Los hijos adulterinos de Zeus


 

1. Hijos de diosas

Atenea / Minerva

El nacimiento de Atenea

La disputa con Aracne

Patrona de Atenas

Febo / Apolo

Artemisa / Diana

Hermes / Mercurio

Las Horas

Las Gracias

Las Musas

 

 

Hijos de diosas

Atenea / Minerva

Es una diosa extraña, reina de la sabiduría y de la guerra, de la táctica militar más bien, y, sin embargo, pacífica; tutora de los hogares y destructora de pueblos. Amparo de sabios, jueces y artistas, era también defensora del comercio. Ayudó a Perseo, Tetradracama atenienseAquiles, Odiseo y muchos otros, aunque no se unió a ninguno de ellos, porque Atenea, como Hestia y Artemisa, había decidido no casarse, no obstante las numerosas propuestas de dioses, titanes y gigantes, y conservarse virgen. Cuentan que rechazó a todos y nunca se sintió atraída por nadie. Dotada de gran inteligencia y espíritu reflexivo, sin duda por vía materna, aunque esta capacidad puede que sea sobrevenida a partir del siglo VI, se convirtió en consejera de los dioses. Protegía la agricultura y a tal fin dicen sus fieles que inició la domesticación de animales Atenea de la Casa de Pilatos (Sevilla)e inventó el arado. También se le atribuye el patronazgo de las labores femeninas, especialmente del hilado y el tejido, y la construcción naval y la fabricación de calzado, y la invención de la flauta. Tantas y diversas habilidades parecen sospechosas y sugieren más bien que sería el liderazgo indudable de Atenas y los atenienses quienes atribuirían a su patrona sus propias virtudes, la propaganda haría el resto. Se la asocia con la lechuza, que naturalmente aparecía en las monedas acuñadas en Atenas, los famosos "buhos". Se la llama también Atene, Atenaia, Atana, Tritogenia.

Se la representaba con escudo, lanza y coraza; sobre el escudo llevaba la cabeza de medusa, regalo de Perseo, y sobre la coraza la égida, aunque en tiempos de paz no lleva arma ninguna. También se la suele representar con una Niké, la deidad alada de la Victoria, en la mano izquierda. Guiaba a los ejércitos durante el combate, pero a diferencia de Ares, que se complacía en la crueldad de las matanzas, ella inspiraba los movimientos más hábiles.

Desempeñó un papel muy importante en la lucha contra los Gigantes y mató al más fuerte de ellos, Palas o Paladio; lo desolló y se confeccionó un escudo con su piel: de ahí, cuentan algunos, proviene el nombre de esta diosa. Dicen que también venció a Encélado, al que arrojó a tierra y sepultó bajo la isla de Sicilia.

Hay muchas representaciones de ella, pero una vez más Fidias le dio forma definitiva, que, contra lo que se cree, no son los dioses quienes dan forma al hombre, sino el hombre el que conforma a los dioses: La Partenos, la Promajos y la Lemnia, de todas ellas quizá sea la Lemnia la más dulce y humana, la menos divina, la que ayudó a Prometeo a robar el fuego sagrado.

El nacimiento de Atenea

El nacimiento de Atenea es uno de los más sorprendentes e increíbles, dicen sus devotos. Sin duda lo es porque en la génesis de su mito intervienen los intereses de la ciudad que patrocina, la más culta, la más poderosa, la más rica. Dicen que es la única deidad que nació adulta, pero se olvidan de Afrodita, ante cuyo esplendor y belleza toda la naturaleza gritó de entusiasmo.

Diversos mitos explican su nacimiento, la versión pelásgica cuenta que nace en Libia, junto al lago Tritonio; tres ninfas, vestidas con pieles de cabra, la encuentran y la crían.

Muy diferente es el mito netamente helénico: Su padre fue Palas, un gigante de forma caprina, que ya niña intentó violarla y al que luego ella mató y desolló.

Otros dicen que su padre fue Poseidón, al que ella repudió y pidió a Zeus que la adoptara.

