Los hijos adulterinos de Zeus


 

2. Hijos de mortales

Dionisos / Baco

Herakles

La Vía Láctea

Procris y sus hermanas

Los trabajos

La apoteosis

Helena

Perseo

 

Hijos de mortales

Dionisos / Baco

Es el único de los olímpicos hijo de una mortal, Sémele, hija de Cadmo y Harmonía. Dicen que Zeus la sedujo y para no asustarla, se transformó en mortal, yació con ella y Sémele quedó encinta. Hera, como no podía ser de otro modo, enterada de la nueva infidelidad de su marido, quiso castigarla; así, al sexto mes de embarazo visitó a la muchacha disfrazada de vieja vecina, le aconsejó que pidiera a su amante que no la engañara más y se revelase ante ella con su naturaleza y forma auténticas, porque de otra forma, ¿cómo podría tener la seguridad de que no era un monstruo? Porque en aquel entonces era habitual encontrarse con monstruos lo mismo en la taberna que en la fuente llenando el cántaro de agua.

Sémele, en quien la duda echó raíces, recordó que Zeus le había prometido otorgarle todo cuanto le pidiese, así que siguió el consejo de Hera, curiosa por conocer el rostro de su amante. Zeus, aterrado por la petición, pero sin poder negarse, se presentó ante la joven empuñando el trueno y los rayos, y en ese mismo instante la desgraciada muchacha quedó fulminada. Pero Zeus tuvo tiempo, que por algo era el señor de los dioses, de retirar del seno de la madre al hijo que esperaba y Hermes, siempre tan oportuno, se lo implantó en uno de los muslos para que lo incubara. Tres meses después nació Dionisos del muslo de su divino progenitor; por eso al muchacho se le llamó Diméter, "el de dos madres" o "nacido dos veces" o “Dithy Rambo", el niño de la puerta doble".

Aunque Sémele había muerto, Hera, la saliva se le volvía verde de la bilis que le removía las tripas y los ojos se le llenaban de estrías rojas, no se dio por satisfecha y volcó su odio contra el inocente Dionisos, el hijo de la mortal a la que Zeus había amado más que a ninguna. Pidió ayuda a los Titanes, quienes, muy atentos con su sobrina y señora, luego de raptarlo, lo mataron, lo despedazaron y lo pusieron a cocer en una olla de barro. Un granado brotó del suelo donde su sangre cayó. Pero Rea, compasiva y amorosa, robó la olla, recompuso a su nieto y le devolvió la vida, sin duda con la colaboración de Hades, aunque no consta. Con ello el mito de Dionisos enlaza con todos aquellos que narran la muerte de un dios y su posterior resurrección, como los de Osiris, Mitra, Adonis, Jesús.

Luego Perséfone, por encargo de Zeus, llevó al niño y lo puso al cuidado del rey Atamante de Orcómenos y de su mujer Ino para que lo criasen, disfrazado de niña, no lo encontrase Hera. La reina de los dioses sin embargo no se dejó engañar, que tenía fino el oído y el olfato agudo, y, como castigo a la pareja real, los enloqueció.

Zeus lo transformó entonces en cabrito y lo entregó al cuidado de las ninfas del monte Nisa, Macris, Erato, Bromia y Baque, que lo cuidaron, lo mimaron y lo alimentaron, ¡jodido niño! Estando con ellas fue precisamente cuando descubrió o inventó el vino, seguramente por sugestión o sugerencia de ellas. ¿Qué otras cosas más le enseñarían aquellas ninfas? No consta, pero cabe imaginarlo. Sea como fuere, Zeus colocó más tarde sus imágenes entre las estrellas, formando la constelación de Las Híades. Fue su tutor sin embargo en aquel retiro Sileno, un anciano feo y barrigudo, con fama de sabio y filósofo, borracho incorregible luego que su pupilo le dio a probar las excelencias de su descubrimiento, aunque tenía un vino profético, porque dicen que desde entonces veía el pasado y el futuro, aunque lo cierto es nunca volvió a dar un paso por su propio pie y se hacía trasladar a lomos de un borrico.

Llegado a la edad adulta, Hera lo reconoció y por supuesto otra vez usó su arma más letal y lo enloqueció. De este modo, medio mareado y dando traspiés, recorrió el pobre dios el mundo, introduciendo sin embargo en todos los países el cultivo de la vid y la obtención del vino, por lo que en todas partes lo adoraron, que desde Prometeo no habían recibido ningún regalo mejor, si se exceptúa el de Rea.

Dionisos vagaba por el mundo, acompañado de su tutor, Sileno, y de una corte de sátiros salvajes y ménades alucinadas, armados con varas cubiertas de hiedra, con una piña de pino en la punta, llamadas "thyrsus", y serpientes, espadas y bramaderas. Todos danzaban frenéticamente, como poseídos por todos los demonios danzaban.

Los sátiros eran chatos, de pelo enmarañado y orejas puntiagudas; tenían dos cuernos en la frente, una cola de caballo y patas de macho cabrío. También llamados silenos o faunos, recorrían constantemente el campo y trataban de violar a todas las muchachas que encontraban, por lo que los mortales les temían.

