Afrodita: La última hija de Urano


Oriunda de Oriente, Afrodita era la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. La encarnación del deseo sexual como una de las fuerzas creadoras del universo era, al que todos los seres vivos, animales, hombres o dioses, están sometidos. En algunos lugares de Grecia también se la consideraba diosa de los marineros, porque se atribuía a Nereo su crianza, aunque no era tradición muy extendida: «Las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el amor y la ternura», dice el poeta que fueron sus atributos desde el principio.

Se la representa en un carro arrastrado por palomos, cisnes o gorriones, que dicen son las más rijosas de las aves, coronada de rosas y arrayanes. Otras veces aparece cabalgando un toro o un macho cabrío, símbolos de sus múltiples encuentros sexuales. En los primeros tiempos parece que tuvo la tortuga por símbolo y en Cnido, donde se la adoraba como "Diosa del Pacífico Mar", era el delfín su atributo. También la Paloma, el Cisne, la Rosa, el Mirto y la Manzana lo fueron entre otros. En Corinto se la representaba armada.

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Pero por encima de cualquier símbolo o representación queda la imagen que de ella nos dio el florentino Sandro Botticelli, navegando sobre una concha, a punto de arribar a la playa, de pie, ondulante el cuerpo esbelto y la rubia, larguísima, abundante cabellera, melancólica y nostálgica la mirada, cubriendo púdicamente sus excelencias de mujer, frágil y sola, tremendamente sola y frágil, a pesar de la Gracia Eufrosina que acude solícita a vestirla, de los Céfiros que la empujan, consciente ya de su belleza funesta que levantará infinitas tormentas entre los inmortales, acaso presintiendo ya el destino amargo que la espera, errante de lecho en lecho, peregrina de cientos de alcobas, madre de igual número de hijos desatendidos, mil veces deseada pero nunca amada, motivo de odios, celos y discordias continuas, un destino más fuerte que los dioses, que la obligará a fornicar permanentemente y le vedará cualquier otra ocupación, tanto que Zeus la censuró, hosco el espeso entrecejo, por acudir en auxilio de su hijo Eneas durante la guerra de Troya, y Atenea la reprendió, los ojos glaucos llameantes de cólera y envidia, ese orgullo cruel y despiadado de las vírgenes, el día que la sorprendió entretenida tejiendo en un telar, arte que era de su exclusiva competencia. A los ojos de Afrodita afloró entonces esa mirada que el pintor florentino adivinará, se disculpó y nunca más volvió a trabajar con las manos.

Afrodita de Milo, de autor desconocidoUn escultor helenístico la había retratado antes, espléndidamente madura, con idéntica mirada marcada por el destino. Poseía un cinturón, al decir de los que la conocieron, fabricado por Hefaistos, que encendía en amores a todo el que se relacionaba con su portadora, pero no lo necesitaba, porque tenía todo lo que excita la imaginación erótica de los hombres mediterráneos, era rubia y extranjera. Sin embargo, salvo excepción, no solía prestarlo a las diosas que se lo pedían, que eran muchas, bien porque fueran muy impacientes bien porque sus dones fueran escasos.

Su séquito lo formaron Eros, el Amor, su hijo en algunas versiones, el bello Hímero, El Deseo, e Hime, el Matrimonio; las tres Gracias: Áglae, Talía y Eufrosina. También iba a su lado el hermano gemelo de Eros, Anteros

No obstante su apariencia dulce era una diosa temible, otra vez su destino infausto, que inspiraba pasiones monstruosas a los que descuidaban su culto o despertaban su antipatía, ocurrió con Fedra o Pasífae. Su mal carácter era de sobra conocido en Grecia y a menudo se enfrentó con quienes podían rivalizar con ella, Psique o Eos. Sólo Atenea, Artemisa y Hestia, las vírgenes que sentían un profundo desprecio por ella, eran capaces de ignorar sus órdenes. Así, Artemisa le hizo frente cuando quiso dañar a Hipólito. En cualquier caso era una diosa benéfica que ayudaba a los mortales a lograr sus propósitos amorosos.

