De la enseñanza y sus problemas
Enseñanza pública: ¿aparcamiento de estudiantes sin vocación?
Lionel Jospin y la violencia escolar
Itinerarios e izquierdistas utópicos
Enseñanza pública: ¿aparcamiento de estudiantes sin vocación?
Soy un historiador que me dedico a la docencia, como tantos otros colegas físicos, matemáticos, filólogos, químicos, biólogos, filósofos... cuya capacitación pedagógica es fundamentalmente empírica, a pesar de los esfuerzos ministeriales por maquillar esta realidad. Ahora, sin embargo, nos encontramos con unos chicos/as, los de la ESO (o sea, Enseñanza Secundaria Obligatoria, especialmente el segundo ciclo), a quienes por ley se obliga a estar escolarizados hasta los 16 ó 18 años, que en un alto porcentaje aguantan de mala manera esta obligación, entorpecen cuanto pueden nuestra labor y, lo que es sin duda peor, el esfuerzo por estudiar y aprender de sus compañeros/as; porque bastan cuatro o cinco de estos díscolos muchachos/as en un aula para reventar el trabajo docente y discente. ¿Pensaron los sesudos técnicos del Ministerio que prepararon la reforma educativa en este problema? ¿Alguno de ellos tuvo que lidiar alguna vez con adolescentes rebotados de todas las aulas y disciplinas?
Es cierto que la aceleración histórica que vivimos obliga a todos los profesionales a un permanente reciclaje; pero quizá el nuestro sea el único caso en que semejante reciclaje se traduce en una productividad menor y en un desplome alarmante de los índices de calidad; aunque no por nuestra incapacidad, sino por las condiciones en que se nos obliga a trabajar. ¿Qué puede hacer un médico con un enfermo de cáncer que se resiste a abandonar el tabaco o con un cirrótico que se niega a dejar de beber o con un diabético que no cesa de comer pasteles? ¿Los pescadores no amarran la flota cuando hay temporal? ¿No renuncian los toreros a hacer faena artística cuando sale un toro pregonao? Dicho de otro modo: ¿Se imaginan un reciclaje que pusiera a los traumatólogos en la consulta de un psiquiatra y a los psiquiatras en la consulta de los estomatólogos? Si todos son médicos, todos pueden ejercer la medicina, parece la repuesta de nuestro Ministerio.
¿Pensaron acaso los técnicos del Ministerio en el derecho de tantos adolescentes que quieren estudiar a que sus compañeros nos les impidan ejercer adecuadamente ese derecho? ¿O acaso pensaron que fueran los centros privados adonde debían acudir estos alumnos estudiosos mientras los públicos quedaban de aparcamiento para los alumnos díscolos y aquellos otros que no podían acudir a los privados u optaban por el modelo público de enseñanza? ¿Llevan o llevaban ellos a sus hijos a centros públicos? ¿Dónde se queda el derecho a recibir enseñanza sin merma de la calidad? ¿Y el tantas veces proclamado derecho a elegir centro sin detrimento de la opción del modelo pedagógico?
(Publicado en EL PAÍS Digital el 04/11/97)
El gran hermano
¿Se imagina alguien la atención que recibiría un vendedor ambulante de abanicos que entrara en un bar refrigerado en el momento en que se televisa una final de Copa de Europa y se va a lanzar un penalty decisivo para el equipo local? Es la sensación que se tiene a menudo cuando se explica algo a los chicos/as de la ESO.
Sin pretender agotar la cuestión, propondría algunos puntos de reflexión:
1. Es una utopía mantener juntos a chicos con motivaciones, habilidades y capacidades ya muy diferenciadas. ¿Quién pondría en el mismo equipo a un ciclista, un tenista, un futbolista... ¿aunque fueran de élite? Los que no quieren trabajar, por las razones que sean, perturban y distraen a los que sí quieren o querrían y acaban creando un ambiente imposible para el estudio.
2. No creo que este problema lo solucione la actual selva de optativas que sólo sirven para complicar más las cosas, porque los alumnos eligen aquellas asignaturas que les asegura el aprobado con menos trabajo. ¿No sería mejor media docena de materias fundamentales y obligatorias estudiadas en profundidad en vez de esas ocho o diez por las que pasan sin enterarse de nada?
