Juan Martínez Montañés


El hombre

Juan Martínez Montañés, por VelázquezJuan Martínez Montañés nace en Alcalá la Real (Jaén, 1568) y aprende el  oficio de dorador en el taller de su padre.

Desde los catorce años se encuentra en Sevilla, donde asiste al taller de Jerónimo Hernández o de Gaspar Núñez Delgado; en diciembre de 1588 obtiene los títulos de maestro escultor y maestro ensamblador o arquitecto de retablos, y establece su taller en la parroquia de la Magdalena.

Se casa dos veces, con Ana de Villegas en 1587, de la que tiene cinco hijos, y con Catalina de Salcedo, en 1594, que le dio siete más.

No obstante ser hombre de vida ordenada, llegó a estar encarcelado dos años acusado de complicidad en un asesinato.

Velázquez lo retrata en 1635 cuando viajó a Madrid llamado por la Corte para realizar un retrato del rey con destino a la escultura en bronce, que hoy se encuentra en la plaza de Oriente, con caballo dibujado por el propio Velázquez, que luego fundiría Pietro Tacca.

Era consciente de su valía y se enorgullecía a menudo de ello. Gozó de tan enorme prestigio que los sevillanos lo llamaron el "dios de la madera".

Murió en Sevilla a consecuencia de la peste en 1649.

La obra

Se forma en Sevilla bajo las influencias de Jerónimo Hernández (muerto en 1586, cuyo cadáver ayuda a portar), de su discípulo Gaspar Núñez Delgado, de Andrés de Ocampo y de Juan B. Vázquez, el Mozo. Su obra se inicia por tanto dentro del clasicismo manierista, influjo que perdurará a lo largo de casi toda su obra, ese su sentido de la mesura, del equilibrio y de la belleza tan clásicos, al que irá incorporando elementos naturalistas. Sólo su última época, de 1630 a 1648, puede ya considerarse plenamente barroca.

No obstante, hoy parece fuera de toda duda su dependencia formal de Pablo de Rojas, considerado el creador del Crucificado barroco, de quien sería discípulo antes de su llegada a Sevilla o incluso durante una estancia temporal en Granada entre 1598 y 1602, como afirma Gómez-Moreno y parece confirmar el análisis estilístico de Emilio Orozco.

Destaca su obra además por el exquisito acabado y la policromía mate de Francisco Pacheco, que acentúa el realismo. Precisamente Pacheco, pintor y tratadista, suegro de Velázquez, debió contribuir en gran medida a su formación religiosa y humanística, como seguramente Andrés de Ocampo.

La temática le viene impuesta por el clima religioso de la Contrarreforma y el ambiente de la sociedad de su tiempo. Su genio, como el de Fidias, consistió en dar forma imperecedera a las personas divinas, a sus gestos y actitudes, según lo que la sensibilidad popular esperaba.

Entre sus retablos sobresalen el del monasterio jerónimo de Santiponce, en Sevilla, «obra culminante... por su envergadura, monumentalidad, y extraordinaria calidad escultórica» (Otero Túñez), en el que se aparta del modelo compartimentado habitual y construye un espacio unitario; el del convento de Santa Clara, en Sevilla, y el de la parroquia de San Miguel, en Jerez.

El Jesús de la Pasión de la iglesia del Divino Salvador (1619), es su único paso procesional, y marca una importante distancia con el que su discípulo y colaborador Francisco de Ocampo había realizado una década antes para la hermandad del Silencio, la distancia entre el manierismo y el barroco. A partir de entonces el de Montañés será el arquetipo por el que se medirán todos los Nazarenos de Sevilla. Se cuenta que, ya anciano, el escultor acudía en Semana Santa a la vieja colegiata del Salvador, que había reutilizado la antigua mezquita de Ibn Adabbas, a verlo salir.

Entre sus imágenes de altar destaca la serie de las Inmaculadas, particularmente la llamada 'Cieguecita' (1629-30) por los ojos bajos, un «prodigio de candor pensativo», de la catedral de Sevilla, de la que al contratarla dijo «que sería una de las primeras cosas que habría en España».

En 1634 realiza una imagen de San Bruno para Sta. María de las Cuevas de la que se ha dicho que tiene «modelado y técnicas zurbaranescas».

Cristo del Auxilio, iglesia de la Merced (Lima), h. 1603Pero si importante es su labor sevillana, no lo es menos su obra en América. Juan Martínez Montañés fue el escultor más importante para la América española del siglo XVII. Lima fue el centro montañesino por excelencia y desde allí su influencia se extendió al interior de todo el Virreinato, donde sus esculturas sirvieron de modelo para las tallas de los Crucificados.

«Esta es, quizá, la mayor y más trascendente de las importancias que pueden concederse al arte de Montañés en América, la de haber influido con sus creaciones a toda una generación y lograr, a través de sus obras y discípulos activos en el Perú, que casi todo el continente Sur se exprese plásticamente en las inconfundibles características de su arte» (Bernales Ballesteros).

