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Marruecos,

el otro al-Andalus

 

Aurelio Mena Hornero

diciembre de 2011

 


Domingo, día 4, Marrakech

Lunes, día 5, la medina. 

Martes, día 6, Casablanca. 

Miércoles, día 7, Volúbilis. 

Jueves, día 8, Fez. 

Viernes, día 9, el Medio Atlas. 

Sábado, día 10, La Mamounia. 

 


Domingo, día 4, Marrakech

Cuando el viajero y su esposa llegan a Barajas a las 8h., ya está el grupo de compañeros de viaje facturando, pero no despegan hasta las 12h. 

Vuelan aproximadamente sobre las provincias de Córdoba, Sevilla y Málaga: La vista de Sierra Nevada, cuajada de nieve, es espectacular, una especie de pirámide alargada con dos vértices en el Mulhacén y el Veleta, únicos lugares donde se advierte erosión glaciar por la cara norte. En cambio el Atlas, el Alto Atlas, se les aparecerá luego como una larga cordillera llena de picachos nevados, una sierra propiamente, el viajero no se la habría imaginado, que siempre funcionamos con ideas preconcebidas que no se corresponden con la realidad. Pero el paisaje que sobrevuelan es de media montaña muy reseca, sin duda el Medio Atlas, donde los valles y cárcavas de los ríos están tallados con precisión de manual.

El avión es pequeño, cuatro filas, como un autobús, tampoco resulta excesivo el aeropuerto de Marrakech, donde los espera Abdel, su guía durante todo el circuito, que viste chilaba y babuchas, una demostración nacionalista que él subrayará en dos o tres ocasiones al declararse orgullosamente “moro”, es decir, natural de la antigua Mauritania, hijo de padre árabe y madre berebere. 

El hotel Palm Plaza, de cinco estrellas, es amplio y cómodo, aunque similar al de tres estrellas donde el viajero se alojó hace dos años en Washington. Ese día los viajeros tienen sólo la cena, pero una parte del grupo la han cambiado por el almuerzo, porque a la noche irán a espectáculo que incluye la cena. La comida es de buffet muy variada y exótica. Luego té de menta.

Después de comer los viajeros salen a ver un palmeral y la muralla almohade, con el fondo del Alto Atlas de sorprendentes picachos completamente nevado, semejante a los Alpes, tiene nieves perpetuas, subraya Abdel. Algunos recuerdan el palmeral de Elche, pero éste es natural y menos espeso. Hay varios dromedarios en los que se puede dar un paseo.

En la avenida Mohamed V, eje de la ciudad nueva, los viajeros tienen media hora de tiempo libre. Los edificios son todos rojizos, de cuatro o cinco alturas como máximo para evitar el ascensor, a que obliga la ordenanza municipal. 

De vuelta al hotel en el canal internacional de TVE el viajero y su esposa ven la victoria de Nadal sobre Del Potro, que da la victoria a España sobre Argentina en la Copa Davis. 

El espectáculo de folklore moro o berebere tiene lugar en una finca a diez kilómetros de Marrakech, “Chez Alí”, donde se recrean varios ambientes de su cultura, incluida la cueva de Alí Baba. Los reciben varios grupos, vestidos con trajes nacionales de suntuosos colores, que tañen y percuten diversos instrumentos. Luego cenan en una enorme jaima muy adornada alrededor de mesas redondas para ocho o diez comensales: Sopa de legumbres, medio cordero asado, más grande que los españoles, puesto sobre una gran bandeja, que los viajeros deben trocear según se sirven ellos mismos. Al amanecer encienden el fuego, sobre cuyas brasas colocarán verticalmente el espetón con el cordero para que la grasa resbale hacia abajo. Luego un cuscús, el plato nacional, una especie de cocido sin caldo, hecho con sémola, garbanzos, hortalizas y pollo, y servido todo junto.

Mientras comen pasan, con sus músicas y cantos, los grupos que los recibieron al entrar.

Terminada la cena, salen a un palenque tan grande casi como un campo de fútbol, donde dos grupos de jinetes realizan diversas exhibiciones. El primer grupo son bereberes que montan caballos árabes, cortos y nerviosos, a la jineta, es decir, con los estribos cortos y las piernas recogidas. Realizan varias cargas y disparan sus espingardas. El segundo grupo calza botas altas y montan caballos hispano árabes al estilo europeo, o sea, al estribo, con las piernas extendidas. Realizan varias acrobacias semejantes a las que hacen los vaqueros tejanos en los circos.

