Viaje a la tumba de

don Antonio Machado

(o sea, Viaje al Otoño)

Aurelio Mena Hornero

 

Porque en esta ocasión el motivo prioritario era llegar a Collioure y rendir homenaje al poeta, que desde antiguo los viajeros pretendían hacerlo, pero el momento se les iba y ya era hora antes de que se alejara definitivamente.

Lunes, día 3. Girona

Inaudito: El tren AVE sale de la estación Puerta de Atocha, en Madrid, a las 10:52 cuando debería haberlo hecho a las 10:30. Ni el Jefe de Tren ni cualquier otro responsable de Renfe  explican nada.

No hay calefacción y los viajeros pasan frío, de algún sitio sale aire frío. Una azafata les explica que es el aire de ventilación, que la calefacción está activada. Sorprendente. Sospechan los viajeros alguna avería, lo que explicaría el retraso y el frío, que no han podido solucionar. ¡¿?!

Cuando el tren llega a Girona a las 15:30, ha recuperado el tiempo perdido. Formidable.

El Hotel Peninsular, en la calle San Francisco, nº 6, muy cerca del río Onyar, que los separa de la ciudad medieval, a diez minutos de caminata de la estación, acoge a los viajeros, un viejo hotel, que se muestra rejuvenecido y exhibe sus avatares a lo largo de varias décadas.

Dejan el equipaje, salen a la calle y pasean por el Carrer de Santa Clara, luego cruzan el río y siguen avanzando por la Rambla de la Llibertad y el Carrer dels Calderers. Por la Rambla seducen a los viajeros esas tiendas de artesanos con el taller al fondo de la vivienda, sobre el río: ven a un tapicero y un carpintero trabajando. Llegan luego a Sant Feliu, Sant Pere de Galligants y visitan la catedral de Santa María ya casi de noche, un error, porque las vidrieras apenas se ven, pero pueden admirar de nuevo el Tapiz de la Creación, el único románico conservado, de entrañables recuerdos.

Pasean a continuación por el barrio judío de calles angostas, empinadas y casi desiertas. En el carrer de la Força, 17, encuentran la Galería Duvan, del colombiano Duvan López, nacido en 1954, en Quimbaya, Quindío, Colombia, y residente en Besalú, según les explican, admirable por la imaginación y capacidad creativa en todo tipo de soportes, para objetos ornamentales y utilitarios. Una agradabilísima sorpresa.

Tropiezan más tarde con otra tienda que expone y vende obras de alguien que recicla maderas y crea objetos diversos también muy originales.

Ha sido un paseo muy motivador. El cronista piensa en su personaje, el pintor Juan Pedro Alcalá, y en la novela que ahora tiene en el taller.

Finalmente descubren una taberna de diseño, o sea, no tradicional, llena de gente joven, demasiado ruidosa la música, como es habitual en esta clase de antros, pero dentro de la misma categoría no han encontrado nada mejor. Las tapas están muy bien.

Ya de vuelta, en la plaza de Catalunya se topan con un horno de pan de aspecto agradable, donde desayunarán al día siguiente, que el desayuno del hotel es demasiado caro.

Miércoles, día 4. Tiendas de diseño

La mañana sorprende de nuevo a los viajeros en el barrio judío. Pero antes suben a la muralla vieja, desde donde se divisan panorámicas espléndidas en todo el redondel que alcanza la vista y se ven muros venerables de antiguas construcciones.

Han pasado también por la Universidad y la Facultad de Sociología, donde había mucho movimiento de chicos de ambos sexos. El Aula Magna es una vieja iglesia de una sola nave de alta bóveda y esbeltos ventanales.

Los baños árabes son una visita obligada por la belleza arquitectónica y el refinamiento cultural. Sin duda para ellos, que procedían del desierto, el agua era un regalo del Altísimo.

Por la tarde pasean por el camino de San Daniel, que avanza paralelo al arroyo Galligants, y llegan al monasterio del mismo nombre, cuyo edificio, ennegrecido por la pátina de los siglos, contrasta con los cuidados y pulidos edificios urbanos.

