MEMORIA DEL VIAJE A AMSTERDAM

que, en marzo de 1991, hicieron los profesores Valentín García, Aurelio Mena y Félix Rodríguez con cuarenta y nueve alumnos de Tercero del I. B. "Mariano J. de Larra".


Día 16, Sábado.- MADRID-PARIS (noche en ruta)

 A las 14.25 h. parten los viajeros de la calle Camarena a la altura del Instituto. El conductor se llama Diego. Llueve.

 Poco antes de Burgos, se produce la primera anécdota: El coche tiene que detenerse en el arcén porque un alumno tiene unas ganas inaguantables de orinar. Desciende a la cuneta —el alumno— y hace una meada de caballo que sus compañeros saludan con risas. Poco después se para a merendar y antes de la frontera a cenar. En la frontera Salvador releva a Diego.

Día 17, Domingo.- PARIS

 A las 0.30 h. se da orden de silencio y cesa la música ruido. Amanece cerca de las siete y a las 7.25 h. los viajeros llegan a París (Hotel Ste. Margueritte, 10 rue Trousseau). No pueden descargar el equipaje porque en el hotel no hay espacio, por lo que citan al coche a las 14.00 y se van a ver la ciudad.

 Desayunan en unas cafeterías de la Plaza de la Bastilla y siguen andando hacia Nôtre-Dame. La ciudad está desierta y el cielo gris plomizo, pero es París con sus casas todas iguales y sus tejados rojos coronados de chimeneas. Los viajeros visitan la catedral; luego, mientras hacen tiempo para entrar en la Ste. Chapelle, todos llaman a Madrid y compran las primeras postales, y se acercan hasta la torre de la iglesia de St. Jacques, de donde salían los peregrinos para Santiago, y al Hôtel de Ville. En la visita a la Ste. Chapelle, Aurelio, el profesor de Historia, señala un detalle anecdótico: junto a la flor de lis de los Capetos está el castillo de Castilla, puesto en honor de la reina madre Blanca de Castilla, que el templo lo mandó construir su hijo Luis IX. La visita al Centro Pompidou se deja a la libre opción de cada cual; sólo los profesores y un pequeño grupo de alumnos —con mayoría de alumnas— lo visitan.

 A las 14.00, después de comer, los viajeros se reencuentran en el hotel (una pensión según las categorías españolas, aunque incluya el desayuno), descargan el equipaje y ocupan las habitaciones.

 En metro van luego al museo de la Gare d'Orsay: los impresionistas en su ambiente, pero en el recuerdo del profesor de Historia el museo del Jeu de Paume era mejor. Una vigilante indica al profesor de Historia que no puede explicar en grupo, que la visita didáctica no está permitida en domingo.

 París desde la torre EiffelPaseando se encaminan hacia la torre Eiffel. El puente de Alejandro III está en obras y la cúpula de los Inválidos cubierta de andamios. La torre Eiffel maravilla a los alumnos que enseguida se ponen en cola para subir hasta arriba. Vista impresionante de París desde la altura: cielo gris, a lo lejos un desgarrón de las nubes deja pasar los últimos rayos de sol que iluminan los rascacielos de la Défense, luces grises y amarillas.

Día 18, Lunes.- PARIS-BRUSELAS-AMSTERDAM

 Después de un desayuno muy simple (un trozo de baguette, poca mantequilla, mermelada a discreción y un café de recuelo), que el "hotel" no da para más, a las 8.30 los viajeros parten hacia Bruselas, capital de la CEE. Llueve débilmente. La dirección del hotel ha felicitado a los profesores por el comportamiento correcto de los chicos, de lo que los profesores se felicitan. La autopista pasa por debajo de las pistas del aeropuerto Charles De Gaulle; a la derecha queda, solitaria, la efigie enorme de Astérix sobre un monolito.

 Gran Plaza de BruselasAl llegar a Bruselas los viajeros acuden inmediatamente a la Grand Place, que armoniza increíblemente dos barrocos, el del gótico y el del renacimiento. El cielo está gris y cae un lento orvallo. En torno a la plaza hay edificios de similares características, inspirados en las casas góticas; luego la ciudad se hace tan anárquica como Madrid. El Niñito Meón tiene un trajecito negro con una banda cruzada sobre el hombro. Llama la atención de los profesores la abundancia de oficinas de cambio de moneda, sin duda por lo de la capitalidad europea. Sobre una colina, rodeada de edificios funcionales, la catedral gótica parece falsa debido a una restauración y limpieza excesivas. En su interior se han descubierto los cimientos de un antiguo templo romano que se exhiben cubiertos con lunas de grueso vidrio.

