Viaje a Escandinavia

 

Aurelio Mena Hornero

 

La península del Norte, un territorio de brumas y fiordos, de lagos azules y bosques umbrosos, de osados guerreros, que navegaron el océano desde Terranova hasta al-Andalus —los sevillanos tuvieron que lidiar con ellos en 844—, de hadas y troles, de mujeres soñadas, Anita Ekberg en "La Dolce Vita"... El que escribe tuvo hace tiempo una alumna nórdica, a la que llamábamos la Sueca, esbelta, rubia y bella como una valkiria, de la que todos andábamos enamorados.

 

Domingo, día 28. Oslo

 

Los viajeros despegan del aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas a las 9:00 h. y alcanzan Oslo cuatro horas después. Se alojan en el hotel Scandic Fornebus, en la periferia, y luego hacen una visita panorámica a la ciudad, que tiene dos ejes, según explica Jacqueline, la guía: uno, paralelo al mar, de la Estación Central de ferrocarril al Palacio Real. Al viajero le encanta la fachada neoclásica de la Universidad que evoca la del Partenón. Y otro, con el que forma una T, de la Catedral por una calle peatonal hasta el Ayuntamiento, un tanto aparatoso, de ladrillo rojo oscuro y hermoso reloj, en uno de cuyos muros laterales aparece adosada la estatua ecuestre del último rey vikingo, Harald Hardrada, un caballero muy bien atalajado para justar o desfilar. De regreso del Palacio los viajeros pasan por la Ópera, en cuyo jardín el agua de una fuente semeja un ramo de flores abiertas. Hermoso.

En una pizzería cercana a la Estación algunos viajeros toman un trozo de pizza, que en el hotel aún no les corresponde la comida. Rara, un tanto picante.

 

Vuelven al hotel en autobús urbano siguiendo las instrucciones de la guía. Pero al final una muchacha les indica la parada más fácil para acceder al hotel, que Fornebus es el barrio. Luego sabrán que unos habían pagado 25 coronas por el billete y otros 50, al parecer según la edad. Sorprendente.

 

La primera impresión del viajero es buena: El centro urbano es breve, ordenado y monumental. Y el hall del hotel luce entre su mobiliario elementos construidos con materiales reciclados. Diseño. Lo más con lo menos: la imaginación al poder.

 

Lunes, día 29. El Parque Vigeland

 

Oslo se incendió y destruyó a principios del siglo XVII, que la inmensa mayoría de las casas eran de madera, y a partir de entonces se reconstruyó toda, cuenta la guía local, lo que explicaría el trazado de los dos ejes principales del centro histórico, deduce el viajero.

 

Visita al Parque Vigeland, un museo al aire libre con las obras del escultor Gustav Vigeland (1869-1943), que pasó por el estudio de Rodin en París. La guía local pone un enorme entusiasmo al comentar la producción de este autor, un canto a la vida en su opinión, una obra revolucionaria para su época por el concepto integral del desnudo. No obstante el viajero lo encuentra quizá demasiado clasicista, sin la audacia formal de Rodin.

 

En la Isla de los Museos —¿isla o península?— visitan el Museo del Fram, donde se conserva ese barco, el «de madera más resistente jamás construido», que Roald Admusen utilizó en sus exploraciones ártica y antártica, y lo llevó al polo Sur. El Museo del Pueblo Noruego y el Museo Vikingo.

 

El primero es emocionante, tanto como si pudiéramos visitar la Santa María de Colón. El del Pueblo Noruego nos introduce en su modo de vida anterior a la revolución industrial, sus casas de madera, sobre cuyos tejados crece la hierba: lo cubren con corteza de abedul como aislante y turba, que facilita el crecimiento del herbazal, y cuando llega el tiempo de la siega, suben allí sus cabras y ovejas para que hagan el trabajo. Sus tallas y bordados, los utensilios...

