Tierra de moriscos

(Excursión a la Manchuela)

 

 

 

Un amigo nos había invitado a conocer la casa de sus padres y el solar de su infancia en la Manchuela, en el extremo NE de Albacete.

Viernes, 16 de octubre de 2015. Alcalá del Júcar

Llegó con su esposa a recogernos puntualmente a las 9:00 h. y partimos hacia Casas de Ves,  su pueblo natal, donde aún conserva la casa paterna, una vieja casa de labor reconvertida en casona de dos plantas, con patio, seis habitaciones y tres salones. Espléndida.

Comemos una chuletada preparada en el patio sobre una brasa de sarmientos. Abrimos una botella de vino de California que al principio del verano me había traído una amiga neoyorquina, pero nos llevamos un chasco, porque se trata de un rosado muy flojito, ningún parecido con el tinto que degusté en su casa hace algunos años.

Por la tarde vamos a Alcalá del Júcar, un pueblo inimaginable hasta que se llega al borde del cañón del río, en Las Eras, y bajamos por una carretera espectacular de muchas vueltas y revueltas, ideal para recorrerla en bicicleta, en cualquier sentido, que el pueblo está en la vega al pie de un castillo. Aparcamos junto al puente de piedra -¿romano?- y subimos a la fortaleza por rúas angostas de casas blancas que trepan por la pared del acantilado.

 

El castillo es imponente desde fuera, pero el interior desmerece un tanto. La visita luego a la Cueva de Masagó, excavada en la roca, nos da derecho a un refresco que tomamos junto a una ventana sobre el río. Al llegar a la taberna nos había sorprendido su estilo andaluz y un cante flamenco que no alcanzo a identificar, hasta que mi esposa me dice que una mujer ha ensayado unos pasos por sevillanas a sus acordes. ¡Por los clavos del Cachorro! ¡Claro! Una sevillana honda de la que ya ni me acuerdo. ¡Qué desastre! ¡Qué pena de cabeza!

A la hora crepuscular de la tarde subimos la pendiente del cañón de regreso a la planicie y a la mitad nos detenemos para admirar la vista del pueblo, con las luces ya encendidas, y el perfil de la fortaleza sobre el rubor del cielo. Imponente, una de las estampas más hermosas de este viaje.

Sábado, día 17. Los cañones del Júcar

¿Os gusta andar? Nos había preguntado nuestro amigo. Sí, claro, había respondido quien escribe. Pero lo que no esperaba este cronista es que se trataba de caminar por una carretera a lo ancho de un páramo de sementeras en barbecho. Se me hizo eterna la hora y pico que empleamos en la caminata a buen paso sobre el piso de asfalto. Matas de tomillo, esparto, romero y espárragos nos reclamaban la atención desde la cuneta. Pasamos ante un olivar, que me recordó otro de mi tierra, en la provincia de Sevilla, entre Marchena y Paradas, al borde de la carretera, que pinté hace años ya en Madrid. Al final la carretera se perdía en un pedregal de calizas, lleno de matorrales silvestres, que daba sobre el cañón del Júcar, abierto de pronto, inesperadamente, a nuestros pies.

Hermosísimo el cañón: ¿No habría sido mejor llegar allí en coche y bajar al río andando por la pista forestal? Me interesaron mucho sin embargo las explicaciones de mi amigo sobre el cultivo de las tierras y las artimañas de los labriegos para burlar la Hacienda pública. Muy curiosa e interesante fue también la casa de piedra abovedada, que un vecino se levanta, él solo, artesanalmente. Verdaderamente el mundo es multipolar y hay gente para todo.

Ya de vuelta en el restaurante del pueblo me espera un gazpacho manchego a base de carne de conejo y pollo con sopas de pan ácimo, y un plato de potaje de judías pintas con morcilla, espinazo de cerdo y verduras. Ellos comen otras cosas, pero yo tenía el capricho y curiosidad de probar la gastronomía de la tierra. Exquisita y suculenta, especialmente el gazpacho, que no se parece en nada al andaluz.

Por la tarde nos acercamos a Villa de Ves, junto al embalse del mismo nombre, cerca de la antigua central hidroeléctrica del Molinar (primera que construyó Hidroeléctrica Española, posteriormente Iberdrola), el pueblo abandonado cuando se construyó la presa, hoy una población fantasma, todo en ruinas, aunque recientemente algunas casas se rehabilitan y comienzan a estar habitadas como segunda vivienda al parecer. Naturalmente a los vecinos se los indemnizó por la pérdida de sus tierras de labor.

