Están clavadas
dos cruces...
(De vencedores y vencidos)
En Sevilla están clavadas
muchas cruces, acaso más que en ningún otro lugar del mundo, algunas de las cuales salen a
la calle durante la semana, con la luna de primavera en el cielo, en que se conmemora la
pasión y muerte del que se llamó a sí mismo Hijo del Hombre.
Porque
de igual modo que los antiguos griegos, particularmente los atenienses, erigían estatuas a
los jóvenes campeones que habían triunfado en los juegos panhelénicos y consagraban
imágenes a Febo Apolo, así los andaluces, particularmente los sevillanos, levantan cruces
con el Hijo de Dios clavado en ellas por mandato de la autoridad imperial romana a petición
de quienes en su palabra veían un peligro para el orden político y social vigente.
El de los atenienses era un rito
apolíneo, heroico, en que se exaltaba la belleza, la felicidad y la vida; el de los
sevillanos, sin embargo, es un rito dionisíaco (antes y después el vino fino y la manzanilla
corren por las tabernas) en que se gloria el sufrimiento, el dolor y la muerte.
El de los griegos era un
rito de vencedores, porque era la nobleza que competía en los estadios quien inspiraba a los
artistas; una liturgia de vencidos es la de los sevillanos, porque son los gremios de
trabajadores y artesanos, en inmensa mayoría, los que encargan y sacan en procesión unas
imágenes que evocan el suplicio de un condenado, de un rebelde antisistema. Lo cual no impide que
también los poderosos asuman y se apropien de los ritos, la liturgia y las imágenes,
lo vienen haciendo desde Constantino.
Porque desde los tiempos de la reconquista cristiana el pueblo
andaluz es un pueblo vencido y sojuzgado, entregado a la codicia de los poderosos. ¿Acaso ha
habido en algún otro lugar de este país una mayor concentración de la riqueza? ¿Acaso no
ha sido esa concentración de la riqueza en unas pocas manos la que ha impedido
el desarrollo económico
y social de Andalucía?
Así, los andaluces, y en
particular los sevillanos, proyectaron sobre el Hijo de Dios clavado en la cruz, un vencido
que al final saldrá vencedor, todas sus ansias de redención y libertad, de revancha contra
los poderosos, la propia Iglesia incluida (no otra fue la razón de la quema de imágenes por
las "turbas revolucionarias", la siempre temida rebelión de los vencidos), que los
oprimían, especialmente en un momento, el siglo XVII, en que el sueño imperial de la
Monarquía se desvanecía, se hacía más oprimente el poder de los grandes y las pestes
sucesivas los empujaban a la desolación y la muerte.
Así las cruces y crucificados se levantaron como un clamor mudo.