Luego una bailarina se contorsiona sobre un escenario móvil que llevan al centro del palenque. Dicen que es la danza del vientre, pero el escenario queda tan alejado y la iluminación es tan deficiente, que apenas se vislumbra. Como fin de fiesta desfilan todos los grupos que han intervenido.

Lo peor ha sido el frío que los viajeros han pasado, que no mitigaban alguna estufa de gas ni la alfombra con que se taparon las piernas. Lo mejor los jinetes bereberes y los trajes de ricos colores de los músicos y cantantes.

Regresan al hotel pasada la medianoche.

Lunes, día 5, la medina

El comedor, donde los viajeros toman un desayuno de buffet razonablemente variado, da a un jardín con piscina. A las nueve salen del hotel y visitan el jardín de La Ménara, que tiene olivos enormes con la tierra sin desbrozar, y el Olivar Bab Jdid, cuyas cosechas subasta todos los años el Ayuntamiento, su propietario. Explica Abdel, el guía, que los olivos españoles son más pequeños porque los andaluces han descubierto que así viven más años, que la gran producción de los suyos los mata antes.

Luego entran en la medina y llegan hasta el alminar almohade de Kutubia o Kutubiya, que se dice en castellano, tantas veces explicado en clase, porque es hermano menor de la Giralda y permite imaginar cómo sería originalmente la torre sevillana, aunque los paños de sebka en cada cara no están divididos en dos.

Muy cerca la plaza Jmaa El Fna constituye un mercado inmenso, multiforme y colorista, donde los vendedores ambulantes acosan al viajero con sus mil productos, las cobras danzan al son de las zampoñas y los camareros de los restaurantes piden a los visitantes que recuerden el número de su mesa cuando vayan a comer. El viajero entiende que ésa manera es su cultura, que se están buscando la vida como pueden en una economía misérrima, pero le resulta tan agobiante, que renuncia a interesarse por cualquier cosa para no soportar ese acoso permanente. Hasta el autobús llegan muchas veces tratando de venderles chilabas, collares u otras menudencias.

Nada más entrar en la Medina visitan una farmacia o herbolario donde tienen miles de botes alineados en cientos de repisas con remedios para todos los males y especias y tés para todos los gustos.

Inmediatamente pasean por el laberinto de la Medina, de callejas estrechas como la antigua judería de Sevilla, aunque de color terroso, admiran la sucesión de tiendas y talleres minúsculos, en cuatro metros cuadrados puede trabajar un sastre o un zapatero, el colorido de las fruterías o los caftanes de boda. En un taller un anciano rodeado de cubiertas de coche desechadas corta una para hacer algún recipiente, que a su lado tiene cubos, cestos, espuertas... Eso es reciclar y no lo que se hace en las  sociedades desarrolladas. El viajero compra un taco de canela por cinco euros. Demasiado, debió haber regateado, pero no sabe.

Pocas mujeres llevan velo y poquísimas la cara tapada, que Marruecos es un país islámico "light", según el guía. Habían hablado algo sobre el asunto y dijo que los islamistas radicales nunca llegarán al poder en el Norte de África, que los Hermanos Musulmanes que recién han ganado las elecciones en Marruecos son muy moderados, que serán buenos administradores de la cosa pública, porque son gente recta y honrada, que la gente los ha votado, porque ya han probado todas las opciones políticas y ninguna ha funcionado, que todos esperan que éstos saquen al país de la miseria y acaben con la espesa corrupción que lo pringa todo.

Cuenta que en la literatura se habla de al-Andalus como del Paraíso Perdido.