Ménade en griego quiere decir estar fuera de sí, maníaco, enloquecido, y en plural significa "furiosas". De hecho cuando se celebraban los misterios de Dionisos, las Ménades o bacantes parecían poseídas de una locura incontrolada. Iban desnudas o semidesnudas, coronadas de hiedra; solían tocar la flauta y danzaban frenéticamente hasta entrar en el delirio.

Navegó rumbo a Egipto, donde ayudado por las amazonas obtuvo su primera victoria militar contra los Titanes y restauró así en el trono al rey Amón. De regreso en cambio tuvo que combatirlas y matar a cientos de ellas. Luego se dirigió a la India, atravesó Mesopotamia cabalgando sobre un tigre que le envió su padre Zeus, conquistó el país y enseñó a sus habitantes el arte de la vinicultura, les dio leyes y fundó grandes ciudades.

De vuelta a Europa, donde entró por Frigia, su abuela Rea lo purificó y lo inició en sus misterios, relacionados con la agricultura y la floración de la naturaleza. Después invadió Tracia, donde se enfrentó el rey Licurgo; pero Rea ayudó a su nieto y enloqueció al rey, que en un delirio mató a su propio hijo, Driante, ante cuyo crimen todo el país se volvió estéril de espanto. Espantados quedaron también los endonios, pero advertidos por Dionisos de que la esterilidad continuaría mientras el rey estuviese vivo, decidieron acabar con él y lo despedazaron.

Sin más oposición, Dionisos continuó su viaje y llegó a su amada Tebas, donde quiso introducir su culto; pero el rey de la ciudad, Penteo, mosqueado por su aspecto, intentó arrestarlo, lo que fue ocasión para que las ménades, enloquecidas, lo rescataran y descuartizaran al rey, fue su propia madre, Ágave, la que al frente del tumulto lo descabezó.

Cuando toda Beocia hubo reconocido la divinidad de Dionisos, el dios recorrió las islas del Egeo propagando la alegría y el terror por doquier. Se embarcó luego rumbo a Naxos, pero la tripulación, compuesta por piratas e ignorantes de su divinidad, quiso apresarlo para venderlo como esclavo. Percatado Dionisos de lo que urdían los piratas, hizo brotar de la cubierta una vid que envolvió con sus sarmientos todo el mástil y una hiedra que se enroscó en el velamen y el aparejo, transformó los remos en serpientes y llenó el barco de animales fantásticos que tañían horrísonas flautas. Aterrorizados, los piratas saltaron por la borda y se convirtieron en delfines.

Fue en Naxos donde Dionisos conoció a Ariadna, recién abandonada por Teseo, y al instante se casó con ella, que el desconsuelo de la muchacha más parecía deseo insatisfecho que otra cosa. Tuvieron varios hijos: Enopión, Toante, Estáfilo, Latramis, Erante, Taurópolo.

Desde entonces su toda actividad se encaminó a difundir las dionisíacas, cultos orgiásticos muy relacionados con rituales religiosos, cuyas huellas todavía perduran en las fiestas de la vendimia de muchos lugares, donde se mezclaban danzas y representaciones históricas con juegos populares burlescos, por las que también fue considerado creador y dios del teatro y de la comedia.

Implantado, al fin, su culto en Grecia, y antes de subir al Olimpo, descendió al Hades y rescató a su madre. Engañó a Perséfone para que le ayudara y subió con ella al Olimpo, donde ambos se convirtieron en inmortales y ella adoptó el nombre de Tione porque Hades no la reconociera, que el nombre entre los antiguos revelaba a la persona. Se dice que cuando llegó al Olimpo, Hestia le cedió su lugar para que tuviese un sitio entre los doce, contenta de alejarse de las broncas y disputas permanentes de su celestial familia.

El mito de Dionisos está ligado también desde sus orígenes, a la locura, que afecta no sólo a él sino que también a los que lo rodean. En las bacanales, los adeptos llegaban a entrar en tal éxtasis que les proporcionaba una fuerza prodigiosa y temible de la que fueron víctimas algunos héroes, en pleno frenesí podían llegar a descuartizar y devorar animales o personas.

Los viajes de Dionisos simbolizan seguramente el origen foráneo del la vid y el vino, así como del propio Dionisos, pues lo genuino de Grecia era el olivo, el aceite, con el que Atenea consiguió el poder espiritual del país. Probablemente este mito explica cómo viene y se difunde por el mundo y el espanto y consternación social que causan sus efectos, acaso como las drogas hoy en día.

 

Heracles

Es el héroe por antonomasia, el espejo de todos los héroes, el sueño de todos los niños, el invicto cuyo nombre vivirá mientras el nombre de Grecia viva.

La Vía Láctea

Electrión, hijo de Perseo, rey de Micenas, prometió a su sobrino Anfitrión, rey de Trecén, la mano de su hija Alcmena cuando vengase la muerte de sus ocho hijos varones caídos en una escaramuza contra ladrones de ganado. Poco después Anfitrión mató accidentalmente a Electrión y hubo de huir a Tebas, donde su rey lo purificó. No obstante, Alcmena, que lo había seguido, no quiso yacer con él en tanto sus hermanos estuviesen sin la venganza debida. Marchó Anfitrión al combate, momento elegido por Zeus para yacer con Alcmena, que tenía fama de ser la mujer más hermosa y prudente de su época.

