El origen de la humanidad


 

Pandora, la primera mujer

Las cinco edades

El Gran Diluvio

Deucalión y Pirra

 

Pero Zeus, terminadas las guerras de sucesión, se aburría y, como era vanidoso, visto que los dioses, ingratos, rivalizaban con él y que las bestias no le hacían caso, decidió crear un ser lo suficientemente frágil y débil para que le estuviera eternamente agradecido y perpetuamente le rindiera homenaje, y lo suficientemente lúcido para que entendiera la deuda que con él tenía. Treinta años dicen que anduvo dando vueltas de un lado para otro sin que se le ocurriese nada, bajaba impetuoso al valle arrollando árboles y rocas, subía huracanado a la cumbre nevada del Olimpo, mandaba enganchar la cuádriga y cabalgaba golpeando las nubes con el rayo, se levantaba insomne por las noches y destapaba la caja de los truenos, con lo que todos los dioses se despertaban sobresaltados. ¡Quieres parar de una vez!, le gritaba Hera, harta ya de verlo deambular sin tino. ¿Qué nuevo desatino estarás tramando?, murmuraba para sí entre dientes, y los demás dioses se reían y cuchicheaban a hurtadillas.

Por fin un día que casualmente vio a Prometeo fabricar un muñeco, que se lo había pedido su primo Nereo para una de sus numerosas hijas, una chispa de luz le saltó en el páramo del cerebro. Agarró al titán por los hombros y con esa prontitud e impaciencia que lo caracterizaba, febriles los ojos, le dijo: Hazme uno igual, pero que hable y camine. Y sin darle espacio para responder, lo apremió: ¿Cuanto tardarás? Lo miró Prometeo reflexivo, tenía la misma expresión que en ocasiones tenía su sobrina Atenea, y dijo: No lo sé, nunca he hecho nada semejante. Apresúrate, le respondió su primo, y tenme informado.

Para cumplir el encargo, Prometeo buscó la mejor arcilla de la llanura de Maratón, la mezcló con agua del Ponemo y modeló un muñeco en todo semejante a los dioses, aunque de sólo cuatro codos de altura, al que llamó hombre. Eros le insufló el espíritu de la vida y Atenea lo dotó de alma, después de lo cual el hombre abrió los ojos al mundo.

Pero un día, tanto amaba Prometeo a su criatura, que robó el fuego de los dioses, una chispa del carro del sol robó, para entregárselo al hombre y Zeus, que ya estaba celoso de aquel ser insolente y desvergonzado, decidió castigar a Prometeo y al hombre.

 

Pandora, la primera mujer

En primer lugar  urdió un castigo para los hombres, que habían aceptado el regalo de su benefactor, y ordenó a Hefaistos que modelara una mujer de barro, a los Cuatro Vientos que le infundieran aliento y a todas las diosas que la vistieran y engalanaran.

PandoraEl ilustre Cojitranco hizo a la mujer bella, casi tan bella como las diosas; pero los volubles vientos, por mandato del que amontona las nubes, le insuflaron un alma malévola y perezosa. Atenea le regaló luego «un vestido de resplandeciente blancura..., un velo... bordado con sus propias manos y una... corona de fresca hierba trenzada con flores». Una portentosa diadema de oro había cincelado para ella el Patizambo. Las divinas Cárites le pusieron collares de oro y las Horas le dieron una espléndida melena. Por fin el Cronida, contento de lo que tramaba, tan rencoroso y envidioso era, la presentó ante la asamblea de los demás dioses para que la enriqueciesen con cuantos dones pudieran hacerla más apetecible. Entonces «un estupor se apoderó de los inmortales cuando vieron el espinoso engaño, irresistible para los hombres, pues de ella desciende la estirpe de las mujeres, gran calamidad para los mortales».  Obedecieron sin embargo a la sugerencia, que era mandato, y se sabe que Hermes le puso en la boca elocuencia y palabras seductoras y equívocas, que Apolo la adornó con dotes para la música. Sospechan algunos que Afrodita le concedió el don de la seducción y aseguran otros que Hera, a escondidas de su esposo, convocó a sus hermanas Hestia y Démeter quienes pusieron en la neófita la prudencia, la constancia y la fortaleza. Atenea, unida esta vez a sus tías, le dio sabiduría para discernir la justicia.

