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III. LA GUERRA. 3
3. La guerra en el frente. 2. Zona
insurrecta
«La Iglesia daba su bendición
a todo esto» [la rebelión militar].
Ángel Serrano inició la
guerra en el ejército republicano, pero a los tres meses, durante
una batalla, se pasó al bando rebelde. En 1938 fue destinado al
Servicio de Instrucción de Daroca (Zaragoza), luego fue a parar
a la 1ª Bandera de Milicias de León y estuvo en primera fila
en el sector de la Muela de Carrión, después en Peñalada
(Valencia), donde rechazó diversos ataques del enemigo, y en Valbona
(Teruel). En enero del 39 pasó al frente de Extremadura donde intervino
en la conquista del Cuchillar de la Rocha. Al atravesar el río Zújar
estuvo a punto de ahogarse, como venía crecido por las grandes lluvias
del día anterior.
Ávila quedó
ocupada por las tropas insurrectas desde el primer día. Al instante
los soldados requisaron todas las armas y a quienes le descubrían
armas ocultas o mostraban lealtad a la República «lo cogían,
como le pasó a un amigo de mis abuelos, y lo fusilaban delante de
todos sus familiares y vecinos como aviso para todos los demás que
guardaban armas» o eran del bando contrario. Igualmente reclutaron
a todos los hombres, «como a mi abuelo que lo llevaron al cuartel
de San Quintín de Valladolid», desde donde pocos días
después, «sin preparación alguna», fue enviado
al frente de Teruel.
Este abulense, cuya peripecia nos narra
su viuda Lorenza Díaz, apenas sabía leer ni escribir cuando
se inició la guerra, pero en el frente aprendió a hacerlo
tan bien que ganó un concurso literario en que participaron «curas,
licenciados y soldados» de toda la zona nacional y fue felicitado
personalmente por el Generalísimo Francisco Franco. El premio consistió
en un permiso de treinta días. Antes de terminar la guerra este
hombre se hizo policía nacional, «más por hambre que
por vocación», que en el campo no veía futuro.
A Alfonso
Barreiro le pilló la sublevación militar en Asturias
adonde había ido a buscar trabajo y supo de la estratagema del coronel
Aranda para librarse de los mineros y apoderarse de Oviedo: Aranda se fingió
leal a la República y prometió ayuda a los mineros para combatir
a los falangistas. Así, los mineros, confiados, partieron en apoyo
de Madrid, pero a poco tuvieron que retroceder cortados en su avance por
tropas rebeldes. Cuando regresan se encuentran que Aranda tenía
tomada la ciudad para la causa fascista. A consecuencia de ello surgió
un cantar que decía:
Dicen que Asturias es rojo,
dícenlo con mala fama,
sino fuera por Asturias
no se ganaría España.
Germán Gallardo era guardia
civil en Mieres cuando se produjo
la rebelión militar e inmediatamente fue enviado a Oviedo a sostener
a los sublevados frente al acoso de los republicanos; pero a poco fue herido
en los ojos por una bomba y tuvo que ser evacuado a La Coruña, lo
que acaso le salvó la vida porque, cuando los moros tomaron Oviedo,
eran ya muy escasos los nacionales que quedaban vivos.
A Julio Bravo
Sualdea le tocó luchar en la zona nacional,
en el frente de Guadalajara, en el regimiento de San Quintín, nº
25, de la 75 División que mandaba el general Los Arcos. Allí
«quedaron desbordadas» tres divisiones de Mussolini y durante
ocho días, en Saelices de la Sal, los republicanos tuvieron copados
a los fascistas. Avanzaron desde Sigüenza, «donde había
sido carbonizado el obispo», hasta Riba de Saelices; avanzaban por
la carretera y «era horrible ir viendo las cunetas llenas de cadáveres
de italianos.» En Riba estuvo en primera línea durante once
meses; allí intercambiaban papel de fumar por tabaco que tenían
los republicanos; bajaban hasta la mitad del Tajuña para realizar
el intercambio. Al papel le daban diversos nombres como zig-zag
y bambú. Pasaron hambre y frío (a veces tuvieron que
comer bellotas y miel) y muchos padecieron fiebres de malta.