Pretendía el padre de los dioses, no el placer como en otras ocasiones, sino engendrar un hijo sin par, un héroe capaz de proteger a un tiempo a los dioses y a los hombres contra la destrucción y el olvido, que acaso sospechaba que nunca vencería totalmente a su padre Cronos. Fue así como Zeus eligió a Alcmena y en lugar de violarla, como solía, se presentó ante ella disfrazado de Anfitrión, que regresaba victorioso y vengador, le dijo; la cortejó con palabras y caricias amorosas durante una noche entera, que tuvo la duración de tres noches seguidas, y copuló con ella hasta que la mujer se durmió agotada. Había pedido a Helios que apagase los fuegos del sol, a las Horas que descansasen por un día, a la Luna que retardase el paso y al Sueño que amodorrase a los hombres para que no supiesen lo que sucedía, porque la generación que pretendía no podía hacerse a la ligera, sino que requería un amor inmenso y toda la atención de las obras bien hechas. Dicen algunos que incluso permaneció una semana entera alimentándose a base de criadillas de toro y sin tocar mujer para que fluyesen pletóricas las fuentes y se le llenasen a rebosar los depósitos seminales. 

Pero, bocazas como era, se jactó en el Olimpo del hijo que iba a tener, que sería jefe de los perseidas blasonó. Lo oyó Hera de áureas sandalias e inmediatamente urdió un plan para desbaratar el proyecto de su marido y así le hizo jurar que si antes del anochecer nacía algún príncipe del linaje de Perseo, sería rey. Lo juró Zeus seguro de que su hijo estaba a punto de nacer, pero aún no conocía la mente retorcida de Hera, que inmediatamente corrió a Micenas y provocó el parto de la mujer de Esténelo, tío de Alcmena, que alumbró a un niño sietemesino, Euristeo, destinado a ser jefe de la Casa de Perseo. Logrado el nacimiento y divulgada la noticia, permitió que su hija Ilitía ayudara a parir a Alcmena que trajo al mundo dos mellizos, Ificles, hijo de Anfitrión, y Heracles, hijo de Zeus. Los eruditos aún discuten quien antecedió a quien, si Ilitía colaboró o fue víctima de su madre.

Es lo cierto que cuando Zeus lo supo, la cólera que lo agitó hizo temblar el Olimpo, cogió de la melena a su hija mayor, Ate, que había sido cómplice de Hera, la hizo girar sobre su cabeza y la lanzó a la tierra. Hera desde su trono lo miraba sarcástica y retadora: “¡Te jodes!”, decían sus ojos brillantes. “¡Qué tribu!”, murmuró Hefaistos que vio caer a su hermana y había oído el escándalo.

Zeus ya no se podía retractar de su juramento, en consecuencia pidió a Hera que consintiera en que Heracles fuera dios si cumplía diez trabajos que le impusiera Euristeo.

Desde su nacimiento tuvo ya Heracles una existencia azarosa, que su madre lo abandonó temerosa de Hera y Atenea o Hermes se lo entregaron a la reina de los dioses para que lo amamantara. No conocía Hera la identidad del niño y accedió a ser su momentánea nodriza, pero el bebé chupó con tal fuerza que la diosa lo rechazó y el chorro de leche que ya le salía del pecho ascendió al cielo y se convirtió en la Vía Láctea. No obstante, dicen otros que la Vía Láctea se originó cuando Rea destetó violentamente a Zeus.

Luego fue la propia Hera, celosa y vengativa, la que intentó asesinarlo y envió dos serpientes a su cuna para que acabaran con él y con su hermano; pero Heracles cogió una serpiente con cada mano y las estranguló. ¡Ole, mi niño!, dicen que exclamó el padre de los dioses al saberlo, que ya presentía que este niño sería dios de los tartesios, antepasados ilustres de los béticos y los andaluces.

Procris y sus hermanas

Tuvo Heracles una educación esmerada. Anfitrión, su padre putativo, le enseñó a conducir carros; Cástor lo instruyó en el manejo de las armas y en el arte de la guerra; uno de los hijos de Hermes, Autólico o Harpálico, que los sabios no se ponen de acuerdo, lo adiestró en el pugilato; Eurito, a tensar y disparar el arco. Con Eumolpo aprendió a cantar y a tañer la lira; con Lino a medir y componer versos... A Lino lo mató de un golpe de lira un día que Eumolpo se ausentó y Lino sustituyó a su colega; se resistió Heracles al cambio de método y el maestro lo apremió con una colleja, como se hacía con los discípulos díscolos; entonces el héroe furioso lo golpeó con la lira y lo mató. En el juicio por homicidio Heracles alegó legítima defensa y consiguió que lo absolvieran.

No obstante sostienen los estudiosos que Heracles era de natural cortés, que luego se arrepentía de sus accesos de cólera, y así fue el primer mortal que espontáneamente devolvió sus muertos al enemigo para que los lloraran y les rindieran honras fúnebres.