Homero cuenta que era hija de Zeus y de Dione, hija de Océano y Tetis, la ninfa marina. Otros, sin embargo, afirman que Afrodita nació de las olas fecundadas por el esperma de Urano, por lo que se la apellida Urania o Filomedea, cuando sus genitales, mutilados por Cronos, cayeron al mar. De ellas surgió la diosa, blanca y perfecta como la espuma, aphros, de donde Afrodita, que la mecía. Dicen algunos que nació de una concha o que, una vez nacida, navegó en una concha hasta la costa. Empujada por los vientos Céfiros alcanzó la isla de Citera, así el apellido Citerea, pero le pareció demasiado pequeña y prosiguió hasta Pafos, en la costa de Chipre, Ciprogénea o Cipris también se la llama, donde la esperaban las Horas, hijas de Zeus y Temis, y las Gracias para embellecerla y engalanar su desnudez. Y añaden que al salir de las aguas y pisar tierra firme, brotaron flores de todas las especies. «Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno», así lo cuenta el poeta. Y luego que la hubieron ataviado y perfumado, la condujeron al Olimpo, a la morada de los Inmortales. Es la versión más popular y los críticos de ojo frío ven en ella una alegoría a su origen ultramarino.

Las nereidas y tritones y demás habitantes del mar acudieron presurosos a contemplarla, rodeando su concha nacarada, que era carro y cuna a la vez. Entonces, el halago del aire puro y el susurro del cielo azul, le arrancaron un blando suspiro que repitió estremecido el universo. Las olas empezaron a mecerla dulcemente en caricias sin fin, el aire se hizo más leve y toda la naturaleza se regocijó con la presencia de Afrodita. 

La admiración que todos sentían por su belleza le permitió llegar al Olimpo en un magnífico carro, llevando consigo las excelencias que Feme, la Fama, hija de Nyx, habría proclamado de ella, los entusiastas deseos de las deidades masculinas, y las envidias y recelos de las diosas, que se sentían en peligro ante la belleza sin par de la recién llegada.

Cuando alcanzó el Olimpo todos los dioses quedaron embobados, boquiabiertos se quedaron con su hermosura, tanto que todos le propusieron matrimonio, pero Afrodita a todos rechazó desdeñosa. Entonces Zeus, bien resentido por su desdén y para castigar su orgullo, bien agradecido a Hefaistos por haber inventado el rayo con el que había matado a los Gigantes, concedió su mano al herrero olímpico, el hijo cojo y deforme de Hera, dios del fuego y la fragua. La diosa aceptó, pensando que el herrero sería fácil de contentar. Según lo había pensado, muy pronto se dio a dioses y hombres, lo que convirtió aquel matrimonio en una bronca permanente, pero Hefaistos, muy enamorado, siempre la perdonaba.

El primero de sus amantes fue su cuñado Ares, dios de la guerra, con el que tuvo tres hijos, Deimos, el Terror, Fobos, el Temor, y Harmonía. Porque Afrodita, diosa de la fertilidad al fin y al cabo, no ponía cuidado alguno en no quedar embarazada y de todos sus amantes tenía hijos, que fornicaba como una leona y paría como una coneja, dicen sus detractores. En realidad no podía evitar los embarazos, era su destino, aunque según veremos las Gracias y las Horas, sus nodrizas, se encargaban de devolverle luego la doncellez y lozanía de vientre y pechos.

Ares era simple, rudo y brutal como un soldado, y en cuanto se encontró ante la diosa, le manifestó sin rodeos su deseo de encamarse con ella. “Si te vienes a mi cama o me admites en la tuya —dicen que le dijo—, juro echarte un polvo que haga temblar el Olimpo”. La diosa, acostumbrada a las miradas ardientes, los desmayados suspiros y los galanteos corteses, se asustó ante semejante exabrupto, que a veces su naturaleza se imponía a su destino; pero Ares entonces se quitó la coraza y las armas, y se mostró a la diosa que al instante se entregó a él, seducida ante su poderoso ariete y vigoroso cuerpo de guerrero, con lo que selló la suerte de tantas bellas, sensibles e inteligentes, que sucumben ante los más impíos canallas.

Fueron tan agotadores y prolongados sus amores, que una mañana los sorprendió Febo Apolo en el lecho, se detuvo un momento a observarlos envidioso y, despechado como estaba y rencoroso como era, le faltó tiempo para ir con el cuento a Hefaistos. Velázquez, el pintor sevillano de nuestro cuarto Felipe, recogió la escena en el cuadro que se trajo de su primer viaje a Roma, donde fuentes de todo crédito se la contaron. Puso ojos como platos el divino herrero al escuchar la noticia, maldijo el negro día en que Zeus le dio aquella pendona por esposa y enseguida urdió la manera de sorprender a los furtivos amantes: forjó una red de caza fina como una telaraña y fuerte como cable marinero y luego la dispuso en el lecho de modo que quedaran prisioneros en ella. Fingió luego un viaje, se dieron cita en su ausencia los gozosos amantes y cayeron desnudos y desprevenidos en la red.