Al anochecer caminan de nuevo por la calle Santa Clara, paralela al río Onyar, plaza de la Independencia y aledaños: Tiendas  pequeñas, exquisitas de diseño, con aprovechamiento de la arquitectura del casco viejo, bóvedas y arcos de ladrillo y viguería descubierta de madera.  Sorprende al viajero que en una ciudad tan pequeña haya semejante exquisitez y originalidad en tiendas de todo tipo. ¿Es la singularidad o sello de Catalunya?

Pinchos en una taberna vasca casi llena, pero no encuentran ninguna autóctona. Las hay con gente en las terrazas de la calle, pero hace demasiado frío.

Jueves, día 5. Antonio Machado

Luego del desayuno los viajeros recogen en la oficina de alquiler de la estación de Renfe un coche Fiat 500 L, un mono volumen muy coqueto. Parten de la ciudad por la AP7, se detienen en Figueras a comprar un ramo de flores, que han olvidado hacerlo en Girona y no les parece adecuado adquirirlas en Francia. Pasan la frontera por La Junquera y como a 20 kms. se desvían hacia Argelèrs sur Mer, donde las autoridades francesas concentraron en febrero de 1939 a los refugiados españoles en una playa cercada con alambradas, tal como se hace hoy en Ceuta y Melilla o en los territorios del Este de Europa, donde los soldados senegaleses de guardia les tiraban las lentejas del rancho sobre la arena, según testimonio de alguien que estuvo allí, y a poco llegan a Collioure.

Tuvieron suerte los viajeros y pudieron dejar el coche en un aparcamiento junto al mar a la salida del pueblo. Enseguida un hombre les aconseja que rodeen el Château Royal por la parte del mar para entrar en el pueblo. Hacen lo que les dicen, que al parecer es más fácil que andar por el lado contrario, y caminan entre la muralla del castillo inmenso y el extenso mar, limpio y liso como una balsa a la hora del mediodía. Alcanzan luego el Quai de l’Amirauté, donde una patrulla de soldados de Infantería de Marina sale con sus piraguas y equipo reglamentario para un ejercicio de adiestramiento, dejan atrás varias terrazas de restaurantes, tuercen a izquierda por la Rue de la Republique, frente a la casa donde estuvo la pensión que alojó al poeta, y luego a derecha junto al hotel Mas de Citronniers, la referencia que llevaba el cronista. Enseguida ven el muro y la puerta del cementerio, el Jardin de Baretge, la traspasan y a la derecha, como a diez o doce metros, junto a un columbario, ven la tumba de don Antonio Machado, inconfundible, muy sencilla, de piedra oscura, cubierta de flores, con una bandera de la República sobre su retrato en bronce, un bajorrelieve colocado hace un año por la villa de Collioure con motivo del 75 aniversario de su muerte. Y sobre ella sus versos:

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

La emoción quiebra la voz del cronista. Antonio Machado es el símbolo de todos los republicanos huidos del fascismo que estrangulaba a la nación española, de igual modo que otro poeta, Federico G. Lorca, lo es de todos los asesinados por los sediciosos. Al parecer los generales golpistas no sintonizaban con el alma del pueblo, es decir, los poetas.

Luego de cumplir ese deber moral, pasean los viajeros por la villa, de casas de colores, amarillo, anaranjado o rojo, y aspecto agradable, el Cadaqués francés, les dirán que es en la Oficina de Turismo de su presunta gemela española, y comen a base de ensaladas enriquecidas con productos de la mar. Hace fresco a pesar del cielo deslumbrante de azul y el sol espléndido.

De regreso a España los viajeros se detienen en el paso fronterizo, el collado de Belitres, donde se alza un emotivo memorial, sin duda reciente, sobre el tránsito de los vencidos que huían de los vencedores, que la Victoria traía el gesto agrio y vengativo, y las manos teñidas de sangre.

Pronto alcanzan Cadaqués, arrebujado, blanco igual que una nevada, en la ladera que rodea la bahía del mismo nombre, y se alojan en el hotel "Tarongeta".