Hablan de Marruecos: Tanto el árabe como el berebere son idioma oficiales, pero el segundo sólo se aprende en el seno de la familia, que fue una concesión para movilizar a los bereberes a votar y lograr que se integren. La nación berebere es amplísima, vive mayoritariamente en el Atlas y está compuesta por muchas etnias, entre ellas la tuareg, los nómadas del desierto, los hombres azules, por el turbante, velo y ropa teñidos de índigo con que se cubren para protegerse del sol. Cuenta Abdel que en el Sáhara hay una guerra soterrada contra los tuaregs porque no renuncian a su nomadismo y los estados por donde pasan pretenden cerrarles las fronteras. Por los días del atentado de Londres en un pueblo de Mali asesinaron a treinta tuaregs, pero no se supo, porque el asesinato en el primer mundo tapó el del tercero.

Tienen los viajeros la comida contratada en un restaurante con decoración retro, andalusí o almohade, como casi todo: Ensalada de verduras y arroz cocido, pollo recalentado y naranjas variadas con un gajo de granada por cabeza. Luego té con polvorones. Mientras comían en una sala enorme vacía una orquestina tocaba instrumentos de viento, cuerda y percusión.

El palacio de Bahía fue mandado construir por un ministro del siglo XIX enamorado de la Alhambra, toda la distribución en cuartos alrededor de patios y la decoración recuerda el palacio nazarí, lo que permite columbrar especialmente las techumbres en madera de cedro pintadas con colores naturales: índigo, azafrán y amapola. Explica Abdel que usan el cedro, que abunda en el Atlas, porque es fácil de trabajar y su olor repele a la carcoma.

Las Tumbas Saadíes constituyen el mausoleo de los príncipes de la dinastía Saadí (1554-1559). Su decoración arquitectónica recuerda al viajero, más que la Alhambra, el alcázar de Sevilla. Los musulmanes se entierran desnudos, como vienen al mundo, sólo envueltos en un sudario y de cara a la Meca, Abdel dixit.

El viajero y su esposa terminan el día con un paseo nocturno hasta la Kutubia para verla iluminada.

Martes, día 6, Casablanca

Salen los viajeros hacia las 8:45 con destino a Casablanca por un paisaje árido y ocre, de agricultura de secano, en el que se ven pequeños rebaños de ovejas, algún arado tirado por un mulo y chumberas que señalan la linde de las propiedades. Más tarde, según se acercan al mar, el paisaje se torna más verde y aparecen algunas cabezas de vacuno.

Al paso por Settat Abdel cuenta que fue la ciudad natal del ministro del Interior de Hassan II, que permaneció en el cargo durante veinticinco años, el malo del régimen en tanto que el papel del bueno lo desempeñaba el rey. Todos los naturales de la ciudad ganaban automáticamente las oposiciones a la Administración a que concurrían sin más pruebas ni trámites.

Cuando los portugueses colonizaron la costa de África vieron una aldea en la que sobresalía el alminar blanco de una mezquita y la llamaron Casabranca. Luego los castellanos adaptaron el nombre, que los franceses conservaron más tarde, porque les gustó lo exótico del topónimo. Pero su crecimiento espectacular data del siglo XX y hoy llega a los cinco millones de habitantes.

Almuerzan en un gran restaurante casi vacío: Ensalada de verdura, fritura de pescado, muy semejante al que sirven en Cádiz, con guarnición de verduras a la plancha. La mejor hasta el momento opina el grupo.

La mezquita de Hassan II junto al mar es colosal, el alminar mide 200 metros, el doble que el de la mezquita mayor de Sevilla, la Giralda hoy, pero resulta un refrito de estilos diferentes: califal cordobés, almohade, nazarí..., aunque tiene armonía y sentido monumental. Construida entre 1985 y 1993 por suscripción popular, es sin duda un símbolo faraónico para aglutinar a la nación en torno a la monarquía.

Desde el malecón de la explanada se ve la bahía y las olas que rompen en la playa en numerosas líneas sucesivas, como un disciplinado ejército que desembarca. El paseo marítimo discurre en torno a la playa ocupada por otra línea continua de restaurantes, semejantes a blocaos dispuestos a su defensa frente al invasor, algunos con piscina y gimnasio, en uno de los cuales el viajero toma té a cuatro euros.

La iglesia de Nª Sª de Lourdes, construida por los franceses, tiene estructura tradicional, aunque las formas son funcionales, y amplias vidrieras neobizantinas de Gabriel Loire.