 

También el de los Vikingos, los guerreros del Norte, resulta interesante, aunque los mascarones de proa decepcionan al viajero, son la mitad y aún menos del tamaño natural esperado, el de una cabeza. Aún con todo, la labra es magnífica y espléndidos los barcos. Desde Groenlandia alcanzaron y lograron establecerse en Terranova, capitaneados al parecer por Erik el Rojo, hasta que los indígenas los expulsaron, por lo que la guía explica que son los descubridores de América y Colón sólo el colonizador. Bueno, es una opinión, la aventura de los vikingos sin embargo ni trascendió al mundo ni ellos fueron conscientes del hallazgo, que es en definitiva lo que importa, lo cual no quita mérito a la hazaña de aquellos navegantes.

 

Almuerzan los viajeros en un restaurante próximo a la Embajada de los USA, siempre tan aparatosa.

 

Luego disfrutan de tiempo libre y el grupo se dispersa. El viajero y su esposa recorren algunos lugares vistos por la mañana: la casa más antigua de Oslo, rectangular con tejado a dos aguas y color de calabaza, otra con paso de carruajes que parece una fonda. Llegan a la Ópera nueva, una construcción totalmente blanca, mármol de Carrara, dijo la guía, cuyo cuerpo interior de madera recuerda el Guggenheim de NY. A la terraza superior se accede por una larga pendiente, desde la que se observa un amplio panorama de la ciudad. En la orilla una hermosa cisne de largo cuello cuida de su numerosa prole, observada y fotografiada por los visitantes.

 

Cuando el viajero y su esposa abandonan la Ópera, hacia el SO se ve avanzar un espeso frente de nubes negras de las que se desprende el vigoroso trazo oblicuo de lluvias de la misma color. Avanzan hacia el Ayuntamiento por la calle Tollbugata y se topan con una vieja barbería de sillones giratorios, en cuyo escaparate hay una completísima colección de los instrumentos tradicionales del oficio. Entrañable, porque al viajero le recuerda en todo la barbería de su abuelo. Pasan también ante una vieja casona con entrada de carruajes. Cerca del Ayuntamiento se sientan en un parque a esperar la hora en que se habían citado con el autobús para volver al hotel. Es notable la cantidad de ciclistas, mujeres y varones, que pasan: La bicicleta como vehículo urbano.

 

Martes, día 30. Bergen

 

A las 7:00 h. salen los viajeros hacia Bergen, la antigua capital del Estado, por una carretera sin arcén, como las españolas de hace cuarenta años. ¡Increíble! Aunque se debe tener en cuenta que el país sólo tiene poco más de cinco millones de habitantes y una línea aérea regular entre las dos ciudades. Más de ocho horas de autobús les costó el viaje. Jacqueline, muy comprensiva, puso música de Edvard Grieg y detuvo el coche en un lugar difícil de precisar para que contempláramos un lago helado y las montañas que lo rodean. Hermosísimo, aunque las fotos no sepan decirlo.

 

Noruega es un Estado gobernado durante muchos años por una coalición de socialistas y centristas, que han puesto en marcha amplios programas de reformas y logrado para la sociedad una situación de bienestar envidiable en educación, sanidad, derechos sociales, pensiones... Según Save The Children, Noruega es el mejor país del mundo para ser madre. Son los datos que nos transmite Jacqueline, la guía. Cierto que en 1963 encontraron petróleo en el Báltico, pero esa riqueza sería nada sin voluntad política y un sistema de impuestos muy progresivo. Siempre lo que cuenta es la voluntad política, que los lleva a convocar todos los años una consulta sobre la monarquía.

 

Por cierto, la guía también comentó que Noruega rechazó adherirse a la Unión Europea, porque no quiere financiar a Estados insolventes, como Grecia, ni prescindir de la pesca de la ballena, que la Unión veta como especie protegida.

 

Ya en Bergen, antes de acudir al hotel, los viajeros recorren una calle peatonal muy concurrida al final de la cual la iglesia de San Juan está cerrada. Hacia la mitad el Monumento a los Marineros, un cubo con altorrelieves, en uno de cuyos lados se muestra la caza de la ballena, es digno de recuerdo.

 

Finalmente, buscamos el mercadillo del pescado junto a uno de los muelles, donde encontramos un joven español, residente en Galapagar-La Navata (Madrid), que regenta un puesto. Viene todos los años en busca de trabajo, dice, porque en España es imposible. Hablo inglés y portugués —añade—, el noruego no me hace falta porque ellos no vienen aquí. Nos tomamos unas tapas de salmón y ballena ahumados con una cervezas. Al viajero le gustó el salmón, menos grasiento que el comercializado en España, pero el filete de ballena, de un rojo oscuro, le resultó raro, como si comiera un manjar prohibido, aunque no le pareció ningún manjar.