La llamaron Pandora, la que posee todos los dones, pero antes de enviarla a los humanos, Zeus le entregó un ánfora o cofre, según otros, que se supone contenía inmensos bienes y presentes para Prometeo con la advertencia de no abrirlo, lo que ella prometió a pesar de la curiosidad que le mordía el alma.

Hermes fue el encargado de conducirla, como un regalo del cielo, hasta Prometeo, quien, astuto y precavido, la rechazó e indicó a su hermano que, como había hecho él, desconfiara de cualquier regalo de Zeus. Fue entonces cuando Zeus ardió de cólera y encadenó a Prometeo a una roca del Cáucaso para que se lo comieran los buitres. Epimeteo, sin embargo, joven y cándido, se enamoró locamente de Pandora nada más verla, se desposó con ella y aceptó la caja como dote. Luego, ávido de curiosidad, abrió la caja de la que no salieron más que horribles males, pestes, guerras, hambres, muertes... Horrorizado, intentó cerrarla, pero sólo consiguió retener dentro a la Esperanza, que ayuda desde entonces a todos los hombres a soportar los males escapados de la caja y extendidos por toda la faz de la tierra. El paraíso se había terminado.

Otras fábulas afirman que fue Pandora quien abrió la caja. Incluso otra versión dice que la caja contenía bienes sin cuento para la humanidad, pero se destruían al darles salida, o bien, huían inalcanzables. Dicen otros que este ánfora, que luego dijeron era arca atada con mil nudos, estaba llena de dones divinos, que una vez liberados abandonaron para siempre al hombre y regresaron al Olimpo, todos menos la Esperanza que se quedó atrapada en el fondo del ánfora. Finalmente algunos indican que el tinte machista y misógino de la historia la hace sospechosa, que posiblemente fue un invento de Hesíodo. Tal vez, ¿pero acaso no eran misóginos y machistas los griegos?

El final del mito deja ciertos interrogantes en el aire: ¿Por qué la Esperanza estaba encerrada entre todos los males? ¿No sería la Esperanza un mal como todos los demás, un espejismo para mantenerlos uncidos a la desgracia? ¿Por qué quedó apresada en el fondo? ¿Tan pesada era, aunque otras veces es tenida por volandera?.

Por otro lado, ¿cuando Zeus ordenó su invención, era ya consciente del juguete que se otorgaba?

 

Las Cinco Edades Del Hombre

La primera raza que se creó de hombres, a partir del primero que modelara Prometeo, vivió en lo que se llamó la Edad de Oro. Esta raza vivía sin preocupaciones en una especie de Edén, donde los frutos crecían sin cesar de los frondosos árboles. Siempre cantando y danzando alegremente, pues ni tan siquiera sufrían enfermedades, ni vejez, ni temían a la muerte. Dicen que con el tiempo, todos perecieron y ahora son espíritus que donan buena fortuna y defienden la justicia.

La siguiente raza, también creación divina, no fue tan afortunada. Esta Edad de Plata no fue próspera y el hombre tuvo que trabajar para poder alimentarse. Fue en esta edad cuando aparecieron las estaciones del año, y donde el hombre conoció el frío.

Aún así ellos fueron más felices que sus descendientes que vivieron en la Edad de Bronce, durante la cual luchar era costumbre y las diferencias se arreglaban a base de puñetazos. La peste se los llevó a todos y a cada uno de ellos.

La cuarta raza vivió una segunda parte de la Edad de Bronce o Edad de los Héroes, pero eran más nobles y generosos, pues, dicen, los habían engendrado los dioses en mujeres mortales. Lucharon gloriosamente en el sitio de Tebas, en la expedición de los argonautas y en la guerra de Troya. Se convirtieron en héroes y habitaron los Campos Elíseos.

La quinta raza es la actual, descendientes indignos de la anterior. Son degenerados, crueles, injustos, maliciosos, lujuriosos, malos hijos y traicioneros. Con mucho, esta Edad de Hierro es la peor: las guerras estallan incesantemente, los derechos de hospitalidad se violan abiertamente, hay constantes violaciones, asesinatos, robos...

