Viaje a Cataluña

 

Aurelio Mena Hornero

 

El viaje surgió por una convocatoria de SBe&books, el proyecto de gestión editorial de Sandra Bruna, a todos los escritores de la casa para celebrar su primer aniversario. Algunos ya sabéis que he publicado con ella Mascarón de proa, una novela sobre la conquista y destrucción de México-Tenochtitlán, para conmemorar el quinto aniversario que se avecina y combatir los mitos que nos contaron. Me acompañaba mi esposa y aprovecharíamos para quedarnos unos días por la zona, que fueron los de septiembre de 2014.

Miércoles, día 17. La Sagrada Familia

A las 10:30 salíamos en AVE de la estación de Atocha y a las 14:00 llegábamos a la estación de Sants en Barcelona. Nos hospedamos en un hotel diminuto de la calle Santa Ana, a un paso de la Rambla, que yo había conocido cuando el año pasado hice la Ruta de la Costa Mediterránea.

Por la tarde visitamos el templo de la Sagrada Familia, espectacular, sin duda, pero... Hay algo indefinible que no me cuadra... Parece un pastiche del gótico, aunque destacaría la fachada del Nacimiento y las torres.

Cuando la visitamos por primera vez, aún estaba en obras. Todas las naves estaban llenas de herramientas y materiales de construcción, y aunque los pilares ya se alzaban en toda su estatura, tan sólo la bóveda celeste las cubría.

En la cripta donde está enterrado Gaudí nos encantó la clave con una Anunciación.

Luego nos encontramos con mi prima Salud que nos llevó a cenar en su casa.

Jueves, día 18. La Ciutat Vella

La mañana nos despierta con un sobresalto: dos coches de policía y una ambulancia bloquean la calle a la altura del hotel. Al parecer un hombre se ha tirado o caído de un balcón y ha fallecido. Hay movimiento de sanitarios que a continuación introducen una camilla con un cuerpo en la ambulancia.

Hasta las doce nos da tiempo de acercarnos al barrio gótico y visitar la catedral y Santa María del Mar, diáfana como una luz celeste.

Surgimos del metro luego en la plaza de Catalunya y subimos andando hasta Galla Placidia, donde tiene lugar el encuentro de escritores. Por el camino pasamos ante la Casa Batlló de curvas y azulejos modernistas.

La sede de “SBe&books”, en la quinta planta del nº 2 de Galla Placidia, resulta pequeña para las treinta o cuarenta personas que allí se encuentran y escuchan la disertación de bienvenida de Joan Bruna, que presenta a su hija, como nueva capitana del barco, y a Ester Mareng, como diseñadora de las portadas. Luego aparecen bebidas y bocadillos mínimos, un brunch decía la convocatoria, y se forman corrillos donde los autores intercambian opiniones. Anotaré a dos:

Juan Pablo Bran, un guatemalteco afincado desde hacía diez años en Ámsterdam y a punto de conseguir la nacionalidad, autor de Sin creer creyendo”, un sugerente título sobre las contradicciones de la fe.

Ainhoa Sagarribai Martínez, autora de “El poder del bosque”, una fantasía infantil.

Al final hubo tarta adornada con una piruleta de chocolate con el logotipo de la editorial para cada uno. Nuestro nieto se puso contentísimo cuando se la dimos.

Volvemos andando a la plaza de Catalunya y en un parque hacemos fotos de una fuente modernista. Luego tomamos el metro y por consejo de mi prima vamos al Hospital San Pablo, aún en fase de restauración: Es una ciudad hospitalaria con diversos pabellones de estilo modernista, que muestran decoración de ladrillos y azulejos, entre jardines con calas de hojas enormes, pero el proceso restaurador aún no ha terminado y no se pueden visitar los interiores. No obstante es sugerente.

El Museo Picasso es el primer objetivo de la tarde. El recinto del museo ha crecido y perdido el encanto que le vimos la primera vez o tal vez el encanto era sólo el de la primera vez, el del genio malagueño, aunque no sabría decir si ha aumentado la colección, creo que sí.