3. Son chicos (y chicas, por supuesto), incluso los que estudian, con muy escaso sentido de la disciplina y del trabajo, porque no tienen edad ni capacidad para entenderlos, ni lamentablemente han sido educados en el hábito de ellos (venimos de una dictadura y a todos nos repele ejercer incluso el mínimo de autoridad imprescindible para que las cosas funcionen, pero sería interesante una reflexión y reivindicación de la disciplina), porque los educadores no tenemos instrumentos para imponerlo y porque la mayor parte de las familias no tienen otra preocupación que la de que sus hijos no estén en la calle.
4. Los viejos profesores de Bachillerato nos vemos desbordados por los problemas pedagógicos, psicológicos y sociológicos que estos chicos nos plantean, porque nuestra formación y trabajo era otro. ¿Iría un enfermo de corazón a la consulta de un traumatólogo, médico al fin y al cabo? Mucho hemos aprendido de modo empírico y autodidacta, pero quizá no sea suficiente para enfrentar este nuevo reto. Ahora bien, si lo que se pretende es una ciudadanía apta para el Gran Hermano, vale.
(Publicado en el debate propiciado por el MEC sobre la ESO http://drago.pntic.mec.es/eso_debate/owa/debate_eso.lista_basica)
Incendio en el bosque
Soy profesor de historia en un antiguo Instituto
de Bachillerato, ahora de Enseñanza Secundaria, y hoy he llegado a casa
con sensación de náufrago, porque, mientras esperábamos una
evaluación de COU, hemos comentado cómo crece la enseñanza privada y
se derrumba la pública. Un colega de literatura, catedrático de la
asignatura, colaborador habitual de varias editoriales y autor de textos
de su especialidad, comentaba que sus alumnos de 3º de ESO son
incapaces de distinguir el sujeto del predicado en una oración simple.
Yo aún tengo una mayoría de alumnos de 3º de BUP que son
incapaces de hilvanar dos ideas seguidas. Pero lo
indignante de todo esto es que los cimientos de semejante destrucción
o, mejor, quien ha destruido los cimientos de la enseñanza pública ha
sido el PSOE. Justo en los doce años que ha gobernado el PSOE hemos
pasado de tener alumnos brillantes y una media aceptable a tener alumnos
que se limitan a ocupar un espacio en el aula, y la cosa va a peor. El
PP acepta, porque el trabajo sucio se lo han dado hecho, y se limita a
volcar los dineros públicos en la privada.
Ante la amenaza del neoliberalismo siente uno la
impotencia del que ve avanzar el incendio en el bosque. Aterrador.
Atentamente.
(Enviado en una botella a las ondas el 28 de mayo de 1998)
Tal vez sea un caso extremo, pero acabo de oír en la radio, en la hora de Gemma Nierga, en Radio Madrid (16:50/28-05-99), el caso de un hombre que se ha ido de casa porque no aguanta a sus hijos de 21, 20 y 17 años, porque no estudian ni hacen nada, tan sólo salir con los amigos y vivir a costa de sus padres, que no aguanta la dictadura de sus hijos.
Inmediatamente
en las noticias de las cinco surge otro caso parecido: En una ciudad de Extremadura
unos padres han ido al juzgado a pedir que les liberen de sus hijos de
19 y 20 años.
Venía
yo reflexionando sobre esta cuestión, porque mis alumnos de 17 años,
de la asignatura de
Historia de 3º de BUP, son incapaces de seguir un discurso y
reconstruirlo de forma
coherente y razonada, son incapaces de razonar. Han aprendido en algún
momento que el estudio de la historia consiste en memorizar datos y no
hay manera de sacarles esa idea
de la cabeza. Hoy le ponía a uno una analogía con las matemáticas y
me decía que las matemáticas
son otra cosa. Por más que se les repita y se les demuestre son
incapaces de comprender que el método básico de todas las ciencias
siempre es el mismo. Peor aún, no se
cuestionan la realidad ni el método. A los 17 años tienen el mismo
desarrollo mental que tenían
los chicos de 10 años hace tan sólo una o dos generaciones.