Se peleó con tal intensidad que
hubo pueblos enteros, como Conredonda (?), que desaparecieron bajo el fuego
de mortero.
A veces, en mitad del combate, «siempre
había algún exaltado, un verdadero idiota, que cogía
la bandera, salía de la trinchera y se ponía a cantar el
himno de su bando; pero no duraba ni segundos.»
T G
fue enviado a Salamanca donde, tras el período de instrucción,
fue incorporado a la escolta de Franco. Se trasladó a Burgos con
el cuartel general de Franco y luego fue destinado al frente de Somosierra,
a la zona que mandaba el general Varela. Estuvo en La Granja, en Balsaín,
donde las guardias se hacían muy duras por las inclemencias del
tiempo, en Peñagrande, donde mataban a los piojos metiendo la ropa
entre la nieve. En el Reventón tuvieron un encuentro durísimo
con las tropas republicanas, con muchas bajas por ambos bandos, y había
tanta nieve que no pudieron evacuar a los heridos.
El 29 de marzo de 1939 el comandante
de su batallón, ante la tropa formada en La Granja, leyó
el siguiente comunicado del Generalísimo Franco:
«Cautivo y desarmado el ejército
rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos
militares. La guerra ha terminado.»
A Alejandro
Martín le sorprendió la guerra en la zona de Órgiva
(Granada), que dominaron los insurrectos, y permaneció en aquel
frente durante varios meses metido en trincheras que eran bombardeadas
continuamente con fuego de morteros que los republicanos tenían
emplazados al otro lado del río en unas grutas en la falda de la
montaña. La vida en la trinchera se hizo muy penosa y sólo
comían patatas cocidas y pan, y a veces ni patatas tenían
y se veían obligados a recoger las mondas que antes habían
tirado y comérselas. A veces tenía que acudir en defensa
de algún pueblo y tenían que recorrer quince o veinte kilómetros
monte arriba, «cargados como burros», para dormir luego en
pajares, cuadras o corrales donde pasaban un frío tremendo por las
noches, a consecuencia de lo cual algunos soldados enfermaron de neumonía
y otras enfermedades infecciosas. En aquellas trincheras y pueblos pasó
todo el invierno del 37 con temperaturas bajo cero. Solía hacer
de enlace entre las distintas zonas del frente y usaban varias contraseñas.
Decía uno:
—Traigo café.
Y respondía el otro:
—Tostado.
Por su trabajo de enlace, que era muy arriesgado
porque a veces tenía que rodear muchos frentes republicanos, recibía
un estipendio de tres pesetas al mes.
El mayor susto se lo llevó el
día que, justo cuando le servían su ración de rancho,
«vino una bala de donde nadie supo» y atravesó la perola
del rancho. Alejandro tiró el plato y se arrojó de cabeza
a la trinchera con los compañeros que estaban con él.
La guerra fue dura porque vio morir a
compañeros y amigos, pero recuerda con agrado la ciudad de Granada,
que le maravilló, y los pueblos de la zona.
Su novia en la provincia de Salamanca
no podía saber nada de él, si estaba vivo o muerto; sólo
en los puestos de la Cruz Roja podían darle alguna información
que, sin embargo, era muy confusa.
Al término de la guerra, Primitivo
Larriba escribió la siguiente memoria:
3ª Escuadra. 1er. Pelotón
| NOMBRES |
APELLIDOS |
NÚMERO |
Primitivo
Marcos
Guillermo
Francisco
León |
Larriba
Torres
Gracia
Jareno
Sánchez |
7772
6543
6792
2109
4324 |
VIDA DE CAMPAÑA
«Fui incorporado a filas el día
17 de julio de 1937, habiendo pasado ocho días en Soria [de] donde
fui destinado al regimiento de Aragón nº 17 a Zaragoza siendo
destinado a la 3ª compañía de depósitos donde
pasé dos meses. Después, el día 25 de septiembre salí
al frente a la sierra de Cucalón; allí estuve hasta el 8
de noviembre; desde dicha sierra fuimos a Zaragoza, allí estuvimos
ocho días en el cuartel de carros de combate; desde ésta
fuimos a un pueblo llamado Bircamies (Huesca), donde estuvimos alojados
por las casas un mes; estando en dicho pueblo empezaron los rojos la ofensiva
contra Teruel y salimos para Ayerbe a coger el tren para dicha batalla.
