Egipto,

un viaje a los orígenes de la civilización

 

Aurelio Mena Hornero

diciembre de 2010

 


Viernes, día 10. El vuelo

Sábado, día 11. Un poblado nubio

Domingo, día 12. El templo de Karnak

Lunes, día 13. El Valle de los Reyes

Martes, día 14. Las pirámides de Giza

Miércoles, día 15. Los pilares del Islam

Jueves, día 16. Sakkara

Viernes, día 17. La Torre de El Cairo


 

«Mubarak es un buen hombre, pero lleva más de 30 años en el poder, se apoya en la Policía y el Ejército, y la corrupción se extiende cada vez más. Los jóvenes están cansados y quieren sangre nueva».

(Nuestro guía en Assuán).

 

«Egipto es un país muy rico, pero la riqueza está muy mal repartida».

(Nuestro guía en El Cairo).

 

De nuevo una asignatura pendiente.

Viernes, día 10. El vuelo

Nunca hemos tenido un vuelo tan absolutamente puntual: Salimos de Barajas a las 12:50 y llegamos a Asuán las 18:20, una hora oficial y dos horas reales más. ¿Acaso porque los egipcios de hoy veneran el sol como sus antepasados? En el desierto el horizonte parece arder con el ocaso.

Los trámites de entrada en el Estado son fáciles: cambio de moneda (7,5 libras por un euro), visado y aduana.

Un autocar nos lleva al barco, el “Viking Princess”, anclado en la orilla del Nilo en batería con otros dos, algo muy singular, porque es preciso atravesar los otros para llegar al nuestro, que está el último. La cena de buffet es suculenta.

Sábado, día 11. Un poblado nubio

Nada más despertar descorro las cortinas de la ventana, sobre la cabecera de la cama, y el desierto que llega al río y las falucas de esbeltas velas atracadas en la orillas me golpean la vista y sacuden la imaginación. Fascinante.

Hemos renunciado a la visita a Abú Simbel, para la que habríamos tenido que levantarnos a las 02:00. Estamos cansados y madrugar tanto nos desvela, esos pequeños problemas de la edad. Los que fueron nos dijeron luego que el viaje durante más de seis horas en autocar fue penoso. Nada hablaron del templo.

Visitamos la presa nueva y el lago Nasser: el guía Mohamed nos refiere los pros y los contras: Se regula la crecida del Nilo, con lo que se favorece la agricultura, y se obtiene energía eléctrica. Pero a cambio se ha sacado a la población nubia de sus hogares tradicionales, se han inundado muchos templos, se ha cambiado el ecosistema de la ribera: ya no hay crecidas y los limos no fertilizan el delta, por lo que se emplean fertilizantes químicos, que enferman del hígado a los ribereños, y finalmente se ofrece un objetivo estratégico a posibles enemigos.

En la isla de Filé el templo de Isis fue reutilizado por los cristianos, que picaron los relieves antiguos, ellos que tanto se han lamentado y tantos improperios lanzan por la quemazón del 36.

Luego navegamos en motora por el Nilo, cabalgamos unos doscientos metros en dromedario y finalmente visitamos un poblado nubio. Da la impresión que viven de la artesanía que venden a los turistas. En la escuela el maestro nos explica el alfabeto árabe, del que no recuerdo casi nada, a pesar de mis dos cursos universitarios, tan lejanos ya. Las casas de adobe están pintadas de colores y tienen bóveda de cañón. Los niños juegan en la calle, las niñas cubiertas con el velo. Nos ofrecen un té buenísimo, diversas tapas de cocina y un narguile, “shisha” o pipa de agua, que tiene un sabor muy suave.

Volvemos a toda prisa, incluido un tramo en faluca. Nos espera el barco, donde comemos ya solos con una pareja sevillana de Morón.

Por la noche visitamos el templo ptolomaico de Kom Ombo. Hay numerosos visitantes y varios grupos de españoles, lo que nos sorprende, nunca nos había sucedido. Tiene hermosos relieves y hueco relieves, el de una mujer pariendo es único.