Pero las sacerdotisas de Atenea cuentan que a Zeus se le antojó yacer con Metis, la Titánide de la Sabiduría, quien intentó escapar de él adoptando diferentes formas, pero Zeus fue más tenaz o más hábil; la persiguió hasta que en un momento de descuido la alcanzó, logró su objetivo y la dejó encinta. Luego Gea, la madre Tierra, declaró en un oráculo que la diosa alumbraría a una niña, pero, si Metis volvía a concebir, sería un niño que llegaría a ser mejor y más fuerte que el propio Zeus y lo destronaría, siguiendo la tradición dinástica. Presa de pánico, Zeus persuadió a Metis para que reposara en su lecho y una vez dormida se la tragó entera. Zeus comentaba que ella, Metis, la Sabiduría, le aconsejaba desde el interior de su vientre.

Así las cosas, un día mientras paseaba por la orilla del lago Tritón, Zeus sintió un punzante dolor de cabeza; tuvo la sensación de que la cabeza le iba a explotar e hizo resonar el firmamento con sus gritos. Hermes escuchó el estruendo y acudió rápidamente en su auxilio. Luego de examinar la cabeza de Zeus, adivinó la causa del dolor y llamó a Hefaistos para que trajera una cuña y un martillo con que abrir el cráneo del dios. Así lo hizo el cojo y al instante de la herida saltó Atenea con un terrible grito de guerra, ya adulta y armada.

La disputa con Aracne

Es tejedora diestra, que enseña su arte a las mujeres, aunque, como todos los dioses, muy puntillosa; si no, que se lo pregunten a Afrodita. Que se lo pregunten a Aracne, la princesa lidia de Colofón, joven habilísima tanto en el tejido como en el bordado. Sus obras causaban tanta admiración a quienes las contemplaban, que de inmediato pensaban que debía su arte a las enseñazas de Atenea. Pero la muchacha, dicen los mitógrafos que soberbia y engreída, aunque nosotros nos inclinamos a pensar que la chica había pasado infinitas horas desde niña ejercitándose en su arte, se sentía orgullosa de él y no reconocía por tanto el magisterio de la diosa, así en un arrebato de insolencia juvenil sugirió que era capaz de tejer tan bien como ella, retó a la diosa a un concurso dicen los hagiógrafos de la Virgen, quien, disfrazada de anciana, le recriminó su actitud y recomendó a la joven una conducta modesta y piadosa. Sin embargo Aracne menospreció los consejos de la anciana y se burló de ella, dicen de nuevo los mitógrafos.

Comenzado el concurso, Aracne representó diversos episodios de los amoríos de Zeus, especialmente era hermosa la representación del padre de los dioses derramándose como lluvia de oro sobre Dánae, lo que ofendió a Atenea, aunque la obra era de una belleza y maestría sin par y Atenea, que había representado el esplendor de los dioses y diosas del Olimpo, no pudo encontrar fallo alguno en ella, por lo que, en un ataque de furia envidiosa, la destruyó por completo.

Aracne se sintió entonces tan humillada y dolorida, que se suicidó y se ahorcó de una viga. No obstante, para que no muriera, la diosa (¿compasiva o vengativa?) la transformó en araña. Otra versión dice que el jurado dictaminó un empate, pero Atenea rencorosa castigó a Aracne por su insolente blasfemia (¿cuál era la blasfemia, ser tan buena como ella o representar las calaveradas de su padre?) y la convirtió en araña, para que tejiera eternamente.

Patrona de Atenas

Atenea es la diosa de mayor prestigio del Olimpo, después de Zeus y Hera. Esta preferencia del pueblo griego se manifiesta en una de sus actuaciones míticas más relevantes, la disputa con Poseidón por la posesión espiritual del Ática. Una de las versiones refiere que para obtenerla Poseidón clavó el tridente en una roca de la que manó un caño de agua salada que formó un hermoso lago; otras veces llega como brioso y veloz caballo blanco. Atenea, por su parte, ofreció al pueblo el olivo, el primero en el mundo, el árbol símbolo de la paz y de la riqueza desde tiempos remotos. Los habitantes consideraron que les sería más útil el regalo de Atenea y la eligieron como su diosa protectora. En conmemoración de la victoria, Atenea dio su propio nombre a la ciudad, cuyos habitantes la honraron desde entonces como su diosa titular.

Copia de la Atenea PartenosEste episodio de la disputa de Atenea y Poseidón por el Ática tuvo sin embargo una consecuencia inesperada, según algunos, que explica la ausencia de la mujer en la vida política. Afirman que la decisión tomada por los habitantes de la ciudad era la siguiente: los hombres votaron todos a favor de Poseidón, las mujeres empero que lo hicieron a favor de Atenea, vencieron por un solo voto. Descontento por el resultado, Poseidón desplegó sus poderes marinos e inundó la región. Para aplacar su furia fue necesario retirar el derecho de voto a las mujeres.

