Tras la huella del caballero andalusí

 

(Viaje a Bretaña 

pasando por Normandía)

 

Lunes, día 2, Caen

Martes, día 3, playa Juno, Dinan

Miércoles, día 4, Mont Saint Michel

Jueves, día 5, Rennes

Viernes, día 6, Brocéliande, Vannes

Sábado, día 7, Carnac, Pont Aven

Domingo, día 8, Angers

Lunes, día 9, Chartres, Paris

 

El viaje a Bretaña era una antigua aspiración desde que mis compañeras del IES Larra la visitaron a finales de los años 80, acrecentada más tarde cuando escribí “Llega un caballero de al Andalus”, pero diversas circunstancias inexplicables lo han ido retrasando hasta ahora.

Lunes, día 2, Caen

Por fin el 2 de septiembre de 2013 despegamos de Barajas a mediodía y tomamos tierra en el aeropuerto Charles de Gaulle de París a primera hora de la tarde.

Probablemente las carreteras francesas están bien señalizadas, pero el sistema es algo diferente al nuestro, lo que a veces nos causó más de un error, que habíamos alquilado un coche. Salir del entorno del aeropuerto y tomar la ruta de Caen, en Qond no Con, me dijeron en un centro de información turística, que la nasalidad de las vocales es inefable para un oído español, nos costó más de una vuelta y revuelta, a pesar del mapa, porque el “smart phone” con GPS no pillaba onda.

Llegamos a última hora de la tarde y un hombre que salía en coche de un aparcamiento nos guió hacia el hotel escondido en la ciudad universitaria. Esta clase de ayudas sería habitual y nos permitió sobrevivir en un entorno que se nos hacía difícil. Gente amabilísima. Porque los hoteles de tipo medio no tienen recepcionista humano a partir de las 20 horas. Claro, horario francés al que nos costaba hacernos. Aunque en este caso, al filo del límite, aun estaba la chica de recepción y todo fue bien.

Cenamos en el casco histórico, muy cerca del castillo ducal de altas y poderosas murallas, una calle llena de restaurantes semivacíos. Tenía curiosidad por conocer los callos, que las guías recomendaban como plato típico, pero no me gustaron, no tenían la consistencia ni el aliño de los nuestros, con lo que olían y sabían a tripas, como el propio nombre de “tripes” indica. En cambio la sidra, más oscura y fuerte que la asturiana, sí me gustó.

Nos confiamos quizá demasiado y la vuelta al hotel en la oscuridad de la noche, a pesar de las referencias, resultó tan complicada o más que la primera llegada.

De madrugada me desperté agobiado de calor por el edredón que cubría la cama, pero no había término medio o edredón o nada, ni una sábana ni una colcha. En los días sucesivos aprenderíamos a sacar el edredón de su funda y taparnos con ella. ¿Lo hacen ellos así?

Martes, día 3, playa Juno, Dinan

Caen lo tenemos asociado, mi esposa y yo, a la catedral de Saint Etienne, una iglesia del románico vertical impresionante, de vértigo. Las torres y las bóvedas se empinan hacia lo alto como empujadas por la mano de Dios o al menos por la fe de sus constructores. En cambio a poca distancia el edificio del ayuntamiento, el "Hotel de Ville", es un enorme palacio muy clásico francés y el jardín florido parece trazado por un alumno de Descartes.

Las rúas Arcisse de Caumont y Saint Pierre forman seguramente el eje del casco histórico, llenas de tiendas y edificios añosos, muy animadas. En un café, muy bien surtido de panes y bollería exquisita, tomamos el segundo desayuno. Una delicia.

En la plaza donde habíamos aparcado el coche se levanta una estatua ecuestre a la mayor honra del mercenario y condestable Bertrand Du Guesclin, el Eagle of Brittany o el Black Dog of Brocéliande, según los ingleses, que participó en la Guerra de los Cien Años y en Castilla peleó al lado de Enrique de Trastámara, el Fratricida, contra su rey y hermanastro Pedro I el Justiciero. La imagen es muy apropiada, el guerrero carga a caballo y ya desenvaina la espada. Una mala bestia, aunque no mayor de las que hoy, de corbata y trajes de firma, nos han metido en la situación actual.