 El AtomiumA las 16.00 h. los viajeros vuelven al autocar y se llegan a ver el Atomium, que conmemora la Expo 58. Causa una sensación rara ver sus bolas gigantes colgadas sobre la cabeza, como si se tratara de una nave espacial. Luego continúan viaje a Amsterdam.

 El paisaje se hace gris y el horizonte, absolutamente horizontal, se borra tras la bruma; los campos aparecen cortados por canalillos de drenaje. Rotterdam y su puerto quedan bajo la autopista que los atraviesa limpiamente, como un río de luces; a su pie grupos de casas con las ventanas sin cortinas, a través de una de ellas se ve un salón y un chico que tañe el piano.

 El Novotel queda en la periferia de Amsterdan y al entrar en él todos quedamos maravillados, como la cenicienta del cuento, que se trata de un hotel de primera categoría, con televisor en color y minibar en las habitaciones; la televisión está sintonizada con veintitantas cadenas (ninguna española) y el minibar tiene toda clase de bebidas y chocolates. Inmediatamente el profesor de Historia se pasa por las habitaciones aconsejando a los alumnos que mejor no usen el minibar.

 Luego de instalados, los chicos descubren la taberna (¿inglesa?) del hotel y la invaden; el pinchadiscos los saluda con rumbas y sevillanas; al día siguiente los profesores advertirían que el hotel está lleno de escolares españoles, hasta nueve grupos parece que había.

 En las habitaciones hay una cama de matrimonio y una sencilla lo que es motivo de chistes y risas entre los profesores; ninguno de ellos quiere dormir con el compañero y así deciden que el de Dibujo, Valentín, por más veterano, utilice él solo la cama de matrimonio; Félix, el más joven, echa al suelo el colchón de la cama sencilla, y el profesor de Historia, Aurelio, duerme en el canapé.

 A la 1.00 h. el profesor de guardia, que ese día es Aurelio, tiene que levantarse a imponer silencio entre los chicos que todavía siguen alborotados cambiándose de unas habitaciones a otras.

Día 19, Martes.- AMSTERDAM

 El desayuno en el hotel es de estilo europeo. Hay dos comedores, uno para las excursiones y otros para los clientes independientes; el profesor de Historia baja solo a primera hora lo que le permite introducirse en el comedor principal (el origen del atrevimiento de debe a una defectuosa lectura del inglés). Hay mesa libre: frutas, zumos, bollería, pan de molde, mantequilla y mermelada, quesos, fiambres, huevos cocidos, huevos revueltos, panceta frita, cereales, macedonia de frutas… Se puede desayunar para todo el día. Y por supuesto tazas sin tasa de café o té. A los españolitos, aún no habituados a la abundancia de la sociedad de consumo, los ojos se les revolvían en las cuencas.

 Hacia las 9.15 h. toda la expedición se pone en marcha, toma dos tranvías y bordeando luego un canal llega al Rijksmuseum, que está alojado en un edificio muy siglo XIX, neogótico-bizantino-románico, un conglomerado más o menos armónico. La entrada es la de un museo provinciano y como coinciden varios grupos la saturan al instante. Pinturas de Rembrandt, de Vermeer y de Frans Hals. La ronda de noche destaca espléndida. Los cuadros de Veermer van Delft son más pequeños de lo esperado, pero ese tamaño les da más intimidad si cabe. La gitana de Frans Hals. El Autorretrato de Rembrandt viejo. Pero los cuadros de Rembrandt están un tanto desperdigados y hay que buscarlos casi.

 Luego de un corto paseo por el centro, el Bloemenmarkt, con su selva de flores y plantas, y la Kalverstraat, tan colorista y pintoresca, los tres profesores se meten a comer en un chino, se sientan junto a una ventana y dan un mal ejemplo de gula a los alumnos que pasan.

 En el barcoA las 14.30 cita en el embarcadero de la calle Rokin para dar un paseo en canoa. La guía habla en italiano porque no sabe español.

 El encanto de Amsterdan son las casas iguales, con su sabor antiguo, que ha sabido conservar lo que otras ciudades, particularmente en España, han perdido. Desde el punto de vista monumental no resiste ninguna comparación, porque no tiene grandes construcciones, ni las casas ricas del Triángulo de Oro tienen la riqueza y belleza de las casas nobles de otras ciudades. En un canal hay amarrado un barquito con el nombre escrito en la amura: No pasarán. Y el aire cosmopolita.