Una variante del mito indica que fue un jurado de dioses el que dio la victoria a Atenea, puso la ciudad bajo su protección y le dio su nombre. La diosa asistió y ayudó a los hombres en sus obras de paz. Enseñó a los alfareros, colaboró con los poetas y adiestró a las mujeres en el arte del hilado. A menudo se la cita como "Palas Atenea", donde Palas significaría "nueva hija".

El permanente rival de Atenea fue Ares, el estruendoso guerrero que aparece en la Ilíada apoyando a los ejércitos enemigos de los griegos. Ares defendía a los Troyanos mientras que Atenea apoyaba a los Aqueos. Es más, cuando Zeus permitió a los inmortales participar en la contienda, Atenea combatió a su rival Ares con éxito y le asestó un grave embate. 

La presencia de Atenea era siempre sinónimo de consejo prudente, comportamiento tranquilo y juicio sabio. El Partenón, el magnífico templo consagrado a Atenea, que rezuma armonía, equilibrio y majestad, fue el centro de su culto y veneración; sede de las grandes celebraciones, así como también del festival de las Panateneas, conmemorativo de su nacimiento.

Atenea se convirtió así en la protectora del estado, la diosa que garantizaba la equidad de las leyes y su justa aplicación, tanto en tribunales como en asambleas. Además la diosa protegía a todas las familias, velaba por la comprensión y la castidad de los esposos, el honor del hogar y la salud de todos.

Esta deidad es, por tanto, el símbolo divino de la civilización griega, que gracias a su esfuerzo guerrero, inteligencia y conocimientos, gracias a la moderación de sus costumbres, supo imponer su dominio sobre el mundo.

 

Febo / Apolo

Leto, hija del Titán Ceo y de la Titánide Febe, fue amada por Zeus (bueno, esto es un hermoso eufemismo, porque normalmente Zeus se limitaba a meterla y a eyacular) y de su unión nacieron dos gemelos Apolo y Artemisa. Temiendo la cólera de su esposa, Zeus abandonó a su amante. Pero no contenta, Hera, despiadada y cruel, ordenó a todos los países que negaran la sagrada hospitalidad a Leto, aún encinta, y pidió a la Tierra que creara un monstruo que la persiguiera y mortificara. Así nació la serpiente Pitón. Leto erró por todos los continentes durante meses sin poder detenerse jamás. Al fin, llegó a una árida y desolada isla, llamada Ortigia, que flotaba en el mar y le concedió asilo, porque sufría ya los primeros dolores del parto. Pero Hera había ordenado a Ilitía que no la ayudara en el trance, que el rencor y la impiedad de Hera no conocían límites, por lo que Leto estuvo sufriendo durante nueve días y nueve noches, hasta que Ilitía se apiadó de ella y la ayudó a parir a sus dos hijos. Finalmente, la isla de Ortigia quedó anclada en el fondo del océano por columnas y de su suelo árido brotaron árboles y flores; a partir de entonces, se la llamó Delos, "La Brillante", y se convirtió en una de las islas más célebres y fértiles de las Cícladas.

ApoloLa diosa Temis fue la encargada de criar a Apolo con un biberón a base de néctar. Al cabo de pocos días el infante ya pidió un arco y flechas, y se dirigió al monte Parnaso, donde se encontraba la serpiente Pitón, que tanto había perseguido a su madre, y la hirió de gravedad. Entonces Pitón huyó a refugiarse en el oráculo de la Madre Tierra, en Delfos; pero Apolo la siguió hasta el santuario donde acabó de matarla.

La Madre Tierra pidió justicia a Zeus, quien no sólo ordenó a Apolo que acudiera a Tempe a purificarse, sino que también instituyó los juegos Pitios en honor de la serpiente. Otra versión cuenta que fue el mismo Apolo quien, en recuerdo de esta victoria, adoptó el sobrenombre de Apolo Pitio y fundó los juegos Píticos, que se celebraban cada tres años en la ciudad de Delfos.