Cenamos esta vez con dos mujeres, madre e hija, de la Rioja alavesa. Se lamenta la madre, que es agricultora, de que los comerciales están arruinando al pequeño agricultor, porque no pagan ni los costes, ni el vino que tiene denominación de origen Rioja. Ya no compensa cultivar.

Domingo, día 12. El templo de Karnak

Tomamos un té, corremos al templo de Edfú, dedicado a Horus, hijo de Osiris, y conseguimos llegar los primeros a las 7:50, antes de que lo abran. Luego aparece una multitud, la mayoría españoles. Osiris fue dividido por Set en catorce trozos, los nomos del país, que Isis reunió amorosa, menos el pene, que se lo comieron los peces, por lo que los antiguos egipcios no comían peces de río.

Hay magníficos relieves y pinturas ptolomaicos hasta arriba de los muros. Es el templo entero mejor conservado, aunque los franceses lo usaron de acuartelamiento y abrieron ventanucos en los pilonos. También los cristianos picaron algunos relieves.

Navegamos hasta Luxor. Es curioso el paso de una esclusa de unos diez metros de desnivel para controlar el río. Como los barcos pasan lentamente hay vendedores que ofrecen su mercancía a los pasajeros. Un chal cayó al agua y el vendedor obligó a un niño a arrojarse al río y bucear para recuperarla. Las mujeres temblaban de estupor y miedo cuando me lo contaron.

Se pone la calima por una tormenta de arena, nos dicen, que sopla un viento muy frío. Paisaje de palmeras, cañas y plataneras que llegan al río, detrás queda el desierto. La franja verde, nos explica el guía, puede tener de unos metros a dos o tres kilómetros de ancho.

Visitamos el templo de Karnak, el más grande jamás construido, que fue ampliado durante dos milenios. Por detrás del primer pilono oeste aún queda una rampa de ladrillos de adobe que permite imaginar cómo subían los bloques de piedra.

Las columnas, muy restauradas, de la sala hipóstila tienen unos 3,2 mts. de diámetro en la base y 32 ó 16 mts. de alto, según estén en el centro o en los lados. Más allá del sagrario continúan otras construcciones posteriores, un eje lateral hacia el Oeste y un estanque. Es justo lo que yo siempre había imaginado a partir de las fotos, que los otros vistos hasta entonces me parecieron pequeños.

El templo de Luxor está cerrado al público porque la primera dama del Estado, señora Mubarak, tiene una cena oficial en él, que Egipto es una democracia con formas faraónicas, aunque sea un país libre, donde conviven musulmanes, cristianos y judíos.

El guía piensa que Mubarak es un buen hombre, pero lleva más de 30 años en el poder, se apoya en la policía y el ejército, y cada vez hay más corrupción. Los jóvenes están cansados y quieren “sangre nueva”.

Por la noche paseamos con las mujeres navarras y vemos a los camareros que sirven la cena de la señora Mubarak esperando en el exterior del patio de columnas o de la sala hipóstila. Entramos en un templo católico en cuyo ábside hay una copia de la Sagrada Familia de Miguel Ángel y una imagen yacente de Santa Teresa en un altar lateral, según nos dice un sacristán, que enseguida pretende vendernos una vela. Recorremos luego un mercadillo y nos resulta agobiante el acoso de los vendedores. Mohamed dice que el regateo lo ha traído el turismo, que entre ellos no existe.

Lunes, día 13. El Valle de los Reyes

Nos tocan diana a las 5:45 y salimos hacia el Valle de los Reyes a las 7:00.

Es un valle de roca caliza amarillenta, como las arenas del desierto, sin una brizna de vegetación. Las tumbas, excavadas en las laderas a distintas alturas, fueron saqueadas todas en distintas épocas. Visitamos las de los Ramésidas I, IV y IX. El sarcófago del IV es enorme. Alguna también se usó de iglesia durante las persecuciones romanas: hay una cruz entre las piernas de una figura, a la que sin embargo respeta. El acceso es bastante complicado y hay que andar encorvados para no tropezar con el techo.

Antes de llegar al Valle hemos parado para ver los colosos de Memnón, efectivamente colosales, con interesantes relieves en la silla.

