Camino de Santiago

Vía de la Plata

 

Aurelio Mena Hornero

 

Día noveno, 26 de junio, martes

Fuenterroble – Salamanca, 54,8 kms.

A las 8:10 aún quedan restos de niebla y hace un frío tremendo. Media hora después la niebla ha desaparecido y el cielo es de un azul purísimo, pero el frío y el viento contrario permanecen. Ese día Salamanca ha dado la mínima peninsular con 9º.

El Peregrino sale con los ciclistas divertidos, que a poco sin embargo se echan al monte, quiere decir que toman la vereda que hipotéticamente sigue la vieja calzada. El Peregrino en cambio prefiere el asfalto de las carreteras locales, como ya queda dicho. Desde Frades de la Sierra se sube continuamente hacia una serranía con perfil de parque eólico. Tome la carretera que va hacia los molinos, le ha dicho un lugareño. La subida se hace muy penosa por el viento contrario y el frío. Las hierbas de la cuneta parecen animadas por un demonio loco que las impulsara a correr. No es extraño que en aquella edad dorada en que los dioses andaban desparramados por el mundo, los griegos creyesen que los vientos se originaban por el soplo caprichoso de los inmortales movidos por el prurito envidioso de perjudicar a los tristes mortales. Arriba la carretera discurre por un bosque de robles y luego baja levemente hacia un páramo. Nadie pasa por ella. En esta zona está el Pico de la Dueña, la mayor altura de esta parte del Camino, comentó el guardia civil, donde pensaba comerse el bocadillo que encargó en el mesón.

En San Pedro Rozados al fin encuentra el Peregrino un bar donde tomar un café. Tiene puerta doble, indicio seguro de que el frío y el viento son habituales en aquel páramo de sementeras y cereales aún sin madurar.

Luego el camino se le hace fácil y rueda con soltura, acaso porque ya no hace tanto frío y tiene las piernas calientes.

SalamancaEntra en Salamanca por el puente romano y llega al albergue, a un costado de la catedral, en la calle Arcediano, junto al huerto de Calixto y Melibea. Son las 12:20 y el hospitalero, un alemán con aspecto de monje (aunque luego sabrá que su esposa de setenta años es profesora y aún no se jubila. ¡Qué tesón y energía!), le dice que sólo puede dejar el equipaje y la bicicleta, sin embargo para entrar deberá esperar hasta las cuatro de la tarde. ¿Y no me puedo duchar?, pregunta alarmado el Peregrino. No, contesta contundente el alemán. ¡Por la barca de Santiago! Al Peregrino, que se le hizo un tanto duro habituarse a los albergues y ya se va acostumbrando a ellos, se le pasa por la cabeza irse a un hostal, pero es tan encantador el lugar, tan acogedor el propio albergue... ¿Cómo me voy a quedar con el sudor que llevo encima hasta las cuatro? El alemán vacila. Vale, puedes ducharte, pero tienes que terminar antes de la una. Antes de la una estoy yo en calle y me sobra tiempo. Corre el Peregrino descalzo escaleras arriba, porque tampoco se puede subir a los dormitorios calzado, con peligro de resbalar por el piso encerado. Toma lo necesario, baja a la ducha. ¡Qué trajín! Y antes de la una está en la calle.

Salamanca. ¿Qué decir de Salamanca? El Peregrino, que está recién jubilado, se reencuentra con su juventud universitaria, cuando desde Madrid visitó por primera vez Salamanca. Catedral, Colegios Menores, Casa de las Conchas, la Clerecía, tan monumental y jesuítica. El recuerdo imborrable de don Miguel de Unamuno. La calle Real, ahora peatonal, es un hervidero de gente.

Mientras consume el menú del día en una terraza de la calle Real, ve pasar a los ciclistas divertidos y bulliciosos aún montados. Acaso están dando un paseo hasta las cuatro. Pasa una muchacha rubia, ágil el paso de Diana cazadora, amplia falda cruda y corpiño semiabierto que muestra las tetas temblorosas. ¡Qué hermosura! Enfrente dos hermanas iguales... El sol inunda la calle de lado a lado y empieza a calentar.

Huerto de Calixto y MelibeaEl Peregrino llega al albergue dos minutos antes que el hospitalero alemán, que lo hace a las cuatro en punto con tópica puntualidad germana. Sube al dormitorio, el mejor de todos los albergues con las mejores camas, pero casi no puede dormir la siesta, porque se le ha pasado la hora y comienza a llegar gente, los ciclistas bulliciosos, que se guasean de las normas de la casa o del alemán. Dos mujeres, madre e hija, canadienses, que vienen a España porque en Canadá no se puede andar, que siempre llueve. Una mujer mayor con un brazo escayolado, se ha roto el brazo, le explicó el hospitalero, que el Camino tiene sus peligros, acompañada de un joven. Cuando el Peregrino sale dos horas más tarde llegan dos muchachas, española una, italiana otra de ojos verdes infinitos, en busca de información, que les gustaría hacer el Camino. «A mí me gustaría hacerlo con ellas», anota el Peregrino.

En el huerto de Calixto y Melibea los acantos están en flor.

En la catedral una lápida dice que el obispo Bobadilla puso la primera piedra en 1513. En Granada y Málaga estaban más al día por esas fechas.

De vuelta el Peregrino ayuda al hospitalero alemán, que le dice cómo ha hecho dos veces el Camino, desde Vezèlay y Puy, a hacer sus deberes de español o castellano.


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