Finalmente nos pusimos en marcha hacia las playas del desembarco aliado del 6 de junio de 1944 y llegamos a la Juno en Courseulles-sur-Mer.

El bunker, semihundido en la duna, está a cincuenta metros de la marea alta. ¿Se acuerdan de la secuencia del desembarco en “Salvad al soldado Ryan”? Junto al bunker varias siluetas blancas de soldados recuerdan el instante. De la compañía canadiense que tomó aquel bunker murieron 123 hombres de un total de 150. La playa Juno, que pisamos con profundo respeto, nunca me bañaría aquí, dice mi esposa, está ahora desierta y el silencio es acongojante. Muy cerca hay un obelisco que recuerda el llamamiento del general De Gaulle a la resistencia y lucha por la libertad. Más allá se alza un edificio con la bandera de Canadá, donde se mantiene vivo el recuerdo de los soldados que tomaron la playa.

A pocos kilómetros hacia el Oeste, en Bény-sur-Mer, nos topamos con el cementerio militar canadiense: 2.049 tumbas, principalmente de los soldados de la Tercera División y quince aviadores. En un prado verde se levantaban las lápidas, todas iguales y perfectamente alineadas, como una legión silenciosa. Estremecedor. Un mudo testimonio del horror provocado por la bestia humana, el predador más letal y sanguinario que ha colonizado el planeta Tierra.

Almorzamos en un pueblín marinero, Port en Bessin, un sopa de pescado y una olla de mejillones. La sopa era un caldo espeso de color anaranjado, con un regusto a sardinas, que no nos gustó. Los mejillones, muy chiquitines, aunque con una salsa de nata o mantequilla, pretendían parecerse o innovar, servidos también en una olla esmaltada de negro, los “moules marinières” de Bruselas, pero ni de lejos.

En el cruce de Villedieu Les Proeles nos encontramos cortada la carretera hacia Avranches y Saint Michel, y cuando pregunté al policía que custodiaba el lugar lo único que supo responderme fue Saint Lö. A cualquier pregunta sólo respondía Saint Lö, Saint Lö, Saint Lö. Parecía un contestador automático. Volvimos a Saint Lö, veinte kilómetros, tomamos la dirección de la costa, no entendimos una variante con una señalización confusa y nos dirigimos al Norte en vez del Sur.

Luego de una gran voltereta, cuando enfilábamos el Oeste, teníamos el sol de frente a muy pocos grados sobre el horizonte, y era imposible ver nada. Acaso las gafas de sol que llevaba no eran las apropiadas, pero jamás pensamos que aquel sol fuera el de Bretaña. Tampoco el día siguiente, en que visitamos Saint Michel, lo parecía.

Cuando llegamos al hotel en Dinan, una antigua residencia militar según dijeron, naturalmente ya era tarde y no había recepción humana. Afortunadamente una mujer que salía nos abrió la puerta y nos ayudó a encontrar la llave de la habitación y la clave de acceso al edificio en una pequeña caja fuerte que había junto a puerta de entrada. La casualidad y la amabilidad de la gente nos salvaba.

¡Al fin la habitación y una cama enorme de dos metros!

Miércoles, día 4, Mont Saint Michel

Cuando por la mañana acudimos a recepción a explicar lo que nos había sucedido, la chica nos puso el teléfono de mi esposa en orden: Resulta que había que captar la onda manualmente. ¡Tan listos como se supone que son estos teléfonos! Con los teléfonos primitivos nunca nos había pasado. Con el mío en cambio no lo consiguió.

Nosotros imaginábamos Bretaña como Galicia, una tierra al NO, el finisterre, siempre lluviosa, de cielos turbios o nubosos, pero no hemos visto la lluvia y tan sólo algunas nubes en los últimos días. 

En el elegido para ir a Mont San Michel el cielo estaba absolutamente limpio, de un azul purísimo, ni una brizna de nube, sólo la brisa del mar dulcificaba un tanto el calor.

Nos acercamos al monte andando por la pasarela construida hace poco sobre el tómbolo, al final de la cual las obras aún proseguían, para contemplar el panorama espléndido. Nos pasan algunos ciclistas y nos cruzamos con un cabriolé tirado por dos caballos alazanes. Accedimos por la puerta de la muralla y nos topamos con una bulla espesa y abigarrada que llenaba la angosta calle que subía a la abadía y se detenía a visitar las tiendas innumerables de suvenires y chucherías que se alinean a uno y otro lado.