Llegamos a Cella y allí nos ametralló la aviación
roja antes de apear del tren; desde la estación fuimos al pueblo
de Cella, desde éste partimos al campo de aviación de Banda,
allí pasamos la noche y a la mañana siguiente salimos carretera
adelante a Valencia; a las nueve de la mañana empezamos el combate,
duró siete horas y después se puso a nevar, donde quedamos
hasta el día 23. Después fuimos a Conenol, desde dicho sector
fuimos relevados a Villalquemado, desde dicho pueblo fuimos a Celada y
desde ésta marché al hospital con los pies helados. Fui al
Hospital de Santa Eulalia y en dicho hospital dormimos una noche, después
nos llevaron en un tren hospital a Zaragoza, al Hospital del Requeté,
en éste estuvimos una noche y al día siguiente salimos para
Santander donde estuve hasta el 19 de febrero. Después salí
de alta con doce días de convalecencia, después fui incorporado
al Roto, estuve unos seis días en el cuartel de Gerona saliendo
para las posiciones de Zuera del Gállego donde estuvimos hasta el
día 2 de marzo, fuimos relevados y nos llevaron a la estación
de Almudévar, el día 22 se empezó la ofensiva y rompimos
el frente por dicho pueblo, siguiendo adelante hasta el pueblo de Balaguer
a la orilla del Segre. Aquí caí enfermo y me llevaron a Alguaire
y desde este a Sariñera y desde éste a Zaragoza donde estuve
un mes a causa de una infección intestinal; allí me llevaron
al Tribunal para disfrutar un mes de convalecencia. Pasado tanto tiempo
volví a incorporarme al Roto, allí pasé quince días
saliendo para Balaguer, allí estuve dos meses, relevándonos
y llevándonos a Torrelameo (Lérida) y desde este pueblo volvimos
otra vez a la cabeza, puente de Balaguer, estuvimos unos veinte días
y desde allí fuimos a Corbieres donde pasamos un corto tiempo. El
día 8 marchamos para el Ebro, el día 9 de madrugada apeamos
de los camiones en un pueblo llamado Corbera, este día entramos
en fuego y por la noche tuvimos que hacer retirada por causa de terminarse
la munición y allí estuvimos hasta el 13 de noviembre y fuimos
a un pueblo llamado Benaret (Lérida) donde permanecimos hasta el
día 18 de diciembre que fuimos a las posiciones entre Torrelameo
[y] Balaguer. Allí estuvimos ocho días y el día 26
rompimos el frente por Asentín toda la ofensiva de Cataluña
hasta la frontera franco-catalana, desde allí fuimos a Camprodón
y desde aquí a San Juan de las Abadesas donde montamos en camiones
y vinimos hasta Bellpuig, aquí volvimos a montar y fuimos a un pueblo
de la provincia de Teruel llamado Burbaquena y desde éste a la provincia
de Soria a un pueblo llamado Somaén; y estando en dicho pueblo fue
la rendición general el día 29 de marzo de 1939.»
A continuación se añade
un
Himno de los
españoles patriotas
Nace el día que no muere
brilla de nuevo nuestro sol
resurgir que Dios lo quiere
del pueblo español.
Es la patria que el corazón
sientes sus hijos al llorar
todos los pesares que sufrir la hicieron
hasta su rendición.
Españoles, por la patria vamos
a luchar.
Españoles, firmes con las
armas a triunfar,
siempre por España sufriremos
hasta morir
grande es la dicha
de vencer en combate
y alta la bandera,
gritaremos sin cesar.
Viva nuestra España
hasta su gloria así alcanzar.
Mira con valor el porvenir
fija en la Patria la ilusión
busca la alegría del vivir
dentro del corazón.
Quiere nuestra España libre
ser,
nunca los adiós volverán
libres de traiciones
suenan las canciones
puras de nuestro afán.
Por España volveremos siempre
a combatir,
por España si es preciso vamos
a morir
todo por la Patria
lo queremos siempre ofrecer
todos como hermanos
nadie nos ha de vencer.
