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Última actualización: 20-12-2007

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Página de Cristina Sánchez Tallafigo
                                                 

Puede que a veces te resulte difícil comprender el universo literario de don Quijote o saber por qué es tan "divertida" determinada aventura. Esto ocurre porque estamos a años luz de la edad cultural de la que nace el Quijote y que resume el Quijote. Con el fin de redescubrir ese universo cultural y poder así acercarte mejor al texto para entenderlo y disfrutarlo, te ofrezco un par de comentarios en los que se aborda fundamentalmente el acceso a esa Atlántida cervantina de caballerías, literatura y vida del siglo XVII en medio de la cual se despacha a lanzazos y juramentos el nunca como se debe alabado don Quijote de la Mancha.


EL PASO DE ARMAS
LA CEREMONIA DEL NOMBRAMIENTO


EL PASO DE ARMAS

Hablamos del mundo artúrico, de las geografías nebulosas y distantes que flotan vagamente en la leyenda. Hablamos del rey de Camelot al que la tradición convirtió en cuervo, razón por la que estos animales estaban protegidos en Inglaterra. Hablamos del dragón y de Merlín, de Excalibur y Morderec el rebelde; de ese ambiente mágico que engendró leyendas y poemas sintetizados en la magna compilación de Malory, Le Morte Darthur o Muerte de Arturo, espléndidamente llevada al cine por John Boorman. Y ese mundo de las epoyeyas, de los romans de Chrétien de Troyes, plagados de lances, batallas contra gigantes, encantamientos y aventuras de amor cortesano, configuran el referente ideal de la alta sociedad medieval y poco a poco de las capas inferiores de la sociedad.

Hablamos de la Europa del siglo XV, que consume con fruición estas fabulaciones o crónicas “verdaderas” de las gestas de los caballeros andantes. Y la ficción se hace realidad: los caballeros surcan Europa como nuevos Lanzarotes buscando aventuras en que cobrar fama eterna y el favor de sus damas. Así, en 1434 Europa vuelve sus ojos asombrados hacia España, donde el caballero Suero de Quiñones ha tomado el Puente del Órbigo y se bate con todo el que quiera atravesarlo si no reconoce la belleza de su dama. Al cuello lleva la cadena que simboliza su particular cárcel de amor. Es un paso de armas, una gesta propia de las ficciones caballerescas: el caballero toma un puente o un camino y sostiene con sus armas la belleza de su dama o la lealtad a un ideal. Ayudado por nueve caballeros amigos, Suero de Quiñones derrotó a sesenta y ocho caballeros en un mes, algunos de ellos llegados de otros países para medirse con él. Son los últimos fulgores de una civilización que empieza a despedirse y de una cultura, la caballeresca, que dejará de tener un papel activo a medida que los estados europeos se van perfilando. Es la nobleza que desaparece lentamente en el crepúsculo de la Edad Media.  

Y hablamos finalmente del capítulo cuatro de la Primera Parte del Quijote. Después de haber “liberado” al delicado infante Andrés, al que maltrataba su amo, Juan Haldudo el rico, don Quijote cree haber dado, con este triunfo indiscutible “felicísimo y alto principio a sus caballerías”. Aunque como los lectores sabemos no fue exactamente así pues apenas desapareció el hidalgo se reinició la zurra del niño. Don Quijote, pletórico, dedica a Dulcinea sus triunfos y al avistar una comitiva, barrunta aventura. Decidido a emular los célebres pasos de armas, como un nuevo Suero de Quiñones, aguarda n´ell mezzo del camino. Cuando llega la troupe de mercaderes, gente avillanada, suelta la voz a estas razones: -“Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso”. Por unos momentos reina el silencio: en mitad del camino a Murcia, los mercaderes se han topado con una extravagante figura. Y la estantigua plantea ciertas exigencias. Enseguida surge el gracioso que asegura a don Quijote que le darán la razón si él lo demuestra empíricamente: es decir, con un retrato. Y la respuesta de don Quijote resume la esencia del paso de armas: “Si os la mostrara- replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender”. Por encima de los siglos y los libros, don Quijote vive su identidad y escribe con sus hazañas el mejor libro de caballerías, el de su propia vida. Y lo hace derrochando valentía a raudales: “donde no, conmigo sois en la batalla, gente descomunal y soberbia”. A estas viejas fórmulas caballerescas le sigue un estallido de confianza en su poder: “Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.” La aventura termina con un maltrecho don Quijote, apaleado al dar por los suelos con Rocinante. Lo importante del caso es que sin el referente caballeresco, la aventura pierde su dimensión paródica. volver



