El toro de lidia hoy

El toro de lidia tocó fondo en Sevilla

ANTONIO LORCA, Sevilla 
El llamado toro bravo ha tocado fondo durante la pasada Feria de Abril de Sevilla. Las ganaderías anunciadas -dos de ellas ni siquiera llegaron a lidiar sus corridas- han cosechado un rotundo fracaso; tarde tras tarde, casi todas soporíferas, han saltado al ruedo reses sin trapío, inválidas y descastadas, que han ofrecido un espectáculo bochornoso, impropio de la categoría de la plaza y del respeto debido a los espectadores. En consecuencia, las llamadas figuras del escalafón, que imponen la crianza de este tipo de toro, degenerado y decadente, y se anuncian junto a rimbombantes y comerciales nombres ganaderos, han pasado de puntillas por la feria, ridiculizadas por sus propias exigencias. 
El País Digital, Jueves, 7 mayo 1998 - Nº 734


FERIA DE SAN ISIDRO
Otro toreo, otro toro, otro público

JUAN POSADA 
Se habla tanto de los toros de antaño, de la forma de torear, del público de aquella época, que parece que ese entonces indeterminado atesoró todas las buenas cosas que tiene el toreo. No es así en su totalidad. 

Si ese antaño se refiere a los años cincuenta y a sus ferias isidras, época en la que desarrollé mis actividades toreras, no se debe exagerar, aunque en algunas cosas las diferencias sean manifiestas. 

El toro, terciado y de más elevada casta, infundía sensación de peligro, y lo demostraba. Las bajas eran superiores durante el transcurso de la feria, detalle a tener muy en cuenta. Los toreros dominantes incluían una cláusula en sus contratos en que se preveía ocupar el puesto del primer herido, del segundo y del tercero... 

El público, severo y entendido, no se centraba exclusivamente en determinados tendidos. Los tribunales se repartían por todo el recinto. Los más exigentes, los del 9, apenas aplaudían ni silbaban, simplemente se levantaban y, con un leve gesto, decían no. Paraban en seco, sin voces, el osado conato de vuelta al ruedo. Extremado y minucioso, analizaba los tercios de la lidia y juzgaba con dureza los errores, incluso de los subalternos. Cualquier feo detalle era reprobado con murmullos, sin gritos estentóreos. La entrega -sólo ante excepciones-, absoluta... 

Los toreros, con el miedo que produce la responsabilidad aumentado por estas circunstancias ambientales, salían concienciados al cien por cien. Sabían que, aparte de la vida, se jugaban la temporada y hasta el porvenir. Así era la plaza madrileña en aquellos tiempos... 

La forma de torear, supeditada a las condiciones de las reses, de embestidas más ariscas y destempladas que las actuales. No había tanta despaciosidad en los muletazos, aunque sí templanza, que no es más que acompasar el ritmo del torero al del toro... 

La faena soñada, ahora paradigma del arte de torear, no abundaba. Las geniudas arrancadas de los toros no las propiciaban. Sólo se lograba en ocasiones, aunque eran ligadas de verdad porque el toro repetía los envites, lo que exigía que el engaño estuviera siempre presente ante sus belfos; la trayectoria del pase, larga, y la quietud absoluta. 

La aspereza de las reses exigía mucho aguante de los toreros, más valor y extremado conocimiento de las técnicas apropiadas para cada circunstancia. Las faenas resultaban emotivas y de inciertos resultados, algo poco común en la actualidad. 

El toreo ha ganado en belleza, estética y preciosismo, gracias a las suaves condiciones de los animales, exentos del grado de pujanza, furibundez y nervio que caracteriza, o debe, al bravo. El virtuosismo presente se desnaturaliza al carecer de sensación de riesgo -aunque exista- por mor de la escasa agresividad de los antagonistas. 