En torno a las 18:00 llega tempranera la noche, que han viajado hacia Levante. Pasean hasta la iglesia, que encuentran cerrada, a través de cuya reja sin embargo contemplan el retablo del altar mayor, churrigueresco, de un barroco exuberante.

Bajan luego a la ribera del mar donde se concentran la mayoría de las tabernas, todas muy desambientadas, y finalmente en la Avinguda Caritat Serinyana, sobre la Gi-614, encuentran un lugar donde tomar un bocadillo con unas cervezas. ¡¡¡Venir a Cadaqués para cenar de bocatas!!! ¡Por la Moreneta Santísima!

El hotel es de reciente decoración, suprematista o racionalista, con detalles organicistas, como el cabecero de la cama: tres palos rectos, como ramas de algún árbol, colocados de modo asimétrico sobre la pared. “Unteli” es el nombre de la habitación donde el cronista y su esposa se alojan. En la Red no halla respuesta. ¿Alguien sabe lo que significa?

Viernes, día 6. Port Lligat

Desayunan con pan duro en el mismo lugar donde habían cenado. Lo del pan duro se debe quizá a que no usan tostadora, que lo tuestan al horno. Sin duda debieron los viajeros haber pedido el desayuno local, que es lo que corresponde. Un error. Nunca se aprende. Adonde fueres...

Visitan la iglesia de Santa María y el sacristán, luego de encendida la iluminación del gran retablo barroco mediante una moneda, se lo explica minucioso. Está dedicado a la Virgen de la Esperanza, Pau Costa fue su autor y los atlantes que soportan las columnas salomónicas representan a los pescadores, cuya cofradía financió la construcción. En el lado contrario, sobre la puerta de entrada, hay una Inmaculada, cuya corona de gemas azules se enciende por la refracción de la luz  que brota a sus pies.

Hay varios estudios de pintor por las calles, pero ninguno con la fuerza y creatividad de los gerundenses.

Luego acuden los viajeros a visitar la casa museo de Salvador Dalí en Port Lligat, otra aldea de pescadores en la bahía al NE contigua a Cadaqués.

Se alza en un olivar, de una hectárea aproximadamente, labrado en bancales y, como era de esperar, tiene todo el inconfundible sabor a Dalí, su exhibicionismo histriónico, las camas parecen imperiales, pero también el cuidado en los detalles, como el espejo situado junto a una ventana que le permite ver desde la cama el orto del sol o el sistema de poleas para colgar lienzos de gran tamaño en su estudio, mínimo sin embargo. Muchas jaulas diminutas coleccionaba también, porque le gustaba la música estridulación” se dicede los grillos.

Luego toman los excursionistas la carretera de Port de la Selva, para desde allí subir a Sant Pere de Rodes. Todo el recorrido les depara extraordinarias panorámicas de la montaña y el mar. Un ciclista sube el puerto. "¡Cómo me habría gustado hacer lo mismo!", exclama el cronista, que no hace mucho aún rodaba por esas carreteras con las alforjas en la bicicleta.

El monasterio es una construcción prerrománica del siglo X, restaurada entre 1989-99. La iglesia es impresionante: muros con piedra en espiga de origen romano, cúpula por aproximación de hiladas paralelas... Vistas sobre la bahía de Llansá y de Port de la Selva. Hermosísimo el edificio de altas bóvedas y las vistas. Precisamente comen los viajeros en el restaurante del monasterio abierto a un mirador sobre la bahía: Judías verdes salteadas con jamón y carrillada de cerdo.

Ese tipo de sillares irregulares es lo que da la clave para clasificar el edificio como prerrománico, ss. VIII al X, y no románico, ss. XI y XII, que los tienen regulares.

Sorprende a los viajeros que en el monasterio hubiese un “palacio del abad”. Se ve que hasta los monjes olvidaban la enseñanza del Nazareno y asumían los modos de la sociedad feudal, en que los señores explotaban y se distanciaban de los humildes. Junto al monasterio quedan los restos de la aldea Santa Cruz de Roda con una iglesia mínima, sin duda donde vivían los labriegos al servicio del monasterio, cuyo estatus era al parecer muy distante.