El valle, donde se alza el templo funerario de Hatsepsut, es también impresionante, sobrecogedor. Su tumba está al parecer del otro lado y la cámara queda bajo el templo para que la reina, desde la otra vida, pueda escuchar las oraciones. Las hileras de columnas protodóricas dan majestad al templo y las pinturas y grabados, muy naturalistas, son bellísimas, especialmente la representación del halcón o el buitre con las alas extendidas.

El templo de Luxor, muy bien conservado, es menos impresionante que el de Karnak. Se pretende excavar la avenida de las esfinges que lo une al de Karnak. En el sagrario hay hermosos grabados de la época de Alejandro. También se usó como iglesia y quedan pinturas paleocristianas y figuras egipcias picadas.

Después de comer, dormimos un poco la siesta en el solarium de la cubierta superior hasta que llega el autocar y nos lleva al aeropuerto. Volamos a El Cairo en 55 minutos.

El responsable de la agencia, Mahmud, que nos acompaña al hotel nos da una brevísima noción de árabe: Aiwa, sí. La, no. Shucram, gracias. Mesi, vale.

El Hotel Cataract Pyramids Resort está en Giza, en el lado este del Nilo, en medio de la nada. Cuando salimos buscando un lugar donde cenar, nos encontramos en mitad de un descampado desolador. Cenamos con las navarras de la Rioja, únicos del grupo que estamos en este hotel, en el comedor vacío y deprimente. El "resort" se organiza en torno a una piscina con varios pabellones de tres o cuatro alturas.

Martes, día 14. Las pirámides de Giza

Los sevillanos de Morón han tenido más suerte, están en la Avenida de las Pirámides, donde hay otros hoteles, entre ellos el “Mena Palace”, tiendas y restaurantes.

Visitamos las pirámides, el mito de la antigüedad por excelencia, una de las siete maravillas del mundo y únicas que se conservan, que ya están rodeadas y engullidas por la ciudad casi, y resulta complicado conseguir una vista donde no haya autocares u otros edificios. No obstante, impresionan.

El guía, Gamal, un joven de unos treinta y pocos años, explica con un sentido didáctico y humorístico sorprendentes. Imaginación y emotividad, dice, son las dos capacidades imprescindibles para entender las pirámides. Habla de un recinto sagrado sobre una meseta de piedra a una jornada de Menfis, junto al Nilo, para un fácil aprovisionamiento de materiales de construcción y víveres para los trabajadores.

Cuando un faraón accede al trono tiene tres misiones fundamentales: enterrar a su padre, proclamarse y coronarse rey, y comenzar la construcción de su tumba. Ocasionalmente debe reprimir alguna rebelión. ¿Por qué la pirámide como tumba? Los rayos del sol, la divinidad suprema, cuando al atardecer se filtran entre las nubes, forman un triángulo. Seguramente esa imagen inspiró la forma de las pirámides. El resto lo hizo la fe en la necesidad de la supervivencia eterna del faraón para garantizar la del Estado y las crecidas del Nilo. Cuando la fe en la divinidad del faraón mengua, ya no se construyen más pirámides. También habla de los diversos ensayos hasta conseguir la forma perfecta de 51º 30’ de inclinación: mastaba, pirámide escalonada, pirámide romboidal y por fin la de Keops.

Hay tormenta de arena, sopla un viento frío y fuerte, y la ciudad se adivina envuelta en la calima. Subo a un montículo de piedras lateral para hacer fotos de la gran pirámide y no me entero de que también es otra pirámide hasta que un policía toca el silbato para que bajemos todos los curiosos que estamos arriba. Pero hasta los años 80 del pasado siglo se pudo subir a todas. Se trata de una de las pirámides menores de las reinas, que naturalmente no tienen tanto derecho a la inmortalidad.

Los sevillanos y nosotros elegimos entrar en la pirámide de Kefrén, cuyo acceso está al nivel del suelo y tiene un angosto corredor de varios tramos que baja en fuerte pendiente. Al final hay varias cámaras parecidas a las del Valle, la más grande, cubierta por una especie de falsa cúpula o en mitra truncada, tiene unos 3 mts. por 6 y 4 de alto. No hay pinturas.