El mal de la fiesta estriba en la exigua bravura de los toros de lidia, excesivamente grandes, gordos y blandos, aunque los terciados también se cayeron en la pasada feria sevillana. La ciencia torera se ha visto menguada en su otrora rica extensión de conocimientos, entonces precisos para dominar, la mayoría obsoletos, dada su escasa aplicación ante tales enemigos. 

Existen diestros que seguramente se comportarían brillantemente con toros fuertes y bravos, aunque está por ver. A ellos corresponde poner las cosas en su sitio, por su propio bien y el de la fiesta. Si no...
El País Digital, Martes, 12 mayo 1998 - Nº 739


Victorino Martín: "Actualmente se está timando a la gente" 

LUIS MARTÍNEZ, Madrid
...para el ganadero, que debutó en Madrid el lejano año de 1968, la situación por la que atraviesa la fiesta no deja sitio para entusiasmos. El cúmulo de argumentos que abastece su conclusión es, cuando menos, llamativo. "Todo el mundo huye de todo. La filosofía que impera es la de llevárselo, una expresión realmente fea. Nadie, ni ganaderos ni toreros, al contrario de lo que suelen decir, da la cara". Aquí se para y se pregunta sin esperar respuesta: "¿Qué está ocurriendo?". Contestación: "Desde agosto hasta la fecha, por las plazas de por ahí lo único que se torean son utreros. ¿Por qué los toreros aguantan tanto? ¿Por qué siguen toreando matadores tan mayores? Pues es bien sencillo, porque se están lidiando toros que no son tales, que no valen". "En definitiva", concluye, "se ha perdido la idea de responsabilidad".
El País Digital, Viernes 8 octubre 1999 - Nº 1253


FERIA DE ABRIL

El toro artista, por los suelos

ANTONIO LORCA, Sevilla

La ganadería de Juan Pedro Domeq es el orgullo de ganaderos, toreros y nuevos ricos. En este país, cualquiera que hace dinero compra una finca de matojos y una punta de vacas de juampedro para presumir en los tentaderos, donde se bebe y a los animales no se les hace ni caso.

Es el orgullo de ganaderos, porque son toros exigidos por las figuras en las grandes ferias. El propietario mismo canta a los cuatro vientos las cualidades de sus toros artistas.

Y el orgullo de los toreros. Todo el que se ve vestido de luces sueña con torear un día un juampedro. Y el que un año triunfa en una plaza importante —tal es el caso de Dávila en la feria pasada— se muestra implacable: "Yo, juampedro".

Pues esta es una de las grandes mentiras de nuestro tiempo. Esta ganadería, con su propietario a la cabeza, es uno de los exponentes mas claros de la decadencia del toro bravo.

Y para muestra, un botón: los de ayer, de bonita cara, rodaron por el albero como una pelota, presos de una total invalidez, sin casta, sin bravura, sin nada. Sólo el sobrero empujó con genio en un puyazo; el resto prácticamente no notó ni el picotazo de la vara. El primero era un armario sin sangre; el segundo aguantó dos tandas en la muleta y Dávila las aprovechó para dar pases acelerados y de escasa factura; el tercero embistió otras dos y El Juli, fuera de cacho, trazó muletazos insulsos; el cuarto se echó a mitad de faena; el quinto, sin fijeza, anduvo como alma en pena, y el sexto permitió que El Juli diera toda una lección del pegapasismo moderno.

Y se acabó el arte. Seis toros, seis, para la basura. Salían de chiqueros con alegría y veinte segundos más tarde doblaban pezuñas, manos y panza al completo. Estarán drogados, apuntó alguien en el tendido. Hombre, por favor, como mucho estarán borrachos. Le espetó otro. Y el interpelado contestó: ¿Y el alcohol qué es lo que es?

Qué sabe nadie lo que le ocurre a estos toros. Y quien lo sepa seguro que no va a decir ni pío. Mientras tanto, los aficionados se desesperan y los toreros fracasan. Porque los tres de ayer fracasaron en toda regla.

(EL PAÍS, sábado 23 abril de 2003)