 

JULIO

 

Miércoles, día 1. El Fiordo de los Sueños

 

Antes de seguir hacia el Norte los viajeros se detienen una hora en Bergen para pasear por el barrio de la Liga Hanseática, el Bryggen, hoy Patrimonio de la Humanidad, todo de casas de madera iguales con tejado a dos aguas, aunque de colores diferentes. Muy bonitas y evocadoras, que hoy se dedican a la venta de artesanías diversas.

Luego el programa del día tiene tres apartados:

 

  1. Viaje en tren de cercanías desde Voss a Myrdal.

  2. Viaje en el Tren de Flam, por un valle fluvial con una pendiente media de un 17 ó 18%.

  3. Paseo en barco por los fiordos Naeroy y Aurlands.

 

El viaje en el tren de Flam es bellísimo por el paisaje de alta montaña que se contempla: Parte el trayecto de Myrdal, recorre a lo largo de 20 kms. un estrecho valle enhebrando túneles, uno de ellos trazado en tirabuzón, de cuyas empinadas laderas se descuelgan numerosas cascadas que alimentan el estruendoso riacho que salta y corre de peña en peña por su fondo, y termina en Flam, junto al fiordo Aurlands, una rama del Sognefjorden o Fiordo de los Sueños. A mitad del recorrido se detiene el tren, bajan todos los viajeros y de una choza al otro lado del valle ven surgir un hada vestida de carmesí, envuelta en la nube vaporosa de la cascada de Kjosfossen, que canta, baila, aparece y desaparece, y los hechiza con su voz, pero resulta inaccesible, como todas las hadas.

 

En el coche que los ha esperado en la estación de Flam, saltan los viajeros a Gudvangen, en la cabecera del fiordo Naeroy, otra rama o afluente del Sognefjorden.

La navegación por los fiordos es más tranquila, sus paredes más solemnes, aunque no menos espectaculares las cascadas que caen desde lo alto —Venas del Glaciar, las llama Jacqueline, aunque al viajero le parecen el llanto por el esplendor ya ido—. En una de ellas el agua se estrella en una roca y forma una nube de pequeñas gotas de agua. Bellísimo.

 

Al llegar al Aurlandsfjord, otra rama a su vez del Sognefjord, los viajeros se cruzan con el enorme barco de pasaje que habían visto en el puerto de Flam, al que vuelven ahora. En realidad han recorrido durante un par de horas dos ramas del fiordo.

Se hospedan en Laerdal, en un hotel rural situado al borde de una ensenada del Sognefjord por cuya ribera pasean al atardecer. El último sol lame la hierba, el agua brilla como un espejo y la sombra trepa ya por los paredones del fiordo. Junto al agua unos niños juegan a tirar piedras al agua y hacer la rana. El viajero prueba y lo consigue.

 

Durante el trayecto explicó Jacqueline que los Troles son genios malignos y feos, que viven bajo tierra, y los Trolis son duendes simpáticos y benéficos, que habitan en la superficie.

 

Jueves, día 2. Hamar

 

Por gentileza de Jacqueline, según dice Miguel, el conductor, subimos por la carretera 52 a un altiplano donde hay un lago rodeado de montañas nevadas, que se reflejan en sus aguas, como en la ruta de Bergen. La nieve y el hielo del lago ya se funden, pero el paisaje es de ensueño.

 

Un detalle del tipo de turistas: El coche se detiene al borde de la carretera sin arcén casi, el espacio es mínimo, Jacqueline advierte que tengamos cuidado al cruzar porque hay algún tráfico, pero apenas lo ha dicho un hombre cruza por delante del autobús sin ver otro que adelanta en ese momento. De milagro. Son como niños. Lo he vivido cuando viajaba con mis alumnos, que sin embargo eran adolescentes.

 

Por la mañana también ha habido bronca, porque alguien más listo que otros ha abierto el coche por la puerta de emergencia para ocupar los mejores asientos.