Muchas hazañas y proezas se cuentan de él relacionadas con su fuerza e ímpetu en la pelea, por eso queremos destacar una que lo hace émulo de su padre y elegido de Afrodita. En una ocasión, cumplidos ya los dieciocho años, salió de la hacienda donde era pastor, su ocupación desde el incidente de la lira, dispuesto a dar caza a un león que acosaba al ganado. Se adentró así en el reino vecino donde el león tenía su guarida y su rey Tespio lo acogió y hospedó tan gentilmente que le dio a su hija mayor Procris para que lo acompañara en el lecho, que así de hospitalarios eran aquellos griegos. Cincuenta noches permaneció Heracles bajo el techo de Tespio y otras tantas noches las hijas de Tespio vinieron a yacer con él pretextando todas que eran Procris. ¿Habéis visto la clava de acebuche que lleva?, dicen que Procris preguntó al día siguiente a sus hermanas, pues así la tiene. Y de esta guisa siguió contando mientras sus hermanas la escuchaban embelesadas, brillantes los ojos, entreabiertos los labios húmedos y palpitante el pecho. Es cierto que es torpe y muy bruto, decía; pero tiene una fuerza descomunal, hasta diez veces entró y se vació en mis umbrales y al despertarse por la mañana todavía quería repetir. Luego se concertaron para turnarse en su lecho haciéndose pasar por la mayor. Consta que todas quedaron contentas, menos una que voluntariamente quiso permanecer virgen. Aunque cuentan algunos que luego, cuando ya no tuvo remedio, se daba bofetadas por estúpida.

Los eruditos le dan mil vueltas a esta historia y la interpretan y cuentan de mil maneras. Disienten algunos de la versión oficial y dicen que fue el propio Tespio quien alentó a sus hijas a buscar su lecho, que los hombres de su alcurnia escaseaban y siempre temió que sus hijas no le diesen nietos y quedasen vírgenes. Pero sólo una cosa queda clara en ella: el vigor insuperable de Heracles y el entusiasmo que despertaba en las muchachas núbiles.

Los trabajos

Con ocasión de su victoria sobre los minias, enemigos de los tebanos, el rey Creonte concedió a Heracles la mano de su hija Megara, con la que tuvo varios hijos a los que se apellida Alcides. Sucedió luego que, como el rey de los eubeos, Pirecmes, atacase a los tebanos, Heracles lo venció, lo hizo despedazar por cuatro potros y abandonó sus restos junto a un río. Toda la Hélade tembló de horror ante la impiedad.

Entonces Hera, ofendida por estos excesos o porque desde su nacimiento no lo tragaba, según otros, le envió desde los cielos un ataque de locura que le hizo volverse contra los suyos y matar a seis de sus hijos y a dos sobrinos. Cuando recobró la razón y supo lo acontecido, quiso suicidarse pero su amigo Teseo logró evitarlo; luego se dejó purificar por el rey Tespio y finalmente fue a Delfos a solicitar una penitencia expiatoria. Consultada pues, la Pitonisa le sugirió que se dirigiera Tirinto, se pusiera a las órdenes de Euristeo y cumpliese los trabajos que él le ordenase, luego de lo cual se le concedería la inmortalidad. Fue entonces cuando Euristeo, inspirado por Hera, le encomendó doce trabajos imposibles.

Casi todos los dioses rivalizaron en proporcionarle armas y pertrechos de guerra para enfrentar su aventura, pero Heracles los rechazó todos y sólo llevó su clava de acebuche, un arco y flechas. Por armadura sólo vistió la piel del león de Citerón, cuya cabeza le servía de casco.

El primero de los trabajos le pedía matar al león de Nemea, invulnerable a cualquier arma, hijo de la terrible, ágil y violenta Quimera y del perro Orto, ambos de la estirpe de Medusa, al que Hera, crió y puso en los montes de Nemea. Lo agredió Heracles con flechas y la clava, pero, cuando comprendió la imposibilidad de herirlo, le echó los brazos al cuello y lo estranguló. Lo desolló luego utilizando como cuchillo una de sus afiladas garras y desde entonces usó su piel y cabeza como yelmo y coraza.

En el segundo debía matar a la Hidra de Lerna, hija de Equidna y Tifón, también de la estirpe prolífica de Medusa, monstruo de siete cabezas, cada una de las cuales renacía duplicada si se la cortaba y la séptima era inmortal. Heracles cercenó las seis primeras cabezas con una espada candente de modo que la herida quedaba cauterizada e impedía su renacimiento. Dicen otros que era su auriga Iolao quien cauterizaba la herida con teas ardientes, por lo que luego Euristeo invalidó la prueba. Enterró la cabeza inmortal bajo una roca, despedazó al monstruo y untó la punta de sus flechas en la bilis.

El tercer trabajo consistía en capturar viva la Cierva de Cerinia, animal sagrado de Artemisa de pezuñas de bronce y cuernos de oro, y llevarla a Micenas. Heracles decidió acosarla y seguirla pacientemente hasta agotarla, empresa que le ocupó un año entero; finalmente la detuvo de un flechazo entre el tendón y el hueso sin que derramara una sola gota de sangre, se la cargó a los hombros y la llevó a su destino.