 El BeaterioYa sin los chicos los tres profesores visitan el Begijnhof o Beaterio, con pequeñas casas iguales en torno a un patio idílico, y la Niewe Kerk (Iglesia Nueva) en la plaza Dam, donde casualmente está expuesto el tesoro de San Marcos de Venecia, ocasión que naturalmente aprovechan para admirar la maravilla de los esmaltes, los nielados, las tallas en roca... de aquel tiempo en que no contaba el tiempo.

 Contemplando la casa número 11 de la plaza, la más antigua, los tres profesores entran en el barrio Rojo engolosinados con ver a las chicas del amor tras los escaparates de sus negocios, los cuales se identifican de lejos por luces o faroles de color rosa. Ellas están en paños menores de pie o sentadas con aire aburrido de espera. La luna del escaparate da directamente a la alcoba donde hay cama, lavabo y alguna silla o sillón; algunos tienen las cortinas echadas. Es pronto y hay poco ambiente. Una muchachita rubia tiene la cara triste; otra se pinta los labios a la puerta de su garito con gesto profesional.

 Félix y AurelioEn la Leidsplein hay muchos cafés, pero es pronto; el famoso Melkweg café, en una calle que desemboca en la plaza junto a un teatro de nombre olvidado, está aún vacío, aunque no tiene nada de particular, un café normalito y aun peor que los que había en Madrid cuando en Madrid había cafés.

 En el vestíbulo y ascensores del hotel pululan los españolitos de distintas excursiones y procedencias.

Día 20, Miércoles.- AMSTERDAM

 A las 9.00 los viajeros toman el autocar y se van a Edam, la "perla del Zuiderzee", a Volemdam y a Marken. El primer pueblo es muy bonito y tranquilo, con las casas iguales y pequeñas. Hay mercado en la plaza y los profesores aprovechan para comprar queso. El segundo es más grande y más preparado para el turismo, con muchas tiendas y restaurantes.

 Una ventana en MarkenMarken, en medio del polder, es una miniatura encantadora; las casas de madera están pintadas de verde con los marcos de puertas y ventanas blancos; todo está limpio y cuidado; no se ve ningún cable del tendido eléctrico ni de teléfonos; las ventanas de las casas están concebidas como un escaparate: en vez de ocultar el interior, lo exhiben; los visillos de encaje se apartan para que el viajero o caminante curioso pueda mirar y en el alféizar hay macetas y figuras que embellecen la ventana hacia afuera; en todo se advierte un mimo y cuidado exquisitos. Los chicos, sin embargo, no pasan más allá de una tienda que hay a la entrada del pueblo.

 Antes de iniciar el recorrido, Salvador, muy amable, los ha llevado a visitar un molino tradicional convertido en vivienda.

 Cuando regresan a la ciudad, los profesores buscan un restaurante indonesio; pero ya todos los restaurantes están cerrados. Por fin encuentran uno, atendido por dos mujeres, en la calle Spui; es un local diminuto, puesto con mucho gusto, donde estar es un descanso. En cuanto las propietarias advierten la nacionalidad de los comensales, ponen música de rumbas; la comida (un bistec gordo y jugoso con guarnición de champiñones y patatas) es casi la mejor hasta la fecha.

 Un mlino característicoEl Jordaam es un barrio popular recuperado por intelectuales y gente universitaria y sus calles tienen el calor humano que van perdiendo todas las calles. Se pone a llover; los profesores siguen andando y llegan calados al hotel.

 A las 21.00 un grupo de chicos y chicas piden a Félix, el más joven de los profesores, que los acompañe "a ver los escaparates". Félix solicita el concurso de Aurelio y los dos la venia de Valentín. A bordo del tranvía los profesores reflexionan que acompañados o solos los chicos acabarían yendo al barrio Rojo, de modo que mejor que vayan acompañados y que lo hayan pedido. Tanto a ellos como a ellas se los ve inquietos y excitados. «¿Cómo están?» preguntan las chicas. Pasean por las dos vías principales y quedan impresiona-dos. Dada la hora hay más animación. Se ven algunas muchachas monísimas: una morena con braguitas y sujetador blancos que fosforecían con luz violeta, tres orientales que compartían habitación. En una casa un rótulo anuncia el servicio en diversos idiomas; la última leyenda decía: Joder bien.

 Luego los profesores se despiden de los alumnos en la Rembrandtplein donde otro grupo de españoles tiene montada su particular movida. A las 0.00 en el hotel es la consigna, pese a los ruegos de los chicos de retrasar la hora.