Regresó de inmediato el herrero cojo y convocó a todos los dioses para que hicieran burla y befa de la adúltera pareja y fueran testigos de su deshonra. Todo el Olimpo acudió a contemplar el espectáculo, aunque las diosas, pudorosas, abandonaron pronto el lugar, incluso la vengativa Hera. Los dioses, sin embargo, hombres a fin de cuentas, se divertían con estruendosas carcajadas ante las bromas rijosas de Apolo y Hermes. Decía el patrón de los ladrones: “¡Oh vergüenza, digna de envidia! Multiplicad todavía estas innumerables ligaduras, que todos los dioses y diosas del Olimpo rodeen este lecho, y pase yo la noche entera en brazos de la rubia Afrodita!”. Apolo le preguntó a Hermes cómo se sentiría en una situación semejante y qué haría. Hermes le contestó que sufriría las ataduras tres veces si pudiera compartir la cama de Afrodita.

Compadecido al fin alguno de los dioses, instó al herrero cojitranco a que soltase a los amantes, pero Hefaistos, aún enfurecido, proclamó que sólo los liberaría si se le devolvía la dote que había dado a Zeus, a lo que éste, siempre codicioso, se negó. Todos los demás dioses, más rijosos que un carnero, se ofrecieron entonces a ocupar el lugar de Ares, hasta que Poseidón, enamorado de la desnudez de Afrodita, se ofreció a pagar la dote si antes no lo hacía Ares, con lo que Hefaistos liberó a los dos amantes. Pero nadie pagó, Ares porque era un canalla y Poseidón porque Hefaistos no lo consintió en último extremo.

Liberados al fin, Ares regresó a Tracia y Afrodita, avergonzada, marchó a Pafos. Hefaistos olvidó pronto su enojo, porque anhelaba el contacto tibio de su esposa, quien, de nuevo en Chipre, fue purificada y renovada por las Gracias, y ataviada con galas juveniles.

De vuelta al Olimpo, Afrodita lució de nuevo su más seductora sonrisa y, agradecida a los dioses que la habían ayudado, se sintió obligada a invitar a su lecho y a revolcarse con todos y cada uno de ellos: con Poseidón, el poderoso semental, que medió ante su esposo, al que dio dos hijos, Rodo y Herófilo; con Hermes, el cínico patrón de los mercaderes, del que tuvo a Hermafrodito, un niño de ambos sexos o tal vez maricón, que lo de la bisexualidad más bien parece un eufemismo; por último con Dionisos o Apolo, que las versiones no están de acuerdo, con quien engendró a Príapo, un niño feo, de una verga descomunal, que recibió como castigo de Hera, la cruel y vengativa.

Con los mortales también mantuvo aventuras varias, con Anquises, rey de los Dárdanos, de quien se enamoró instigada por el rencoroso Zeus, tuvo a Eneas, el héroe troyano; de Adonis, el ambiguo, que comparte a tiempo parcial con Perséfone, a Golgos y Beroe; con el argonauta Butes, a quien amó para dar celos a Adonis, a Erix.

Castigó a las mujeres de Lemnos, haciendo que oliesen mal, porque, a causa de su adulterio con Ares, eran remisas a rendirle culto, aunque no sería extraño que en este desvío anduviese por medio Atenea.  Abandonadas por sus maridos a causa de su mal olor y sustituidas en el lecho por esclavas tracias, las mujeres lemnias, en venganza, asesinaron a todos los hombres y fundaron una sociedad femenina, hasta el día en que llegaron los argonautas, quienes las fecundaron e hicieron madres.

También castigó a la Aurora haciendo que estuviese siempre enamorada por haberle sido infiel con Ares. Aurora sintió, desde ese momento, un amor irresistible por Orión. Castigó a las hijas de Cíniras de Pafos a prostituirse con extranjeros.

Sin embargo, salva a Butes, cuando regresaba a nado a su isla, tras sucumbir ante el encanto de las sirenas, y lo establece en Lilibeo (Sicilia).

Algún poeta enamorado de la diosa la defiende y niega el carácter de putón verbenero que otros le adjudican, sugiriendo que ese ir y venir de un lecho a otro fue el castigo que Zeus impuso a su altanería. Es plausible, que Zeus con todo su poder era caprichoso y rencoroso.