Pero en vez de dirigirse a Tempe, Apolo prefirió ir a Tarra, en Creta, donde el rey Carmanor realizó la ceremonia de purificación. Cuando regresó a Grecia, Apolo buscó a Pan, el hermano adoptivo de Zeus, y con halagos logró que le revelara el arte de la profecía para apoderarse luego del oráculo délfico. Desde entonces Apolo, conocedor de la verdad y absolutamente sincero, se convirtió en el portador supremo de los oráculos divinos. Quizá de ahí proceda su posterior identificación con el Sol, que todo lo ve desde la cúspide del firmamento.

Símbolo de la belleza masculina y de la juventud, su nombre pasó al lenguaje como sinónimo, al igual que Adonis, de belleza masculina; también tenía sin embargo una vena cruel, sabia e implacable con su enemigo, que de lo contrario no sería un dios, e incluso con sus amantes. Con todo, la función más importante de Apolo es el patrocinio de la poesía y las bellas artes, en especial de la música. El mito cuenta que fue a raíz de que Hermes le regalara la lira. Apolo demostró tal destreza y armonía en su ejecución, que desde entonces las Musas pasaron a formar parte de su cortejo. Dotado de una extraordinaria sensibilidad, Apolo no resistía las melodías desagradables o imperfectas, pero lo que no toleraba bajo ningún concepto, dios al fin, es que alguien pudiera superarle.

Otras de sus tareas fue, cumpliendo un castigo de Zeus, la de guardar los rebaños y ganados de Admeto. También cuidó los rebaños de los dioses, razón por la cual también se le consideró por un tiempo como dios protector del ganado, aunque más tarde delegó este trabajo en Hermes.

Padre de Asclepio, le alcanza de igual manera el patronazgo de la medicina. Los griegos multiplicaron sin fin sus atributos y en algunas ocasiones hasta le dieron un carácter funesto, que a menudo se le consideraba el dios del castigo instantáneo, pues todas las muertes repentinas se atribuían a las heridas causadas por sus flechas. Pero también condenaba a la humanidad a una muerte más horrible y lenta, y le enviaba la peste.

Sin embargo, a los ojos de los griegos Apolo es un dios amable, máximo representante de las profecías y la adivinación: la pitia habla en su nombre. Se puede decir sin exageración que Apolo refleja para los griegos el genio artístico de su país, el ideal de juventud, belleza y progreso.

Apolo se negó a atarse con los lazos del matrimonio, pero tuvo innumerables aventuras amorosas y dejó encinta a ninfas y mujeres mortales.

La primera a la que amó se llamaba Corónide, hija de Flegias, rey de los lapitas. Apolo se enamoró de ella un día que se estaba bañando en las aguas de un lago en Tesalia. En ausencia del dios, la joven se enamoró de Isquis, hijo de Élato, rey de Arcadia, y lo amó. Desesperado por los celos, Apolo atravesó con sus flechas el pecho de su infiel amante; pero al verla muerta, se arrepintió y, cuando le rendía honores fúnebres, le arrancó vivo de las entrañas a Asclepio, el hijo engendrado en ella, en el instante mismo en que el cuerpo de la madre empezaba a arder en la pira.

Confió luego el cuidado del niño a Quirón, quien le enseñó el arte de elaborar remedios para toda clase de males. En poco tiempo llegó a tener una gran habilidad y no sólo consiguió curar a enfermos, sino también resucitar muertos: en concreto Glauco, Tíndaro e Hipólito le deben su retorno a la vida. Pero ante las quejas de Hades, que veía cómo Asclepio le robaba a sus súbditos, Zeus fulminó a Asclepio con uno de sus rayos y Apolo, en venganza por la muerte de su hijo, mató a su vez a los Cíclopes, los artesanos que fraguaban los rayos del dios del Cielo. Zeus, en castigo, lo desterró del Olimpo por una temporada, que fue entonces cuando sirvió al rey Admeto.

Tuvo además amores con Ptía, la musa Talía, Aria y Cirene. Pero, no obstante su increíble belleza, no siempre salía victorioso. En una ocasión intentó robarle a Idas su esposa Marpesa, pero la mujer se mantuvo fiel a su marido. En otra, persiguió a Dafne, la ninfa de la montaña, una sacerdotisa de la Madre Tierra, hija del río Peneo en Tesalia; pero cuando consiguió alcanzarla, ella pidió auxilio a la Madre Tierra, que la transformó en laurel. Con las hojas de este árbol se hizo Apolo una corona con la que se le ha representado a menudo. A partir de aquel día, se convirtió el laurel en el árbol preferido de Apolo y decidió que los premios que se concedieran a poetas, músicos y atletas consistirían en una corona de sus hojas.