El cuarto trabajo consistía en atrapar con vida un jabalí, feroz y enorme, que moraba en el monte Erimanto. Lo acosó Heracles con gritos horrísonos, lo condujo a un desfiladero estrecho y allí saltó sobre él; lo ató con una cadena y se lo llevó a Micenas sobre los hombros.

En el quinto, debía limpiar en un solo día los establos del rey Augías, que poseía mil bueyes, donde el estiércol formaba una capa de varios pies de espesor y cuya pestilencia alcanzaba a todo el Peloponeso. Heracles lo consiguió desviando el curso de los ríos vecinos, Alfeo y Peneo, y haciendo correr sus aguas a través de los establos. Pero Euristeo no reconoció este trabajo porque lo había hecho a sueldo de Augías.

El sexto trataba de eliminar los pájaros del pantano Estínfalo, aves con pico, plumas y garras de bronce, comedoras de hombres y animales, cuyos excrementos envenenaban las aguas y los suelos, y aterraban toda la comarca. Cuando andaba dubitativo sobre la táctica a seguir, Atenea vino en su ayuda y le dio un par de címbalos de bronce fundidos por Hefaistos con los que produjo tal estrépito que los pájaros levantaron el vuelo aterrados. Entonces mató a muchos con sus flechas; el resto huyó hacia el Mar Negro donde luego los encontraron los argonautas.

En el séptimo trabajo Hércules debía capturar un toro bravo que aterraba a los cretenses. Los eruditos discuten aún la identidad del toro —¿el que llevó a Europa o el que engendró al Minotauro?— y el método utilizado —¿utilizó la técnica de la pega que luego enseñaría a los lusitanos o bien lo acosó a caballo y lo derribó con la garrocha al estilo de los tartesios?—, lo cierto es que logró inmovilizarlo y llevarlo a Micenas.

El octavo consistía en apoderarse de las yeguas antropófagas que el rey tracio Diómedes, hijo de Ares y Cirene, mantenía en un establo atadas con cadenas y alimentadas con la carne de sus incautos invitados. Aunque perdió a su escudero Abdero devorado por las yeguas, concluyó satisfactoriamente la empresa e incluso alimentó a las fieras con el cuerpo del propio Diómedes.

En el noveno robó el cinturón de Hipólita, reina de las Amazonas. Cuando Heracles llegó a la desembocadura del río Termodonte, la propia Hipólita, conocedora de su fama, fue a visitarlo y, enamorada de él, le regaló el ceñidor caliente aún de su cuerpo. Pero Hera andaba por allí enredando, difundió rumores falsos e hizo creer que el extranjero pretendía raptar a Hipólita. El resultado fue una batalla terrible y una gran matanza en la que cayeron todas las capitanas de las amazonas y la propia Hipólita. Sin embargo la confusión fue tan grande, que no hay dos autores que refieran la historia de idéntica manera.

El décimo consistía en robar los bueyes de Gerión, hijo de Crisaor, nieto del titán Océano y rey de Tartesos, un monstruo de tres cuerpos unidos por la cintura; aunque según otros Gerión era el título de Crisaor y la tripleta la formaban sus hijos que comandaban sus ejércitos. Sea como fuere, Heracles mató con la clava al pastor y al perro que guardaban el ganado y se lo llevó. También anduvo por allí enredando Hera que sólo sacó en limpio un flechazo de Heracles en la teta derecha.

Dicen que en este viaje Heracles se abrió paso entre África y Europa rompiendo el istmo que las unía con la clava, que de un lado quedó el promontorio de Calpe, junto a Gibraltar, y del otro el de Abile, junto a Ceuta, las columnas de Heracles. Dicen también que llegó incluso al finisterre, en el cabo de la Roca, en Lusitania, donde enseñaría a los naturales el arte de la pega, es decir, de tomar a los toros bravos por los cuernos y obligarlos a humillar.

Ocho años tardó Heracles en llevar a término estos trabajos, pero Euristeo no convalidó el segundo ni el quinto y lo obligó a realizar otros dos, que fueron el undécimo y el duodécimo.

En el undécimo trabajo debía apoderarse de las Manzanas de Oro, regalo de Gea a Hera, que crecían en el Jardín de las Hespérides, allá en el confín del mundo, al pie del monte Atlas, y custodiaba Ladón, un terrible dragón, porque no las robasen las alegres hijas de Atlante. Llegó Heracles y mató al dragón de un flechazo, luego, según le había aconsejado Nereo, pidió a Atlante que le cogiera las manzanas mientras él le sostenía la bóveda celeste. Así lo hizo el titán, pero después, contento de verse aliviado de su peso, se ofreció a llevar las manzanas a Euristo. Sospechó Heracles el engaño y respondió que estaba de acuerdo, pero que le permitiera ponerse antes una almohada sobre los hombros para mejor soportar la carga. Cayó en la trampa el titán y tomó de nuevo el cielo, momento que aprovechó Heracles para recoger las manzanas y salir corriendo.