Luego merodeamos por la Ciutat Vella, sus calles estrechas con la ropa tendida a secar y macetas en los balcones, sus tiendas de artesanías, había una dedicada íntegramente al aborigen de las praderas americanas, el “indio”, fascinante. Un taller de bicicletas con una de piñón fijo, tan de moda ahora, en el escaparate. Otra con muñecos y máscaras de papel coloreadas. El mercado con sus bóvedas también de colores. Una casa modernista de ménsulas como hadas sujetando los balcones...

Viernes, día 19. Torroella de Montgrí

En la estación de Sants recogemos el coche contratado el primer día, un Peugot 208, y viajamos a lo largo de la costa hasta Torroella de Montgrí, una pequeña ciudad encantadora de tiendas exquisitas. A pesar de que se trataba de desandar el camino que hice el año pasado o quizá por eso, que la bicicleta no es el coche, la salida de Barcelona se nos hizo muy complicada.

Nos alojamos en la Fonda Mitjá, en el carrer de l'Església, donde también estuve hace un año. Naturalmente visitamos la iglesia parroquial gótica y la Casa Mascort, de colecciones inolvidables, como la de azulejos del s. XVIII, con todos los barcos de la época.

A media tarde, en la plaza, una peña de madres treintañeras charlan de pie, mientras sus hijos se arrastran o corretean a su alrededor.

Sábado, día 20. El regimiento Ultonia

Viajamos hasta Ampurias, el Mediterráneo y el origen de nuestra civilización. Ya lo he escrito: el lugar, en una explanada en cuesta sombreada de pinos, abierta al golfo de Rosas o Rhodes con la ciudad en la otra orilla, es fascinante. Asklepio nos recibe solemne en su capilla y nos cuenta viejas historias. Subimos luego a la ciudad romana, en su mayoría aún sin excavar, pero no alcanzamos a ver el anfiteatro.

La mar está en calma e invita a mojarse los pies al menos.

A Gerona llegamos a la hora de comer. El rutero del móvil me ha servido para encontrar con facilidad el Hotel Gran Ultonia, llamado así por el nombre de un regimiento de irlandeses que huyeron del Ulster después de la derrota de los católicos en 1691, donde nos alojamos.

Salimos a comer a la plaza de la Independencia, que está a cinco minutos, y nos topamos con diversos pelotones de soldados uniformados y armados al estilo de los que pelearon contra las tropas napoleónicas en el famoso sitio. No faltaban tampoco las cantineras con un pistolón al cinto. Luego supimos que desde hace casi una década diversas asociaciones recrean los Sitios de Gerona y otras ciudades por el equinoccio de otoño. En Gerona organiza la conmemoración el regimiento Ultonia, que suele invitar a los Voluntarios de Aragón. Me recordó el “Arde Lucus” que conocí hace dos años en Lugo, cuando hice el Camino de la Costa o del Norte..

Por la tarde, cuando salimos a recorrer la Ciutat Vella, de nuevo presenciamos en la plaza de la Independencia una escenificación de la asistencia a los heridos presuntamente evacuados del frente.

Visitamos luego la catedral de Santa María, de espectacular fachada barroca, que ilumina el sol poniente, en la falda de una colina a la que se accede por más de noventa escalones. En su interior se puede contemplar el inefable tapiz de la Creación, que mi esposa hubo de estudiar sin más referencia que antiguas fotos en blanco y negro, que aún las nuevas técnicas no habían llegado a la Universidad. Tampoco los antiguos sabían nada de la ciencia. Sic sidera volvunt, aunque algunos aún no se han enterado.

Seguimos por la judería, con centro en la calle de la Força, llena de galerías de arte, tiendas de anticuarios y otros objetos de diseño caprichoso, y tabernas. Al bajar una escalera que bordeaba la catedral nos topamos con un joven sentado en los últimos escalones que interpretaba a la guitarra el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. A lo lejos se oían retumbar de cañones y fuego de fusilería, pero ya estábamos muy cansados para acudir al combate, la espiral del tiempo para mantener la memoria. Lástima que otras memorias no sean tan visibles.