Apolo, griego al fin, también amó a un hombre, quizás más que a cualquier mujer, a Hiacinto o Jacinto, un príncipe espartano, de quién además se enamoró el poeta Támiris, el primer hombre que cortejó a uno de su mismo sexo.

 

Artemisa / Diana

Artemisa se caracterizaba por tener los mismos rasgos y atributos que su hermano Apolo. Como él, iba armada con un arco de plata y flechas, regalo de los Cíclopes, con las que mataba sin piedad a aquellos que de una manera u otra osaban insultar a su divina persona o bien a su madre; tiene igualmente el poder de enviar pestes o muertes repentinas a los mortales, como el de curarlas. Se la considera protectora de los niños pequeños y de todos los animales mamantones, pero sobre todo es la diosa virgen de la caza. Recorre los bosques con el arco siempre a punto, en compañía de un cortejo de sesenta ninfas oceánicas y veinte fluviales.

Al contrario que su hermano, Artemisa decidió permanecer virgen, igual que Atenea y Hestia. Su pudor y crueldad llegaban a tal extremo que un día dio una muerte horrible a un joven, Acteón, tebano, magnífico cazador, que tuvo la fortuna y desgracia de verla desnuda. Se bañaba la diosa en un arroyo, pasó el joven y la sorprendió. Pasmado se quedó ante su espléndida desnudez. Perdóname que te mire, dicen que dijo, pero nunca he visto nada tan hermoso. Sin embargo la diosa, ofendida por lo que consideró una intolerable y blasfema insolencia, convirtió al joven en ciervo y después incitó a los cincuenta sabuesos de su jauría a devorarlo. Dicen otros que lo hizo para que el joven no se jactase en las tabernas ante sus amigos de haberla visto desnuda. Según algunos mitógrafos, los perros representan los cincuenta días durante los cuales la vegetación, de la que Acteón es símbolo, permanece dormida. Sentido del humor que tienen los mitógrafos.

Artemisa y Acteón, metopa del templo de SelinunteArtemisa exigía de sus compañeras la misma castidad perfecta. En una ocasión, se dio cuenta de que Calisto, una de sus ninfas, estaba encinta de su padre Zeus. La convirtió entonces en osa, llamó a su jauría y los perros la habrían perseguido hasta matarla, si Zeus no la hubiese tomado en brazos, alzado hasta los cielos y puesto entre las estrellas. Árcade, el hijo de ambos, convertido también en osa, pudo salvarse luego convertido en rey de los arcadios. Aún se puede ver en el cielo a Calisto y a su hijo con las formas que le dio Artemisa, la Osa Mayor y la Osa Menor.

Artemisa, bella, casta y virgen; arisca, orgullosa y cruel, era la hija predilecta de Zeus. Las Parcas la nombraron patrona de los partos, ya que su madre Leto la había parido sin dolores. Como diosa de la caza, habitaba los bosques, por lo que también se la consideraba diosa de la Naturaleza virgen.

El templo de Artemisa en Éfeso estaba considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, gracias a su increíble belleza y a sus magníficas y colosales dimensiones. En la misma costa del Asia Menor, el santuario de la diosa de la caza era cuatro veces más grande que el Partenón de Atenas y en él se fundían misteriosamente, según Jacob Burkhardt, con incomparable belleza, el oriente y el occidente. Dicen que lo incendió un loco, que así quiso pasar a la posteridad; nosotros nos inclinamos a considerar sin embargo que era un muchacho del linaje de Orión o Acteón que de este modo quiso vengar sus asesinatos por la cruel diosa.

 

Hermes / Mercurio

Hermes era el hijo de Zeus y Maya, una de las siete pléyades, hijas de Atlas. Nació en una cueva del monte Cilene, en Arcadia, y desde infante manifestó una precocidad, inteligencia y astucia tan sorprendentes, que sólo tenía pocos días cuando, aprovechando un descuido de su madre, bajó de la cuna y se escapó en busca de aventuras a Pieria, donde Apolo cuidaba un rebaño de vacas. Se apoderó del rebaño sólo por diversión, no por ánimo de lucro, y como temía que las huellas lo delataran, confeccionó abarcas con la corteza de un roble caído que ató a las pezuñas de las vacas.