La iglesia sobre la peña recuerda las iglesias románicas de peregrinación por sus enormes tribunas. En ese momento se celebra una misa a la que desde el presbiterio asisten unas monjas vestidas de blanco, acaso peregrinas.

Desde lo alto el paisaje que se puede observar es impactante: La marea baja ha descubierto un arenal extensísimo sobre el que las aguas en retirada dibujan mil suntuosos arabescos que reflejan el azul intenso del cielo. Lo sobrevuelan bandadas de gaviotas y algún grupo humano, puntitos diminutos, lo recorre y nos da la medida de la distancia enorme.

Debajo de la iglesia hay estancias diversas que sostienen la clave de bóveda que es el templo, un refectorio para cien o doscientos monjes, una sala de invitados y un scriptorium enorme, que llaman La Maravilla. También se ven otras zonas menores empotradas en la roca madre. Todas ellas sostenidas por arcos de medio punto o incluso adintelados y engatillados que sostienen las campanas de las chimeneas. Un espacio apto para un relato de misterio.

Poco antes de salir nos tomamos un bocadillo con una cerveza en una de las muchas tabernas que por allí había: la cerveza, que en el parque Aluche de Madrid me habría costado 2,50 €, allí fueron 9 €. La ley inexorable del mercado, cuanto más tienen más quieren.

El hotel tenía piscina cubierta con agua salada y a la vuelta mi esposa se dio un baño que la restauró. Yo en cambio soy más bien alérgico a playas y piscinas. 

Dinan es una pequeña ciudad con un recinto amurallado completo, que conserva casas centenarias con entramado y pilares de madera al exterior, que le dan un sabor único, a siglos, tradición, amor por el patrimonio cultural. Encantadora. Tiene un Jardín Inglés, exuberante de flores de colores múltiples, abalconado sobre el puerto y el río Rance.

Pero cuando a las ocho de la tarde nos sentamos a cenar en el único restaurante con público ya la ciudad está desierta. Lo sabemos de sobra, pero nos resulta muy extraño.

Tanto como el modo de señalizar las direcciones en carretera: Cuando fuimos a Mont San Michel en la Oficina de Turismo nos dijeron que tomáramos la dirección de Rennes, al Sur, pero al salir de la ciudad en la glorieta distribuidora vimos la dirección de Caen, al Oeste, justamente la de Saint Michel, de modo que tomamos la salida hacia Caen. Pero a poco nos dimos cuenta de que aquella carretera estrecha y sin arcén no era la autovía por la que habíamos llegado la tarde anterior, de modo que en un pueblo preguntamos y nos dijeron que más adelante en Dol de Bretagne o en Pontorson enlazaríamos con la autovía de Saint Michel. Lo hicimos en Dol de Bretagne, que estaba al borde de la autovía. Habíamos recorrido la hipotenusa de un triángulo rectángulo, cuyos catetos eran las autovías. Quizá compensaba para contemplar el paisaje de modo más reposado. Aún con todo la indicación de Rennes, que está al Sur, para ir a Mont Saint Michel despista totalmente.

Jueves, día 5, Rennes

Tuvimos que preguntar varias veces para dar con el hotel y al fin decidimos buscar la Oficina de Turismo en el centro. ¿He dicho ya que el GPS del Smarth Phone no me funcionaba por algo más allá de mi capacidad de comprensión de las nuevas técnicas de la comunicación? O acaso por falta de paciencia para estudiarme el espeso manual, con letra sólo apta para jóvenes con vista de águila, que acompaña al aparato. Aunque en Concarneau, en una oficina de nuestro servidor, el técnico no supo decirnos qué le pasaba. Mejor dejarlo, pero en cuanto llegamos a Madrid recuperó la onda él solito.

La Oficina de Turismo está junto a la catedral neoclásica, semejante a una basílica paleocristiana, y con el mapa que nos dieron llegamos con facilidad al hotel Atalanta, ¡me encanta el nombre, tan clásico!, en la villa universitaria, un lugar lejos del mundanal ruido entre árboles y prados verdes. Para volver a la ciudad por la tarde decidimos que era mejor pedir un taxi: 15 euros.