Las mujeres navarras han entrado en la de Keops y cuentan que el corredor es amplio y ascendente, por lo que las cámaras deben estar en el centro de la pirámide, según muestran los gráficos de los libros.

Damos la vuelta a las dos primeras y luego el guía nos lleva a un lugar estratégico donde se consigue una vista casi limpia.

Naturalmente hay beduinos con dromedarios vistosamente atalajados, ese estilo que aún perdura en la Feria de Sevilla, que se ofrecen a los turistas para dar un paseo alrededor de las pirámides.

La esfinge, tallada casualmente en un filón de roca de baja calidad, está en restauración y reintegración. A  su lado los sillares de granito del Templo del Valle, donde se momificaba a los faraones, son perfectos.

De regreso la furgoneta nos deja junto al Museo de Antigüedades y paseamos hasta encontrar un restaurante de comida rápida, donde nos tomamos un bocadillo de kebab. Luego nos sentamos en un café, junto a un cine de aspecto clásico, donde tomamos cafés y tés. Todos tienen la shisha que sirven a los clientes. Me ponen un café solo en vaso enorme que parece de puchero, pero está bueno.

Luego paseamos al azar, nuestro grupo lo integran los sevillanos, las navarras y el madrileño de Villalba, hasta que nos topamos con el mercado de El Ataba, junto a los jardines Al-Azbakiyya, una especie de Rastro enorme y colorista que ocupa varias calles. Hacemos fotos, pero en una encrucijada un vendedor nos dice muy vehemente: «¡No fotos, no fotos!». Nadie más nos dice nada. Allí se vende todo, ropa, zapatos, herramientas, baterías de cocina, relojes, gafas, juguetes y un largo etcétera. Pasa un muchacho en bicicleta, que sostiene en la cabeza una tabla sobre la que se apilan numerosos panecillos, y sortea el tráfico con una agilidad inverosímil.

Al anochecer tomamos un taxi con las navarras para volver. Aunque es un taxi blanco de los que usan taxímetro, ajustamos el viaje por 40 L. El taxista es un tipo simpático que en cuanto sabe que somos españoles, exclama: «Barcelona-Madrid, five-zero».

La conducción es anárquica, la única norma es correr y no chocar, lo demás todo vale, se adelanta por donde se puede y se avanza por donde a uno le da la gana. Un carro tirado por un burro camina por el carril de la izquierda. Nuestro conductor se jalea a sí mismo cada vez que supera una situación comprometida o supera a otro al disputar un espacio. Frenazos y acelerones es la regla, ya nos dijo Gamal que en Egipto hay muchos Fernandos Alonso. Al final no atina a encontrar el hotel y tiene que preguntar hasta cuatro veces dando vueltas y vueltas. Lo gratificamos con 10 L. más y se queda contentísimo.

Miércoles, día 15. Los pilares del Islam

¡Otro taxista que no sabe dónde está el hotel! Tardamos más de hora y media entre atascos y dar vueltas y más vueltas. Y además no hablaba inglés, no era tan simpático y aún nos pedía más propina, a pesar de que le pagamos 50+10 L.

Vamos a la fortaleza de Saladino, un iraquí devenido sultán de Egipto, y la mezquita de Alabastro o de Mohamed Alí, primer rey del Egipto moderno, que la mandó construir. Sigue el modelo turco, que se inspira en Santa Sofía, con una cúpula central y otras laterales de descarga. Los muros están revestidos de alabastro de donde su sobrenombre. Tiene un hermoso patio con pórtico sobre  columnas.

Sentados sobre la alfombra, Gamal nos ha trazado una rápida síntesis de la historia del Egipto islámico y explicado los cinco pilares del Islam:

  1. Creer en Dios y los profetas, desde Abraham hasta Mahoma, el último, incluido Jesús de Nazaret.

  2. Rezar cinco veces al día.

  3. Dar limosna, un 2,5% de la renta anual, que no se cumple.

  4. Ayunar durante el ramadán.

  5. Viajar una vez a la Meca, que borra todos los pecados y cambia la vida. Enfermos y pobres pueden quedar exentos.

A la Virgen María se la menciona en varias suras y es la única mujer a la que se dedica una entera, la 193, por lo que tiene incluso más consideración que las hijas del Profeta.