Hermes, según Praxiteles, s. -IVDe vuelta a su caverna natal, encontró el caparazón vacío de una tortuga, lo miró un instante y luego tensó unas cuerdas sobre el lado cóncavo, que hizo de caja de resonancia; así nació la lira.

Entretanto Apolo, percatado de la pérdida del rebaño, aunque no del engaño, se dispuso a buscarlo. La búsqueda fue infructuosa, hasta que, cuando pasaba por Arcadia, escuchó una bella melodía, siguió el sonido y encontró al pequeño Hermes con su rebaño.

Apolo llevó a Hermes al Olimpo y lo denunció por robo ante Zeus, porque, además, le faltaban dos reses. Explicó Hermes que las había descuartizado y hecho doce partes iguales para ofrecerlas en sacrificio a los doce dioses (ya se consideraba a sí mismo el duodécimo), que fue el primer sacrificio animal jamás hecho.

Hermes por tanto es el más joven de los dioses, según esta versión, al menos más que Apolo y Artemisa; aunque otras dicen que nació antes que ellos.

Siguiendo la primera versión, Apolo, seducido por el desparpajo del chiquillo, lo perdonó y a cambio del ganado Hermes le regaló la lira. Más tarde, Hermes cogió unas cañas del río y fabricó una flauta. Apolo, nuevamente encantado, le propuso cambiar la flauta por el bastón de oro con el que pastoreaba, que luego llegó a ser su conocido caduceo, con lo cual pasaba a ser dios de los ganaderos y pastores. Pero Hermes le pidió además que le enseñara el arte de presagiar.

Este diosillo ingenioso, elocuente y persuasivo, conseguía todo cuanto se proponía. Así, un día le pidió a Zeus que lo hiciera su mensajero y lo convenció al instante. Le entregó una vara de heraldo que lo haría respetable ante todo el mundo, un sombrero redondo para protegerlo del sol y de la lluvia, y unas sandalias aladas con las que podría desplazarse y cubrir distancias con la velocidad del viento. Sus nuevas obligaciones eran concertar tratados, promocionar el comercio y mantener libre el derecho de paso en todos los caminos del mundo.

Pero su primera tarea fue conducir a los difuntos al reino de Hades; llamaba a los difuntos con suavidad y les colocaba la vara de oro sobre los ojos. Luego se convirtió en dios del comercio y de las ganancias, y su influencia y participación en la vida de dioses y hombre fue creciente.

Hermes, dios inteligente, astuto y tramposo —él solía decir que nunca mentía, pero que tampoco decía toda la verdad—, era, sin duda, el dios más versátil y atractivo del Olimpo. Aprendió el arte de predecir el futuro, observando el movimiento de unos guijarros en una cuenca de agua, de las Trías, las nodrizas y maestras de Apolo, y él mismo inventó el juego de las tabas y el arte de adivinar el porvenir con ellas.

Tuvo numerosos hijos, entre los que destacan Quión, el heraldo de los argonautas; Autólico, el ladrón, y Dafnis, inventor de la poesía bucólica.

Los griegos veían en esta elocuente y astuta deidad al patrón de los oradores, al inventor del alfabeto, de la música, de la astronomía, de los pesos y medidas, y de la gimnasia.

Se le solían erigir estatuas en las encrucijadas y al borde de los caminos, porque su sola presencia servía para dar valor al viajero y alentar al mercader ambulante en su dura labor, ya que el dios alejaba de ellos los peligros de la ruta y los encuentros funestos. Hermes, que no era sobrehumano ni inhumano, fue el verdadero amigo divino de los griegos. Aunque nosotros nunca nos fiaríamos de él. Praxíteles le dio una de sus formas más conocidas.

Hasta aquí los olímpicos. Los no olímpicos son legión, pero sólo citaremos a los más conocidos o que han salido en estas páginas.

 

Las Horas

Son hijas de la titánide Themis y representan el orden de la naturaleza, el ciclo estacional, aunque también protegían el derecho y por ende el orden social. Aunque los atenienses sólo conocían dos: Ihallo, la floración, y Carpo, la madurez, suelen citarse tres: Diké, Eunomia e Irene. Figuraban en el cortejo de Afrodita al lado de las Gracias.