Rennes es una ciudad universitaria y se nota: todo el centro estaba lleno de jóvenes y en las terrazas de la plaza Santa Ana apenas había un hueco, incluso a la hora en que otras ciudades están desiertas. Sin duda celebraban el reencuentro a comienzo de curso.

El centro histórico se salvó del incendio que en 1720 devastó la ciudad y conserva muchas de esas casas con entramado de madera visto que tan evocadoras las hace.

Regios, muy del clasicismo francés, son el palacio de St. Georges, sede de un convento de benedictinas, que tiene además un espléndido jardín, el Hotel de Ville o Ayuntamiento y el Parlamento de Bretaña.

Camino de la iglesia de Notre Dame pasamos ante la piscina cubierta de St. Georges, de 1925, que evoca unas termas romanas. La iglesia tiene una torre espectacular en la fachada con una imagen de la Señora en lo alto.

Pero la plaza de Santa Ana, con su bulla juvenil y casas de entramado de madera, es el lugar que más nos atrae y donde cenamos a base de creps, galettes y sidra.

En una esquina de otra plaza un grupo de jóvenes toca y baila swing.

¿Cómo volver al hotel? No se ve ningún taxi ni parada. En un esquina de la calle de la Monnaie, próxima a un puente del río, pregunto a un hombre, que muy amablemente llama por teléfono a la estación de taxis y nos cita uno, tan desvalidos debió vernos. Llegó en diez minutos y en poco más nos llevó al hotel: 20 euros. ¿Recargo por nocturnidad? Aunque eran las 20 horas.

Viernes, día 6, Brocéliande, Vannes

Tan pronto salimos, luego de un abundante y buen desayuno, que cuando llegamos al Centro de Información Turística de Brocelianda aún estaba cerrado. En Pelan le Grand abandonamos la carretera general y nos dirigimos hacia Paimpont, un pueblín donde hay un Centro de Interpretación Artúrica con tienda de libros, cuentos, imágenes... Luego nos encaminamos hacia la "Tombeau de Merlin", el mago protector y consejero del rey Arturo que le proporciona la espada Excalibur, pero damos varias vueltas siguiendo las señales sin que la tumba aparezca. A tramos el bosque se cierra sobre la carretera con una bóveda arbórea de robles, castaños..., a tramos se abre con prados y maizales. Las carreteras son estrechas, casi pistas forestales asfaltadas.

Las señales nos conducen de vuelta a un mínimo aparcamiento en el que ya habíamos estado y pregunto a un joven que regresa al coche. Il est là-bas, dice y señala un camino que se pierde en el bosque, muy raquítico en esta parte, entre matorrales. Nada, ninguna señal indica que allí esté la tumba. Nos adentramos recelosos entre la maleza y al fin llegamos a un vallado circular en cuyo centro se levantan dos o tres peñascos rodeados de otro círculo de piedras embutidas en el suelo. Una cartela en madera indica que allí estuvo la tumba de Merlín destruida en el siglo XIX por quienes pretendían encontrar el tesoro supuestamente allí escondido. Sobre ella los mitómanos han dejado pequeños homenajes y testimonios de su presencia: unas cantos o semillas alineados u ordenados de alguna manera. Alguien que estuvo allí señala: «En cuanto a la fuente de la eterna juventud, no hay palabras para describir lo ridícula que era. Más bien era un charco».

Bueno, muchas fuentes no son más. Nosotros renunciamos a buscarla, porque tampoco había indicaciones ni señales de ella.

Ante el castillo de Comper nos detuvimos un instante, pero dada la experiencia anterior no le dimos la vuelta para ver el lago del hada Viviana, aunque siempre recordaré la secuencia en que una mano femenina surge del lago con la espada "Excalibur" y la recoge más tarde al final del filme de mismo nombre, lo entrevimos a lo lejos.

Abandonamos el bosque y nos encaminamos hacia Josselin, Josilin en lengua bretona, un pueblín encantador, en la ribera del canal de Nantes a Brest. Sobre la orilla se alza el castillo al que llega el caballero andalusí y es recibido por el duque de Bretaña y su corte, enorme, con tres baluartes que dan al canal, otro en el lado contrario y fuertes murallas. Nos detuvimos a comer en la plaza adornada con banderolas por la festividad de su santa patrona Notre Dame du Roncier. Dos cicloturistas de alforjas que terminan se ponen en marcha. Antes habíamos pasado por Saint Malo de Trois Fontaines, por las tres fuentes, ¿termales o salutíferas?, que dan nombre a la marquesa que seduce al clérigo narrador de la suerte del caballero de Al Andalus. Léanla, les gustará.