Adonis

Tal vez el episodio más famoso y simbólico es el que se refiere a sus amores con Adonis. Cuenta el mito que Esmirna, hija de un rey asirio, Zías o Cíniras, aunque varíaAsí vio Anibal Carracci el mito (Museo del Prado) la nacionalidad según las fuentes, se jactaba de ser más bella que la diosa del Amor. Afrodita entonces la castigó, que tampoco la diosa del Amor estaba libre de la envidia, y le infundió un amor loco por su propio padre. Esmirna aprovecha el velo de la noche para introducirse en su lecho y ofrecerle su piel desnuda. Cuando el rey se entera del engaño, se espanta, desenvaina la espada y amenaza a su hija, que huye despavorida y sólo logra escapar cuando Afrodita la convierte en mirto.

Llegado el tiempo del parto, Esmirna dio a luz un varón al que puso Adonis: cuentan que la corteza del mirto estalló y de su interior surgió el niño. Pero, incapaz de criarlo, Afrodita se lo tomó y se lo confió a Perséfone. Dicen algunos que encerrado en una caja que Perséfone, llena de curiosidad, abrió y al ver al niño se enamoró de él, lo guardó para sí y lo puso en las mejores habitaciones de su palacio. No tarda el hecho en llegar a oídos de Afrodita quien, celosa, reclama el muchacho a la Reina del Averno, que no lo quiso devolver, porque, enamorada de él, ya lo había hecho su amante.  Ningún comentarista o hagiógrafo se atreve a decirlo, pero lo que resulta de esta historia es que tanto Afrodita, que tenía fama de ninfómana, como la fiel Perséfone son pederastas.

Afrodita apela a Zeus para que obligue a Perséfone a devolverle a Adonis, pero el padre de los dioses desvía el caso a su hija Calíope quien decreta que Adonis pase una tercera parte del año con Perséfone, una segunda parte con Afrodita y una tercera descanse y se reponga de tanto desgaste. Afrodita sin embargo convenció a Adonis para que pasara también con ella su tiempo de descanso, razón por la que Perséfone, agraviada, que ya se sabe cómo unos cardan la lana y otros ganan la fama, acude a Ares y lo pone al corriente de la traición de su amante: “¡Si fuera un hombre completo, menos mal; pero te desdeña por un pobre afeminado!”, dicen que le dijo. Furioso el dios de las batallas, con esa furia terrible que le hacía temblar las aletas de la nariz y le inyectaba los ojos en sangre, se disfraza de jabalí, busca al desprevenido Adonis, que estaba de caza en los montes del Líbano, y le da muerte; lo derriba primero y luego de una certera cuchillada lo degüella. Según otra versión el jabalí matador fue Apolo, que vengaba así a su hijo Erimanto, cegado por la diosa porque la había visto bañarse desnuda. Dicen los poetas que de su sangre brotaron anémonas. Bajó Adonis al Hades y de nuevo Afrodita se arrodilló ante el padre de los dioses para rogarle que el muchacho pasase sólo la mitad del año en los infiernos y la otra mitad gozase con ella sobre la fértil piel de la tierra, a lo que accedió, magnánimo por una vez, el rey del Olimpo.

Pero la mirada prosaica y descreída de los críticos ve en esta historia una alegoría del año agrícola presente en diversas culturas: la semilla se esconde en lo más hondo de la tierra, florece en primavera cuando se unen Adonis, el poder fecundante, y Afrodita, la diosa de la fertilidad, pero, cuando fructifica y madura en el estío, cae bajo la hoz del segador.

Paris

Helena y Paris, según la película "Troya" de la Warner Bros. El mito continúa.

Paris era hijo de Príamo y de Hécuba, reyes de Troya. Embarazada de él, Hécuba tuvo un sueño, aclarado luego por un oráculo, según el cual el niño que esperaba sería causa de la ruina de su patria. Ante este vaticinio, Príamo ordenó al mayoral de sus pastores, Agelao, que lo matara; pero el mayoral, conmovido por los ruegos de Hécuba, no se atrevió y lo abandonó en el monte Ida, donde una osa lo amamantó durante los primeros días; luego se crió en casa de Agelao, entre pastores.

Paris, a quien llamaron Alejandro por su fuerza y valor, creció robusto, hermoso e inteligente, que ya es difícil, hasta el punto que la ninfa Oenona, hija del río Oeneo, lo hizo su amante. Luego Zeus, que lo había visto arbitrar satisfactoriamente una pelea de toros, lo eligió juez del concurso que entonces entretenía el aburrimiento de los olímpicos: decidir sobre la belleza de las diosas.