 

El Gran Diluvio

Desde su soberanía en lo alto del monte Olimpo, Zeus observaba la evolución de los hombres y no le gustaba lo que veía. Encendió su cólera primero Licaón, hijo de Pelasgos, rey de Arcadia, cuando le ofreció a su propio hijo, Níctimo, en sacrificio; en respuesta Zeus lo convirtió en lobo y fulminó su casa. Luego visitó a sus hijos quienes persistieron en la ofensa y tuvieron la desvergüenza de ofrecerle un plato con los hígados de su hermano. También los convirtió Zeus en lobos y devolvió a Níctimo a la vida, aún a riesgo de tener una bronca con su hermano Hades. Inmediatamente después comenzó a maquinar males para arrasar a la humanidad.

Primero pensó en abrasarla bajo el fuego de sus rayos, pero algún dios debió disuadirlo diciéndole que las llamas podrían llegar al Olimpo. Finalmente, decidió borrar a la humanidad de la faz de la Tierra mediante un gran diluvio. Pidió así ayuda a los cuatro vientos, que amontonasen las nubes les pidió y lanzó sus rayos sobre ellas provocando una gran tormenta. Poseidón, a su vez, movió con tal fuerza el tridente, que provocó olas gigantescas que inundaron la tierra. Los pobres mortales, aterrorizados por el diluvio, olvidaron sus luchas en un vano esfuerzo por huir del desastre. Escalaron montañas, subieron a lo alto de las cimas; pero todo fue inútil, porque las aguas cayeron de las nubes como cataratas, inundaron sus hogares y los arrastraron despiadadas a las negras profundidades del mar crecieron, sordas a sus gritos de desesperación, insensibles a sus angustiosos lamentos. Sólo una barca gigante, una especie de baúl, botaba sobre las olas.

El diluvio, como consecuencia de la cólera divina, cayó para castigar a los hombres de la Edad de Bronce, a los de la Edad de Hierro, según otros; después de él la humanidad renace purificada. En el relato griego la evolución del mito supone que los hombres alcanzan el nivel de civilización, tras la cual comienza la decencia moral. ¡Qué ilusos y vanidosos eran! Acababan de estrenarla y estaban con ella como un niño con móvil nuevo.

 

Deucalión y Pirra

Y la lluvia siguió cayendo incesantemente hasta que, después de nueve días, el agua cubrió toda la superficie de la Tierra, excepto la cima del monte Parnaso, el pico más alto de toda Grecia, adonde arribó el baúl gigante que hemos visto balancearse sobre las olas, que ocupaban Deucalión, rey de Ptía, hijo de Prometeo, y su esposa Pirra, hija de Epimeteo y Pandora. Prometeo, sabedor de lo que se avecinaba, había advertido a su hijo que construyera el baúl, lo abasteciera e intentara salvarse en él.

Esta pareja se había mantenido siempre pura y virtuosa, aún cuando les rodeaba la depravación de sus vecinos; razón por la cual, Zeus se apiadó de ellos y les consintió el artificio.

Cuando la paz volvió a la Tierra, Deucalión y Pirra miraron desconsolados a su alrededor sin saber qué hacer. Por fin decidieron acercarse al santuario de Delfos, que había resistido la fuerza del diluvio y entraron a conocer el deseo de los dioses. Temis se les apareció en persona y les dijo: "Cubríos la cabeza y arrojad hacia atrás los huesos de vuestra madre!". Al principio se quedaron horrorizados ante semejante respuesta y, puesto que ambos tenían distintas madres, muertas las dos, pensaron que la Titánide se refería a la Tierra y que sus huesos eran los cantos que arrastraba el río. Marido y mujer actuaron cuanto antes, se cubrieron las cabezas y descendieron arrojando piedras detrás de ellos. Todas las que arrojó Deucalión se convirtieron en hombres, mientras que las arrojadas por Pirra se tornaron en mujeres.

De esta forma la Tierra se volvió a poblar con una raza de hombres sin culpa. Poco después, Deucalión y Pirra tuvieron a Heleno, que dio nombre a la raza helénica o griega.


Memoria de un viaje a Grecia

Aurelio Mena Hornero