la secreta esperanza de que yo rectificara el camino emprendido, aunque fue él quien me puso en la encrucijada que nos separó, pero no dio resultado, a él no le dio resultado y le costó la vida.

Mi padre había llegado a su posición desde la nada, con una intuición, habilidad y tenacidad para los negocios encomiables, pero quiso que yo tuviera los conocimientos que a él le faltaban y me matriculó en los colegios más caros. Mi padre es empresario, decía yo, mientras me codeaba con los hijos de las mejores casas, pero mi rumbo no me iba a conducir por aquellos mares, sino por uno inesperado que sacó de quicio a mi padre. Tenía yo catorce años cuando Gabriel García Márquez obtuvo el premio Nóbel, hacía poco que en la clase de Literatura habíamos leído Cien Años de Soledad y entonces decidí que yo también sería escritor y premio Nóbel. Al margen de cuestiones de gusto o sensibilidad, mi padre no tenía ninguna para la literatura, ahora entiendo que aquello fue un reto. Mi padre era insuperable e intratable en su campo, no admitía rivales, de modo que yo, quizá porque estaba hecho de su misma pasta, elegí un terreno en que no me podría seguir. Sin embargo, arrastrado por la trama de una de mis novelas, fui yo quien inesperadamente me crucé con él.

A los veinticinco años publiqué mi primer libro, a los treinta y cinco era ya un autor conocido, aunque no consagrado, tenía prisa sin embargo por alcanzar la gloria y decidí abordar un tema que conocía bien o que al menos se me ofrecía al alcance de la mano, el del narcotráfico. Entonces saqué la pistola, una Smith&Wesson, modelo 5906TSW, de once tiros, comprobé la carga y la puse sobre la mesa, junto al ratón de la computadora, que siempre he necesitado un fetiche mientras escribo, y empecé a escribir:

«La sangre que le manaba de la cabeza se derramó lentamente, perezosamente, sobre la sucia tarima de la taberna... ».

Me gusta empezar las novelas a pelo, a partir de una imagen o una idea simples, sin investigación previa, tan sólo luego me detengo y comienzo a pensar e indagar sobre la vida de mis personajes. Esta vez debía ponerle dueño a aquella cabeza que se desangraba en una sucia taberna y la investigación me llevó al guardaespaldas de confianza de mi padre, Juanelo, un mestizo de Guanajuato, hermético, fuerte y grande como un dios antiguo, a Dorita, una puta de lujo de hermosas tetas que por entonces acompañaba a mi padre, y a don Paco, un tipo de Aguas Calientes, resbaladizo e incierto como una ciénaga, en quien era difícil distinguir al topo de la policía entre los narcos o al soplón de los narcos amigo de los policías, porque se manejaba entre unos y otros como quien está en el secreto de todas las tramas. Un día la cosa se enredó tanto, muy grave debía ser la situación para que el viejo se hubiera trasladado allí, que coincidimos los cinco en la cantina solitaria de un puesto perdido de la frontera.

Recuerdo un cartel de toros, una ventana sin vidrios y un pedazo de sol apoyado contra la ventana por el que se paseaba el polvo del desierto. Por alguna razón oscura se había perdido un valioso alijo y mi padre estaba de un humor de perros, que fue empeorando a medida que pasaba el tiempo y no aparecía el gringo que le servía de enlace con la otra orilla. El puntal de sol se fue estrechando y saltó al otro lado de la ventana, entonces mi padre miró el reloj y al levantar la vista, contra toda norma preceptiva, reparó en mí.

—¿Tú qué haces aquí? —estalló al fin—. Ya me estás jodiendo con tu manía de meter las narices en mis negocios.

Nunca he sabido o me he atrevido a sostenerle la mirada a mi padre, de modo que mientras le contestaba no sé qué la dejé vagar hasta detenerla en el escote de Dorita. Aquello, que en otra circunstancia le habría hecho soltar la carcajada, en aquel momento lo enfureció más.

—¡Te pego un tiro si no te vas!

Yo sabía que mi padre, aunque la llevaba, no usaba la pistola, porque para eso estaban los otros a los que pagaba generosamente, así que traté de aguantar el chaparrón.

—¡No me has oído! —gritó—. ¡Juanelo, métele un tiro en el culo a ese maricón!

Sin embargo fue Don Paco quien, de modo imprevisto, que mi manera intuitiva de trabajar hace que a veces los personajes se me subleven, sacó su pistola y me apuntó, pero antes de que pudiese disparar, si es que pretendía disparar, Juanelo le metió una bala en el hombro. El tiro sonó como un cañonazo allí dentro, porque Juanelo usaba un revólver descomunal, un Colt del tiempo de la Revolución, aunque a él le gustaba decir que había pertenecido a Billy el Niño.

—¡Pero te has vuelto loco! —exclamó mi padre estupefacto.

La situación parecía tan descontrolada que mi padre sacó su pistola y la dirigió contra Juanelo. Durante un segundo aquel mestizo enorme, que coquetamente se recogía el pelo negro como ala de cuervo en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda, estuvo en la línea de fuego del viejo, pero su única reacción fue bajar lentamente el arma, aunque no había desafío en su actitud sino respeto y sumisión. Fue en ese momento cuando, con un impulso instintivo, vi a mi protagonista en peligro y mi padre, quizá por lo mismo, se me hizo más odioso que nunca, saqué la Smith&Wesson y disparé contra él, pero no le di; mi padre en cambio me atinó en el muslo derecho. Sentí como si me dieran una patada y, según caía de rodillas, volví a disparar. Esta vez la bala le entró en la cabeza y se derrumbó ruidosamente sobre la tarima como un árbol cortado, como un toro descabellado cayó sobre la tarima. Entonces, al ver aquel agujero oscuro sobre la ceja derecha y la sangre que comenzaba a gorgotear lentamente, comprendí por fin quién era el dueño de la cabeza puesta en la primera línea. Al instante Juanelo se me acercó con cara compungida.

