Cristo de las Siete Palabras

Según esta advocación, se supone que Jesús aparece representado en el momento de pronunciar las siete últimas palabras. A sus pies, María Santísima de los Remedios, San Juan Evangelista y las Santas María Magdalena, María Salomé, María la de Cleofás.

Hernández Díaz atribuye la imagen del Cristo al círculo de Jerónimo Hernández y la fecha poco después de 1580, atribución que Jorge Bernales acepta porque «la fuerte musculatura está en la línea de la producción de Hernández»; Palomero sin embargo la niega categóricamente («El Cristo de las Siete Palabras no lo hizo Hernández»), aunque sin dar razones, y se la adjudica al taller de Roldán (se ha dado el nombre de Felipe Martínez y el año de 1682), acaso por el blando naturalismo del modelado y la brevedad del sudario, no obstante el idealismo del rostro y el clasicismo del diseño general, extraña combinación en la que González Gómez ha visto un «marcado sabor romántico», al que contribuye la pálida encarnadura que al parecer le dio Emilio Pizarro en la restauración de 1881. 

Mª Ángeles Raya (2001), que acepta la atribución de Hernández Díaz, ha comentado la obra: «El artista supo magistralmente resolver el problema en el que lo dramático quedó ensamblado con lo bello, pues no se detuvo en la hermosura del cuerpo sino que a la belleza anatómica del desnudo supo imprimir la huella del dolor. Con rítmica elegancia manierista y hondo concepto de la valoración del desnudo y de la expresión, supo deleitar y mover a los fieles.»

Finalmente Rafael Jiménez Sampedro (2002) insiste en que la comparación con otras obras documentadas de Hernández no dejan lugar a dudas: «así, el tratamiento del rostro, con el alargamiento de la cara, el nacimiento y talla de la nariz y boca, la forma del bigote y barba, y del cabello del Cristo de las Siete Palabras y el Resucitado de la Hermandad de la Quinta Angustia en cuanto a su anatomía y rostro».


Jerónimo Hernández (1540 - 1586), abulense como sus maestros Villoldo y Vázquez el Viejo, de vasta formación humanística, contribuyó a la definición de la escuela sevillana a través de su numerosa obra, «tanto por sus aciertos iconográficos como por la belleza de sus realizaciones», de un estilo sencillo, elegante y vital que conecta fácilmente con el público. Toda la generación de imagineros de fin de siglo son discípulos suyos y sirven de puente al naturalismo barroco.


Emilio Pizarro de la Cruz restauró el Cristo, le rehizo el sudario, le añadió pestañas postizas y lo puso en nueva cruz arbórea en 1881, cuando el Arzobispado se lo cedió a la Hermandad. En 1971 Manuel Escamilla Cabezas asegura los ensambles de los brazos y le fija nuevas pestañas. Enrique Gutiérrez Carrasquilla y Pedro Manzano lo han restaurado ampliamente y quitado las pestañas, devolviendo el brillo a los ojos, en 1992.

Las figuras del misterio fueron ejecutadas y añadidas a partir de 1859 por diversos escultores.

Sale el Miércoles Santo con las Siete Palabras de la iglesia de San Vicente.


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Aurelio Mena Hornero