Nunca más partidos
que deshagan la Nación
sólo hay "españoles"
y el olvidarnos es traición.
Un defensor del Alcázar
«Yo estuve en el Alcázar,
sí; y te digo que muy gordo tenía que pasar ahora para que
yo lo pasara tan mal como entonces. Es que nos tiraban de todo. Me eché
yo de amigo un legionario negro y a los diez minutos le pegaron con una
granada en mitad del pecho y no encontramos ni las botas. Y así
todo el tiempo. Allí fuera debía estar Rusia entera. Ahora
que el Moscardó los tenía bien puestos. Se paseaba de arriba
abajo con la pistola en la mano y nos decía que los teníamos
dominados. ¡Qué tío! Muchos no nos pegamos un tiro
por él. Y eso después de que mataron a su hijo. ¡Vaya
hombres que había entonces!»
La campaña de un legionario
J. S. A.
fue movilizado y destinado a un regimiento de infantería, pero enseguida
se alistó en el Primer Tercio de la Legión, 8ª Bandera,
31 Compañía, que de niño siempre había sido
«muy travieso y revoltoso.» En el frente de Extremadura intervino
en los combates de Navalmoral de la Mata, Maqueda y Oropesa. El 3 de septiembre
intervino la toma de Talavera de Reina.
En la toma de Toledo, cerca de
la puerta de Bisagra, fue herido por primera vez en el cuello. Restablecido,
avanza hasta Madrid y en Getafe resulta herido en el brazo izquierdo. El
12 de noviembre, en el frente de Usera, recibe la herida más grave,
que salió de la trinchera a rescatar a un compañero herido
y, cuando volvía con él, una bala le entró por el
hombro derecho, le atravesó el estómago y le salió
a la altura del ombligo. Quedó inconsciente y lo dieron por muerto
y, como tal, lo trasladaron hacinado con otros muertos al depósito
de cadáveres de Griñón donde permaneció tres
días en espera de ser enterrado, hasta que al sentir la mano del
cura que le daba la extremaunción, abrió los ojos, que hablar
no podía.
Sobrevivió tanto tiempo porque
tenía el estómago vacío después de varios días
sin comer, que los intensos combates habían impedido el normal suministro
a las tropas. Fue evacuado a Plasencia, que no pudo llegar a Salamanca,
y luego a Cáceres, hasta que de nuevo pudo incorporarse a su Bandera
en Talavera de la Reina donde permaneció tres meses como instructor.
Los reclutas que estuvieron a sus órdenes fueron muy variados, desde
jóvenes llamados por su quinta hasta presidiarios condenados a muerte
que eran indultados al alistarse a la Legión.
En el Pingarrón, cerca de Chinchón,
se incorpora de nuevo al frente y participa en los combates de la Cuesta
de la Reina y del Clínico donde recibe una cuarta herida en el brazo
izquierdo, de la que se repuso en Leganés. Del 5 al 28 de julio
de 1937 estuvo en la batalla de Brunete con que los republicanos
pretendieron distraer a los nacionales del norte y envolver a las tropas
que sitiaban Madrid.
Allí estuvieron el teniente coronel
Modesto Guilloto, Enrique Líster, el Campesino, Walter, Jurado,
Galán y Gal al mando de las tropas republicanas y por los nacionalistas,
Iruretagoyena y el general Varela. El día 6 Líster tomó
Brunete y los días siguientes Quijorna, Villanueva del Pardillo
y Villafranca del Castillo llegando hasta las afueras de Boadilla del Monte.
El 18 contraataca la Legión y el 25 entra en Brunete. Nuestro legionario
recibe su quinta herida en el brazo derecho en la cuesta de las Perdices,
aunque tan leve que no le impide seguir en combate. En Brunete murió
su teniente y a él también se le dio por muerto en el parte
de bajas, aunque no había sido herido. En la toma de Brunete su
Bandera sufrió trescientas bajas.
Luego estuvo en Toledo y en otras operaciones
de menor importancia.
Se licenció en 1940 y le fueron
concedidas las Medalla de Campaña, Cruz de Guerra y Cruz Roja. La
tercera herida le inmovilizó parcialmente el hombro derecho por
lo que el 24 de noviembre de 1941 se le declaró Mutilado de Guerra
y el 26 de abril de 1945 se le concedió el título de Caballero
Mutilado de Guerra, que firmó el propio José Millán
Astray.