—No podía consentir que te matara —le expliqué y añadí—: No tenía previsto que te mataran.

—Ni yo podía dejar que disparasen contra mi autor —confesó él.

 

 

 

El mono libre

 

«...el dinosaurio aún estaba allí».

Augusto Monterroso.

Todos los días, al despertar, Juan Linares Revuelta ve el mismo techo cuadrado y las mismas cuatro paredes, dos por dos por dos, metros naturalmente, de la celda donde mora (afortunadamente Juan Linares Revuelta tiene una estatura media, que de lo contrario no podría estirar los brazos). Hay en ella un catre y una mesa sobre la que se alinean un mazo de folios de papel verjurado, unas tijeras, una plegadera y un bote de cola, sus instrumentos y material de trabajo, porque Juan debe hacer sobres, quinientos sobres al día necesita confeccionar; también hay un libro y una silla.

Cada mañana se abre una ventana en la puerta de hierro –¿he dicho que la celda tiene una puerta de hierro?–, a través de la que un funcionario puntual y silencioso le entrega la comida a cambio de los sobres confeccionados el día anterior; es la comida del día y puede tomarla en cuantas ingestas le plazca. Si desea comer caliente, debe hacerlo de inmediato, porque, si la comida se enfría, ya no tendrá medio de calentarla. Si un día, por cualquier circunstancia no puede entregar los quinientos sobres, la comida disminuye proporcionalmente; pero si entrega más de la cantidad estipulada, la ración de comida en cambio no aumenta. Es la regla. No tiene otra referencia temporal que el cotidiano abrirse de la ventana para intercambiar sobres por alimento, todos los días a la misma hora. ¿Qué es un día, qué es una hora? Puede distribuirse el trabajo del modo que considere más oportuno; puede encender o apagar la luz cuando quiera, velar o dormir, tumbarse en el catre o sentarse en la silla, no sé si dije que también hay una silla. Sólo la apertura de la ventana, el rostro del funcionario y el intercambio pautan el tiempo en la celda y en la vida de Juan.

En una de las paredes hay un clavo, del que cuelga un grueso manojo de llaves, y sobre el clavo un letrero: «Con una de estas llaves podrás abrir la puerta y salir al mundo exterior». Pero Juan, aunque sabe leer, no recuerda sin embargo cómo ni cuándo aprendió a leer, no atina a entender el mensaje –¿qué es el mundo exterior?– y nunca ha sentido la curiosidad de comprobar si alguna de las llaves encaja en la cerradura.

Es cierto, Juan sabe leer y su distracción favorita es releer los cuentos del libro que está sobre la mesa. El que más le gusta es uno titulado El mono libre. Le hacen gracia las peripecias de un mono que pretendió abandonar la selva y vivir en la sabana. ¡Mono estúpido, la cantidad de peligros en los que se vio envuelto! Le divierte la aventura del león, casi lo devora un león, aunque no alcanza a comprender cabalmente qué sea mono, león, ni selva, ni sabana. Hay otro que le causa especial desasosiego, aunque no sabe por qué. Dice: «Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí». No sabe si regocijarse o acongojarse de que el dinosaurio siga allí ¿qué es un dinosaurio? y eso lo desconcierta y le produce un raro malestar.

La celda tiene un aseo proporcionado en servicios y espacio. A Juan le gusta abrir la ducha y escuchar el rumor del agua cayendo en el plato, es el único sonido del que dispone, aparte de su propia voz.

A continuación, lectora o lector amable que has llegado hasta aquí, trata de ponerte en el lugar de Juan y di qué harías:

  1. Lo mismo que hace Juan, comer, dormir, confeccionar sobres y leer cuentos.

  2. Preguntaría al funcionario dónde estoy, qué es el mundo exterior y quién o qué impone las reglas.

  3. Estudiaría la celda por si encuentro un modo secreto de comunicación con el mundo exterior.

  4. Trataría de buscar la llave que abre la puerta para salir al mundo exterior.

  5. Preguntaría al funcionario para qué son los sobres.

  6. Preguntaría al funcionario las cosas que no entiendo de los cuentos.

  7. Trataría de convencer al funcionario de que me abra la puerta y me conduzca al mundo exterior.

  8. Me suicidaría con las tijeras.

  9. Otra cosa que se te ocurra.

Di ahora, no lo que harías, sino lo que estás haciendo.

 

 

Candela tuvo una vez un oso

   

«Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: En una plaza de las afueras un saltimbanqui… exhibía a una mujer amaestrada». Arreola.