Regresan cuando el sol se oculta.

Por la noche los excursionistas pasean de nuevo por las empinadas y estrechas calles del pueblo. Salvo el casino, muy animado, las tabernas de la ribera están vacías. Increíble les parece en una noche de viernes.

En torno a una casa hay varios gatos. Miran por una ventana a la que se asoman los felinos y observan que en el salón hay otros cinco o seis. Un rótulo explica que se trata de una casa de acogida para gatos abandonados. Muy singular.

Sábado, día 7. De vuelta

Salen los viajeros a desayunar hacia las 8:30, compran el periódico del día y se meten en la cafetería de la primera tarde: Tostadas y café con leche. El café, aunque lo piden doble, es lechero. Peculiaridades del lugar, que cada cual es como es.

Vuelven al “Tarongeta”, donde pagan la estancia, recogen el equipaje y dicen adiós. Regresan a Girona para tomar el AVE. De nuevo hay que subir el puerto hacia Roses, baja un ciclista, donde toman un segundo café en el paseo marítimo con unas tostadas que tienen mejor aspecto, y enfilan la carretera de Figueres, según les han explicado en Turismo. Pero se extravían luego por el dédalo de carreteras entre las huertas, aunque no pierden la dirección, sólo se retrasan un poco.

Pretendían entrar en Torroella de Montgrí, pero se equivocan y se detienen en Ulla. Torroella está a un kilómetro, al pie del monte donde se alza el castillo de Montgrí. Cuando llegan a Torroella, hay una boda en el Parador y junto a la puerta cerrada una mesa con pequeños cartuchos que contienen arroz y pétalos de papel. Nadie guarda la mesa. Nunca habían visto los viajeros cosa igual. Pasean por la calle de la Iglesia, la Fonda en que el cronista se alojó cuando en bicicleta recorrió la Ruta del Mediterráneo, hasta la plaza, donde compran chorizo y pan. Pero vuelven porque se les hace tarde. En el parador ya ha terminado la boda y el arroz y las hojas de papel alfombran el suelo, pero igual que antes no se ve a nadie. Solo la puerta está abierta y se pueden ver las sillas forradas de blanco en el vestíbulo, como una patrulla de fantasmas sedentes, pero nadie les da calor.

El viajero no atina a dar las instrucciones precisas al GPS del móvil y la llegada a la estación de Girona se les complica. Por fin dejan el coche en el aparcamiento obligado y llegan a la estación con tiempo suficiente para tomar con calma el bocadillo, bocata o entrepans  de chorizo que habían comprado en Torroella.

En el primer tramo del trayecto el tren va casi vacío, aunque al lado de nuestros viajeros van cuatro mujeres, de treinta a cuarenta años quizá, que charlan como cotorras, todas a la vez. Afortunadamente el timbre de voz no era desagradable. Luego el coche del tren, el número 5, se llenó, las cotorras bajaron y se hizo el silencio. Pusieron una película muy interesante en que unos niños, más agudos que los padres, se convierten en protagonistas de la historia:

Nuestro último verano en Escocia nos cuenta la historia de un matrimonio, Doug y Abi, y sus tres excéntricos pero encantadores hijos. Cuando el estrés pone en peligro el matrimonio de la pareja, deciden viajar a Escocia y participar allí en una gran reunión familiar, lo que da ocasión a un reencuentro con el padre de Doug, Gordie.

Pero durante las que parecían unas vacaciones para unir a la familia, todos ellos se ven irremediablemente envueltos en malentendidos. Sin embargo una acción de los niños hará que dejen de lado sus diferencias y se centren en luchar por lo que es realmente importante en sus vidas.

Es una comedia británica, dirigida por Andy Hamilton y Guy Jenkin, y protagonizada por Rosamund Pike (Perdida) y David Tennant (Broadchurch).

Sin otra novedad el tren llega a Madrid a las 21:00 h. y los viajeros salen de la estación por la misma zona novísima distinta de la partida.

Laus Deo.