Éride, diosa de la discordia, la única no invitada a la boda del rey Peleo y la nereida Tetis, había aparecido al final del banquete envuelta en una nube y lanzado una manzana de oro con una inscripción: “Para la más bella". Zeus se negó a otorgar ese título a ninguna de las tres aspirantes: Hera, Atenea y Afrodita, por lo que éstas finalmente pidieron a Paris, príncipe de Troya, que diera un veredicto.

Todas intentaron sobornarlo: Hera le ofreció el poder; Atenea, la gloria militar, yHelena de Troya en el cine Afrodita, el amor de la mujer más hermosa. Ganó Afrodita, quien le ayudó a lograr a Helena, hija natural de Leda y Zeus, y adoptiva de Tíndaro, esposa de Menelao y reina de Esparta. Cumplíase así la venganza de la diosa, cuando juró que las tres hijas de Tíndaro —Clitemnestra, Timandra y Helena— serían célebres por sus adulterios, porque se había olvidado de ella cuando rendía culto a los dioses. Hera y Atenea, rencorosas, se alejaron maquinando la destrucción de Troya, de este modo se cumplía también la voluntad de Zeus y Temis, que ya desde antiguo habían tramado la destrucción de la ciudad asiática.

Luego de esto, Paris se dio a conocer en Troya, en unos juegos atléticos donde ganó tres coronas, y sus padres lo recibieron alborozados. Prefiero que caiga Troya a que muera mi hijo maravilloso, exclamó Príamo. Después partió al frente de una expedición que debía rescatar a Hesíone, su tía, pero buscó un pretexto para detenerse en Esparta, donde fue homenajeado con todos los honores de su rango por el rey. Menelao lo agasajó durante nueve días, momentos que aprovechó Paris para cortejar a Helena con palabras afectuosas y atenciones exquisitas, sin renunciar a miradas insinuantes, fuertes suspiros y otras audacias, que halagaban a Helena, pero la hacían temblar pensando que su marido pudiese descubrir el juego. Menelao, sin embargo, no era observador y a poco se embarcó para Creta donde debía asistir a las exequias de su abuelo Catreo, ocasión que aprovechó Helena para escapar con Paris esa misma noche y entregarse a él en la isla de Cránae, la primera escala, que ya le ardía el fruto de la entrepierna.

Helena-Diane Kruger

Helena-Diane Kruger

El regreso fue accidentado, pero, cuando por fin llegó a Troya, se casó con Helena, que había cautivado a todos. Por su parte Menelao, ofendido en lo más profundo de su orgullo, convocó a todos los príncipes aqueos, llamó a las armas a sus ejércitos e inició la llamada Guerra de Troya, que les causaría infinitos males y convertiría en presa de perros y pasto de aves a los desgraciados que cayeron en ella.

Durante esta guerra Paris no mostró el valor de que había hecho gala en otras ocasiones y Afrodita tuvo que acudir varias veces en su ayuda, hasta que al fin cayó herido por Filoctetes. Entonces, Paris volvió junto a Oenona, que intentó curarlo compasiva y aún enamorada, pero no lo consiguió: Paris murió a los pocos días; junto a él se enterró a Oenona, que falleció de tristeza.

Afrodita interviene además en esta contienda para salvar la vida de su hijo Eneas, acaso uno de sus favoritos, cuando lo defendió del ataque de Diomedes, que hiere a la diosa en la mano.

Diomedes puede atentar contra la diosa porque Atenea, la virgen orgullosa y cruel, que también interviene en la guerra troyana, le había dado poder para ver a los inmortales en el campo de batalla y aconsejado que evitara a todos los dioses excepto a Afrodita, que la devoraba la envidia por ella. Diomedes arremetió contra la bella inmortal y rasgó con la lanza de bronce la túnica que las Gracias le habían tejido tan cuidadosamente y le cortó la palma de la mano. La sangre asomó oscura sobre la piel perfecta de la bella que huyó del campo de batalla y regresó al Olimpo a buscar el consuelo de Dione. Entonces Zeus le aconsejó que no interviniera en asuntos de guerra, dado que no era esa su función. Otra vez, en esta ocasión por boca del padre de los dioses, el destino amargo recordándole su deber, que ni siquiera le deja socorrer a su hijo.
 


Memoria de un viaje a Grecia

Aurelio Mena Hornero