 

 Hoy, al salir a la explanada de la estación del metro, me detuve a contemplar un espectáculo insólito: Un hombre vestido de domador exhibía a una mujer amaestrada que ejecutaba acrobacias sobre una escalera de mano. El hombre iba anunciando todos los movimientos de la mujer:

 Ahora Candela hará el pino sobre una sola mano, decía. ¡Arriba, Candela! Candela se apoya sobre las dos manos, levanta el torso y las piernas, se queda recta como un lápiz y se suelta de la mano izquierda. ¡Ahí está! Luego apoya la mano izquierda y se suelta de la derecha. ¡Magnífico, Candela! ¡Un aplauso para Candela! Ya está, Candela, ya puedes bajar.

 Y Candela, obediente, volvía a poner los pies en el peldaño superior y descendía con la mirada perdida más allá del círculo de espectadores, como si buscase a alguno que no aparecía, aunque tampoco mostraba excesivo interés en la búsqueda.

 No tardé en entender que si el hombre no le indicaba todo lo que debía hacer, Candela sería incapaz de ejecutar ni un solo movimiento por sí sola. Candela era como una cabra, como un perro que obedece ciego las voces de su instructor. Busqué en los ojos del hombre. Ponía un entusiasmo arrebatador cuando dictaba órdenes a Candela y la seguía expectante cuando ella, sonriente —sonríe, Candela, le susurraba—, paseaba el platillo entre el público. Luego la acariciaba y le decía palabras amables, como un domador al oso que ha ejecutado un difícil equilibrio.

 Sentí curiosidad y me acerqué al hombre mostrando un billete grande: ¿Por qué no me cuenta su historia? —le dije. Miró el billete despectivo y luego a mí: Yo no vendo historias, contestó digno. ¿Por qué no descansa un rato y me la cuenta mientras tomamos una copa? Porque no bebo durante el trabajo. ¿Hay alguna manera en que me pueda contar su historia? —insistí. Me miró entonces intrigado y preguntó: ¿Por qué quiere saber? ¿Se burla? No me burlo. Soy escritor y necesito conocer el mundo para que el mundo pueda redimirnos. Entonces me clavó las barrenas de sus ojos y me dio una cita, a la que acudí puntual cuando anochecía.

 Vivía en una casa diminuta en la margen izquierda del río, me hizo entrar y me invitó a sentarme en una salita adornada con viejas fotografías de circo. Son de otro tiempo, dijo cuando las observé. La mujer, en bata de casa, comía sentada a la mesa un plato de arroz con leche. Es lo que más le gusta, explicó el hombre. He traído algunas cosas, dije y puse sobre la mesa dos botellas de vino y unas lonchas de jamón.

 Cuando no pueda reconocer mi voz, empezó diciendo, no sabrá hacer nada. Cuando yo muera, ella morirá. Yo soy su padre, su hermano y su amigo. Yo soy el mundo para ella. Ya lo sabe. ¿Hará ahora su mundo algo por ella? ¿Cómo sucedió? —pregunté. Teníamos un oso, dijo; fue el año del cometa; todos los días de madrugada ella salía al patio a verlo llegar abrazada al oso, hasta que una mañana la encontré desvanecida. El cometa mató a nuestro oso y se llevó el alma de ella a los cielos. ¿Lo dice en serio? Como que Dios existe.

 Vaciamos las botellas mientras ella dormía soñando con el espacio infinito.

 

 

 

La mano de la hija del alcaide

 

Cuando al fin pudo huir de Granada y llegar a Jaén, don Ramiro pidió al alcaide la mano de su hija y a poco la recibió en un cofre taraceado envuelta en salmuera. Aunque se le tenía por hombre avezado al combate, a moverse entre fuentes y charcos de sangre, a pasar entre cabezas y miembros cercenados, aquel macabro presente le hizo palidecer y acudió al castillo de Santa Catalina a indagar sus motivos. El alcaide lo recibió en un salón de cuyos muros colgaban altivas panoplias y reposteros de Flandes.

Llegáis demasiado tarde le dijo. Aurora os ha esperado durante años, mientras peleabais bajo las banderas del rey. Dicen que habéis conquistado ricas ciudades, ganado feudos y vasallos, conseguido privilegios y honores. Pero no os acordasteis de ella. ¿Cuánto tiempo creéis que puede esperar el amor de una mujer?

—Habéis profanado su cadáver —acusó el caballero.

—Vos habéis ultrajado su memoria —defendió el alcaide.

—Nunca dejé de llevarla en el pensamiento.

—Estoy seguro —concedió—. Incluso cuando en la huida de Granada le cortasteis la mano a una doncella de la corte para arrebatarle la pulsera de oro con la que ahora me pedís a mi hija.

Retrocedió el caballero ante la acusación infamante y la ira le hizo temblar la voz.

—Calumnias de juglares que todo lo enredan —argumentó.

—Patrañas de juglares son vuestras glorias pregonadas, vuestras ciudades tomadas y vuestros señoríos logrados. Juglares a sueldo de vuestro padre han escrito las hazañas que vuestra cobardía os vedaba acometer.

—¡¡Mentís!!

—¿Miente vuestro escudero Roderico a quien abandonasteis en el campo de Antequera creyéndolo muerto? ¿Miente acaso Aurora, cuya mano venís a pedirme, que fue testigo de vuestra infamia y villanía cuando era huésped de sus primas en el alcázar de Granada?

Entraron entonces en la estancia la hija del alcaide y el escudero. Vestía la muchacha al estilo granadino, ostentaba un muñón vendado en el antebrazo derecho y se cubría el rostro con un velo que retiró al instante. El espanto puso una mueca horrible en el rostro del caballero y el pánico lo hizo retroceder y correr sin tino.