De vuelta al hotel pasan por el barrio que el ejército francés construyó para sus oficiales: tiene evocadores edificios art decó. Luego recorren una larga avenida donde están todas las firmas internacionales: Mango, Louis Vuiton, Armani...

El Hotel Golden Tulip Farra es aún mejor que el de Marrakech, más grande y de estilo neoplasticista en edificio y mobiliario.

Miércoles, día 7, Volúbilis

Luego de un estupendo desayuno los viajeros continúan hacia Rabat, la capital, pasan ante la muralla almohade y se detienen un momento para visitar el mausoleo de Hassan II y Mohamed V, custodiado por jinetes e infantes con el uniforme tradicional. Es de estilo almohade, como todo, como el alminar de la vieja mezquita, auténtico éste, hermano de la Giralda, de cuyas naves sólo quedan los fustes de las columnas traídos de la ciudad romana de Volúbilis. No pueden o no saben salir de la edad media, aunque Mohamed VI va a establecer pensiones universales de jubilación y ha implantado reformas que le han dado gran popularidad, tanta que no hay republicanos, porque la monarquía es además la garante de la unidad del Estado, que de lo contrario se rompería en cuatro o cinco según las distintas etnias y culturas.

Rabat se alza en la orilla izquierda del río Bu Regreg y en la otra orilla se levanta la ciudad de Salé, blanca como una nevada.

En Meknes atraviesan dos o tres cinturones de murallas y pasean un instante junto a un estanque hasta llegar a la puerta de una tercera o cuarta, muy semejante a la de Sevilla, que también es almohade.

En este punto se desvían los viajeros para llegar a las ruinas de la ciudad romana de Volúbilis, una Pompeya en pequeño, descubierta hace poco más de un siglo y aún sin excavar completamente. Se han restaurado la basílica, la puerta oeste, algunos mosaicos, las termas... Al Este, sobre dos empinadas colinas, se alza Mulay Idris, cuna y santuario de Idris I, fundador de su dinastía.

Ya de noche llegan a Fez. El hotel es nuevo, enorme y frío, el viajero pasa frío en el pequeño comedor, con decoración almohade naturalmente, donde se sirven la cena.

Jueves, día 8, Fez

El caos tiene sus reglas, aunque aún no se hayan descubierto. La Medina de Fez es un laberinto fascinante, tanto que no se permite la entrada a los turistas si no llevan guía. Allí están todos los oficios y artesanías, tejedores, tintoreros, curtidores, orfebres, latoneros, caldereros, sastres, ebanistas, confiteros... El viajero ha visto pestiños y tacos enormes de turrón como los que se ven en las ferias de España, telas multicolores expuestas con un sentido increíble de la armonía, maniquíes alineados como soldados listos para la revista de ordenanza, naranjas, especias, frutos de toda índole, madroños... También la carne está expuesta al filo de la calle y los gallos o gallinas se venden vivos.

De vez en cuando alguien grita y es preciso apartarse con celeridad, pasa un carrillo de mano, un mulo, un asno o incluso una recua. Los asnos son diminutos, de un metro de alzada, igual que Platero. Pasó un jayán más grande que su cabalgadura montado sobre la grupa del asno y casi arrastraba los pies. El viajero tuvo lástima de los animales, semejantes a máquinas vivas, tienen vacía la mirada y corren agobiados por la carga, que los persigue como una maldición del destino sin que atinen a comprenderla ni deshacerse de ella.

Los viajeros han presenciado el lugar donde se curte el cuero igual que en la edad media o la antigüedad, hombres metidos hasta las rodillas en pilones cilíndricos llenos de palomino donde maceraban el cuero, después de haberlo tenido en cal viva y lavado en agua abundante, aunque ahora la empresa es cooperativa. Al entrar en el recinto les dieron una ramita de hierbabuena para oler y soportar así el mal olor del proceso de curtido.

En los sentidos quedan el colorido, la bulla, las calles estrechas, los balcones con celosías o atauriques, los puestos de comida, la mezquita de Qarawiyyin y la medersa de Bu Inania, mezquita, colegio mayor y escuela coránica, con yesos que recuerdan los del alcázar sevillano y pilares semejantes a los de Santa María la Blanca en Toledo. Y siempre el acoso de los vendedores en cuanto los viajeros mostraban interés por algún producto. Llevaban detrás del grupo un contraguía que velaba porque ninguno se despistase o se les acercasen parásitos de mano larga y dedos hábiles.