Domingo, día 21. Santa María de Paller

Antes de viajar a Bagà, corrimos a visitar la iglesia Sant Pere de Galligans, románico lombarda, esa decoración de arquillos ciegos bajo los aleros tan característica, amplia y hermosa, con un pequeño claustro de bellos capiteles románicos. También acudimos a los baños árabes organizados en torno a un pilón poligonal cubierto de alta cúpula.

Teníamos previsto viajar a Bagà, en la entrada del Parque Natural Cadí-Moixeró, visitando Besalú, Sant Joan de las Abadesas y Ripoll, pero se nos había hecho tarde y queríamos llegar a comer, por lo que hubimos de abreviar. Luego el tramo entre Campdevànol y La Pobla de Lillet, de curvas continuas, se nos hizo interminable.

El alojamiento de Santa María de Paller, a dos o tres kilómetros del pueblo, es un viejo monasterio reconvertido en casa rural. Antes los monasterios establecidos en los caminos eran también hospederías u hospitales, explicó el hostelero.

La tarde nos lleva a la villa, la nueva, asentada en el llano, la ribera del Bastareny, y la vieja en un alto fuera del alcance de las aguas. La vieja tiene más enjundia, la solera que sólo dan los siglos, aunque las casas estén restauradas. En la Plaza de Galcerán de Pinós se levanta la estatua del barón fundador de la villa y en la plazuela de l’Especier una cartela explica que debe su nombre al olor que despedían los ingredientes de una vieja botica. Hay un taller en la plazuela, cuyo interior iluminado se percibe a través la cristalera de la puerta, y pienso si será la botica, pero pertenece a un artesano escultor que elabora muñecos de feria, todo el taller está lleno de los colores, moldes y títeres en distintas fases de elaboración. Un lujo visual.

Cuando volvemos a la casa rural nos reciben los tres miembros de una generación de gatos: abuela, madre blanquinegras y un gatito blanco y juguetón. El cárabo acabó con sus hermanos, nos explica el hostelero, y a veces el zorro o la garduña también se lleva en invierno a los grandes.

Lunes, días 22. El dragón urbano

La Cavalls del Vent es una travesía circular que transcurre enhebrando los ocho refugios del Parque Natural Cadí-Moixeró. Tiene 100 kilómetros de recorrido y un desnivel acumulado que alcaza casi los 7000 metros. El año pasado Kilian Jornet estableció una marca de 08:42:22, pero algunos de los que terminan pueden pasar de las 24 horas, aunque el control de llegada se cierra precisamente en ese límite.

Hoy hemos subido por el camino de la Font del Faig, donde nace un afluente del Bastareny, cerca del Refugio de St. Jordi, primero por una pista forestal y luego por un senda pedregosa, Les Empedrats lo llaman, hemos pasado por encima de una cascada de cinco o seis metros que semejaba una Cola de Caballo, hasta llegar a un lugar que nos hacía muy complicado seguir adelante. Desde que dejamos el coche en la pista hasta el lugar donde nos volvimos tardamos aproximadamente una hora. Pues bien, toda la subida estaba señalizada y forma parte del itinerario de la Cavalls del Vent.

Hemos comido en Guardiola de Berguedà: Sopa de pasta que llaman escudella, aunque recuerdo otra escudella exquisita de garbanzos y judías una vez que bajábamos de Andorra, y butifarra muy especiada.

La iglesia románica estaba cerrada y nos fuimos a la Pobla de Lillet, pero el Jardín Artigas, que diseñó Gaudí para la familia Artigas, estaba cerrado. Hasta la fábrica del empresario, junto a la que se alza el jardín, circula un trenito que tampoco funcionaba, pero sobre el muro que protege la vía se podía ver la pintura de una ciudad con forma de dragón. Muy atinado y sugerente el dibujo.

Sobre el Llobregat había dos puentes de apariencia románica.