Y por fin, en el duodécimo, el más difícil de sus trabajos, Heracles debía llevar a Cerbero,  el despiadado y feroz perro de broncíneo ladrido, guardián de las puertas del Averno, a Micenas. Para ello se purificó en Eleusis y emprendió el camino del Tártaro, dicen unos que desde Laconia y otros que desde Aquerusia en el Mar Negro. Lo guiaron Atenea y Hermes, que siempre acudían en su ayuda. Llegado a la laguna Estigia, miró a Caronte con tal ceño que el pobre barquero lo cruzó sin replicar, por lo cual Hades lo castigó luego durante un año. Al pisar la otra orilla todos los espíritus huyeron espantados, menos los de Medusa y Meleagro, pero Hermes le advirtió que nada temiera de ellos, Meleagro incluso bromeó con él, charlaron amistosamente y Heracles le prometió que se desposaría con su hermana Deyanira. Liberó luego a Teseo del tormento que sufría y mató una vaca del rebaño de Hades para ofrecer un festín a las almas que por allí vagaban; quiso castigarlo su pastor y casi lo mata si no es por la intercesión de Perséfone que acudió atraída por el estruendo de la pelea. Entonces vio a Hades, que lo miraba siniestro junto a su esposa, y le pidió a Cerbero. Si lo dominas sin la clava ni las flechas, es tuyo, dijo el dios. Heracles tomó resueltamente al perro por el cuello, del que salían tres cabezas y una melena de culebras, y no aflojó la tenaza de sus manos hasta que notó que el perro cedía medio ahogado.

Volvió al fin a la superficie guiado por Atenea y cuando llegó a Micenas mató a tres de los hijos de Euristeo, no se sabe si harto ya de tanto trabajo o porque el rey le ofreció la peor parte del sacrificio que en aquel momento ofrecía o acaso porque, lo que parece más lógico, Euristeo le obligó a bajar de nuevo al Hades a devolver el perro.

La apoteosis

Terminada al fin tan cruda penitencia, Heracles vivió otras muchas aventuras. Acompañó a Jasón y a los Argonautas en busca del Vellocino de Oro, aunque no concluyó la empresa por ayudar a su escudero, el joven Hilas. De viaje por el Cáucaso encontró a Prometeo encadenado a la roca donde un buitre le roía el hígado y lo liberó de su tormento. Libró también a Hesíone, hija de Laomedonte, rey de Troya, del monstruo que le enviaba Poseidón. Vendido como esclavo en penitencia por otro asesinato, puso su enorme clava y su persona al servicio de la reina Onfalia. Conquistó la Élide, tomó y saqueó Pilos...

El final de la vida de Heracles es triste: Su nueva mujer, Deyanira, inquieta porque lo vio regresar un día acompañado de una nueva amante, Yole, sin duda Hera andaba por medio, le ofreció un poderoso veneno creyéndolo filtro de amor. En realidad era la sangre del centauro Neso muerto por el propio Heracles cuando pretendía forzar a su esposa. Al percatarse luego del engaño e imposibilitada de remediarlo, Deyanira se suicidó. El veneno produjo a Heracles terribles dolores y las carnes se le caían a pedazos, tantos que ordenó preparar una pira, puso encima la piel del león de Nemea y se tumbó sobre ella dispuesto a morir, cumplíase así el vaticinio de Zeus: “Ningún hombre podrá matar nunca a Heracles, pero un enemigo muerto será su ruina”; pero en el instante en que los troncos empezaban a arder, bajaron rayos del cielo y redujeron la pira a cenizas.

Allí acabó la vida mortal de Heracles, pero su alma inmortal subió al Olimpo, la llevaba Zeus en su cuadriga, donde se casó con Hebe, diosa de la juventud, dicen los entendidos que al fin reconciliado con Hera.

 

Helena

Bella entre las bellas, Leda, hija de Testos, era esposa de Tíndaro y reina de Esparta, cuando Zeus se encaprichó de ella y la asedió metamorfoseado en cisne.

Leda gustaba de bañarse en el arroyo que cruzaba las tierras de palacio y tumbarse luego al sol en un prado de hierba recién cortada, escuchando la algarabía de los pájaros. Yacía con frecuencia así, los muslos redondos y los pechos enhiestos desnudos al sol, impúdicamente expuestos a las miradas siempre lascivas de los dioses, de los pastores y de los arrieros que por allí cerca pasaban. Y sucedió lo que tenía que suceder.  

Pasó Zeus camino del Olimpo, vio a la reina y al instante la deseó. Y como Zeus, no obstante ser dios y rey, era un anarquista práctico que no conocía más ley ni más norma que su capricho, inmediatamente se apresuró a poseerla. Iniciaba ya el vertiginoso picado desde el azul, la poderosa estaca hendiendo el aire, cuando consideró que la majestad imponente de su aspecto tal vez asustase a la mujer, que ya sabemos cómo a vanidoso no había quien le ganase; se metamorfoseó entonces en cisne, que dicen que es la más rijosa de las aves, y tomó tierra con elegante aleteo a pocas brazas delante de la reina, albo y lustroso como la nieve el plumaje, jadeante la respiración. Se incorporó curiosa la reina y lo miró divertida, entreabiertas aún las piernas. No necesitaba más el padre de los dioses; se aproximó a ella, se acomodó entre sus muslos, el sedoso roce de las plumas contra la piel excitó repentinamente a la reina, e introdujo su ariete poderoso en la sonrosada grieta que ya se humedecía.