LA CEREMONIA DEL NOMBRAMIENTO

Una mañana de las calurosas del mes de julio, don Quijote sale a la plaza del mundo dispuesto a remediar los sufrimientos padecidos por los menesterosos y a amparar a los desvalidos. La imagen del hidalgo sobre su corcel (rocín,antes) saliendo al campo por la puerta falsa de un corral imaginando que las alabanzas de su nombre y su fama se extenderán por toda la redondez del orbe, nos provoca una sonrisa amable, pero sus lectores contemporáneos estaban habituados a una estampa muy diferente: jóvenes jinetes sobre hermosos caballos, lujo de los arreos, escenarios exóticos y vagos, así como ceremoniales de gran máquina y aparato cada vez que un caballero novel tomaba sus lucientes armas y se iba en busca de aventuras por sendas desconocidas e idealizadas. Y por eso, al público familiarizado con los libros de caballerías, la figura de don Quijote tenía que resultarle grotesca y endiabladamente cómica.

Y en primer lugar, el hidalgo debe ser armado caballero. Así llegamos a la venta en que tendrá lugar el feliz acontecimiento. Los episodios que preceden a la ceremonia así como el nombramiento (I.2-3) resultan grotescos por parodiar sin escrúpulos las fórmulas caballerescas no sólo de las ficciones fantásticas sino también de las serias y rigurosas ceremonias de ingreso en las Órdenes Militares.

Al llegar a la venta, el hidalgo se encuentra con “dos mujeres mozas destas que llaman de partido”, prostitutas que a él se le antojan “dos hermosas doncellas o dos graciosas damas”. En cuanto a la venta, “se le representó que era castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo y honda cava". Don Quijote queda esperando que, según es costumbre caballeresca, algún enano asome entre las almenas del palacio para anunciar con pífano o trompeta de plata la llegada del andante caballero. El sonido del cuerno de un porquero que a la sazón recogía su piara le satisface. Tras la gloriosa acogida, sale a recibirle el alcaide de la fortaleza o castellano del castillo: el ventero, hombre muy gordo y por ello muy pacífico, cuya biografía traza con pluma contundente y certera Cervantes: “..andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco ni menos maleante que estudiante o paje”.

Pero don Quijote vive intensamente su locura idealizadora y traslada al plano caballeresco todas las circunstancias de su realidad. Así, cuando las mozas le desarman y ayudan a regalarse con el festín miserable -bacalao mal remojado y peor cocido junto con un pan “tan negro y mugriento como sus armas”-, al tiempo que delicados acordes musicales (procedentes del silbato de caña de un castrador de puercos) le envuelven suavemente, don Quijote es tan feliz que llega a comparar su situación con la del mismísimo Lanzarote del Lago, el caballero más famoso de Camelot, lo que le lleva a recitar parte de un romance en el que sustituye el nombre y la patria del caballero medieval por los suyos:

     “Nunca fuera caballero

      de damas tan bien servido,

      como fuera don Quijote,   (Lanzarote)

      cuando de su aldea vino:  (Bretaña)

      doncellas curaban dél,

      Princesas de su rocino.”

El ceremonial es degradado cómicamente en todos sus componentes y fases: don Quijote vela las mugrientas y nada lucientes armas de sus bisabuelos no en la capilla como era de esperar, sino en un corral. Allí, éstas descansan sobre el abrevadero de las mulas y no sobre el altar pertinente. A ellas se llegan dos arrieros con fines prosaicos del todo inconvenientes: dar de beber a sus recuas. La cólera de don Quijote estalla hasta el punto de abrirle a uno de ellos la cabeza en cuatro por su infamia. Surge el alboroto y llueven piedras. El manchego no se arredra: “pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno, tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía.” Media el ventero y se pasa adelante: el oficiante es el ex-ladrón; las damas o princesas que respaldaban con su gracia y su alcurnia al futuro caballero y que le ciñen la espada y la espuela, son dos meretrices; el “manual” de la ceremonia es el libro en el que el ex-ladrón consigna la cantidad de cebada y pienso que da a los arrieros; las plegarias y oraciones por el héroe son aquí silabeos informes.

Y, dado este panorama de contrastes radicales, creados por Cervantes para provocar la risa por el desajuste entre el modelo imitado por don Quijote y su realidad concreta, el público reacciona como se esperaba: con la carcajada. volver



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