Martes, día 23. El macizo de Pedraforca

Nada más desayunar en el amplio comedor de la casa rural emprendemos la ruta al macizo del Pedraforca, una eminencia del terreno formada por dos peñas gemelas imponentes, que evocan la peña gigante del Naranco de Bulnes. Desde Guardiola de Berguedà entramos por el valle del río Saldes y en Maçaners, donde ya se ven las torres espléndidas, nos detenemos a tomar un café. El paisaje, con el perfil de la sierra al fondo, el valle verde y las dos rocas que se alzan como un santuario, sugieren leyendas milenarias, las mismas que inspira el modernismo barcelonés, ese estilo de hace un siglo caracterizado por las formas curvilíneas, los adornos florales y la evocación de un mundo legendario de hadas y caballeros.

Nos detenemos en Gósol, al otro lado del macizo. Cuentan que allí residió Pablo Picasso el verano de 1906, donde transformó su estilo y cambió su paleta bajo la sugestión de su amante Fernande Olivier, que lo acompañaba, el pueblo y sus lugareños, los toros y los caballos. Pero el pequeño museo Picasso permanecía cerrado, aunque ante su puerta, sobre el enlosado de la acera, había una rayuela cuyas casas estaban adornadas con sus dibujos y la última mostraba su firma.

Luego subimos hasta una fuente desde donde hacemos la ruta del Carbonero Garrapinos, un pájaro pequeñín que se cuelga de las ramas de los árboles como un trapecista. Desde la altura la vista del valle invita sin duda a emprender el vuelo.

Ensalada con jamón y embutidos, y filete vacuno con guarnición de escalibada componen la comida que nos sirven en el restaurante del pueblo.

Alguien nos recomienda que subamos a Josa de Cadí, al otro lado del coll de Josa, una aldea con cuatro o cinco habitantes permanentes, que tiene todas o casi todas las casas renovadas y una taberna nueva con ocho o diez mesas, indicio de que el caserío se llena en verano y fines de semana. En lo alto de una peña dominante, como una atalaya de tiempos añejos, se levanta la iglesia, cuyo camino está cubierto de ciruelas y moras que se desprenden de los árboles. ¡Qué pena! Naturalmente recogemos un buen puñado.

Al bajar nos tomamos un café mientras la tabernera atiende a su bebé dormido en un carrito. La televisión da la noticia de la dimisión del ministro de Justicia Gallardón.

De vuelta se pone a llover.

Miércoles, día 24. Els bons homes

Amanece nublado y el hospedero dice que será bonito subir a las alturas porque estaremos por encima de las nubes y veremos el cielo azul. Así lo haremos, pero antes tenemos una cita con Pere, el guía local, para visitar el “palau” de los señores de la villa y su fundador el barón Galcerán de Pinós. No recuerdo ya qué problema había de horarios, pero quedó con nosotros que nos lo abriría y mostraría de 9:00 a 9:30, en que tenía que acudir a la oficina de información turística. Nuestro hostelero prometió hablar con él y de forma misteriosa consiguió que nos lo enseñara de 9:00 a 11:00.

Llegó sin embargo a las 9:15 y nos lo explicó con todo lujo de detalles, enfatizando el nacimiento de la Cataluña francesa entre las dos grandes potencias que se disputaban su territorio, la Occitania o Languedoc: el reino de Francia y el reino de Aragón, y cómo la monarquía francesa consiguió el apoyo del papado declarando herejes a sus habitantes, los cátaros o albigenses por la ciudad de Albi, lo que permitió a la monarquía invadir los condados y perseguir a sus habitantes, "els bons homes", que recibieron cobijo al otro lado de los Pirineos. Parece verosímil, que la religión siempre anduvo de la mano de la política.

Paralelamente un Galcerán de Pinós fue nombrado almirante de la flota que envió Ramón Berenguer IV contra Almería en 1147. Pero el barón cayó prisionero, lo que dio lugar al rescate de las Cien Doncellas. ¡Imposible que hubiera tantas!