Los juglares dijeron luego que había muerto al despeñarse sobre el Darro cuando peleaba contra veinte sarracenos en el adarve de la muralla de la Alhambra. Su escudero Roderico contaba, sin embargo, que murió despeñado desde el castillo de Santa Catalina cuando huía de la fantasma de Aurora, la hija del alcaide.

 

 

 

Las playas de Saturno

 

Las palomas bajaban del cielo como paracaidistas lejanos y la plaza surgía bajos sus pisadas cautelosas.

Un día te llevaré al otro lado del horizonte.

Mejor al otro lado de la luna.

Lentas, bamboleantes, como viejas abadesas de tocas grises.

Cabalgaremos sobre la melena de un cometa.

Los gorriones, ágiles como novicias, les quitaban las migajas del día.

Hasta más allá de los asteroides.

Hasta las playas encendidas de Saturno.

Mientras las hojas de los plátanos inventaban el verde primavera, el verde veronés, el verde esmeralda.

Me esconderé entre las lunas de Júpiter.

Te encontraré en un recodo del camino del sol.

Un niño corre y alza el vuelo detrás de las palomas. La plaza huye alada. La luna alza las cejas por encima de los tejados. Venus declinante se desnuda.

Cada vez que te miro a los ojos pienso el amanecer del mundo. Tienes en los ojos el resplandor de la primera luz, el temblor del primer vuelo… Cada vez que te miro te bebería toda como si fueras agua de un manantial. Pero soy tan malditamente tímido que no sé encontrar la manera de decírtelo. La primavera revienta por las esquinas de la plaza, las palomas y los gorriones se aman con estrépito, los plátanos inundan el aire con sus pólenes y yo torpemente reinvento la astronomía para decirte que me pasaría la tarde follando contigo. Te voy a echar un polvo que haga temblar la bóveda celeste, hundirse los tejados, debería decirte, pero no se me ocurre más que llevarte hasta las playas de Saturno. Tú me sigues el argumento y no sé si es porque tienes el mismo problema, porque te burlas de mí o porque te adaptas al ritual que yo he elegido. ¿Qué harías tú escondida entre las lunas de Júpiter? ¿Cuánto tiempo tardaríamos en llegar a la frontera del sol? De pronto, cuando estaba en este punto de la reflexión me has mirado a los ojos y has dicho:

Tengo una buhardilla en la calle del Prado con una cama de uno cincuenta y un edredón sueco bajo el que todas las noches duermo desnuda.

 

 

 

El tren de las 8:05

 

Lo despertó el resplandor de una mirada.

Desde la muerte de su hija padecía insomnio y cualquier circunstancia lo despertaba. Entre las dos y las tres de la madrugada, como si le sonara un timbre dentro del cerebro, se le abrían los ojos. Primero fue la tos de la hija lo que le arrancaba el sueño. Después el temor de que dejara de respirar. Abría los ojos y escuchaba en el silencio nocturno hasta que oía su respiración tranquila y pausada. Esa cadencia lo serenaba y le ayudaba a conciliar el sueño de nuevo, pero volvía a despertar cada hora y a escuchar hasta que se levantaba a las seis. Luego, cuando ella murió, pensó que podría dormir, pero lo despertó su recuerdo, una vaga sensación de que si dormía seguido su hija no reposaría tranquila, de que la impregnación de su hija se esfumaría sin su desvelo. Abría los ojos y volvía a escuchar como antes, como si temiera perder la memoria sin ese ritual nocturno. Cualquier motivo era suficiente para hacerle abrir los ojos. El retraso de un tren, una pieza mal ajustada, el recuerdo de la mar. ¿Cuándo volveremos al mar? Solía preguntar su hija. Pronto, en cuanto te pongas buena, le respondía él. La escena de una película o la página de un libro. Pero fue la primera vez que una mirada lo despertaba.

Dio la salida al tren de las 8:05, hacía ya algunos minutos que el sol estaba sobre el horizonte, y cuando pasó el segundo coche la vio tras el cristal de la ventanilla. Sólo vio el resplandor de la mirada, porque el resto del vidrio reflejaba el del sol recién nacido, sólo su mirada era más potente que el sol y tan violento fue su impacto, que no pudo olvidarla en todo el día, como si la mañana surgiese de aquellos ojos.

Sobre un tablero de contrachapado de seis milímetros ha dibujado ya las cuadernas y la falsa quilla, y ahora, segueta en mano, comienza a recortarlas con habilidad adquirida tenazmente durante muchas horas de taller. Otra vez, una vez más, para tomar impulso, ha imaginado el barco terminado, lo ha imaginado aquella mañana del 21 de octubre de 1805 frente al cabo Trafalgar. ¿Qué pensaría su comandante cuando el gabacho mandó virar en redondo? ¡Dios bendito, qué idea! Si la línea ya era mala, aquella maniobra insensata la terminó de arruinar, mientras por el costado de barlovento la escuadra británica entraba en corto y por derecho, como cuentan que entraba Frascuelo. Si oyes decir que mi barco ha sido apresado, di que he muerto, dicen que dijo el comandante Churruca.

En el tocadiscos suena el cante de Aurelio Sellés. Sobre los planos del barco, el “San Juan Nepomuceno”, un dos puentes de setenta y cuatro cañones, y las herramientas del taller pasa el tren y resplandece el sol en una mirada.