He
recordado cómo una vez, hace ya años, vi a un profesor poner las notas
de un grupo de alumnos del antiguo Pre-Universitario, de chicos de 16 ó 17 años,
y le mostré mi sorpresa de que todas
fueran de 8 hacia arriba y el profesor me explicó que a esa edad los
chicos tienen ya un sentido
de la responsabilidad equiparable al de los adultos y que todos estudian
muchísimo. Ningún parecido con los nuestros de su misma
edad, que ni estudian ni piensan ni
tienen sentido de la responsabilidad.
Ayer
me sucedió con los del último año de la ESO, de 16 años: Eran
incapaces de recordar lo
que les expliqué el día anterior, no ya reconstruir el discurso y el
razonamiento, es que no sabían
de qué habíamos hablado. Tal vez yo sea muy malo como profesor, sin
duda soy muy malo, pero a mí
los alumnos me llegan con esa edad y si a esa edad no saben pensar ni razonar, ya es muy difícil que aprendan a hacerlo.
Quizá
nosotros, como padres, tenemos mucha culpa: Les hemos dado una vida
regalada y ahora entendemos
que sólo la necesidad aguza el ingenio. Siempre he sido de izquierdas, pero
ahora empiezo a tener algunas dudas. La izquierda siempre ha luchado por
conseguir unos derechos
sociales, sanidad, enseñanza... Hoy en este país la enseñanza
gratuita está embruteciendo a los chicos. Todo lo que no se paga, todo lo
que no supone un esfuerzo, no se
valora, y ellos no ven el esfuerzo que ha costado llegar a la enseñanza
gratuita. Como dice un
compañero, los chicos están estabulados en los institutos, los padres
los aparcan allí a la
espera de un milagro que nunca llega, de que algún día encuentren
trabajo.
Cuando
los socialistas hicieron la reforma educativa idearon una educación
obligatoria y uniforme para todos hasta los 16 años, querían
socializar el saber ya que otra cosa no podían. La realidad es que a partir de los 10 ó 12 ya hay
chicos que, por diversas razones, se
niegan a estudiar. En consecuencia son esos chicos los que marcan el
nivel. En primaria las
directrices del ministerio son siempre las mismas, las exigencias deben
ser las mínimas imprescindibles para que pasen todos, todos deben pasar, no se
puede suspender, es políticamente
incorrecto suspender. En consecuencia cuando llegan a secundaria apenas
si saben leer, pedir que
piensen es pedir peras al olmo. Tienen la mente en blanco, lo cual sería bueno si al mismo tiempo no la tuvieran endurecida de
tanto no hacer nada. Y los chicos
valiosos o se malean o se van a la enseñanza privada que se las apaña
para seleccionar a sus
alumnos, cosa que no podemos hacer en la pública o estatal, que se ha convertido así en vertedero o establo, al decir de mi colega.
En fin, no sé si me habré expresado con claridad, pero la situación es penosa y comienza a ser alarmante. A veces digo a mis alumnos, por ver si reaccionan, que parecen marcianos, porque no saben pensar los problemas humanos, que la historia no hace más que estudiar los problemas de los seres humanos cuando viven en sociedad, pero ellos no deben ser humanos porque no entienden nada, el miedo, el hambre, el dolor, todo eso les es ajeno y por eso no entienden nada. Les pido que vean los informativos de la televisión para que conozcan cómo hay gente en el mundo que sufre y padece y muere de hambre y en guerras absurdas... Rara es la semana que no hay que recoger en el Estrecho los cadáveres de decenas de inmigrantes ilegales que se juegan la vida en una barca huyendo de África. No se enteran y, si se enteran, no les dice nada, no se conmueven. Están ciegos y sordos. Son un pedazo de carne con ojos, que dice mi colega, ni ojos tienen. Sólo les interesa reunirse con los amigos los fines de semana y emborracharse con cerveza, que dejan las calles donde se reúnen llenas de basura y porquería.
Aunque
hay algunos muy valiosos que militan en diversas ONG.
Un chaval de quince años, alumno de 4º de ESO, con un historial de absentismo continuado, ha muerto electrocutado en la calle en horas clase; al parecer el Instituto donde estaba matriculado había avisado reiteradamente a sus padres sin obtener respuesta.