Al estallar
la guerra avisaron a Adrián Martín Solano,
que entonces tenía diecisiete años, para que fuera a Navacepeda
a tallarse, y fue andando desde Salamanca, que estaba de pastor en un pueblo
próximo, y por el camino decía que iba al frente, aunque
no sabía qué cosa fuese. No dio la talla y al año
lo volvieron a tallar. En principio tampoco dio la talla, «porque
se encogió un poco; pero le descubrieron el truco y le hicieron
volver a medirse levantando las puntas de los pies, sosteniéndose
en los talones; entonces dio la talla, pero no la suficiente para ir al
frente y lo destinaron a Sanidad. Lo que no sabía era que tendría
que estar seis años de servicio por pertenecer a la quinta del 40,
los que más tiempo estuvieron, porque empezaron antes y se quedaron
después.»
Estuvo en Valladolid y en Baños
de Montemayor. «No vio el frente; pero sí sus sangrientas
consecuencias. Siempre me ha contado historias muy tristes sobre soldados
moribundos que le enseñaban las fotos de su familia. Esto le dejó
una huella muy profunda y no le gusta recordarlo.»
La suciedad era tanta que por divertirse
jugaban con los piojos: Pintaban un círculo en un papel, cada soldado
ponía dentro sus piojos y ganaba aquel cuyo piojo permanecía
más tiempo dentro del círculo.
F. C., abulense de quince
años, pensó que la guerra sería una aventura como
las que relataban los tebeos, pero a poco se dio cuenta de la «brutal
realidad y de la catástrofe que supuso la guerra.» Ingresó
voluntario en Aviación para evitar que por su quinta lo destinaran
a otras armas de más peligro.
La adscripción
a un bando u otro fue cuestión de mero azar geográfico
lo que dio lugar a hechos singulares: Ocurrió en algunos frentes
que en los momentos de tregua o alto el fuego «se situaban altavoces
en las primeras líneas y a través de ellos, de uno a otro
bando, se pedían noticias de los familiares... Esto dio lugar, en
ocasiones, a que al preguntar por los parientes, éstos se encontrasen
en el lado opuesto... y pudiesen reunirse entre las dos líneas en
la zona de nadie autorizados por ambos mandos. Allí se abrazaban
y se hacían comentarios de los familiares» bajo la atenta
vigilancia de centinelas que tenían la orden de disparar «si
los dos decidían unirse o irse juntos.»
En el 37 llegó a Ávila
un mozo de La Herguijuela
en un coche de línea desvencijado que se arrancaba a manivela y
se averiaba continuamente. Allí permaneció una semana en
espera de destino. Llevaba cinco duros que le habían dado sus padres.
El Ejército le da cincuenta céntimos diarios que se gasta
en tabaco. Luego viaja en tren a Zaragoza y tarda dos días con sus
noches. Lo alojan en unos barracones que son simples establos acondicionados
y llenos de pulgas. Hay allí cientos de mozos. Por fin lo destinan
al Regimiento de Infantería Valladolid nº 20, de Huesca, y
lo trasladan a Ayerbe a hacer la instrucción. Todos los mozos se
confiesan en la ermita del pueblo.
La comida es muy mala, lentejas y pan
de maíz, y se ven obligados a comprar lo que pueden.
Terminada la instrucción los trasladan
a Huesca, que estaba cercada por los republicanos, a través de una
carretera oculta entre cañaverales en cuyas cunetas se amontonaban
los cadáveres.
La primera noche los bombardearon dos
pavas,
que así llamaban a los aeroplanos grandes y lentos; una bomba cayó
en la escalera del pabellón y otra fuera destrozando dos coches.
El cuartel estaba muy cerca de las trincheras y a veces por las ventanas
entraban balas perdidas que herían a los soldados mientras dormían.
Los bombardeos eran muy frecuentes y
durante ellos los mulos acemileros se pegaban a las paredes. Había
también una perra loba, Galana, que se refugiaba en el polvorín
minutos antes de los ataques aéreos. Casi nunca se equivocaba.