Toda la explicación estuvo ilustrada por escenas de maniquíes vestidos al uso de la época, audios dramatizados y enseres coetáneos, incluso reproducciones de instrumentos musicales: Todo muy didáctico. En la planta superior se encontraban las habitaciones de los señores, decoradas las paredes con paisajes y escenas mitológicas, casi todas muy deterioradas, porque el palacio sirvió de acuartelamiento a los soldados de Napoleón. Todas ellas estaban en fase de restauración al ritmo de los presupuestos municipales. ¡Largo me lo fiáis!

Interesante, pero un tanto cansino. No íbamos preparados para tan extensa explicación.

Habíamos acudido antes del desayuno y luego de reponernos, subimos camino del coll de Pal hasta casi los dos mil metros: nos vimos a trechos rodeados de nubes, los paredones de las montañas se veían entre jirones de niebla por la que se filtraban algunos rayos de sol, pero el cielo seguía oculto y la niebla se hizo tan espesa que nos tiró para atrás.

Por debajo de las nubes habíamos recorrido la ruta del Piquituerto, un pájaro que se caracteriza por un “pico cruzado fuerte y poderoso”, adaptado para abrir las piñas y extraer los piñones. ¡Qué tío! Pero sólo vimos la huella de su paso, algunas piñas abiertas. En el prado pacían vacas y terneros color canela.

A la bajada tomamos una ración de calamares a la plancha en Guardiola de Berguedà y enseguida nos fuimos a buscar la cascada y fuente del Bastareny, el río en cuyo valle teníamos el hostal. Se sube por una pista breve y se camina por una senda aún más breve para llegar a una cascada espectacular, en un lugar umbroso de hayas, donde el musgo tapiza las rocas de verde, luego a poco se alcanza la fuente, la Dou, el agua sale en un caño tumultuoso al pie de una pared de roca.

De vuelta por la pista forestal nos topamos con algo que nos enfrentó de golpe al drama de la vida en la naturaleza: en mitad de la calzada una piedra parecía moverse. Nos detuvimos, bajamos del coche y nos acercamos: Un ratón de campo avanzaba penosamente por entre las piedras, algunas más grandes que él. Estaba lisiado de las patas traseras, al menos de la izquierda, y temblaba, ¿de miedo, dolor o frío? Se sintió observado y se detuvo, pero enseguida prosiguió su penoso avance. El hospitalero nos había contado que el cárabo había terminado con la mayor parte de la camada de la gata blanquinegra que tenía y cómo zorros o garduñas acababan con los adultos. La ley de la naturaleza, comer o ser comido. ¿En qué combate había quedado lisiado el ratón? ¿Cuánto tiempo sería capaz de sobrevivir antes de que otro predador lo viera y se lo comiera? Aquel encuentro me produjo una tremenda tristeza. ¿O acaso el ser comido es el mejor destino posible para un ratoncillo diminuto como aquel? Sin duda nuestra perspectiva de seres humanos nos dificulta o entorpece el entendimiento de la dinámica natural, porque morir de viejo es una anomalía. No nos atrevimos a interferir el curso de la naturaleza, no supimos qué hacer.

Jueves, día 25. El AVE es un cercanías

Regresamos a Barcelona, entregamos del coche y regresamos a Madrid en el AVE. En Berga nos detuvimos para visitar la ermita de San Quirce de Pedret, donde hay pinturas prerrománicas, que estaba cerrada, pero al comienzo del camino un bellísimo puente románico de cuatro ojos nos compensó la subida por una dura pendiente y el habernos salido de la ruta.

Ya en Barcelona el GPS del teléfono móvil empieza a dar instrucciones que no cuadran con lo que se ve en la pantalla. Debí señalar la ruta, como hice para llegar a Gerona, pero quise afinar más y metí la pata. Afortunadamente el conductor de una furgoneta de reparto nos enderezó el rumbo y aún llegamos al tren con tiempo sobrado para instalarnos cómodamente luego de entregar el coche. Un viaje feliz .

Pero aún nos esperaba una sorpresa al llegar a Madrid: El tren nos dejó a dos estadios de la antigua terminal, a la altura del Panteón de Hombres Ilustres, que hubimos de recorrer a pie hasta ¡la terminal de cercanías! ¡Sublime!

Laus Deo.

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