Iconografía.- Dícese de la
ciencia que estudia el origen, formación y desarrollo de los temas
figurativos y los atributos con que suelen identificarse, que
habitualmente los acompañan.
Iconología.- Se
dice de la ciencia
que estudia el sentido y significado de las formas, imágenes,
etc., de una obra, tanto explícitas, como alegorías y símbolos,
cuanto implícitas, como el valor de esas alegorías y símbolos, y
de la propia obra,
dentro de una determinada sociedad y cultura.
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Según la Iglesia, Jesús de Nazaret
muere en la cruz (modo habitual de aplicar la pena
capital en el mundo romano) para salvación de los hombres, para liberar al género humano
del pecado original. El Crucificado se convierte así en el tema central de la iconografía
cristiana, la única imagen
imprescindible para el culto.
Sin embargo esta
imagen ha sufrido a lo
largo de su dilatada historia múltiples variaciones (iconografías), que le dan un significado
diverso (iconologías),
según el sentimiento y la ideología de los sectores sociales que lo inspiraban y las
relaciones de poder que se daban entre ellos, según los estilos artísticos, que, en
definitiva, responden a esa ideología y sentimiento.
Así, los cristianos primitivos,
procedentes en inmensa mayoría de las clases populares, los vencidos, esclavos y proletarios,
no utilizaron la cruz ni el crucifijo en sus representaciones del Cristo: de una parte porque
Jesús había vencido a la muerte, estaba vivo y pronto volvería para cambiar
aquel mundo profundamente injusto, y de otra porque la muerte en cruz era tenida por infamante, propia de ladrones y
criminales, rebeldes y traidores...
Los Cristos
imperiales
La primera comienza a usarse no
obstante a partir de Constantino (306-337), que otorgó al
cristianismo estatuto de religión más favorecida y abolió la crucifixión, convertida, de
símbolo de muerte que era, en signo de redención y victoria.
El crucificado, vivo y triunfante, aparece en el siglo V y en el VI se lo representa en
Siria con barba y túnica, solemne y poderoso, semejante al emperador de Bizancio,
«expresión de la autoridad absoluta, de la grandeza sobrehumana, de la mística
inaccesibilidad», porque la Iglesia, encaramada ya al poder, Teodosio I (379-395) la había
convertido en religión del Estado, tiene prisa por asimilar el lenguaje de los
vencedores, cuya inseparable aliada será desde este momento.
Cristos bizantinos
El Cristo de los
señores de la guerra
El concilio de Constantinopla de 692
recomienda el empleo de esta nueva iconografía, expresión de la majestad de Dios y de su
triunfo sobre la muerte: «en el futuro será necesario representar las imágenes de Cristo,
nuestro Dios, bajo su forma humana, en lugar de la antigua imagen del cordero», que llega a
Occidente en tiempos del emperador Carlomagno (800-814), aunque su difusión queda restringida
a los círculos palatinos, y se extiende por toda Europa durante el románico:
El Crucificado románico (ss. XI-XII) es un Cristo vivo, impasible, de pie y erguido sobre
la cruz, sujeto por cuatro clavos, no pendiente de ella, vencedor de todo lo terreno y efímero, porque aquellos señores de
horca y cuchillo (aún estamos en la plenitud del poder feudal), dueños de vidas, honras y
haciendas, no concebían el sufrimiento corporal en la sublimidad divina.
«Es el Pantocrátor clavado en la cruz, es el rey victorioso con túnica, cinto y corona
de rey clavado en la cruz» (Sánchez Herrero), «porque la Iglesia Católica de Occidente
aspiraba a convertirse en el poder que era ya en Bizancio el emperador» (Hauser).
Cristos románicos
Así el
cristo bizantino de Luca (Italia) es una de las más graves profanaciones que he
podido encontrar, una muestra de cómo el poder ha secuestrado la imagen y el
mensaje del Maestro de Nazaret y la ha desvirtuado según sus
intereses, o sea, una vuelta al paganismo.
El humanismo
cristiano
Durante el gótico (ss. XIII-XV), con el resurgir de las ciudades y de la vida urbana, de
la burguesía y de las Órdenes mendicantes, de los que sufren el poder, de los vencidos, «la
religión se hace más humana y más emocional, el cristianismo no es ya una pura religión de
clérigos, sino que se va convirtiendo, de manera cada vez más decidida, en una religión
popular» (Hauser).