(De los periódicos, 6-III-2001)
Desde el triunfo de la revolución liberal el sistema educativo se ha asentado en dos instituciones, la familia y la escuela: la primera transmitía valores y afectos, más o menos lo que la LOGSE llama actitudes; la segunda, hábitos e información, o sea, conceptos y procedimientos. Pero hoy tanto el Estado como la familia, en plena revolución y sin tiempo para ocuparse de los hijos por imperativos del mercado, pretenden que sea la escuela la única transmisora de todos los contenidos.
Sucede que la misma sociedad que se organiza en función del mercado, que prima el individualismo y la codicia más feroces, la competitividad a cara de perro, pretende, sin embargo, que la escuela transmita valores de solidaridad, de tolerancia y de respeto, que no cotizan en el mercado. ¿No es una contradicción? Es la competitividad y no la solidaridad lo que inspira las voces de quienes afirman que las pensiones no serán posible o que piden que las mujeres se financien su embarazo. Aunque acaso sea una manera de justificarse o de lavar su mala conciencia.
Por otro lado, ¿quién paga a los educadores que deben transmitir afectos? Los afectos son impagables, sólo con afecto se puede pagar el afecto y sin embargo la profesión docente está escasamente reconocida por la sociedad. No obstante los docentes ponemos en nuestra labor un afecto que sólo algunas veces se ve recompensado, ahora incluso se nos pretende quitar las vacaciones de carnaval. Yo no quiero ser profesor porque los profesores son unos amargados, me dijeron que decía un alumno, y un colega me comentaba que se implica lo justo para sobrevivir y no acabar en el psiquiatra.
Más aún, ¿cómo puede la escuela, con los medios actuales, remendar los descosidos y desgarros que en la mente de un chico originan la deserción, total o parcial, de tantas familias? E incluso cuando tuviera los medios, el afecto de donde surge el ejemplo y la autoridad moral capaces de inspirar aquellos valores, sólo se pueden encontrar en la convivencia familiar y sólo la autoridad familiar puede prestar a la escuela el apoyo estratégico necesario para su labor. Educar en la libertad suena muy bien, pero, si no hay autoridad moral, es muy fácil que esa libertad derive hacia el caos, porque los chicos aún no distinguen ni tienen sentido de la responsabilidad.
Un alumno de 4º de ESO ha muerto electrocutado mientras estaba en la calle en horas clase. Los chicos se saben impunes y no respetan ninguna autoridad. ¿Cómo se soluciona este problema?
Lionel Jospin y la violencia escolar
El presidente del Gobierno de la República Francesa, Lionel Jospin, acaba de descubrir que la violencia escolar es un problema político.
El derecho de los demás, la vida en convivencia, la vida misma exige aprender a renunciar. Sin embargo ésta es una disciplina que no se enseña, que incluso se contradice con el modelo de sociedad que cultivamos o nos imponen: Si siempre lo has tenido todo, por qué vas a cambiar ahora, dice el anuncio de una marca de automóviles que muestra a un bebé rodeado de juguetes. Hoy escuché cómo un colega hablaba de una niña de cuatro años que conseguía todo cuanto le apetecía con lloros, gritos y pataletas ante las que sus padres se rendían agotados, y la niña, consciente de ello, no ahorraba medios de extorsión segura de ganar siempre. Otro decía de un adolescente que amenazó con un cuchillo a sus padres, que tal vez se rindieron en otro tiempo ante sus lloros, para obtener no importa qué cosa...
Ahora el primer ministro francés descubre que la violencia escolar, la violencia de quienes no saben renunciar a nada y están dispuestos a todo para conseguir lo que quieren o se sienten frustrados porque la sociedad les niega lo que les promete primero, es un problema político para cuya solución reclama la colaboración de los agentes sociales: escuela, familia e instituciones locales.
La violencia escolar es un problema político de mayor envergadura de lo que afirma el señor Jospin. La violencia escolar se prolonga los fines de semana en carreteras y discotecas, los domingos en los estadios, con su secuela de muertes y heridos. La violencia forma parte del sistema, está instalada en el corazón del sistema que de un lado desarma a las familias por imperativos del mercado y por otro nos impulsa a consumir sin renunciar a nada.