 

Las GraciasLas Gracias, según Botticelli

Eran tres diosas, Áglaia o Áglaya, Eufrosine y Talía, hijas de Zeus y la ninfa Eurinome, hija del titán Océano. Eran diosas de la belleza, la elegancia y la alegría, pero cada fuente hace esta distribución a su antojo, por lo que no puede establecerse una clasificación clara. Presidían los banquetes, las danzas y todas las actividades y celebraciones placenteras, en definitiva, todo aquello que en el mundo pudiera haber de agradable, interesante, atractivo... Las Gracias otorgaban a dioses y mortales no sólo la alegría, sino también la elocuencia, la liberalidad y la sabiduría. Se creía que podían dotar a cualquier hombre de la genialidad necesaria para ser un artista excepcional.

Las Gracias eran compañía habitual en el Olimpo de Afrodita y Eros, y están muy relacionadas con las Musas, con las que se divertían al son de la música que tañía Apolo. Eran jóvenes bellísimas, pero eran sobre todo modestas y solían llevar el pelo mal recogido a causa de los bailes. Siempre estaban danzando y  precisamente el gesto de darse las manos y comenzar a bailar es el más representado por los artistas. Aunque en los principios de la civilización griega iban vestidas con una fina túnica, después siempre se mostraron desnudas. A veces han aparecido entre los sátiros más horrendos para indicar que no se puede juzgar a las personas por su apariencia y que los defectos del rostro pueden ser corregidos con un buen espíritu. Rara vez se hace referencia a estas diosas de manera individual. Por el contrario, son la representación de la triple diosa, presente en muchas otras mitologías del mundo, aunque Áglaia, la más joven, era también la más bella y, al decir de algunos, estaba casada con Hefaistos. Nadie ha superado la representación que de ellas hace el florentino Sandro Botticelli.

 

Las Musas

Hijas de la titánide Mnemósine, diosa del talento y del espíritu creador (que sin duda heredaron de su madre, porque de su padre había poco que heredar), y Zeus, son las deidades de las artes y de las ciencias. Así lo explica Hesíodo (Teogonía, 36) :

«Las alumbró en Pieria, seducida por el padre crónida, Mnemósine, señora de las colinas de Eleuter, como olvido de males y remedio de preocupaciones. Nueve noches se unió a ella el prudente Zeus subiendo a su lecho sagrado, lejos de los Inmortales. Y cuando ya era el momento y dieron la vuelta las estaciones, con el paso de los meses, y se cumplieron muchos días, nueve jóvenes de iguales pensamientos, interesadas solo por el canto y con un corazón exento de dolores en su pecho, dio a luz aquélla, cerca de la más alta cumbre del nevado Olimpo».

Sin embargo hay quien dice que son hijas de Gea y Urano. A cada mortal le entregan uno de los nueve dones, para entretenimiento de su alma. Añade Hesíodo:

«De las Musas y del flechador Apolo descienden los aedos y citaristas que hay sobre la tierra; y de Zeus, los reyes. ¡Dichoso aquel a quién las Musas aman! Dulce le brota la voz en la boca. Pues si alguien, víctima de una desgracia, con el alma recién desgarrada se consume afligido en su corazón, después de que un aedo servidor de las Musas cante las gestas de los antiguos y ensalce a los felices dioses que habitan el Olimpo, al punto se olvida aquél de sus penas y ya no se acuerda de ninguna desgracia. ¡Rápidamente cambian el ánimo los regalos de las diosas!»

Atenea entre las Musas

Su número ha sido objeto de discusiones entre los eruditos, pero al final parece que ha habido acuerdo en que eran nueve:

CLÍO, la que da fama

HISTORIA

EUTERPE, la encantadora

MÚSICA

TALÍA, Floreciente

COMEDIA

MELPÓMENE, Celebrada en cantos

TRAGEDIA

ÉRATO, la Adorable

POESÍA AMOROSA

TERPSÍCORE, Dulce danzante

DANZA

POLIMNIA, la Rapsoda

POESÍA LÍRICA

URANÍA,  la Celeste

ASTRONOMÍA

CALÍOPE, la de bella voz

ÉPICA Y ELOCUENCIA

Beocia y el Parnaso eran lugares donde se las podía encontrar con frecuencia. En el Parnaso fue donde Apolo se hizo su conductor, musageta le llamaban. También era fácil encontrarlas en lugares abundantes en fuentes, que seguramente disfrutaban de la compañía de las ninfas.


Memoria de un viaje a Grecia

Aurelio Mena Hornero