El correo de Málaga se detuvo a las 8:05 y el sol amarillento del amanecer brilló en los vidrios de las ventanillas. Salió al andén con la gorra reglamentaria puesta y el banderín rojo, hizo sonar la campana y se acercó a saludar a Ramón, el maquinista; esperó a que los viajeros subieran, pitó largamente y dio la salida. Observó con cuidado todas las ventanillas, pero no encontró la mirada del día anterior.

Mientras El Cabrero va desgranando sus fandangos, deslumbrantes como el sol de la mañana, ajusta y encola las cuadernas, las costillas del barco, en perfecto ángulo recto sobre la falsa quilla, los tacos base de los mástiles y los listones que sujetarán los cañones. Luego encola y clava la primera cubierta. ¡Ingleses! Todavía se creen dueños de los mares, la bronca que tuvo con aquel capitán pelirrojo, bueno, a lo mejor no era inglés, sino escocés, que a revienta calderas pretendió meterle la proa en el puerto de Hong Kong.

Pasaron varios días, el orto del sol se retrasó algunos minutos y su luz se fue haciendo más débil en las ventanillas de los coches. Ya casi se había olvidado de ella, cuando volvió a verla. Pasó justo en el momento en que el sol asomaba como una bandeja oro por el horizonte de olivos y el día volvió a nacer en sus ojos. ¿Quién era? No pudo saberlo, no atinó a saberlo, no llegó a verla porque el reflejo del sol se lo impidió.

Aquella tarde, mientras va forrando el casco con listones de nogal y ramín, no consigue quitársela de la mente, no quiere quitársela de la cabeza. Era la primera vez, desde la enfermedad y muerte de su hija, que algo distinto le ocupaba la mente durante las horas de ocio, mientras en su astillero se levantaba otro barco, y sintió que algo nuevo le nacía dentro. De madrugada se volvió a despertar y volvió a dormirse bajo el calor de la mirada.

Se acostumbró a su mirada, a soñar con su mirada, a ver la salida del sol en su mirada. Cuando no la veía se quedaba apagado, como si le faltara el café del desayuno o no se hubiese afeitado, como si le faltase el cante por alegrías de Pericón.

Luego de pegar la roda, la quilla y el codaste, todo ello de nogal, barniza a continuación la cureña de los cañones y carronadas, nerviosa, obsesivamente, como si de pronto le hubiese entrado prisa por terminar, como si quisiera tragarse el tiempo de un sorbo, como si aún sintiera la presencia de aquellos navíos que lo rodearon al extremo de la línea, el Dreadnought, el Polyphemus y el Prince, como si tuviera que disparar los cañones. ¡Fuego a discreción!, gritan los oficiales de las baterías. Si oyes decir que mi barco ha sido apresado, di que he muerto. Mientras se oye, como saliendo de lo hondo de un pozo, el cante por tientos de Antonio Mairena.

Un día, como muchos otros, que siguió su mirada y el primer rayo del sol en ella, advirtió, cuando ya la ventanilla rebasaba su posición, que su dueña se volvía y encontraba la suya. Fue un instante, décimas de segundo, pero sintió su calor recorriéndole la piel.

Casi no atina esa tarde a pasar el bauprés por el ojo del tamborete para unirlo al botalón. Claro, los ingleses se metieron por los rotos que la maniobra del gabacho había dejado en la línea y nos zurcieron a cañonazos, cayeron como una manada de lobos sobre el Santísima Trinidad y el Nepomuceno, mientras Dumanoir, el muy cobarde, se largaba con la vanguardia.

Fue la nostalgia de la mar lo que le hizo dedicarse al modelismo naval y ahora su casa es un museo por donde vagan la memoria de su esposa y de su hija, y la mirada de la mujer del tren.

Su infancia y juventud estuvieron ligadas al mar; la mar fue su escuela y su ocio; luego se hizo marino de altura y recorrió todos los mares; hasta que un día, en un descanso entre dos singladuras, vino a Sevilla y conoció a su mujer. Entonces dejó la mar, se hizo ferroviario y se casó. No quiso para su mujer la misma vida de ausencias que había padecido su madre. Nunca se arrepintió, pero desde que enviudó la voz del mar comenzó a sonarle en los oídos. Una vez su mujer le había regalado la maqueta de un velero, que durante algunos años no llegó montar, porque no quería dar cabida a la nostalgia. Cuando ella murió sin embargo, abrió la caja y como un homenaje comenzó a construir el barco; luego vinieron otros y la nostalgia comenzó a roerlo. ¿Por qué no nos trasladamos al mar? Le preguntó su hija un día. Pero aún era pronto. Luego murió la hija, algún día volveremos al mar, le había prometido cuando ya estaba enferma. Ahora cada barco era un soplo de viento que lo empujaba hacia la bahía, pero en el cementerio había dos tumbas que lo ataban como dos anclas a aquel lugar de la campiña.

Entonces había aparecido la mirada de la mujer del tren. Venía de Sevilla a trabajar en algún pueblo próximo y regresaría por la tarde. Nada más, no podía imaginar nada más. Era joven pero de una edad imprecisa, lo mismo podía tener treinta años que cuarenta. El sol tan sólo le dejaba ver el resplandor de sus ojos. Una mañana en cambio, avanzaba el otoño y se retrasaba ya el orto, pudo verla a la luz del departamento. Era morena, de ojos claros; parecía joven, pero tuvo la impresión de que ya había pasado la primera juventud.