Semejante propuesta en un mundo de recursos limitados, amenazado de superpoblación, desertización y cambios climáticos, es una bomba de relojería segura. ¿Se atreverá el señor Jospin a enfrentarse al sistema? ¿Alguien podría avisar al señor Aznar para que ponga su bigote en remojo?
Tengo 56 años. Soy profesor de ESO y antes lo fui de bachillerato. Me han reciclado a golpe de ley. Antes tenía alumnos en general dispuestos a estudiar, hijos de padres que presionaban o estimulaban a sus hijos para que estudiaran. Ahora tengo alumnos encerrados contra su voluntad, cuyos padres se dan por satisfechos con que sus hijos no vagabundeen por las calles. Afortunadamente no son mayoría, pero esa minoría, mayoritaria en algunas aulas, basta para torpedear el normal funcionamiento de una clase, porque no hay manera de obligarles a hacer nada, a permanecer en silencio, a que dejen trabajar, nada les estimula, mis compañeros y yo no conseguimos encontrar nada que les estimule. Sólo me interesa el fútbol, me dijo un día uno de quince o dieciséis años. Se saben absolutamente impunes. A veces conseguimos expulsar a uno, a veces otro, con los dieciséis recién cumplidos, se va, ¡el cielo lo bendiga!, a veces conseguimos convencer a otro para que se vaya a lo que llaman Garantía Social, un lugar donde le enseñan algún oficio manual. Pero la mayoría se quedan hasta los dieciocho años, ¿dónde van a estar mejor? En casa tienen todas las necesidades cubiertas, incluso gastos de fin de semana (me vas a obligar a robar, le dijo uno a su madre cuando ésta le amenazó con retirarle la paga semanal si no cambiaba de comportamiento), y en el Instituto un lugar donde ver y estar con los amigos, un club, un casino. Tienen todos los derechos y modos efectivos de reclamarlos, pero los deberes no hay manera de hacérselos cumplir, nada se puede contra ellos. Por supuesto que hace falta disciplina y medios para imponerla, pero sobre todo hace falta cambiar la estructura y función de la familia actual, hacen falta pedagogos, psicólogos, sociólogos y psiquiatras (los viejos profesores de bachillerato sólo somos matemáticos, físicos, historiadores... y tal vez pedagogos empíricos), sin embargo la LOGSE no previó esta circunstancia y la reforma en ciernes me temo que tampoco va por ese camino. Mientras, la enseñanza concertada, que pagamos todos, excluye a estos alumnos por medio de cuotas especiales, que sus padres no están dispuestos a pagar o tal vez no pueden, porque para ellos con que permanezcan recluidos ya basta.
(La SER, 25-abril-02)
Itinerarios e izquierdistas utópicos
Me han visitado los padres de uno de los alumnos más brillantes del curso de 2º de ESO del que soy tutor y se me han quejado de que muchas veces quedan los temas sin explicar porque los profesores no pueden hacerlo ante el desorden que reina en la clase debido a un pequeño grupillo de alborotadores, y de que este grupillo tiene asustados a los chicos que estudian y sacan buenas notas porque los insultan incluso llegan a agredirlos por este motivo.
A todos estos chicos se les ha aplicado ya distintas medidas disciplinarias (normalmente la expulsión temporal del centro), pero es en vano, en cuanto vuelven a clase, vuelve el desorden y los problemas. La orientadora psicopedagógica nos ha aconsejado que intercalemos a estos alumnos con los buenos y aplicados, pero no nos atrevemos a ponerlo en práctica porque intuimos que sería peor.
En definitiva, no se trata de aplicar tal o cual pedagogía para reconducir a estos chicos, se trata simplemente de que no es éste su lugar, se trata de que estos chicos necesitan otro itinerario curricular, por mucho que griten contra ellos los izquierdistas utópicos que nunca se han enfrentado a una clase. ¿O acaso tenemos que discriminar y perjudicar a los alumnos brillantes (tengo dos alumnas chinas que son un encanto: trabajadoras, cuidadosas, ordenadas, correctas...) poniéndolos en peligro de echarse a perder o de no aprovechar toda su capacidad?
(mayo, 2003)