Montañés realiza en la escultura sevillana una revolución, no por suave menos evidente, concluye M. E. Gómez-Moreno: «Se inspira en el natural; los rostros son siempre expresivos, los cuerpos macizos y aplomados, los desnudos correctísimos, aunque siempre realistas; las telas caen con pesantez sin artificio, y las actitudes, reposadas y serenas, tienen una elegancia plena de naturalidad. Sobre todo esto descuella su portentoso modo de modelar, la calidad exquisita de su talla, tan perfecta como pocas veces la logró nuestra escultura».


El Cristo de la Clemencia

Cristo de la Clemencia (foto A. Mena)El 5 de abril de 1603 el arcediano de Carmona Mateo Vázquez de Leca le encarga, para su oratorio particular, el Cristo de la Clemencia, que hoy se guarda y venera en la sacristía de los Cálices de la catedral de Sevilla. Es de cuatro clavos según la prescripción de Pacheco que se inspira en la descripción que hace Santa Brígida en sus Revelaciones (que toman Zurbarán, Velázquez y Alonso Cano). También habría una copia de un Cristo de Miguel Angel, hecha por Jacopo del Duca y llegada a España en 1597, que tenía los pies cruzados y que seguramente conoció Montañés por estampas.

Crucificado de los Hnos. García (c. 1600)Pero toda la concepción del Cristo, según Gómez-Moreno, muestra una clara derivación de los Crucificados de Pablo de Rojas, que sería así el iniciador de las series granadina y sevillana. Más tarde Emilio Orozco ha estudiado y señalado la influencia del Cristo de la sacristía de la catedral de Granada (c. 1600), que atribuye a los hermanos García (gemelos canónigos de la colegiata del Salvador que gozaron de gran fama como imagineros), en el Cristo de los Cálices.

La iconografía, sin embargo, se la dicta el contrato, donde el clérigo exige que el Cristo «ha de estar vivo antes de haber expirado, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de Él, como que está el mismo Cristo hablándole y como quejándose de que aquello que padece es por él.»

Cristo de la ClemenciaEl maestro quiere y sabe que puede hacer una obra excelente y añade que «ha de ser mejor que uno que hice… para las provincias del Perú… Tengo gran deseo de acabar y hacer una pieza semejante para que permanezca en España y que no se lleve a las Indias ni a cualquier otro país, para renombre del maestro, que la hizo para gloria de Dios.»

A la entrega de la talla Montañés recibió 300 ducados y además una gratificación de 600 reales, lo que indica la satisfacción del clérigo.

«El cuerpo, suavemente modelado, puede considerarse como un prodigio virtuosista. No es fácil traspasar la perfección técnica de esta obra... equilibrio entre belleza física y transporte espiritual... se mantiene alejado de la exhibición sangrienta... se acude a una corona de espinas natural, detalle de barroquismo... Pacheco policromó esta pieza con exquisita maestría... La carne mate y fresca» (Martín González).

Es «perfecto de dibujo, modelado, talla y anatomía, donde todo está equilibrado, sirviendo la materia como puro soporte de la idea» (Hernández Díaz).

La composición trapezoidal por los cuatro clavos le da serenidad y  reposo; el canon alargado es aún manierista, perfecta síntesis entre la belleza clásica del cuerpo y el intenso realismo que dimana de él; el sudario envuelve suave las caderas, se anuda a un costado y se amontona rítmicamente en múltiples pliegues delgados, como corresponde a una tela muy fina pero recia, cuyo movimiento quiebra la quietud vertical. «Es una interpretación manierista por excelencia. Cristo apolíneo, sin apenas magulladuras ni heridas, salvo las de los clavos... y las producidas por la corona de espinas... Cristo triunfante en su belleza de Dios-Hombre, en la Cruz, símbolo de salvación más que de martirio» concluye Alberto Villar.

Cristo de los Desamparados (foto A. Mena)Con este Cristo Montañés define el prototipo de los crucificados sevillanos. «Es sobre todo la obra de un genio en trance de inspiración», añade G.-M. y el resto de la crítica lo destaca como el Cristo más bello de la escultura barroca y una de las más hermosas realizaciones del arte universal, comparable a las obras de Praxiteles o de Lisipo.

En la iglesia del Sto. Ángel, de la calle Rioja, el Cristo de los Desamparados se inspira en el de la Clemencia, aunque está muerto y una lámina de sangre le brota del costado. El paño es semejante, pero la encarnadura es más cetrina, como corresponde a la muerte. Acaso sea del maestro o de alguien muy próximo a él, aunque no supera el original.

Aunque no pertenece a ninguna Hermandad, el Cristo de la Clemencia participó en el Santo Entierro Grande del Viernes Santo (2 de abril) de 1920.


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Aurelio Mena Hornero