Coloca los enjaretados que cubren las escotillas y la escala que baja a la segunda cubierta, fija los cabilleros centrales y los de banda, monta la rueda del timón y el gobernalle sobre los pilarotes. Luego, mientras Aurelio Sellés llena el cuarto con su cante

Como reluce mi Cai

Y mira que bonito está

Sobre un cachito de tierra

Que le ha robaíto al mar,

se esmera en pegar y pintar el espejo de popa y los jardines de los costados.

Debido al descarrilamiento de un mercancías los viajeros del tren de las 8:05 tuvieron una mañana que abandonarlo en la estación y trasladarse a unos autocares que los llevarían a sus destinos. En cuanto entró de servicio y le dieron el parte de incidencias, supo que la vería. Faltaba una hora larga para la llegada del tren y estaba previsto que los autocares llegasen casi al mismo tiempo. Pero sin duda podría verla. Aquel día se le hizo la espera más larga que nunca. No hubo ningún movimiento de trenes y sólo cabía esperar. Desayunó atento a las manecillas del reloj, al leve clarear del cielo, al alboroto de los pájaros, al repiqueteo de los teléfonos. A las ocho llegaron los autocares y cinco minutos después el tren entraba en agujas.

La vio. Se puso a la altura del segundo coche, donde ella solía viajar, y la reconoció en cuanto asomó en lo alto de la escalerilla. Vestía una traje sastre, calzaba zapatos de medio tacón y portaba un maletín. Era hermosa, pero nada en ella era comparable al resplandor anchuroso de sus ojos. Se le acercó.

Soy el jefe de estación —dijo—; los autocares esperan fuera..., si desea alguna otra cosa...

Lo miró ella sorprendida y sonrió luego.

—¿Por la tarde estará la vía libre? —preguntó.

Vaciló un instante acuciado por el deseo de preguntar la hora a la que volvía, pero informó profesionalmente que la Compañía trabajaba para que así fuera, que sin duda estaría libre porque el percance no había sido grave y, mientras lo hacía, se sintió observado, estudiado, examinado.

Gracias, señor, dijo ella y lo inundó con la luz de una sonrisa amplia como el amanecer que en esos momentos llenaba el cielo. ¡Dios! exclamó al verla alejarse entre los otros viajeros, ligera como la brisa, elástica como una palmera, elegante como una goleta.

Pega las cacholas de cofa en los palos machos del trinquete, del mayor y del mesana. Canta Chano Lobato:

Dicen que las pinta Dios

las mañanitas de Cádiz

con pinceles de oro y plata

y color de bendición.

Sobre las cacholas, las cofas y sobre las cofas, los masteleros y sobre masteleros, los baos de cruceta y sobre los baos, los mastelerillos de los tres palos. Esbelta, elegante y elástica como una goleta.

Se durmió pensando en ella, no podía dejar de pensar en ella atravesando el andén, eminente entre la multitud, como una goleta surcando la bahía, porque su recuerdo lo arrasaba como un vendaval. Trató de interpretar su manera de vestir y el portafolios. Representante no era porque todos los días a la misma hora hacía el mismo trayecto. Sin duda acudía a un lugar fijo. Quizá maestra o profesora de Bachillerato, tal vez médico o juez. Seguramente médico o juez, porque las maestras y profesoras que había podido conocer no vestían con aquella distinguida elegancia. Quizá terminaba su jornada de trabajo en torno a las dos o las tres.

Al día siguiente se sorprendió consultando el horario de los trenes que pasaban a primera hora de la tarde. ¿El de las 15:10? Tal vez era demasiado pronto. Acaso el de las 15:55 ó el de las 16:40. Buscó un pretexto para permanecer en la estación hasta que pasó el tren de las 17:25, miró con atención las ventanillas de todos los coches, pero no la encontró. Vio cientos de rostros, cansados unos, abstraídos otros, indiferentes los más, un chavalín pegaba la nariz y la boca al vidrio de la ventanilla, dormidos, mudos, hombres y mujeres, niños, adolescentes y adultos, pero el de ella no apareció.

Unta de cera virgen el hilo negro que formará los obenques. Evoca la espera y se siente ridículo. Su compañero lo miró sorprendido, extrañado. Quiero comprobar unos datos, dijo, vete tranquilo que estaré aquí hasta las seis. Anochecía cuando regresó a casa, grotesco y cansado. Luego, mediante un acollador, amarra un extremo del cabo a la primera vigota de la mesa de guarnición del trinquete, lo pasa por la boca de lobo de la cofa, lo lía en torno al palo macho y lo baja para amarrarlo a la vigota siguiente.

El orto se retrasó, quedó la noche y la luz interior de los vagones permitió ver a los pasajeros. A partir de entonces la vio casi todos los días, sentada junto a la ventanilla que daba sobre el andén número uno. Ya no le daba el sol en los ojos, pero podía verle el rostro de líneas regulares, la nariz levemente corva, el mentón adelantado, los labios perfectos. Parecía leer, pero siempre levantaba los ojos y lo miraba al pasar. Era una mirada larga, curiosa al principio, agradecida después, afectuosa luego, amistosa al fin, como si mirarse al paso del tren fuera el testimonio de una lealtad antigua. Se había acostumbrado a ella y no concebía que pudiera dejar de verla.

