Cristo de la Fundación
El Cristo de la Fundación es obra de Andrés de Ocampo,
réplica de otro que él mismo talló en 1620 por encargo de Felipe IV para la catedral de
Comayagua en Honduras. En el interior dejó un autógrafo, que, tal vez porque también
pensaba enviarlo a América, decía: «Este Cristo se hizo en Sevilla, año de mil y seizientos y veinte y dos. Hízolo Andrés de Ocampo, maestro escultor». Ya muerto Ocampo,
la policromó el pintor luxemburgués Pablo Legot.
Había nacido en Villacarrillo (Jaén)
en 1560 y trabajado en Córdoba y en Sevilla hasta su muerte en 1623; era hombre de gran
erudición y uno de los escultores
más elegantes e influyentes de su tiempo, que realizó una enorme labor en numerosos retablos
para iglesias y conventos.
Según Camón Aznar, Andrés de Ocampo,
formado en el taller de su concuñado Jerónimo
Hernández, es el eslabón que enlaza el siglo XVI con el XVII, el clasicismo con el
barroco. Sin embargo su estilo se mantiene dentro de las normas clasicistas: «su modo de
componer es clásico guardando la simetría y la compensación de masas... Su técnica busca e
insiste en el detalle, tanto en el plegado en el que parece copiar papeles mojados como en los
cabellos tratados con talla apurada» (García Gaínza). Entres sus discípulos destaca Alonso de
Mena, padre de Pedro de Mena y maestro de Pedro Roldán, aunque parece que por poco tiempo.
Son
obras fundamentales suyas el retablo mayor de la iglesia de Santa María, en Arcos de la
Frontera (en el que también trabajan Jerónimo Hernández y Juan B. Vázquez, el Mozo),
que supone la plenitud del manierismo clasicista, y el relieve del Descendimiento en la
iglesia de San Vicente de Sevilla (1603), en el que se han encontrado concomitancias con Montañés, sobre el que sin duda influyó, por el
perfeccionismo y el clásico equilibrio, sin que se atine a discernir quién influye en quien.
El crucifijo de Comayagua mencionado
muestra este influjo, en tanto que el de la Fundación acusa ya el nuevo que sobre él
ejercieron los Cristos de Mesa (la cabeza,
originalmente con corona que formaba bloque con el cráneo, se abate pesadamente, las piernas se doblan sin fuerza y del costado mana una fuente de
sangre; también en la composición del sudario y en el tratamiento de
la cabellera se advierte «un
incipiente barroquismo»), aunque el rostro y suave modelado muestran aún los rasgos de Montañés. La
composición, levemente curvado hacia la izquierda, recuerda sin embargo al Cristo de Burgos, razón por la que acaso Hernández Díaz aún ve en
él el Cristo-símbolo del manierismo, no obstante la sangre que le tiñe rostro, costado y
rodillas.
La talla, de 1,6
m., ha sido restaurada por Agustín Sánchez
Cid (1940) y luego, de forma amplia y completa, por el ICRBC de Madrid (1988-89). Juan Mayorga le labró una nueva cruz de
caoba. Previamente, en 1730, se sabe que había sido policromado de nuevo
y que en 1778 seguramente se le quitó la corona de espinas para ponerle
pelo natural, que se le quitaría a mediados del siglo XIX.
Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fundación, Los Negritos
Capilla de los Ángeles
Jueves Santo.