Así fue engendrada Helena, más bella aún que su madre, que sería luego deseada por reyes y príncipes, entregada a Paris, príncipe de Troya, como pago de un favor prestado a Afrodita, tan mezquinos eran los dioses, de resultas de lo cual, causaría espantosos males a los teucros y los aqueos.

De esta unión también nacieron Clitemnestra y los Dióscuros, Cástor y Pólux.  

No atinan los eruditos a saber qué fue de Helena durante la guerra. DicenHelena - Diane Kruger que dejaba correr el tiempo recluida en la torre del palacio donde tejía un inmenso tapiz en el que representaba todas sus desdichas, se lamentaba de su amarga suerte y maldecía la hora en que siguió a Paris, enloquecida por aquel ardor que le entró en la entrepierna. Cuando quedó viuda, se casó con Deífobo, su cuñado, que, aunque lo intentó, no pudo soportar la soledad del lecho. Pero luego, caída Troya , lo entregó a los aqueos, que le dieron cruel muerte. Así pretendía Helena ganar de nuevo el favor de Menelao, quien la llevó consigo a Grecia, porque no supo o no quiso resistirse a los encantos de aquella mujer, su piel ambarina, las redondas caderas, los labios como uvas maduras, las tetas llenas y aún levantadas... Durante el tornaviaje Poseidón, envidioso, los zarandeó y arrastró hasta los confines del negro mar, pero al fin consiguieron arribar a Esparta y fueron felices hasta que Hades, también celoso, reclamó a Menelao. Entonces Helena, expulsada del Peloponeso por indigna, acudió a Rodas donde la reina Polyxo la recibió y la colmó de atenciones, pero al día siguiente, envidiosa de su belleza, ordenó que la ahogasen en el baño y que su cadáver colgara de un horca. Cumplíase así el destino de esta bella, nacida del capricho de un dios y juguete de los dioses, que torció el destino de Troya y el de tantos héroes como sucumbieron bajo sus murallas.

Perseo

Cuando Dánae nació, un oráculo advirtió a su padre, Acrisio, rey de Argos, que un nieto habido de esta hija lo mataría. Entonces el rey, sin atreverse a eliminarla, la encerró en una torre de bronce con un tragaluz en el techo, abierto al cielo, por donde pudiera entrar el aire. Un día, sin embargo, ocurrió algo sobrenatural: una lluvia de oro cayó de lo alto, Dánae quedó embarazada y tuvo un niño al que llamó Perseo.

El amante subrepticio que la había forzado era Zeus, aunque según lo cuenta Tiziano parece que la muchacha lo espera ansiosa, convertido en lluvia dorada para eludir la vigilancia de la celosa Hera.

No pudo ocultar Dánae a su hijo por mucho tiempo y Acrisio, que tampoco esta vez se atrevió a matarlos, arrojó al mar a la madre y al hijo dentro de un cofre. Pero un pescador, Dictis, inspirado por Zeus, salvó a ambos y, junto a su esposa, los acogió en su choza de la isla Sérifos.

Sin embargo la belleza de Dánae causó nuevos problemas: Polidectes, rey de la isla donde vivían, se enamoró de ella y, pasado un tiempo, pretendió desposarla apartando previamente a su hijo, el inoportuno Perseo, ya adulto. Para ello anunció su boda con Hipodamía y pidió a Perseo que, como regalo, le trajera la cabeza de Medusa, una de las tres monstruosas Gorgonas, hijas de Ceto y Forcis, la única mortal de ellas. La petición encerraba una trampa mortal, porque las Gorgonas tenían el poder de convertir en piedra a quien las mirara. Pero los dioses ayudaron a Perseo, sobrino y hermano. Hades le entregó un casco que lo haría invisible, Hermes le prestó sus alas para que volara velozmente; Hefaistos, la broncínea y poderosa espada Harpe de cortante filo; Atenea, por último, le prestó su escudo sobre cuya bruñida superficie podría ver la imagen refleja de Medusa sin que le alcanzara el maleficio.

Dicen algunos que para encontrar a las Gorgonas, Perseo solicitó la colaboración de sus hermanas, las Greas, de hermosas mejillas, aunque viejas de nacimiento, que compartían un solo ojo y un solo diente guardados en un cofre cuando no lo usaban. Consiguió Perseo arrebatarles el cofre y las amenazó con destruirlo si no le indicaban dónde habitaban las Gorgonas. Las Greas se opusieron tenazmente a revelarle su paradero, pero la firmeza de Perseo les hizo cambiar de opinión y, finalmente, le dieron noticia del lugar donde se encontraban. Perseo, como había prometido, les devolvió sus ojos y sus dientes.