Los foques son las velas triangulares que van a proa, prendidas del estay, entre el bauprés y el trinquete. Naturalmente cada uno de ellos tiene tres puños o picos, el puño de amura es fijo y va amarrado al bauprés, el de driza arría o iza la vela, y el de escota, donde van los dos cabos que cazan o amollan la vela. Los cabos de escota pasan por un motón y se amarran al cabillero del trinquete. El gallardete pende de una driza que pasa por un motón en la galleta del palo mayor. La driza que lleva la bandera cuelga del pico cangrejo que cuelga del palo de mesana, el más cercano a la popa. Se aleja para mirarlo y le parece verlo surcar la bahía, entre un bosque de mástiles, al fondo, muy brillante, la cúpula de la catedral. Si oyes decir que mi barco ha sido apresado, di que he muerto. Los ingleses se lo llevaron prisionero y Churruca, don Cosme Damián, brigadier de la Armada y comandante del San Juan Nepomuceno, cumplió su palabra. La voz de Pepe de la Matrona llena el aire con el martillo ronco de sus tonás.

Un día sin embargo no la vio. Había sucedido a veces que, quizá porque no había podido encontrar asiento junto a la ventanilla, la había visto de pie junto a la portezuela. La primera vez que lo advirtió supo que ella le correspondía y sintió que una oleada de júbilo lo invadía. Pero aquella mañana pasó el tren y no la vio. Se quedó mirando las luces rojas del último coche y pensó tal vez en una gripe o cualquier otra indisposición. Se volvió luego para regresar a la oficina. Ella estaba de pie y lo  observaba desde el otro extremo del andén. La miró absorto durante unos segundos.

Tal vez un amanecer Rodrigo de Triana reconoció la bruma de una tierra nueva, pensó; tal vez es cierto que las gaditanas se hacían tirabuzones con las bombas de Napoleón, tal vez hubo un imaginero llamado Juan de Mesa que hizo andar al Hijo del Dios por las calles de Sevilla. Tal vez Dios existe y hay un infierno para los ingleses.

La vio venir, leve y ligera, ondulante, como las velas que surcan la bahía; en todo el mundo sólo hay una clase de mujer que ande así, se dijo, pero no pudo moverse. Sólo cuando la tuvo a pocos metros se adelantó y salió a su encuentro. Quedaron frente a frente, pero ninguno habló.

—Tú eres de Cádiz... —dijo al fin.

—¿Importa eso acaso? —preguntó ella.

—No, no... desde luego que no... —balbució.

—Soy de La Isla —contestó—, de San Fernando —y aún precisó—, de padre inglés y madre gaditana.

Su sonrisa chisporroteante semejó el cabrilleo del sol en las aguas de la bahía y fue como si la brisa de la Caleta le inundara el corazón que la tierra firme le iba secando. Como si el Nepomuceno navegase de nuevo. Y de pronto los dos rompieron a reír. Era la primera vez en mucho tiempo que reía.

Tirititrán, tirititrán trán trán.

 

octubre, 2005

 

 

¡A las barricadas!  

 

 

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...».

Oyó un chirrido de poleas y retiró la vista del texto: Enfrente, al otro lado del patio, su vecina tendía un mantel color vino de Toro. Le sonrió al percibir su mirada fija en el angosto valle que separaba sus cumbres doradas, semejantes a las de Dulcinea...

Trató de volver a la escritura: ...rocín flaco y galgo corredor. ¿Cómo ensamblar las andanzas del hidalgo que se echó al mundo a desbaratar entuertos...?

¿Quién desbaratará los nuestros? Porque los caballeros o no existen o son el hazmerreír de todos... Jamás los hubo, por eso don Quijote nunca entendió que necesitase pagar comida y alojamiento. ¿Qué caballero fue el paladín de alguna de las incontables rebeliones campesinas que hubo en la Edad de los Caballeros? Sólo a doncellas desvalidas y viudas enlutadas socorrían, nobles todas ellas, por supuesto, de quienes recibían luego cama y mantel. El mal era para ellos una cuestión individual, nunca estructural, y los enemigos gigantes malandrines o dragones lanzallamas, como el de San Jorge: Por cierto el santo caballero sólo interviene cuando es una princesa la víctima propiciatoria, impuesta por los campesinos rebeldes, que estaban hartos ya de que sus hijas fueran las únicas víctimas. Nunca se cuestionaron el orden social, que habría sido tanto como cuestionarse a sí mismos.

La Pepa, ya bicentenaria, también pretendió «promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación» y estableció que los españoles «de ambos hemisferios» habían de ser «justos y benéficos»... «de ambos hemisferios»... Nada tan mudable como las cosas humanas... ¿Se habrán enterado los curas y los nacionalistas de uno y otro color?

Como los caballeros andantes, los propósitos y mandatos de la Pepa no eran más que propaganda, que los señores, o sea, los mercados, los banqueros y toda la variopinta fauna de tahúres y vampiros del mundo, incluido el paraíso fiscal Vaticano, bien sabían que aquellos mandatos nunca se habrían de cumplir, ni Lanzarote ni Percival vendrían a obligarlos, y don Quijote ya se vio, descabalgado, humillado y maltrecho, continuamente rodaba por tierra. ¿Se imaginan el escuadrón de los caballeros de la Mesa Redonda, con Sir Lancelot du Lac al frente, galopando por las interminables pistas cibernéticas para desfacer los desafueros incesantes de los especuladores financieros? Como tantas veces la Policía protegerá el derecho al trabajo de aquellos a quienes sus patrones han amenazado...

