Viaje al Otoño

en los valles de Aneu y Boí

 

Aurelio Mena Hornero

 

Porque la idea es contemplar cómo la naturaleza se viste de otoño.

Jueves, día 18. La "seu vella".

Ya avanzada la mañana salen los excursionistas de Madrid. La AEMet anuncia una borrasca que atravesará Cataluña durante el fin de semana, pero la programación de un viaje es complicada y deciden asumir el riesgo. El cielo está casi cubierto.

A primera hora de la tarde se detienen en Lérida o Lleida, como dicen las señales de tráfico, y comen en la plaza de San Joan en un “Café&Té” a falta de algo más castizo. Luego suben a la ciudadela en ascensor, que los ayuntamientos se esfuerzan en facilitar los pasos a los turistas. Una flecha que indica en sentido contrario el camino hacia la “seu vella” los confunde, porque la "seu vella" es precisamente la que ahora contemplan: Un edificio románico con añadidos góticos, como los dos absidiolos del tramo sur del transepto, la torre hexagonal o los ventanales vacíos de la nave central.

 

Sin duda por eso su aspecto abandonado. La puerta románica del transepto sur tiene un estilo preciosista que recuerda al del monasterio de Silos, con arpías y ramos entrelazados.

 

La "seu nova" se construyó al pie de la ciudadela durante el reinado de Carlos III, naturalmente en estilo neoclásico.

Ha anochecido cuando los excursionistas llegan al “Nou Camping” en la Guingueta d’Aneu y se alojan en una cabaña pequeña muy agradable con dos habitaciones dobles. 

No ha llovido, sopla viento fuerte y la temperatura es suave. Cuando se acercan las lluvias, dice la recepcionista, sube la temperatura. Luego de instalarse, dan un paseo por la carretera, La Guingueta es un pueblo-calle, y recogen nueces caídas, tiernas y dulces, aunque chicas.

Viernes, día 19. El lago San Mauricio

Por la mañana los excursionistas suben a Espot a través de la morrena terminal de un viejo glaciar: un enorme conglomerado de grava y rocas de diversos tamaños por el que la carretera trepa de lado formando curvas continuas, y contratan un taxi para alcanzar el lago San Mauricio, que ya no se puede subir en coche particular. El conductor es un guardia civil retirado por artritis y cuenta que tuvo un compañero gitano, una bellísima persona, resalta, pero avaló el préstamo de un amigo que no pagó, se vio metido en un lío y se sintió tan mal que se pegó un tiro.  Trató de simular que se le había disparado el arma al limpiarla, para que su familia pudiera cobrar la pensión, pero tenía restos de pólvora en la sien, por lo que se descubrió la verdad.

Llueve sobre el lago San Mauricio y los Encantats entre la niebla parecen dos fantasmas gigantes.

 

Impetuosos torrentes caen desde las cumbres. El amarillo de hayas y abedules destaca sobre el verde de pinos y abetos. Toda la tierra rezuma agua.

Dan luego un paseo por Esterri d’Aneu, que ha crecido a impulsos de la avalancha turística, aunque tanto las viejas casas remozadas como las nuevas son de piedra con cubierta de pizarra y aún conserva en las esquinas los azulejos que indican el itinerario del vía crucis, y compran filetes de vacuno y una botella de vino para la comida. Exquisitos el vino y la carne.

Por la tarde caminan bordeando el Pantá de la Torrassa, donde dos o tres pescadores están metidos hasta la cintura, y llegan hasta el mirador de la Mollera de Escalarre, un observatorio de aves sobre el embalse, pero sólo se ven patos o ánades, aunque los carteles explicativos muestran gran variedad de ellas.

Sábado, día 20. San Clemente de Taül

A media mañana abandonan los excursionistas el camping y paran en Esterri a comprar el periódico y tomar un segundo desayuno. En la Oficina de Turismo les recomiendan volver a la carretera nueva, que elude las antiguas curvas, y subir a Son, convertido ya en pueblo de veraneantes y herederos que han conservado la casa de sus mayores. La iglesia tiene una torre semejante a la de San Clemente de Taül, o sea, varios cuerpos de ventanas cada vez más ligeros coronados por una estela de arquillos ciegos. La vista sobre el valle es hermosísima.