 

Nos detenemos un instante en Lillehammer y paseamos por la calle comercial donde hay de todo: hermosas bicicletas de cien mil coronas, poco más de once mil euros, y más. En una plazuela una estatua representa a un esquiador que corre con un bebé bajo el brazo: es el heredero de la corona Haakon Haakonson, salvado así del bando rival en las luchas dinásticas que enfrentaron a suecos y noruegos.

 

Finalmente los viajeros llegan a Hamar, al borde del lago Mjosa, el más grande de Europa, donde pasarán la noche. Pasean hasta el puerto donde ven partir un barco de época con ruedas laterales de paletas, como los primeros de vapor. Hay adultos y niños bañándose en una playa próxima.

 

Cerca del puerto encuentran y contemplan un Cadillac reluciente color salmón desvaído. En otro lugar verán un Buick y un Pontiac con una caravana antigua de brillantes cromados. El afán de los ricos por distinguirse y marcar distancias.

 

Viernes, día 3, Hamar-Estocolmo

 

Interminable viaje en autobús por una llanura de abedules, el árbol sentimental de los noruegos, y pino rojo, que recuerda al viajero la llanura rusa.

 

Hacen un alto de media hora escasa en Karlstad, en una de cuyas plazas jóvenes de ambos sexos bailan al son que les marca una orquestina. Hay un monumento al diálogo y la paz: una mujer que enarbola un pergamino aplasta la cabeza de un soldado.

 

Jacqueline habla de Suecia, el mejor país del mundo para ser niño, según Save The Children, que tiene un sistema político muy semejante al noruego. También aquí el programa de reformas tuvo un inequívoco carácter social, que las reformas nunca son neutras, según pretenden algunos, con la importante diferencia de que, si allí el motor del desarrollo económico fue el petróleo, en Suecia fue el talento y la inteligencia. Suecas son muchas de las grandes marcas conocidas: Ikea, Volvo, Saab, Ericsson... Y no llegan a diez millones de habitantes, en cambio nuestra riqueza humana es muy superior, que sobrepasamos los cuarenta y seis millones, pero a nuestros políticos les falta inteligencia y talento, y por supuesto les sobra arrogancia, para capitalizarla y sacarle todo su potencial creativo, porque trabajan con los esquemas obsoletos del capitalismo de hace dos siglos, basado en la mano de obra barata, y no en el valor añadido del conocimiento y la imaginación. Qué gran vasallo si hobiese buen señor, dijo ya el juglar del Cid. ¡País miserable!

 

Hacia las 17:00 comienzan a aparecer viviendas muy simples, un paralelepípedo con techo a dos aguas, aisladas en mitad de la nada. Hay algunos claros en el bosque, ¿cultivos o pradera? Más tarde aparecen ya edificios más grandes, fábricas o bloques de oficinas. Pronto destaca una torre de vidrio gris humo casi tan alta como las Torres de la Castellana, es el hotel: el viajero y su esposa se alojan en la planta 20, pero suben a la 33 en ascensor, donde hay un bar, y por dos tramos de escalera a la 35, desde cuyos ventanales se puede contemplar el panorama y el ocaso. Todo el paisaje hasta la urbe, que se adivina al fondo, está salpicado de edificios diversos entre el verde de la pradera o el bosque. El sol se esconde lentamente, el disco naranja sobre un horizonte amplísimo enrojecido. Son las 23:00 h. Espléndido. Algunos viajeros cuentan que entre las 3:00 y las 4:00 ya está fuera otra vez. Por supuesto que a las 6:30 ó 7:00, cuando suena el despertador, ya se alza 15 ó 20º.

 

Sábado, día 4. Estocolmo

 

Al parecer ha habido un cambio de hotel por un congreso de médicos, que tienen preferencia sobre los turistas, quienes al parecer no interesan, según la guía, Jacqueline. Por eso la primera noche la han pasado fuera de la capital. Luego  los viajeros verán por las calles muchos jóvenes con una tarjeta al pecho que los identifica como ¡Testigos de Jehová! ¿¿??