Es sin duda un túnel del tiempo, como dijo Abdel. Por cierto, el viajero no ha visto libros ni lutieres, tan abundantes en la Córdoba y la Sevilla califales.

Han comido un buen cuscús en un cuarto abierto a un patio en una casona de estilo granadino y les han explicado las alfombras de cientos de miles de nudos de lana en una casa similar: una mujer tarda año y medio en hacer una alfombra de seis metros cuadrados, cuyo precios es de 2.000 €.

En un angosto callejón hay una lápida de mármol que indica la casa que habitó (1160-1165) el médico y filósofo judío Musa ibn Maymun, Maimónides (1135-1204), nacido en Córdoba de donde tuvo que exiliarse perseguido por la intolerancia almohade. El guía Abdul se la señaló al viajero, que de otro modo le habría pasado desapercibida

En un taller de calderería el viajero compra una tetera. Los grabadores en estuco trabajaban en la calle. A última hora recorren a todo correr el barrio de los andaluces, emigrados de Córdoba, cuando el motín del Arrabal en tiempos de Alhakam I, o de Granada, cuando los RRCC la conquistaron, precisamente en Fez falleció Abu Abd Allah Muhammmad ibn Alí, Muhammad XII (1459-1533), último rey de Granada, llamado por los castellanos Boabdil, el Chico

Abdul, el guía local, es un tipo regordete, con chilaba de paño marrón, que se explica muy bien en castellano y parece un hombre sabio, aunque el viajero le discute algunos temas, el tradicionalismo arquitectónico, por ejemplo. Argumenta Abdul que esas formas constituyen su identidad, en tanto que los europeos asumen unas maneras y formas internacionales sin alma. También le plantea por qué, después de brillar a gran altura científica durante la edad media, luego quedaron parados y han perdido el tren de la historia. Los interrumpen y es muy difícil seguir la conversación, aunque parece aceptar que el despotismo político religioso bloqueó el desarrollo: Nuestra historia se puede hacer mejor fuera, reconoce, porque aquí no se pueden escribir o decir ciertas cosas.

Estaban los viajeros en una placeta y de pronto comenzó a pasar un desfile de jóvenes apresurados que entonaban una salmodia. No fotos, no filmar, dijo nervioso Abdul. Era un entierro y el cortejo recitaba algo que Abdul tradujo: Dios es el principio y el fin, algo así le pareció al viajero. Pasó el difunto sobre unas parihuelas que portaban sus amigos, amortajado con un paño blanco y cubierto con un tapiz rojo. Al parecer era un joven que se había matado en un accidente de moto. Sin duda no llevaba casco, nadie lo lleva, ni motoristas ni ciclistas, muy numerosos en la carretera como medio de transporte. Iban a la mezquita y poco después los vieron de vuelta ya hacia el cementerio. Los tenderos y artesanos suspendían respetuosamente su actividad y fue muy emotivo.

Al final del recorrido Abdul, como un buen profesor, hizo una síntesis de lo que habían visto:

1.  El Borj del Sur, una fortaleza situada en una colina desde la que se ve una espléndida panorámica de la Medina, que nos recordó la que se ve de Toledo desde los cigarrales.

2.  La fachada del Palacio Real de siete puertas forradas de bronce.

3.  La Medersa Bu Inania.

4.  La Puerta de Bab Bu Jelud, azul en el exterior y verde en el interior.

5.  La Plaza de la Medina, donde se encuentra el Museo de las Artes y Oficios de la Madera, antes Fonduk Nejarlin

6.  Mausoleo de Mulay Idriss, sólo accesible a los musulmanes, pero cuya riqueza ornamental se ve ya en la fachada.

7.  Universidad de Qarawiyyin.

Viernes, día 9, el Medio Atlas

Pensó el viajero que el día sería festivo, pero Abdel dijo que, como ellos tienen más relación con los países occidentales, han cambiado la festividad del viernes al sábado y domingo, y sólo conservaban la oración, que su horario de trabajo les permite. Otras costumbres también se han occidentalizado y así los jóvenes retrasan el matrimonio hasta los treinta y muchas parejas conviven antes de casarse. No obstante en el campo se mantienen los modos tradicionales y es frecuente que en la misma casa convivan varias generaciones.