Pasan al valle de Arán por el puerto de la Bonaigua (2.072 mts.), donde se encuentra la estación invernal de Baqueira Beret (el que esto escribe disfruta recordando cómo un día lo subió en bicicleta cuanto hizo la Travesía del Pirineo) y el viento golpea con fuerza. La bajada a Vielha, entre agudos picachos y jirones de niebla en las montañas del otro lado del valle, es bellísima. Se detienen en Artiés, otro pueblo remodelado por veraneantes y esquiadores: La iglesia, como la de Son, tiene muy cerca el bastión de una muralla antigua. Hay una casa gótica muy evocadora con curiosos relieves en la ventana.

En Vielha los excursionistas hallan un restaurante en la plaza del Ayuntamiento: Olla aranesa, una sopa de verduras con trozos de butifarra blanca, negra y carne, butifarra a la brasa y crema catalana de postre. Sobre el edificio consistorial una placa recuerda que en 1924 SM el Rey Alfonso XIII, gobernando “un directorio militar”, fue el primer “monarca español” que pisó suelo aranés.

En la iglesia de Sant Miqueu, en la misma plaza, se exhibe la bellísima cabeza de un Cristo románico que debió formar parte de un descendimiento.

El famoso túnel tiene un carril más en sentido sur y está bien iluminado.

El camping de Barruera es mucho más pequeño que el de la Guingueta y la cabaña tiene dos plantas, pero el comedor resulta estrecho y el televisor está muy alto sobre la cocina. La cabaña es más incómoda. Peor aún: Desde la ventana trasera se ve el río que pasa turbulento a cincuenta metros. Están justo en la ribera. En la televisión han visto cómo en el Pirineo aragonés un río derribaba una casa construida en otra ribera.

A última de la tarde sienten la urgencia de acercarse a Taüll, que hasta las 20:00 no se cierra la iglesia. También el turismo estival y de esquí ha reconvertido el pueblo con varias urbanizaciones que llegan hasta la vieja iglesia de San Clemente, la joya del valle, antes en mitad del prado, una pequeña construcción de estilo románico lombardo: sillería menuda rústica e irregular, como en el prerrománico, tres naves con ábsides semicirculares con ornamentación exterior de arquillos ciegos y puntas de flecha, y una torre, esbeltísima de seis cuerpos en Taüll. Las cubiertas pueden ser abovedadas, como en Santa María, o de madera en este caso. El interior de la iglesia también está reconvertido: una mampara de vidrio traslúcido separa un pequeño atrio del cuerpo del templo, de tal modo que ya no se lo puede ver desde la entrada. Recuerda el viajero una tarde, hace treinta años, que llegó cuando ya estaba cerrado el templo, pero en ese momento el sol poniente se colaba por la ventana de la fachada e iluminaba el pantocrátor del ábside. Lo contempló a través del ojo de la cerradura, obviamente una cerradura de las de antes. Fue mágico, como si contemplara la gloria de Dios. Ahora sería imposible, que ya no hay Dios ni gloria, sólo bancos y mercados.

Todo el interior también está muy cambiado, reconvertido en museo con unas cuantas piezas de época, sin duda pertenecientes al templo, pero que no añaden nada nuevo y sin embargo quitan todo el sabor añejo, porque también la bancada es reciente. Una pena.

Suben a Santa María. Llueve. Cuando termina la misa, entran en la iglesia. El culto ha permitido conservar el antiguo aroma del templo. El cura, un joven con tejanos y pañuelo palestino al cuello -¿estará cambiando también la Iglesia?-, recoge los enseres litúrgicos. En un lateral de la entrada se conserva un viejo retablo de un barroco rural muy colorista que seguramente cubría la pintura mural románica del ábside, la Virgen María en majestad con el Niño, rodeada por los tres Reyes Magos.