Abandonamos Josilin y tomamos finalmente la ruta de Vannes. Penosas las indicaciones de carretera, he anotado en mi cuaderno de viaje, como de costumbre. Pero la entrada en la pequeña ciudad fue fácil. En la ronda de circunvalación, a falta de nada mejor, entro en una bodega, pregunto al bodeguero por el hotel y el hombre amabilísimo me da las indicaciones oportunas, que nos llevaron enseguida al establecimiento situado en la ronda, muy cerca del Hotel de Ville y de la Porte Notre Dame.

O sea, que el casco histórico nos quedaba a un paso y a diez minutos el puerto. Un lujo.

La ciudad histórica conserva casi completa la muralla y algunas casas con entramado de madera de más de cuatro siglos, calles peatonales y muchos otros testimonios del paso inexorable del tiempo, igual que habíamos visto en otras ciudades, lo que me llevó a una reflexión inevitable: En mi pueblo de la Campiña sevillana las casas antiguas se derriban inexorablemente, como la que habitaron mis abuelos, que ha cumplido ya tres siglos y está sentenciada sin remedio, nadie se toma el más mínimo interés por ellas, el tráfico motorizado es insoportable en travesías por las que apenas cabe y la calle mayor, la Corredera, está llena de coches aparcados en una y otra acera, que rompen la perspectiva urbana, y de viejos caserones deshabitados, muy estimables algunos, por los que nadie se interesa.

En la catedral gótica de Saint Pierre nos aguarda una sorpresa: Hay una capilla dedicada a San Vicente Ferrer, "le saint espagnol", que al parecer vino a la ciudad enviado por la jerarquía, supuestamente para convertir a los bretones. También hay en ella una imagen de San Isidro Labrador, vestido como un burgués o intelectual del siglo XVIII, con una hoz y un manojo de espigas de trigo en las manos. Finalmente nos encontramos con una plaza de Valencia, villa natal de San Vicente Ferrer.

En el puerto, al comienzo de la ría, un cormorán se zambulle en las aguas y pesca, en tanto que unas gaviotas menuditas se disputan las migas que les arroja un anciano. Los muelles están llenos de veleros de recreo.

Naturalmente a las ocho la villa está desierta. Si me lo permiten, anotaré otro contraste cultural: En mi pueblo la gente aún no ha empezado a salir para el tapeo nocturno y las tiendas todavía no han cerrado. ¡Esto como es!, habrían exclamado mis amigos. Claro, mi pueblo está 10º de meridiano más al Sur. Pero en invierno sucede igual. Afortunadamente el mundo es multipolar y variopinto.

Cenamos en el único restaurante con un poco de ambiente que encontramos: “Choucroute”, un plato de marisco y pescado cocidos puestos sobre una base de fideos chinos con una salsa de limón y nata. No nos gustó, se perdía tanto el sabor del pescado como del marisco.

Sábado, día 7, Carnac, Pont Aven

Carnac es uno de los lugares de referencia ineludibles para todo amante del estudio de la historia y la naturaleza humana. ¡Cuánto esfuerzo y trabajo para una cultura con una capacidad técnica mínima! ¿Qué pretendían? ¿Protección, favor? ¿Un balizamiento para atraer las fuerzas estelares? Como dicen que tal vez eran las pinturas de Nazca. De momento nada hay seguro.

Cientos de menhires de diversos tamaños alineados a lo largo de mil o dos mil metros. Tienen la misma potencia mágica que las pirámides de Egipto o las catedrales góticas, aunque no su esplendor.

El túmulo neolítico de Saint Michel no está lejos, pero cuesta encontrarlo entre el laberinto de urbanizaciones playeras. En la base de una breve colina hay una puerta de hierro que cierra el acceso a la tumba. Sobre ella se construyó en otro tiempo “una ermita para cristianizar el lugar”, que afortunadamente no se destruyó como tantos otros, aunque no pudimos visitarlo. Una magia pretendía sustituir a otra magia. ¿Cuál sería más poderosa?