Se ha levantado el grupo a las 6:30 y parte a las 8:00. Tan frío resulta el comedor, que el viajero baja a desayunar con gorro y chaqueta. Ya explicó Abdel en Marrakech que las casas están pensadas para el calor, con gruesos muros y techos altos, como en Andalucía. En invierno no hay calefacción o no funciona.

Decía el informe de la agencia que Ifrane, en el Medio Atlas, fundada por los franceses hace un siglo y situada a 1.700 metros de altura, era una ciudad como las suizas, pero los viajeros apenas pudieron verla, que sólo tuvieron quince minutos para tomar un té y contemplar un león tallado en una roca. Al paso sí observaron que las casas tenían los tejados muy inclinados, como corresponde a una población de abundantes nevadas, que allí van los que pueden esquiar, incluido el rey, que naturalmente tiene palacio. Los apartamentos de veraneo se pagan a 100€/día en tanto que en la Roca o Azru, a veinte kilómetros, sólo a 30€.

El paisaje del entorno es de coníferas y la tierra de calizas rojas y anaranjadas. Quizá más interesante es el paisaje humano que se advierte, pequeños pueblos con casas a medio terminar, informa Abdel que así se ahorran la cédula de habitabilidad y usan la luz y el agua de obra. La bicicleta es un medio de transporte bastante común y el autobús tiene a veces que esquivarlas. También los asnos son de uso frecuente. Entre las mujeres abundan los caftanes de vistosos colores y el velo, aunque no se las ve con la cara tapada.

Cuenta Abdel que la enseñanza es obligatoria y gratuita hasta los quince años y sigue el modelo francés: escuela, cuatro años de colegio o secundaria obligatoria y tres de liceo o bachillerato, igual que en España.

En cambio la sanidad es más deficiente y no incluye las medicinas.

Comen los viajeros en Beni Mellal en un restaurante ambientado al modo de las mil y una noches o los cuentos de la Alhambra: una especie de empanada de hojaldre rellena de verduras y fideos chinos, y un cuscús con pollo.

Llegan los viajeros a Marrakech ya noche cerrada y todos coinciden que ha sido una jornada agotadora y casi perdida, porque todo se ha visto a vuelo de pájaro y no se ha podido degustar. ¿Hay vuelos entre Fez y Madrid? Parece que no.

En la misma avenida del hotel Palm Plaza donde de nuevo se alojan en Marrakech, cerca del Jardín d’Agdal, a cinco minutos a pie, hay un gran centro comercial, enorme Carrefour incluido, donde se exponen y venden todos los últimos caprichos de la moda occidental.

En Aghmat, a veinte kilómetros de Marrakech, murió y está enterrado Muhammad ibn 'Abbad al-Mu'tamid (1040-1095), poeta y rey de Sevilla, destronado y desterrado por los almorávides: «Tumba de forastero, que las lloviznas vespertina y matinal te rieguen, porque han conquistado los restos de Ibn 'Abbad»... Así dice el epitafio redactado por él mismo, pero el guía Abdel no lo dijo ni visitaron el mausoleo.

Sábado, día 10, La Mamounia

Se levanta el viajero con calma y sosiego para un desayuno abundante, según costumbre, y el autobús de camino al aeropuerto se detiene para que los viajeros vean y admiren “La Mamounia”, un hotel mítico construido por los franceses hace noventa años, donde se han alojado todos los grandes y adinerados del mundo, desde Wiston Churchill y Charles Chaplin a Carmina Ordóñez, que estas cosas siempre fascinan al personal. Realmente es espectacular, un lujo de película, igual que los jardines, con un portero de uniforme blanco y capa carmesí de las mil y una noches. Se pregunta el viajero, si los hoteles en que han estado eran de cinco estrellas, ¿a que constelación o galaxia pertenecería éste?

El vuelo se retrasó una media hora, pero han llegado a Madrid a las 17:35 hora local, con 5º en Barajas y algo de niebla. En la estación de Metro de la T4 hacía un frío tremendo. Ya les advirtió una de las azafatas que todo el día había estado así.


 

 


 

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