Lo que más impresionó al
mozo de La Herguijuela fue el manicomio, que al parecer eran muchos los
soldados que terminaban con enfermedades mentales, donde los internos estaban
separados por bandos, como en el cementerio.
Recuerda los prisioneros y los frecuentes
fusilamientos, casi siempre por intentos de deserción. Un día
hubo un fortísimo tiroteo y fueron tantos los heridos que no se
los podía recoger y muchos quedaron abandonados en el campo de batalla.
Él, sin embargo, estaba destinado
en la plana mayor del tercer batallón donde se ocupaba de las transmisiones;
usaba un proyector de luz por la noche y un heliógrafo durante el
día. Si el enemigo advertía las señales, los bombardeaba
con morteros.
Al cabo de año y media fue trasladado
a Teruel, a la plana mayor del coronel Agustín Amorebieta Martín,
donde actuó de enlace. Tenía un caballo para los desplazamientos.
Un día se incendió la cúpula
de la catedral de un cañonazo y estuvo ardiendo durante ocho o diez
días. Otro día se encontró a su hermano, que venía
de hacer un curso de sargento en África y había sido destinado
a su mismo batallón.
Poco antes del final de la guerra los
llevaron a Rubielos de Mora y se alojaron en un convento, que había
dos, uno de frailes y otro de monjas y se decía que se comunicaban
por debajo de tierra.
El final de la guerra lo recibió
con alegría, «aunque aún no sabe exactamente por qué
luchó.»
J. G. A.
cuenta su experiencia de la zona nacionalista:
«Esta guerra marcó profundamente
mi vida, ya que he vivido y visto cosas impensables en una sociedad como
la de ahora. Nos encontrábamos en el frente pegados a los republicanos
con los que charlábamos e intercambiábamos tabaco por papel
en tiempos de tregua, sin pensar en ese momento que luego nos mataríamos
unos a otros.
«He visto muchos cadáveres
alrededor mío, que recogíamos y metíamos en sacos
para tirarlos al río, después de despojarlos de todas las
cosas de valor que llevaban. Incluso he visto brotes de canibalismo, ya
que lo que comíamos y nada era prácticamente lo mismo. He
comido bajo sacos cuando aparecía la lluvia; incluso he dormido
en nichos para resguardarme de la lluvia, y sobre todo y ante todo, del
enemigo. En muchas ocasiones hice de espía para escuchar las conversaciones
del otro bando; pero eso no era lo más peligroso, ya que íbamos
rodeados de bombas para, en caso de ser descubiertos, morir sin hablar.
Un día estando en combate vi cómo a un soldado que se hallaba
a mi lado la pólvora de un arma le quemó un ojo con su consecuente
pérdida. A otro soldado le saltó el fusil que estaba limpiando
y perdió el dedo, que le quedó enganchado en el arma. He
visto quemar iglesias con niños y mujeres dentro y en esos momentos
sientes que se te estremece el corazón al oír los gritos
de esa gente que no tenía culpa de nada.
«El mejor recuerdo de la guerra
fue salir con vida.»
La batalla de Madrid
Marcelo Sanz Peña, de la
quinta del 35, fue destinado al frente de Madrid. La batalla de Madrid
fue muy dura y en ella perdió a muchos amigos. Estuvo en el cerro
Garabitas y libró duros combates por conservar la posición.
Desde allí veía todo Madrid y los aviones que lo bombardeaban.
Diariamente les tenían informados del avance del frente nacionalista
sobre Madrid.
Allí tuvieron escasez de alimentos
lo que incluso llegó a provocar enfrentamientos entre amigos.
Cuando abandonó la posición
del Garabitas, participó en una operación encaminada a cortar
la línea férrea Madrid-El Escorial y luego en un avance sobre
Boadilla del Monte.
Este avance, en el que también
participó Benito Jiménez Sánchez, se inició
el 6 de junio de 1937 a las 7:10 con fuerzas, entre otras, de la 13ª
Bandera de la Legión que estaba en la cuesta de las Perdices. Al
llegar a Boadilla, cerca del cementerio, toparon con blindados republicanos
que les causaron diversas bajas (allí murió el comandante
de la Bandera del Tercio) y les obligaron a retroceder y permanecer a la
defensiva en espera de refuerzos. Cuando éstos llegaron, iniciaron
el contraataque el día 16 y lo concluyeron el día de Santiago
con una gran victoria. Se dijo que del lado republicano habían luchado
las Brigadas Internacionales.