Luego nos esperaba Pont Aven adonde llegamos atraídos por la escuela de pintores, reunida en torno a Paul Gauguin, que reunió nombres como los de Émile Bernard, Maurice Denis o Paul Sérusier y supuso la ruptura de la que surge la pintura contemporánea. Maurice Denis cuenta el principio que la inspiraba:

«A su vuelta de Pont-Aven en octubre de 1888, Sérusier nos habló de Gauguin y nos enseñó, no sin algún misterio, la tapa de una caja de puros en la cual se podía adivinar un paisaje sin forma, sintéticamente expresado en violeta, bermellón, verde veronés y otros colores puros, tales como habían salido del tubo, sin casi mezcla de blanco. ¿Cómo ve usted esos árboles?, había preguntado Gauguin en el Bois d'Amour. ¿Son realmente verdes? Entonces ponga verde, el verde más bonito de su paleta. ¿Y esa sombra es un poco azul? No tenga miedo de pintarla tan azul como sea posible».

La calle central, llena de galerías de arte, mantiene vivo este recuerdo, aunque los cuadros que se exhiben están en línea con la escuela y no aportan nada nuevo. Lástima que el museo estaba cerrado por reforma. En la plaza la Pensión Gloanec, en la que se alojó Gauguin, muestra un lápida con su retrato.

La iglesia tiene una aguja gótica esbeltísima que aparece en algún cuadro del maestro. Pero el entorno que más nos gustó fue el jardín del río Aven que baja ruidoso saltando entre peñas de granito. Allí tomamos un frugal yantar sentados en un banco.

Concarneau es una pequeña  población marinera rodeada de una sólida muralla que da al puerto, cuya calle mayor es una tienda continua con todos los objetos que pueden ser atractivos a los turistas, como la de Saint Michel. Tiene su encanto, pero resulta agobiante.

Salíamos ya del pueblo cuando vimos una oficina del servidor de nuestros teléfonos móviles. Nos precipitamos en ella de inmediato, porque no conseguíamos conectarlos a ninguna red. Una chica muy amable, que además hablaba español, consiguió poner en orden el de mi esposa, que había vuelto a perder la onda, pero no el mío. Misterios insondables de la técnica.

Pensábamos llegar a Quimper, pero se nos hacía tarde y decidimos volver.

Vannes estaba desierto, pero encontramos los restaurantes del puerto muy animados y cenamos en uno de ellos. Exquisito el filete de vaca. Luego dimos un paseo por el muelle observando los barcos de vela, alguno parecía ocupado.

Domingo, día 8, Angers

¿Se puede cerrar el acceso a una ciudad por una fiesta sin indicar direcciones alternativas? Pues con esa situación nos encontramos al salir de la autopista. Todo nuestro esquema para llegar al hotel, que parecía bastante fácil sobre el mapa, se vino abajo por el “Festival Les Accroche-coeurs", un "festival engagé", un "événement participatif", un "éco événement” organizado por La Société des Fêtes et Manifestations Publiques d’Angers.

Pregunté a varios viandantes sin ningún resultado, hasta que al fin una jovencita exclamó: ¡Usted habla español! Eran tres muchachas mexicanas que habían llegado hacía dos semanas y me explicaron que toda la ciudad estaba bloqueada por el festival, me dieron la referencia del castillo y dijeron el modo de encontrarlo.

Hallamos el enorme castillo de los duques de Anjou, mandado construir por Luis IX, el santo, y pregunto a unos policías municipales, que guardan el acceso a la ribera del río Maine, por dónde podía llegar al hotel. Muy amables me indican el itinerario alternativo, pero equivoco una de las avenidas o el policía no había contado bien, aparcamos de mala manera en una esquina donde hay un tíovivo y el gentío festivo se espesa. Un rótulo indica que la Oficina de Turismo está a 12 mn. Hacia ella me encamino por una calle peatonal en la que se amontonan las tiendas de moda, Zara, Sephora..., me recuerda a Preciados o Sierpes, lo que me permite observar diversos escenarios de la fiesta, pasar ante la catedral y el “hotel de ville”, y toparme con una casa de entramado de madera portentosa, enorme, con tallas en todos los pilares y esquinas.

