
"Kublai
Kan era un hombre de piel amarilla, pelo negro y ojos oscuros, con una
mirada penetrante de águila. Estaba sentado en su trono de
oro,
y a sus pies yacía un majestuoso león. No
había
duda: nos hallábamos ante el hombre más poderoso
del
mundo. De acuerdo con el protocolo chino, nos arrodillamos ante el Kan
y tocamos tres veces con la cabeza en el suelo. Luego, mi padre le
entregó los santos óleos, una carta de Gregorio X
y
algunos presentes traídos..."