A F. M. una
bala enemiga, que se coló
por entre unos cajones de ametralladoras que estaban trasladando a una
plaza de toros (¿las Ventas?), le quitó tres dientes.
Lo evacuaron a Villaverde (Madrid), donde estuvo hospitalizado tres meses,
y luego a Navarra. Fue trasladado luego a Móstoles y finalmente
a la cuesta de las Perdices, frente a Madrid, donde permaneció hasta
el final de la guerra en la 1ª Compañía de Zapadores
del [Regimiento] nº 6 que mandaba Muñoz Grandes, que luego
mandó la División Azul en el frente ruso. Allí un
día, mientras estaba de vigilancia con otros compañeros,
«vino un hombre y les dijo que se bajaran, como no quisieron, a uno
de ellos lo mataron.» Otro día, en la zona del Hospital Clínico,
mientras hacían unas galerías para pasar de un lado a otro,
al abrir un boquete dio con un paisano suyo, de Rute, que era comunista
y estaba con los republicanos, los cuales venían haciendo la misma
operación, «pero no pasó nada y cada cual siguió
su camino.»
P G G,
que en Ávila quedó incorporado al ejército de Franco,
fue enviado al frente de Madrid. Remontaron el valle del Tajo, se desviaron
luego a Toledo donde el 28 de septiembre liberaron a los defensores del
Alcázar y el 7 de noviembre atacaron directamente Madrid. Hubo duros
combates en el puente de los Franceses, en la Casa de Campo, en el Parque
del Oeste, en la Ciudad Universitaria y en Puerta de Hierro. La batalla
duró hasta el 15 de enero de 1937. En febrero el general Varela
atacó de nuevo por el valle del Jarama intentando cercar la capital.
Pedro G. González tenía
cuatro hermanos más, que
por esas fechas se juntaron todos en el bando rebelde (dos de ellos, residentes
en San Sebastián, habían quedado inicialmente en zona republicana),
lo que le permitió librarse del servicio de armas para acudir al
lado de su padre que estaba enfermo. Luego acudió a Madrid el 19
de mayo del 39 para ver a sus hermanos en el desfile de la Victoria. Participaron
en él más de 200.000 hombres con abundante material de guerra
de toda clase. También participaron las tropas aliadas de Italia
y de Alemania. Al acto acudió mucha gente y fue muy anunciado por
la prensa y la radio.
La batalla de Teruel
Alberto García González
se incorporó a la Caja de Reclutas de Cáceres el 15 de marzo
de 1935 y en julio del mismo año (?) fue incorporado a Servicios
Auxiliares. Hizo la instrucción en Medina de Río Seco (Valladolid)
y en septiembre, sin haber jurado bandera, fue trasladado a Zaragoza a
la Segunda Compañía de Sanidad Militar y luego, el 4 de octubre,
ingresó como sanitario en la Compañía del Hospital
de Teruel nº 7 - A. Allí, aparte su misión como sanitario,
consolaba a los enfermos y «de manera especial, a los más
desesperados que regresaban del frente donde el frío, los bombardeos,
el hambre, la miseria, el desencanto...»
Teruel fue tomado tres veces antes de
su toma definitiva por los nacionales. Estaba totalmente destruido «por
las bombas del cañón Boca Negra, emplazado frente
a la Escalinata.»
«Su llegada a Teruel fue un total
desconsuelo al encontrarlo todo derribado y con un polvorín en la
plaza sin saber cómo desactivarlo [?], todo era miedo y terror.
Abajo, en el río Turia, todo estaba minado de granadas de mano nacionales
y de la URSS.»
Por su celo en el trabajo durante el
período comprendido entre el 4-X-38 y el 14-I-40, el director del
Hospital, D. César Mera y Vázquez, comandante médico,
D. Roque Fernández del Campo, Jefe de los Servicios Sanitarios,
y D. Felipe Peñas Martínez, «me concedieron una gratificación
y un certificado de buena conducta al Movimiento Nacional, regresando a
casa por haber participado en una guerra de españoles contra españoles,
de padres contra hijos..., algo que nunca [debió] haber ocurrido.»