Arriba, sobre una peña, se alza el Santuario del Cristo de la Vida, al que se accede por un empinado camino que transita por debajo de un acantilado temeroso, que sus paredes amenazan desprendimientos en cualquier instante.

En el Santuario un ramillete de cinco o seis muchachas floridas, calzas negras y camisetas o camisolas de colores diversos muy ajustadas, exhiben sin pudor, alentadas sin duda por el Cristo de la Vida, su alegría de vivir y los dones con que la naturaleza las dotó.

Domingo, día 18. Los moriscos

Hacia las 9:00 partimos en dirección a Valencia, aunque ya de regreso, hacia Cofrentes, donde confluyen el Júcar y el Cabriel, y desde 1984 se levanta la central eléctrica nuclear, situada en la ribera, con dos enormes chimeneas acampanadas que pausadamente exhalan vapor de agua.

 

Cofrentes fue uno más de los pueblos moriscos de la zona —Ayora, Zarra, Teresa de Cofrentes, Jarafuel, Jalance, Cortes de Pallás y la aldea requenense de Casas del Río—, cuyo genocidio —«una de las mayores tragedias del Reino de Valencia»— se narra a través de veintidós murales cerámicos, según proyecto del estudioso local José Vicente Poveda Mora.

Los municipios de El Valle y la Muela de Cortes, donde la presencia morisca todavía es perceptible en pequeñas aldeas como Otonell, ofrecen a sus visitantes  un recorrido a través de 8 poblaciones cuyo principal atractivo se basa en una colección de 22 paneles cerámicos pintados a mano. En ellos se narra, en forma de tebeo, la historia real de, según define la expulsión de los últimos moriscos en 1609 el creador de este proyecto, José Vicente Poveda.

El genocidio morisco en 22 murales

 

Recuerden que "moriscos" se llamaba a los musulmanes bautizados después de la Reconquista, aunque en su inmensa mayoría fueran hispanos islamizados, pero entonces se confundía la etnia con la religión. Aún quedaban muchos y en el Reino de Valencia eran quizá mayoría, hasta que el rey Felipe III decretó su expulsión en 1609, porque no se habían adaptado a las costumbres cristianas.

La expulsión de los moriscos condenó a decenas de pueblos del interior de Valencia a un declive económico y social del que costó siglos salir. El drama de miles de personas forzadas a abandonar su hogar con lo puesto y de la noche a la mañana se ha convertido, gracias a la iniciativa «La Ruta de los Moriscos» en un reclamo turístico.

Ana Hernández. Levante. El Mercantil Valenciano.  Valencia.

 

Varios de los murales cuentan las hazañas de los hermanos gemelos, Ali y Hazen, frente a las tropas reales, hasta que murieron arcabuceados.

Subimos luego a la Cueva de don Juan. En un mirador sobre el pueblo y su vega descansan los componentes de una peña de ciclistas de montaña bien protegidos con espinilleras y coderas. Desde la margen derecha del cañón del Júcar, en el término municipal de Jalance, también en Valencia, los acantilados de calizas rosadas de la otra orilla se ven espectaculares. El interior de la cueva es hermoso, aunque algunas de sus estalactitas y estalagmitas, de color rojizo, aunque hay otras grises por el manganeso, están muy deterioradas por el tiempo en que estuvo el recinto sin protección. Entre sus formaciones cabe destacar la llamada "Ala de Ángel". Todas las comparaciones son odiosas, pero este cronista no puede menos que recordar la Cueva del Águila, en la provincia de Ávila, cuyos depósitos de carbonato cálcico son de un blanco deslumbrante y permanecen casi intactos.

En Ayora nuestro amigo decide al fin  parar a comer: Exquisito el lomo de orza servido de entrante, aunque el bacalao a la vasca no se parece en nada al que el cronista conoce y prepara a veces, con tomate, pimientos rojos y guindilla. Éste era blanco y tenía gambas. El lugar le resultó demasiado exquisito y caro naturalmente.

Amenaza lluvia y al fin caen aguaceros a ratos, aunque sólo en un tramo lo hizo con fuerza.

La entrada en Madrid fue densa, pero sin pausa.

Laus Deo.