Domingo, día 21. Los colores del otoño

De nuevo la lluvia, pero el cauce resiste la violencia del río. Sólo a primera hora de la tarde, cuando almuerzan en Taüll deja de llover y sale el sol.

Por la mañana van a Durro. La torre de la iglesia es casi tan alta como la de San Clemente, una planta menos. Termina la misa y entran. Un retablo barroco, muy parecido al de Santa María, cubre el ábside, tiene un gran encanto en su rusticidad. El cura es el mismo joven que vieron en Taüll.

La iglesia de San Joan de Boí, a la que no pueden entrar porque está cerrada, tiene restos de pinturas sobre la puerta lateral.

Luego suben a Caldas de Boí donde hay un parque con servales llenos de frutos rojos, un balneario y hoteles vacíos, que suelen cerrar a principios de otoño, entre la temporada de verano y la de invierno. Siguen subiendo hasta divisar la presa de Cavallers a través de un bosque encantado de colores mágicos, entre los que destacan los manzanos con sus frutos de un rojo y verde muy vivos, como salidos de la paleta de Cézanne. De vuelta otra vez se detienen en el balneario fascinados por los colores del parque, toda la gama del amarillo cadmio de los abedules al rojo cinabrio de las bayas.

Almuerzan en Taüll. Todos los restaurantes están cerrados, pero en la tienda de juguetes artesanos los informan de uno en la urbanización nueva junto a la carretera. Es pequeño y agradable, está casi lleno y comen bien: escudella, butifarra a la brasa con verduras asadas y un buen vino joven.

Ha salido el sol y se entretienen en hacer fotos a la iglesia de San Clemente. Un enorme perro negro los sigue aburrido.

La iglesia de Cardet tiene espadaña y ábside que se hunde en el abismo.

Lunes, día 22. Benabarre

Amanece despejado, con frío, 3,5º, y nieblas en el fondo de los valles e inician el regreso luego del desayuno. Ya ni se acuerdan de Coll donde el mapa indica otra iglesia. Paran en El Pont de Suert a comprar el periódico. La iglesia es nueva y amplia con una portada ojival que tiene un vago eco de las tradicionales por el tipo de sillares y los arcos ojivales concéntricos. En el ábside hay un pintura mural de estilo neomodernista con ángeles esbeltísimos que acompañan a María, representada en altorrelieve, que sube a los cielos.

Luego siguen la señal de tráfico que indica Lérida, pero los lleva a Benabarre y traza un rectángulo por una carretera muy virada. Ni se acuerdan que el desvío hacia el valle de Aneu lo habían hecho en la Pobla de Segur, pero parece que la distancia es menor, ocho kilómetros menos, que por la Pobla.

Benabarre está en lo alto de un cerro que domina un viejo castillo muy remodelado en tiempos modernos para su utilización por fusileros: todas las almenas tienen troneras, también hay varias bocas para cañones y dos o tres garitas para centinelas con bovedillas de ladrillo. Queda la traza de una iglesia románica similar a la de Taüll: Tres ábsides independientes sin crucero. Sancho Ramírez, hijo de Ramiro I de Argón y nieto de Sancho III de Navarra, conquistó la plaza en el s. XI.

En la calle Mayor hay una chocolatería con obrador que muestra los útiles artesanos. Compran chocolate y bollería exquisita.

En Lérida sí los confunde la señal de carretera: Dice Lérida-Zaragoza por la A2, cuando en realidad es sólo un pequeño tramo, y hacen todo el recorrido por la vieja N-II con mucho tráfico de camiones, así se explica que la AP estuviera tan vacía a la ida, debe ser muy cara o todo el tráfico es muy local... ¡Claro, llaman A2 a la N-II! Como si los nombres cambiaran las cosas.

El día es luminoso, aunque se van amontonando las nubes, sobre todo en la Ibérica. Hay obras por la Alcarria y llegan a Madrid y la M-40 en plena hora punta.

Laus Deo.


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