 En la taberna del hotel el resto de los chicos tienen montada otra movida: Sonia Guerra, muy arreglada con unos leves pantalones que sugieren su anatomía generosa, canta rodeadas de ejecutivos a los que les brilla la mirada. Todos sus compañeros están muy animados. Los profesores se desentienden del asunto, que la chica ya es mayor de edad.

 Los expedicionarios al barrio Rojo vuelven puntualmente en el tranvía de las 0.00.

Día 21, Jueves.- AMSTERDAM

 Por la mañana el grupo visita el museo Van Gogh instalado en un edificio moderno donde también se expone la pintura de los coetáneos de Van Gogh. Pero hay poca pintura de Van Gogh, aunque es muy interesante la colección de sus primeros cuadros.

 Casas de AmsterdamDetrás de la Opera se alza un rastrillo (sin duda no llega a la categoría de rastro) donde Valentín se compra cinco o seis máscaras pintadas sobre latón dorado, Aurelio una vieja corneta militar y Félix varios discos digitales de música clásica.

 «Comida, paseo y compras» dice a continuación el programa del día. Para comer los profesores buscan un indonesio, pero no tienen mucha fortuna porque, aunque la comida es buena (muchas fuentecillas colocadas en calientaplatos), el local es grande y poco acogedor. En el mercado de las flores compran diversos tallos que esperan prendan en España, luego toman té en la Rembrandtplein, suben al tranvía número 4 y regresan al hotel.

Día 22, Viernes.- AMSTERDAM-BRUJAS-PARIS

 A las 8.45 el grupo se despide con pena del hotel y de los suculentos desayunos, y parte hacia Brujas. Está despejado y luce el sol. «Pasaremos por Gante, cuna de Carlos I» decía el programa, pero naturalmente la autopista no deja ver nada.

 En Brujas se divisan tres torres: la de la catedral de San Salvador, la del ayuntamientoBrujas y otra. Las calles y las casas conservan el estilo gótico con muy pocas alteraciones y dan sabor a toda la ciudad. La plaza Mayor es espléndida. Los canales, con las casas asomadas a ellos, se parecen más a los de Venecia que los de Amsterdam. El beaterio también es más amplio y, como luce el sol, ofrece a los visitantes una visión de cuento, brillantes el verde de su césped y el amarillo de sus flores; toda la mañana vibra en aquella luz y en aquellos colores, y parece que el tiempo voltease sobre sí mismo.

 Valentín y Félix comienco "mousels"El lado de la solana de la plaza Mayor está ocupado por una sucesión de restaurantes que invaden la acera y ofrecen mousels como plato típico. Los tres profesores entraron en uno de ellos y comieron mousels, que no son otra cosa que mejillones cocidos a la marinera. Les pusieron una olla de aquellas antiguas de hierro esmaltado y quedaron satisfechos. También los bombones son un producto típico y los profesores hacen buena provisión de ellos, que luego la familia los reparte y se queda uno sin nada.

 Al entrar en París hay un enorme atasco en la autopista —bouchon según una pizarra electrónica— debido a un accidente. Llueve.

Día 23, Sábado.- PARIS-MADRID (noche en autocar)

 Amanece con lluvia y los viajeros se preparan para abandonar el hotel. Aurelio regresa del baño a la habitación y al entrar ve a Valentín sentado sobre la cama; pero luego advierte la presencia de una china (¿era realmente china? Al menos tenía los ojos oblicuos, el pelo negro y la nariz aplastada) peinándose frente al espejo del lavabo e instintivamente piensa que se ha equivocado de habitación: «Perdón» dice iniciando la retirada. Pero de nuevo ve a Valentín en actitud habitual. Comprueba el número de la habitación, vuelve a mirar a la china y después a Valentín y tiene la repentina sensación de que alguna neurona se le ha soltado o se le ha conectado mal. «Pasa, pasa —dice al fin Valentín—; es que en su habitación no tiene enchufe y me ha pedido si puede secarse el pelo aquí.» Aurelio entra comedido y hace ademán de cerrar la puerta, pero la china se alarma asustada. «No, no cierres la puerta» dice Valentín como si de la cláusula de un pacto se tratase. Luego la china termina su peinado y sale musitando algo ininteligible; y los dos profesores se miran y se desternillan de risa.