El hotel, un edificio nuevo de ocho plantas, estaba relativamente cerca, pero a la hora de la “diner”, así me dijeron por teléfono, aunque yo entendí DINA, de 14 a 16 horas, permanecía cerrado y sin recepcionista. Glorioso. Media hora permanecimos esperando en el vestíbulo, cuyo acceso nos facilitó uno de los residentes.

La bulla festiva rebosaba por todo el centro de la ciudad: titiriteros, malabaristas, músicos, un tipo con un manto de emperador tardo romano dialogaba con el público junto a uno de los puentes del Maine... Quioscos de comida y bebida.

La catedral de San Mauricio es románico gótica con baldaquino barroco, tapices del gótico al manierismo y vidrieras góticas. Una de ellas está especialmente señalada con un panel en que se dice que representa a San Vicente de España, un clérigo aragonés, mártir bajo Dioclesiano.

Pasamos de nuevo ante el castillo de murallas enormes, quizá las más altas que hayamos visto jamás, cuarenta metros o acaso más, en cuyo foso había un exquisito jardín trazado con tiralíneas y compás, muy francés.

Cruzamos el río por un puente desde el que se observan hermosos efectos de luz entre las nubes.

De regreso al hotel, aún nos encontramos con otras casas de entramado de madera y tallas.

Lunes, día 9, Chartres, Paris

De vuelta a Paris nos detuvimos en Chartres para ver la catedral de Notre Dame, que habíamos conocido hace casi treinta años. Una maravilla. Su Pórtico de los Reyes  y vidrieras son cimas del arte medieval francés. La Belle Verrière en el primer ventanal del lado izquierdo del presbiterio, la llamada Fenêtre de la Sainte Vierge Bleue, una joya.

A toda prisa volvimos a la autopista, queríamos ir con margen suficiente por la travesía de Paris y si acaso teníamos problemas en el aeropuerto, que los tuvimos.

Los cincuenta o sesenta kilómetros de aproximación a Paris, circunvalación y acceso al aeropuerto Charles de Gaulle, en el extremo contrario, se nos hicieron interminables... No es la palabra... Agobiantes, estresantes, aunque los salvamos sin ningún contratiempo, a pesar de la lluvia torrencial que comenzó a caer nada más alcanzar los barrios extremos, a cántaros llovía y en las balsas de agua de los badenes los coches se frenaban, del tráfico espeso y de la maraña de indicaciones, mi esposa al volante y yo de copiloto sin apartar la vista alternativamente del mapa y los rótulos de la ruta, una persona sola que no la conociera habría sido casi imposible, bueno, tal vez el GPS, aunque todavía no tenemos esa experiencia, que somos muy artesanales, y además nos olvidamos de él por el lío de redes que tuvimos.

A mitad del Periférico, el equivalente a la M-30 o la SE-30, apareció el rótulo “Aéroport Charles de Gaulle” y ya no dejó de hacerlo hasta el final. Un descanso. Habíamos entrado por la Porte d’Italie, la misma que el 24 de agosto de 1944 utilizaron los blindados de la Novena, "Guadalajara", "Brunete", "Jarama"..., la compañía de los soldados españoles que tomó Paris y desfiló por los Campos Elíseos enarbolando la bandera tricolor de la II República.

En un momento dado en que el flujo afortunadamente era menos espeso, un coche se incorporó a la vía a toda velocidad, según suelen, giró hacia el lado contrario —¿adónde va ese si por allí no hay salida?, pensé— y se estrelló de lado contra la mediana. Sucedió como a sesenta metros delante de nosotros. Todo el mundo lo esquivó con facilidad, al menos hasta donde pudimos ver, y la circulación siguió como si nada hubiese ocurrido. Portentoso.

Cuando llegamos al aeropuerto dejó de llover.

Tres o cuatro máquinas de auto-cheking hubimos que utilizar hasta que una pudo expedirnos la tarjeta de embarque, pero se le ocurrió escribir que nuestro billete era mini, lo que la agencia que nos gestionó el viaje niega tajantemente y hará la oportuna reclamación, y en facturación nos cobraron 30 € por cada maleta. ¿Otra deriva de la estafa que llaman crisis?

Tuvimos un vuelo dulce y en la salida de viajeros nos esperaba nuestra hija Amaya. Un lujo.


Otros viajes