Antes de alojarse en el Scandic Hotel Sjöfartshotellet, en la isla inmediata Södermalm —la ciudad se asienta sobre un archipiélago de catorce islas—, los viajeros atraviesan una concurrida calle peatonal y pasan ante el Palacio Real, el Parlamento y la Academia Sueca en el barrio o isla Gamla Stan, la Isla de los Caballeros. Todos los edificios institucionales recuerdan el renacimiento o barroco italiano. Visitan el Ayuntamiento, una construcción de ladrillo rojo, como el de Oslo, y la sala enorme donde tiene lugar la ceremonia de entrega de los Nobel, toda cubierta con un mosaico neobizantino. También hay otros murales entre los que cabe destacar uno de Edvard Munch.

Otra visita fundamental fue el Museo del Vasa, un barco de guerra construido, fletado y hundido en el siglo XVII, reinando Gustav II Adolf. Un ingeniero holandés diseñó y construyó la nave bajo la presión continua del rey, que pretendía un barco poderoso, con dos baterías de cañones, que infundiera pavor a las armadas enemigas y particularmente a la polaca, con la que estaba en guerra. Se construyó así un buque demasiado alto, pesado y estrecho, cuyo centro de gravedad quedaba sin duda muy por encima de la línea de flotación, lo que provocó que se escorase y hundiese pocos instantes después de su botadura.

El barco se pudo rescatar en 1961 y hoy se exhibe como una joya de la corona ante una muchedumbre curiosa y atónita.

La mayoría de las veces comen los viajeros de buffet. Los desayunos, almuerzos o cenas son así un divertido barullo donde todos se mueven nerviosos de un lado a otro buscando determinados productos que se les ocultan y se sirven platos enormes como si no hubieran comido nunca. Un día, en los baños de una estación en la ruta de Bergen, tuvieron que disputar el espacio a unos asiáticos, ¿coreanos o chinos?, muy agresivos. I’m a group, le dijo una a la esposa de quien escribe y le dio un codazo para ponerse delante. Desde entonces todos los temieron. ¡Alerta, los amarillos!

Por la tarde pasean libremente por la isla Gamla Stan, de calles estrechas y edificios color siena, que al viajero recuerdan el barrio tras la piazza Navona o el Campo di Fiore, incluso hay muchas pizzerías. En la plaza de la Academia, muy concurrida, su esposa y él toman una cerveza mientras escuchan el concierto de una banda con uniforme institucional. Suave y cara le ha parecido la cerveza, cinco euros.

Domingo, día 5. Navegando entre islas.

Día libre. Los viajeros van con unos amigos a dar un paseo en lancha por las principales islas del núcleo urbano: Todo el paisaje ya conocido, más los barrios residenciales, antiguas fábricas, un hospital enorme, un parque de atracciones muy atrevido, el hotel o la casa de Ingrid Bergman o de Ingmar Bergman... La fuerte corriente con que el lago o río desemboca en el Báltico obliga a poner esclusas que deben pasar los barcos. Dos horas lleva la navegación durante la que los viajeros ven todo tipo de naves y bañistas en playas mínimas.

Acuden luego al Palacio Real, en cuya fachada hay cuatro esculturas inspiradas en el Rapto de Proserpina de Bernini. ¿Alguna alusión? Llega una mujer cabo mandando a otra soldado y releva en el puesto de guardia a un soldado varón que le saca la cabeza. Luego los dos se alejan marcando el paso. Curioso por la disimilitud sexual y física, a la que los viajeros no están habituados. Luego se acercan al Panteón Real, que tiene una torre gótica con aguja de hierro, pero sigue cerrado.

Comen en una pizzería del “barrio italiano”, en cuyo interior hay una de esas cuevas con bóveda de ladrillo que tanto fascinan al que escribe, el verdadero origen de la arquitectura, que lo anterior sólo era poner piedra sobre piedra, dólmenes.

A las 15:30 un autobús recoge a los viajeros en el hotel y los traslada al aeropuerto, donde espera Jacqueline para gestionarles la tarjeta de embarque. Al cabo de una larga espera, durante la cual se retrasa y luego adelanta la hora del vuelo, suben los viajeros a un avión de Norwegian, “la Mejor Aerolínea Low Cost”. Hacia la 1:00 del lunes, día 6, aterrizan en el “Adolfo Suárez” de Barajas.

Laus Deo.

 


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