La “yihad” es un tema conflictivo y espinoso: En teoría sólo es para defender el Islam de ataques exteriores, pero Gamal reconoce que el Islam la ha utilizado para justificar guerras imperialistas.

El Museo de Antigüedades Egipcias es penoso: caótico, sucio y mal iluminado, no obstante el tesoro de Tut anj Amón es impresionante. La máscara forma parte de un casco completo, como el de los buzos. Increíble. Y el relieve de la silla del trono, que me resulta extrañamente pequeña y frágil, es una maravilla.

El  Cheik el Beled y los retratos de Rahotep y Nofret se pierden en el caos.

Las tríadas, de donde deriva la trinidad cristiana, nos explica Gamal, son asociaciones de dioses y reyes para potenciar al menor de ellos.

En el barrio copto visitamos la basílica de los santos Sergio y Baco, construida al parecer sobre la cueva donde se alojó la Sagrada Familia. El barrio conserva su aspecto medieval, pero fue desalojado por razones que no recuerdo y ahora sólo viven en él tres o cuatro familias.

Finalmente, después de comer, vamos al zoco de el-Jalili, construido en torno a un Jan o posada de caravanas. Me recordó al que hay en Granada junto a la catedral, pero mucho mayor. Toda la iconografía y fetiches egipcios se venden allí, y los vendedores asaltan al visitante como un enjambre de moscas cojoneras, con lo que es muy arriesgado detenerse a curiosear algo. Nosotros nos fuimos directamente a la tienda de Jordi, un catalán afincado desde hace años allí, que tiene precios fijos y ofrece un té, según la tradición local. Las tres tiendas que tiene están llenas de españoles. No obstante en otra tienda un muchacho nos dice en correcto español que muchos preferirían no regatear, pero los dueños los obligan, y nos ofrece algo a 40 L. con regateo y a 20 sin él.

Luego nos sentamos en “El Fishawy” o Café de los Espejos, un pequeño café de estilo colonial con grandes espejos en la calle y en el interior, en que hay dos enormes con marco dorado neobarroco. Tomamos un té con yerbabuena. En las mesas de la calle, donde nos hemos sentado, hay varios hombres que miran, como en tantos otros cafés, como en mi pueblo, que tiene nombre árabe. Pasa un vendedor de coranes, otro que lleva una montaña de libros, los consabidos que ofrecen baratijas diversas, varios niños de siete u ocho años también intentan vender algo... Un limpiabotas me ofrece su servicio por 10 L., acepto y se me lleva los zapatos dejándome los pies sobre un escabel de madera. Vuelve al cabo de diez minutos y me calza. Pero mi esposa no quiere que la descalcen y la llama guarra.

Imposible encontrar luego una calle recomendada por Gamal, menos mal que nos ha escrito en árabe la dirección del hotel. Tomamos un taxi que nos pide 80 L. por llevarnos, regateamos a pesar de que es blanco y en teoría lleva taxímetro, y quedamos en 50 L., pero también se pierde, pregunta varias veces y al final le pagamos 60 L., aunque no parece que quede muy contento.

Jueves, día 16. Sakkara

Un taxi contratado a través del hotel nos lleva al recinto de Sakkara. En la entrada el taxista desliza con disimulo un “peaje” en la mano del policía y nos explica que es para que no nos moleste con inspecciones. ¡La corrupción que no cesa!

Si el recinto de Giza es majestuoso, el de Sakara es encantador y más fascinante aún, porque, salvo el templo funerario, con un diseño geométrico de una modernidad sorprendente, todo está a medio excavar e invita a la imaginación a correr desbocada. Hay múltiples montículos de arena que se adivinan otras tantas pirámides. La escalonada famosa tiene andamios porque la están consolidando, a otra le han reintegrado parte del revestimiento exterior para colocar unos grabados, hay muchas piedras con relieves y otras muchas puertas de recintos pequeños, que reproducen el diseño de la principal. Hay pozos rectangulares de 6 por 4 y unos 20 mts. de profundidad, unos excavados, otros aún llenos o medio llenos de arena. En una hondonada trabaja una cuadrilla de unos quince obreros, todos con chilaba.