Así, mientras dormían, Perseo pudo entrar en la cueva de las Gorgonas, "al otro lado del ilustre Océano, en el confín del mundo hacia la noche, donde las Hespérides de aguda voz", cortarle la cabeza a Medusa y guardarla en una alforja sin mirarla y escapar. Pero luego de decapitar a Medusa, de su cuello cortado brotó un chorro de sangre del que nacieron un hermoso caballo alado, Pegaso, y el gigante Crisaor, de aurífera espada, que la gorgona había yacido en un prado con el insaciable Poseidón. Las otras dos hermanas, Esteno y Euríale, que eran inmortales, trataron de atrapar a Perseo, pero el joven se volvió invisible con el casco de Hades y huyó, jinete sobre el caballo alado.

En el viaje de regreso, pasó por la región de Mauritania donde se encontraba Atlas. Perseo le pidió alojamiento, pero el gigante le trató inhumanamente porque un antiguo oráculo le había vaticinado que un joven del linaje de Zeus lo destronaría. Perseo le mostró entonces la cabeza de Medusa y lo convirtió en una enorme cordillera para el resto de la eternidad.

Sobrevoló luego las costas de Etiopía, donde presenció una escena terrible: un monstruo marino se disponía a devorar a una joven encadenada a las rocas. Era Andrómeda, hija de Cefeo, rey de Etiopía, que se encontraba en aquella situación a causa de su madre Casiopea, que, creyéndose la mujer más hermosa del mundo, se autoproclamó más bella que las nereidas, hijas de Poseidón, dios de los mares. Quiso Poseidón castigarla y envió un monstruo marino que pidió a Andrómeda en sacrificio bajo la amenaza de destruir el reino.

Perseo, enamorado al instante de Andrómeda, descendió como un aerolito a lomos de Pegaso, mató al monstruo y devolvió a Andrómeda a sus padres. Lo miró Casiopea sin ocultar su disgusto, que estaba celosa de su hija, pero Perseo les pidió su mano y los reyes se la concedieron de inmediato.

Sin embargo otras lenguas cuentan la historia de Etiopía de otro modo. Al parecer Andrómeda era el tributo exigido por el monstruo marino para no asolar el reino, sabido lo cual, Perseo se ofreció al instante a liberarla, a ella y a su nación, a cambio de su mano. Aceptaron sus padres y Perseo se enfrentó al monstruo en descomunal batalla. Al fin salió vencedor gracias a la espada de Hefaistos y al casco de Hades, y poco tiempo después celebró feliz su boda con Andrómeda.

Pero nunca la felicidad ni la paz son completas, así durante el banquete, se presentó en el lugar, Fineo, hermano de Cefeo, rey del lugar y padre de Andrómeda, reclamando el trono para sí pues tiempo atrás se había dispuesto su boda con la joven. Lo acompañaba un grupo numeroso de hombres armados, pero Perseo no se arredró, les mostró el rostro de Medusa y a todos los convirtió en piedra. Logró sobrevivir Fineo a este primer ataque y suplicó perdón, pero Perseo no se lo concedió y también le mostró el horrible trofeo.

Regresó Perseo con la muchacha a Sérifos, la isla donde había crecido, y se encontró con una desagradable situación: su madre se había refugiado en el templo Atenea, huida del violento acoso de Polidectes con quien no quería casarse. Temblando de ira, Perseo se encaminó a palacio, extrajo de la alforja la cabeza de Medusa ante el rey y toda su corte, y los convirtió en estatuas de piedra.

Los habitantes de la isla, contentos con la muerte del tirano, quisieron hacer de Perseo su nuevo rey, pero éste entregó la corona a Dictis, el pescador que los había salvado y dado refugio a su madre y a él. Hecho esto, se casó con Andrómeda y regresó a su Grecia natal con su madre y su esposa.

Llegado a Grecia, Perseo devolvió todos los dones divinos a sus respectivos dueños y entregó la cabeza de Medusa a Atenea. Luego, al fin, emprendió el camino de Argos, la patria de su madre donde también él había nacido. Cuando Acrisio, su abuelo, temiendo por su vida tal y como lo había predicho el oráculo, supo que Perseo regresaba, vistió ropas extranjeras y escapó a Tesalia. Huido Acrisio y no localizable Preto, su hermano, Perseo fue proclamado rey por el pueblo.

Pero el destino nunca descansa, al menos esa parece la conclusión de la historia, y así un día Perseo participó en unos juegos deportivos. En el lanzamiento de disco el proyectil se desvió con tan mala suerte, que cayó entre el público y mató a un hombre. Aquél hombre era Acrisio, su abuelo: el destino del rey se había cumplido. Horrorizado, quiso Perseo renunciar al trono de Argos, a modo de expiación, y cedérselo a Megapentes, su primo, hijo de Preto. Sin embargo, incompatible este cargo con otro que ya ejercía, no tuvo más remedio Perseo que conservar el trono.

Superado el mal momento, Perseo gobernó sabiamente y vivió feliz con Andrómeda, de quien tuvo hermosos hijos: Persés, Micenas, Alceo, Estenelo, Helio, Néstor, Electrión, y Gorgófene, la única mujer, uno de los cuales fue abuelo de Heracles. Tras su muerte, se le rindieron honores divinos y se le situó en el cielo, formando la constelación con forma de campana junto a su amada Andrómeda.


Memoria de un viaje a Grecia

Aurelio Mena Hornero