Si no vienes a trabajar el jueves, el viernes mejor que ya no vengas... Así le había dicho el jefe, pero Lanzarote no apareció, acaso porque se había ido a cazar búfalos o elefantes, únicas piezas dignas de su coraje indómito y fuerte brazo. ¿Por qué la Policía no protegía también su derecho a la huelga y perseguía y apaleaba a su jefe como en Valencia apaleó y persiguió a los escolares que defendían el derecho a la educación universal y gratuita? Pero ni don Quijote ni Parsifal acudieron, el uno porque era un viejo loco de tanta lucidez como tenía y el otro porque era el cartel electoral del sistema y además estaba buscando el Santo Grial, o sea, el Santo Cáliz de la catedral de Valencia, casualmente... ¡Como si el mundo no tuviera otras urgencias más perentorias! Trabajo le queda, que debe haber una docena como ése.

Nosotros vamos a devolver la confianza a los españoles, habían dicho embozados en la bruma constitucional... Nunca han renegado de la Dictadura, pero añaden que su reforma será tan profunda como la de la Pepa, ellos, que son los herederos políticos de todas las contrarreformas... Claro, tampoco los próceres reunidos en La Isla renegaron del rey felón, un conspirador compulsivo y golpista reincidente, que se había arrodillado ante Napoleón para legitimarse, luego de derrocar a su padre y rey, aunque ellos no sabían lo último: «Don Fernando VII, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española, Rey de las Españas...» ¡Manda huevos!, y establecieron el liberalismo para que todo se pueda comprar y vender a precio de mercado, personas incluidas. Hermes, oportunista y chivato, era el dios verdadero. Serían muy cristianos, quizá se flagelaban a diario e incluso algunos saldrían de cargadores... Cualquiera se alistaría de cargador para sacar al Cristo de la Buena Muerte, el Libertador, al que los curas tienen secuestrado y silenciado... ¿Por qué no claman contra los mercados como hizo el Nazareno? Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos, dijo. Pero a todos los libertadores se los traga el sistema... Acaso influidos por el ambiente, que algunos nunca han dejado de ser mercaderes, acaso porque todavía son fenicios. Aunque no era su voluntad, sino la del sistema que nos tiene atrapados, como la red de una araña asesina... O tal vez las leyes de la genética, como a todos los predadores.

Ya se nos ha muerto Chano Lobato. Ya se acabó la fiesta.

Saltó el salva pantallas y apareció la chica televisiva de los misiles... Tiene un par de misiles capaces de levantar a toda la Sexta Flota, había escrito un internauta. ¡Cómo son los cibernautas! Los misiles de su vecina sí que tienen peligro. Mira por la ventana y no la ve, pero allí está extendido el mantel uva tempranillo... Es la hora del café de media mañana...

Llama al timbre. Hola, vecina, ¿tomas un café? Tiene los ojos de caramelo, los labios densos y la sonrisa fácil, pero lo hipnotizan los misiles y el apretado canal que los separa. ¿Tú no haces huelga? Las empleadas de hogar no tenemos derecho a huelga... ¿Puedo invitarte? Sonríe como un chiquillo al que le ofrecen un dulce y acepta.

¿Qué haces? Intento escribir un relato sobre don Quijote. ¿El loco que arremetía contra molinos de viento y ovejas? ¿Eres escritor? No soy escritor, pero me gusta soñar y jugar con las palabras... En cuanto al personaje, sí, el loco... Porque el mundo está necesitado de locos lúcidos y valerosos como el Hidalgo de la Mancha. Aprovecho el día de huelga para escribir, que las huelgas han de ser activas...

Mejor aún sería una huelga de vientres: No más asalariados, no más jornaleros, no más parados... Hace mucho que empezó, mis abuelos tuvieron siete y diez hijos, mis padres sólo tres y yo aún no los tengo... No sirve, vienen de los viveros del hambre... Y pronto las máquinas lo harán todo...

Tal vez no necesiten obreros, pero necesitarán consumidores. Si no, se comerán entre ellos... Aguda previsión... Pero siempre inventarán algo. Es el viejo binomio predador presa. Caín y Abel, ¿te suena...? ¿Has oído hablar de la lucha de clases? Ricos contra pobres. El Cristo de la Buena Muerte la denunció hace dos milenios, por eso lo clavaron en la cruz. Si te dicen lo contrario, mienten como bellacos... No tiene solución... Debería tenerla, todos saldríamos ganando...  Ellos no, su codicia y soberbia es más fuerte que su sentido común... Convertirán el planeta en un desierto, pero no se darán cuenta hasta que no haya quien les sirva ni un plato de arena.

Oye, tengo una curiosidad, ese mantel color Ribera del Duero que has tendido antes... No es mantel, sino una sábana doblada, que de otro modo no cabría... ¿Te lo imaginas?

Sonríe y se le hacen dos hoyuelos junto a la boca. Hay otra color Jumilla aún sin estrenar... Has dicho que las huelgas han de ser activas... ¿Y si la estrenamos con un revolcón que haga subir la marea en la Bahía y temblar a los curas y la patronal? Luego podríamos descorchar la botella y bebérnosla con un papelón de Jabugo... Es lo más revolucionario que me han propuesto para este día. Jumilla y Jabugo riman bien... ¿Entonces...? ¡A las barricadas!

 

 

abril, 2012