Contribuye a este cambio de modo importante la personalidad y el ejemplo de san Francisco
de Asís (1182-1226), que vivió intensamente la humanidad de Cristo, desde su nacimiento, es
el primero que representa el Belén, hasta la cruz, cuando antepone el sentimiento a la
majestad del poder. Así la Virgen dejará de ser el trono del Dios Niño para convertirse en
la Madre amorosa del Niño Jesús.
Cristos góticos
A partir del siglo XIII las
meditaciones sobre la pasión de Cristo impulsan a sentir más que a comprender. San Buenaventura proclama que
Cristo crucificado «es la llave, la puerta, el camino y el esplendor de toda la verdad», que
el Crucificado es el medio de todas las ciencias y que el cristocentrismo es lo único que
permite al ser humano llegar al conocimiento de la divinidad. El creyente encuentra el camino
de la fe, no en el temor, sino en la realidad de un sufrimiento, en un morir para renacer. En
el siglo XIV las Revelaciones de santa Brígida insisten en esta visión conmovedora: «Estaba coronado de espinas. Los ojos, las orejas y la barba
chorreaban sangre; tenía las mandíbulas distendidas, la boca entreabierta, la lengua
sanguinolenta. El vientre encogido tocaba la espalda, como si no tuviera intestinos».
En línea con esta nueva interpretación, los artistas representarán al Cristo habitualmente muerto, más humano que divino, y no ahorrarán medios para
manifestar su dolor y agonía, y atraer así la devoción popular: lo mostrarán semidesnudo
con sólo un paño de pureza, sangrante y colgado de tres clavos, entreabierta la boca,
arqueado el cuerpo y dobladas las piernas, la cabeza caída sobre el lado derecho, viva imagen
del sufrimiento.
El
Renacimiento o la renovación del Estado
Inspirados y mantenidos por el
mecenazgo de reyes y príncipes, que utilizan el arte como timbre de prestigio, los artistas
del Renacimiento (s. XVI) trabajan, otra vez, para un linaje de vencedores e imaginan a
profetas, apóstoles y santos como «una raza de héroes de belleza floreciente, madura,
sensual».
Cristos del Renacimiento
En consecuencia, el «Cristo ya no es un mártir que sufre, sino otra vez
el Rey celestial que se levanta sobre las debilidades humanas» (Hauser). Italia recupera la vieja tradición humanística y el Crucificado,
igual que el San Sebastián o el David, se convierte en pretexto para el estudio anatómico
del desnudo y la búsqueda de un prototipo de belleza, al modo como hicieron los antiguos con
los atletas. Desaparecen así los signos de dolor y sufrimiento, y «la belleza física y la
fuerza se convierten en la plena expresión de la belleza y la fuerza espiritual».
El Crucificado del Renacimiento
y del Manierismo era un Cristo-símbolo: «apolíneo,
mayestático, clavado en cruz plana (trono y no patíbulo)... el sudario es simplemente paño
de pureza; escasamente cruento... expresión del Dios-Hombre; es la versión del Cristo
Majestad de la Alta Edad Media» (Hernández Díaz).
La Contrarreforma y
el Barroco
Pero la Iglesia, pronto metida en la Contrarreforma
contra las iglesias reformadas, contra cualquier desvío doctrinal, y temerosa de que el
hermetismo y frialdad cada vez mayor del arte alejara a las muchedumbres, temerosa de una
nueva deserción de los vencidos, más preocupada por la extensión del culto que por la
intensidad de la fe, por la imagen como concepto que por su belleza plástica, recupera
enseguida la tradición naturalista del último gótico, aunque sin prescindir de lo aprendido
durante el Renacimiento, y las imágenes, en medio de la más rica, voluptuosa y fastuosa
escenografía (la Roma de Urbano VIII, donde los cardenales, cómodamente instalados entre los
vencedores, viven como príncipes laicos), en intencionado contraste con la sobriedad y
ascetismo de la Iglesia reformada, vuelven a manifestar unas formas y sentimientos más
humanos que las acercan a la sensibilidad popular.
