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    Tramo 3°. Sevilla-Madrid

    Carmona: casas de la plaza Algo se muere en el alma cuando un amigo se va... A treinta kilómetros de Sevilla pasaremos junto a Carmona, que ya hemos visto desde la vega del Guadaira; ibérica y romana, mora y cristiana, fue y es una de las ciudades más hermosas de Sevilla.

    Y Écija (K- 440), la ciudad del sol y de las torres (son once y quince espadañas las que se alzan al cielo), acaso la más rica y la más bella. Ninguna de las dos ha tenido la suerte o la desgracia del desarrollismo industrial de Alcalá y así las dos han podido conservar su paisaje urbano histórico, más propio del siglo XVIII que de nuestro tiempo.
    Écija: un palacio
    Ya dentro de la provincia de Córdoba, la autovía sortea La Carlota, otro de los pueblos creados por don Pablo Olavide, de planta ortogonal como un campamento romano y arquitectura neoclásica.

    Mihrab de la mezquita de Córdoba
    Córdoba se ve desde lo alto de una loma redondeada, esas lomas femeninas del paisaje cordobés que evocan galopada de jinetes árabes sobre nerviosos y elásticos corceles, tendida junto al río al pie de la sierra. La mezquita y el puente romano se ven Un patio de vecinos de Córdoba enseguida. Siempre Roma y el Islam forman el esqueleto de las ciudades de Andalucía; sobre el esqueleto, la musculatura barroca del cristianismo; y muy dentro, en las entrañas, el gótico se entrelaza con el mudéjar.

    Córdoba fue durante mucho tiempo la primera ciudad de Occidente, la más poblada, la más rica, la más culta, la más bella; alcanzó su cenit durante los reinados de Abd ar Rahmán III y de su hijo al Hakam II, en el siglo X, pero aún en el siglo XI tuvo los mejores poetas y los mejores filósofos y su fama llegó a todos los rincones de Europa, tanto que una monja alemana inquieta y curiosa quiso venir a conocerla. De ese esplendor sólo nos queda la mezquita, joya sin par, en cuyo mihrab trabajaron musivaras cedidos por el emperador de Bizancio, y los versos inalcanzables de Ibn Hazm:
      

    Nos deleitamos entre las blancas flores del jardín,
    agradecidas y encantadas por el riego de la escarcha:
    rocío, nube y huerto perfumado
    parecían nuestras lágrimas, nuestros párpados y su mejilla rosada.


    Córdoba: una ventana de la calle San Fernando Andújar, junto al Guadalquivir, sobre el que tiende un puente romano que habla de sus orígenes, huele al aceite de sus almazaras. Estamos de nuevo en tierras de Jaén, nos adentramos en el mar de olivos. Otra vez los pueblos de Pablo de Olavide: Guarromán, Carboneros, La Carolina, Santa Elena... Otra vez la Meseta y La Mancha. Comienza el tiempo de la reflexión y el recuerdo.

       


      anilo@pntic.mec.es
      © Aurelio Mena Hornero: Texto y Fotografías.


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