Dos muchachas rubias, que exhiben siluetas esbeltísimas, recorren el recinto.

Menfis, la capital del Imperio Antiguo, está muy cerca escondida aún bajo un palmeral y unas aldeas. Sólo muestra un pequeño museo de escultura, donde destaca un Ramsés II colosal y una esfinge enorme. Un tipo me pide que lo retrate delante del coloso, lo hago y luego me pide dinero. Ni loco.

A la salida el taxista nos espera en una tienda de papiros tomando té. Nos invitan también, es el reclamo, pero alegamos que ya hemos comprado. También Gamal, el día de las pirámides de Giza, nos llevó a un taller y tienda enorme donde nos explicaron todo el proceso de fabricación del papiro. El de taller de Menfis se titula “Mena Papyrus” y me hago una foto delante, ya imagináis por qué. También aquí produce curiosidad lo que llaman “moustache”. ¿Desde cuándo lo lleva? Unos diez años, contesto y hacen un signo aprobador con el pulgar, el mismo que me han hecho ya varias veces.

Vamos a El Cairo y el taxista, que nos cobra 80 L. sólo por esta carrera, nos deja junto a las mezquitas del sultán Hassán y de Al Rifai, de hermosos minaretes de estilo turco. Luego buscamos la de Ibn Tulún por unas callejas miserables. En la entrada nos ponen un forro en los zapatos, pero nos sigue de cerca un tipo vestido a la europea, que, mientras mi esposa explica, trata igualmente de aclararnos algunas cosas, hasta que me canso y le digo: «My wife is an art teacher and she knows this mosque», la frase más larga que he conseguido hilvanar. Me contesta que pertenece al “security sistem”, pero se retira discretamente y se calla.

Lo más interesante de la mezquita, la más antigua de la ciudad, es el alminar helicoidal, semejante al de Samarra en Iraq.

Hay un numeroso grupo de chicos y chicas pintando diversos aspectos del edificio, parece una clase de interpretación libre.

Avanzamos luego por una larga y amplia avenida, acaso la de al-Khalig al-Masri, de talleres artesanales, pequeñas tiendas de todo tipo, altos edificios con ropa tendida a secar, cafés donde hombres ociosos fuman la shisha y observan la calle, pasan mujeres y muchachas cubiertas, algunas incluso la cara. Los talleres de automóviles reparan en la calle, en la acera o en la calzada. Pasamos ante varias tahonas en las que se apilan unos panecillos semejantes a los "molletes" que en la Campiña de Sevilla usamos para desayunar. No vemos ningún restaurante y preguntamos a unos policías, pero en vez de informarnos uno de ellos me pregunta socarrón si las tres mujeres que me acompañan, que vamos con las navarras, son mis esposas. Increíble. De pronto nos encontramos en el mercado de Ataba. Pasa un hombre y me dice que no puedo hacer fotos y además se niega a indicarnos un restaurante. No entendemos nada. Hasta ahora los egipcios nos han parecido muy amables, pero se ve que sólo los que se dedican al turismo.

No sé cómo pero llegamos a la avenida Ramsés, donde comimos el primer día, que reconocemos el restaurante sorprendidos. Pero no nos apetece repetir, de modo que seguimos por la acera de enfrente hasta que damos con otro suizo, que ya estamos en un barrio de clase media alta, y nos metemos en él. El colmo de los colmos. Son las cuatro de la tarde.

Anochece y caminamos hacia la zona del Museo por una calle comercial. En un escaparate se exhibe ropa interior femenina roja y de otros colores chirriantes con muchos encajes. Me pregunto si la mujer, esbelta como una modelo, absolutamente vestida de negro y tapada hasta los ojos, que vimos ayer, iría por dentro así.

Paramos un taxi, le enseñamos el papel con la dirección en árabe que nos dieron en el hotel, dice OK y subimos. Nos lleva por sitios distintos, pero pregunta en una gasolinera, tarda algo más de hora y media, y nos cobra 55 L.