Porque el Concilio (en cuya comisión de imágenes, formada por quince miembros, hay seis
españoles) había recomendado «que el arte sacro fuera claro, sencillo y comprensible, que
tuviera una interpretación realista y se estimulara de manera sensible, no razonada, la
piedad» (J.-R. Triadó).
Surge de este modo una de las motivaciones
básicas del arte barroco, un arte utilitario, inspirado más que nunca por los
vencedores para el control de los vencidos.
Los Cristos
sevillanos
Espectáculo, lujo y naturalismo
caracterizan así el nuevo lenguaje del poder, un nuevo modo de aproximación al pueblo que
tendrá una de sus máximas expresiones en la Semana
Santa sevillana, a cuyo esplendor contribuyen las obras y
Crucificados de la escuela de escultura que en esta época alcanza su más alta cima, porque en
este momento excepcional, metidos ya en la
crisis del siglo XVII, se produce una perfecta sintonía entre el sentir popular y el
de los artistas.
En este ambiente el Crucificado barroco sevillano (s. XVII), percibido más que nunca como ansiada
promesa de vida por los
vencidos, multiplica sus versiones y explora todas las posibilidades del drama del Calvario. Se pueden observar así varias tipologías: los que pronuncian alguna de
las Siete Palabras, los expirantes y los que ya están muertos, que responden a diversas
advocaciones: Cristos de la Conversión, Expiración, Misericordia, Desamparo, Aguas, Agonía,
Buena Muerte. El Crucificado entonces se convierte en imagen-objeto, capaz de conmover y cautivar a los
fieles por sí misma, y adquiere aspectos específicos cuando modifica significativamente los elementos fundamentales de su iconografía: la cruz, el
cuerpo del Cristo, el sudario y la corona de espinas.
La cruz se hace arbórea,
patíbulo de martirio;
en la efigie del cuerpo se advierte el estudio empírico de cadáveres para expresar mejor el
sufrimiento y la agonía,
el sudario es una tela agitada por el viento y sujeta con una cuerda sórdida que lastima la piel del Justo, finalmente
la corona de espinas, aunque a veces desaparece para mostrar la frente herida, es una gruesa rama natural llena de espinos que se
enrosca en torno al cráneo y le horadan la piel.
A medida que avanza el período estos elementos crecen en naturalismo y
sentido dinámico.
Diecisiete son los Crucificados
de aquel tiempo que hoy hacen estación de penitencia en la Semana Santa de Sevilla, contando
entre ellos los llamados de aflicción en que se baja al Cristo de la cruz. Uno es gótico
tardío, tres manieristas y trece barrocos, que se miran por tanto en el Cristo de la Clemencia de Martínez Montañés, una obra maestra absoluta, que no sale
normalmente, aunque lo haya hecho en alguna ocasión, en el
Santo Entierro Magno del Viernes Santo, 2 de abril, de 1920 lo hizo . Son estos, por orden cronológico:
Siglo XVI
Siglo XVII
Tiempo de revolución y
nostalgia
Luego del Barroco comienza
el tiempo de la Ilustración, de la Razón (s. XVIII) y de las
Revoluciones (ss. XIX y XX); la cultura se hace laica y ya nada será como antes para la Iglesia, mal
adaptada a los cambios económicos, sociales, políticos y artísticos. El arte eclesiástico se moverá así desorientado, sin
encontrar un leguaje propio, entre el pasado y las vanguardias.
No obstante los Cristos
sevillanos aún verán un resurgir
nostálgico en el siglo XX puesta la mirada en los modelos del Barroco y la mente en la doctrina de Trento. Ello conduce a dos
actuaciones:
Por un lado la adecuación
al gusto barroco de los antiguos Crucificados: El Cristo de Burgos ve eliminados el pelo
natural y el faldellín de tela, de tradición gótica; al del Museo también se le hace un
nuevo paño de pureza de tela encolada, al de Monserrat se le ponen ojos de vidrio y se le
rehace la cruz, a otros se le renueva la corona de espinas o la cruz arbórea o se le añaden
potencias de oro... Estas modificaciones cambian a veces de tal modo el aspecto de las
imágenes, que, si no se conocen, llegan a confundir incluso a los especialistas.
En el lado mejor hay que
poner la ejecución de nuevas imágenes con las
técnicas antiguas. Son éstas:
Siglo XX