 Una vez abandonado el hotel y embarcado el equipaje, los viajeros se dirigen en autocar al Louvre. A las 20.00 en el mismo lugar es la consigna para todos antes de entrar en el museo a través de la pirámide de vidrio que semeja un extraño módulo galáctico momentáneamente aparcado en aquel espacio barroco. La visita es un rápido desfile por los hitos fundamentales de la cultura y del arte: la estela de Hammurabi y las estatuas de Gudea, los sarcófagos egipcios, los arqueros y los toros persas, la Venus En el bateau mouche de Milo y la victoria de Samotracia, por la que una alumna había preguntado insistentemente, los sepulcros etruscos, la Gioconda... Las Bodas de Canáa, en restauración, están ocultas tras un inmenso andamio. No obstante, los alumnos tienen una expresión de aburrimiento insoportable, unos porque tal vez ese es su natural ante semejantes obras, otros porque la noche anterior se quedaron jugando a las cartas en el comedor del hotel. Cuando salen del museo ha dejado de llover. Nueva consigna: A las 14.30 en el embarcadero de los Bateaux Mouches en Pont de l'Alma.

 «A continuación subimos por la avenida de la Opera hasta el Teatro, avenida de tiendas con las Galeries Lafayette al fondo en la avenida Haussmann. Esta zona es buena para comer.» Tal aconseja el programa-guía que los profesores y algunos alumnos siguen puntualmente; varios alumnos salen de un restaurante italiano cuando entran los profesores.

 La Madeleine, también en restauración, está oculta tras un enorme lienzo en el que se reproduce su fachada. Al fondo de los Campos Elíseos se ve el arco de l'Etoile y a su través el arquitrabe de la Defense.

 Luisa y ElenaLos viajeros recorren el camino histórico del Sena, hoy ya sólo frecuentado por turistas y algunas gabarras, y algunos pasan un frío inmenso empeñados en permanecer en la cubierta exterior para mejor disfrutar de las vistas.

 A las 16.30 los profesores han quedado citados con Alicia Pérez, Jefa de Estudios del Instituto, en la torre de Montparnasse. Allí acuden casi puntualmente y de nuevo admiran París desde la altura; la vista es aún más espectacular que desde la torre Eiffel por la proximidad del centro histórico.

 Por la calle Rennes llegan luego al barrio latino donde comienza la animación nocturna (los restaurantes de la calle Huchette son una tentación que Félix no resiste); sin embargo, en una esquina de Saint Germain una anciana vestida con harapos se calienta tumbada en un respiradero del metro. Luego, detrás del Louvre, en la calle Rivoli, aún serán testigos los profesores de una escena singular: decenas de mendigos hacen cola junto a una furgoneta desde la que se les reparte una cena caliente. Eso en el corazón de la Francia gobernada por los socialistas, la del Centro Pompidou, las pirámides cristalinas del Louvre y la torre de Montparnasse y la Défense. El mundo, nuestro mundo, parece que no tiene arreglo.

 En el autobúsCuando a las 19.55 los profesores llegan al autocar, ya la mayoría de los alumnos está dentro y los que faltan se presentan en ese instante, lo que permite emprender el viaje de vuelta a las 20.00. Los Campos Elíseos forman un río de luces. Antes, no obstante, Salvador, agradecido por la propina que le acaban de dar los profesores en nombre de todo el grupo, lleva a los viajeros por el Bois de Boulogne: «A esta hora es un poco pronto —dice—, pero por aquí se ponen muchos travestidos. Es algo muy típico. Una vez traje una excursión de venezolanos y uno de ellos quería que le parase el coche para bajarse. No podía creerse que fueran tíos.» Los viajeros cuentan hasta tres: uno de ellos entreabre un abrigo de piel y muestra una anatomía espléndida velada sólo por un sujetador y unas bragas. «¿Y son tíos?» «Son tíos.» «Son un milagro de la técnica.»

Día 24, Domingo.- MADRID

 María Luisa se pasa toda la noche hasta las 6.00, la hora del relevo en la frontera, dando conversación a Salvador para hacerle amena la ruta y velar por la seguridad de los viajeros, a quienes a partir de entonces conducirá Diego de nuevo.

 Por tierras de Burgos el paisaje está nevado y sopla el viento. También en Somosierra hay nieve. El cielo está gris.

 A las 13.30 llega el autocar al punto de destino con hora y media de adelanto sobre el horario previsto, lo que hace que muchos padres no hayan acudido a recibir a sus hijos. Pero todo está en orden y los profesores se felicitan del éxito habido: «El año que viene nos vamos al Novotel de Atenas.» «Hecho.»