Viernes, día 17. La Torre de El Cairo

En recepción nos dicen que el taxista de ayer no puede venir por no sé qué razones familiares y nos ofrecen otro para llevarnos al “down town” por 80 L. Excesivo, pero aceptamos porque en medio de la nada no tenemos otra opción.

Pasamos por la Torre de El Cairo para ver precios y luego entramos por el puente 6 de Octubre, damos una vuelta por la avenida del mismo nombre hasta el restaurante “Gad” del primer día, que creíamos más al sur, y volvemos para meternos en por la 26 de Julio. Vemos la fachada del Tribunal Supremo, un enorme edificio neo con cierto aire fascistoide. Antes hemos entrado en el hotel Hilton a cambiar dinero, que todos los hoteles tienen oficina bancaria, aunque la del nuestro aún no había abierto, uno de los más lujosos, donde el portero nos habla en español. La zona es también la más lujosa y moderna, pero al lado de estos edificios subsisten otros viejos y ruinosos o talleres mínimos de una economía artesanal, en ese juego de contrastes que es toda la ciudad. Por los rincones se amontona la suciedad y el polvo del desierto. Al lado, la calle 26 de Julio tiene más ese aire de mercado permanente que recuerda al Rastro, al final los altavoces de una de tantas mezquitas deja oír los rezos, cuya salmodia me recuerda los melismas del cante jondo.

Volvemos por la otra orilla del Nilo, donde hay atracados barcos reconvertidos en hoteles o restaurantes.

Subir a la Torre de El Cairo cuesta 80 L. más 100 de una comida optativa. Creemos que se trata de un menú por ese precio, pero en realidad es un pago mínimo a cuenta. No llegamos al total y hubo que pedir algo más y pagar la diferencia, porque nos pasamos ya en 26 L., que es imposible ajustar el precio.

La planta del restaurante es giratoria, lo que permite contemplar toda la ciudad a 160 metros de altura mientras se come, pero el día está muy brumoso, normal en esta época por la neblina del río y el polvo del desierto, y no se llega a apreciar bien, sólo en un momento nos pareció percibir el perfil de una pirámide.

El taxista de la mañana no contesta al teléfono como habíamos quedado, a pesar del precio, por la seguridad de que conocía el recorrido, y nos metemos en otro. Tenemos suerte, llegamos enseguida y el taxímetro sólo marca 28 L., le pagamos 30.

Ya sólo queda esperar el autobús de la agencia que nos lleve al aeropuerto, dos horas, donde algunos nos comentan lo que han visto. Juan, el madrileño de Villalba, dice que un taxista lo llevó por la Ciudad de los Muertos, en que la gente vive en los mausoleos de su familia, en medio de la suciedad consabida, gatos y perros. También se perdió por las callejuelas de un barrio pobre hasta que un hombre se ofreció a guiarlo. Era el almuédano de una mezquina, lo llevó a lo alto del alminar y desde allí le indicó por dónde debía salir del laberinto. Precisó luego que las cosas más tremendas las ha visto en Benarés o Varanasi, donde van a morir los hindúes. «Es tremendo lo que se ve en las escaleras que bajan a las gradas del río ―dijo―, gente enferma o agonizante».

Una pareja vasca nos dijo que habían tomado el metro, que era muy eficaz y frecuente, las mujeres podían entrar indistintamente y los hombres solían ceder el asiento a mujeres y ancianos.

En el aeropuerto pasamos tres controles policiales y en el último los agentes se amontonaban. Resulta chocante verlos por todas partes armados con el Kaláshnikov.

Despegamos con un cuarto de hora de retraso, tenemos un vuelo normal, salvo una zona de turbulencias, que obligó a las azafatas a regresar a sus asientos. Al llegar nos anuncian que en Barajas hay –3º.

Tomamos un taxi que nos lleva a casa en poco más de media hora por 40 euros, o sea, más o menos lo mismo que del centro de El Cairo al hotel Cataract, pero multiplicado por el 7,5, que es el precio de un euro en libras egipcias, el precio del desarrollo.