Avelino Gil
estuvo en el frente de Teruel con el 18 Regimiento de Caballería.
Allí tuvo lugar, el 26 de septiembre, una de las batallas más
sangrientas de la guerra; las bajas y muertes se contaron por miles
y los carros de combate eran tan numerosos que en una misma posición
hubo dieciséis; contra ellos «se utilizaba un arma llamada
9:90 ... que consistía en dos cables que al hacer contacto explotaba
todo, también el que lo conectaba.» En una ocasión
un proyectil provocó el hundimiento de la trinchera que los protegía
sepultándolos a todos «y, de no haber sido por un soldado
que lo sacó de allí como pudo, hubiese muerto.»
Luego estuvo en Santa Quiteria, donde
ascendió a sargento, y en Morella, en cuya carretera un ataque enemigo
les destruyó varios camiones. En el barranco de la Fondeguilla,
cerca de Vall d'Uixó (Castellón), una granada de mortero
les entró en la tienda mientras dormían y todos los compañeros
se abalanzaron sobre ella para quitarle la espoleta.
Estuvo luego en la batalla del Ebro y
en San Juan de Morós donde fue herido en el hombro derecho. Luego
que se recuperó estuvo en Huesca y en Santoña como instructor
y cuenta que el general García Valiño gritaba a los soldados:
«¡Por vuestra bravura, por vuestros cojones! ¿Estáis
dispuestos a morir?» En aquel entonces cobraba 361,96 pesetas al
mes.
La batalla del Ebro
«En la batalla del Ebro, que tuvo
lugar en la primavera del 38 —dice Luis Martínez González—,
al perder una posición nos batimos en retirada y nos atrincheramos
en un monte. Cuando recibimos refuerzos, intentamos recuperar la posición
perdida y en lo más recio del combate un sargento recibió
varios disparos en un brazo que le quedó colgando de un hilo; entonces
se lo arrancó con la mano sana y se lanzó hacia las posiciones
enemigas logrando que sus defensores huyeran despavoridos y que sus compañeros
las tomaran de nuevo.»
«Una tarde estaba en la trinchera
con mi mejor amigo y, en un momento que estábamos ausentes de la
guerra, él me pidió tabaco. Yo me incliné un instante
hacia mi mochila que tenía cerca y al incorporarme, no habían
transcurrido ni tres segundos, encontré a mi compañero tumbado
hacia atrás con un impacto de bala en la cara que lo había
matado.
«Estas circunstancias, por desgracia,
se daban muy a menudo. Las balas perdidas eran un gran peligro. Hice pocos
amigos porque la guerra te los quitaba enseguida y no teníamos tiempo
de intimar.
«En otra ocasión, tras varios
días de combates, mis compañeros y yo nos quedamos sin agua.
Cuando llegó la noche, caminamos cansados y sedientos hasta encontrar
un embalse donde nos hartamos de beber y nos aseamos, porque durante los
combates no solíamos hacerlo. A la mañana siguiente nuestra
sorpresa fue grande al percatarnos de que aquel embalse, cuya agua tan
maravillosamente nos había sabido la noche anterior, estaba lleno
de mulas muertas que flotaban en su centro. Aquel mismo día varios
de mis compañeros enfermaron.»
En el Ebro los que murieron ahogados
serían tantos como los muertos por disparos.
Los soldados
del bando franquista enviaban las cartas
por estafetas en sobres abiertos sin ninguna indicación del lugar
origen para que nadie supiera donde estaba nadie. Así, un soldado
joven, entristecido porque sus padres no supieran donde estaba, entremezcló
en el texto de la carta este mensaje: «En Bujalance he visto a Natalia
Gallardo.»
Uno de los hermanos de María
Rodrigo quedó en el bando contrario al de sus otros dos hermanos
«y como los reconoció quiso pasar con ellos, pero murió
en el intento.»
El 1 de abril de 1939 Franco emitió
el último parte de guerra al que «todos los españoles
estuvieron atentos y pendientes».
  
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