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Marruecos,
el otro al-Andalus
Aurelio Mena Hornero
diciembre de 2011
Domingo, día
4, Marrakech.
Lunes, día
5, la medina.
Martes, día
6, Casablanca.
Miércoles, día
7, Volúbilis.
Jueves, día
8, Fez.
Viernes, día
9, el Medio Atlas.
Sábado, día
10, La Mamounia.
Domingo, día 4, Marrakech
Cuando
el viajero y su esposa llegan a Barajas a las 8h., ya está el grupo de
compañeros de viaje facturando, pero no
despegan
hasta las 12h.
Vuelan aproximadamente sobre
las provincias de Córdoba,
Sevilla y Málaga: La
vista de Sierra Nevada, cuajada de nieve, es espectacular, una especie de pirámide
alargada con dos vértices en el Mulhacén y el Veleta, únicos lugares donde se
advierte erosión glaciar por la cara norte. En cambio el Atlas, el Alto
Atlas,
se les aparecerá luego como una larga cordillera llena de picachos nevados, una
sierra propiamente, el viajero no se la habría imaginado, que siempre funcionamos con
ideas preconcebidas que no se corresponden con la realidad. Pero el paisaje que
sobrevuelan es de media montaña muy reseca, sin duda el Medio Atlas, donde los
valles y cárcavas de los ríos están tallados con precisión de manual.
El avión es pequeño, cuatro filas, como un autobús,
tampoco resulta excesivo el aeropuerto de Marrakech, donde los espera Abdel, su guía durante todo el circuito, que viste chilaba y babuchas, una
demostración nacionalista que él subrayará en dos o tres ocasiones al
declararse orgullosamente “moro”, es decir, natural de la antigua
Mauritania, hijo de padre árabe y madre berebere.
El hotel Palm Plaza, de cinco estrellas, es amplio y
cómodo, aunque similar al de tres estrellas donde el viajero se alojó hace dos años
en Washington. Ese día los viajeros tienen sólo la cena, pero una parte del grupo la
han
cambiado por el almuerzo, porque a la noche irán a espectáculo que incluye la
cena. La comida es de buffet muy variada y exótica. Luego té de menta.
Después de comer
los viajeros salen a ver un palmeral y la
muralla almohade, con el fondo del Alto Atlas de sorprendentes picachos
completamente nevado, semejante a los Alpes, tiene nieves perpetuas, subraya
Abdel. Algunos recuerdan el palmeral de Elche, pero éste es natural y menos
espeso. Hay varios dromedarios en los que se puede dar un paseo.

En la avenida Mohamed V,
eje de la ciudad nueva, los viajeros tienen media hora de tiempo
libre. Los edificios son todos rojizos, de cuatro o cinco
alturas como máximo para evitar el ascensor, a que obliga la ordenanza
municipal.
De vuelta al hotel en el canal internacional de TVE
el viajero y su esposa ven la victoria de Nadal sobre Del Potro, que da la victoria a España sobre
Argentina en la Copa Davis.
El espectáculo de folklore moro o berebere tiene
lugar en una finca a diez kilómetros de Marrakech, “Chez Alí”, donde se
recrean varios ambientes de su cultura, incluida la cueva de Alí Baba. Los
reciben varios grupos, vestidos con trajes nacionales de suntuosos colores, que
tañen y percuten diversos instrumentos. Luego cenan en una enorme jaima muy
adornada alrededor de mesas redondas para ocho o diez comensales: Sopa de
legumbres, medio cordero asado, más grande que los españoles, puesto sobre una
gran bandeja, que los viajeros deben trocear según se sirven ellos mismos. Al amanecer encienden el
fuego, sobre cuyas brasas colocarán verticalmente el espetón con el cordero
para que la grasa resbale hacia abajo. Luego un cuscús, el plato nacional, una
especie de cocido sin caldo, hecho con sémola, garbanzos, hortalizas y pollo, y
servido todo junto.
Mientras
comen pasan, con sus músicas y cantos,
los grupos que los recibieron al entrar.
Terminada la cena,
salen a un palenque tan grande
casi como un campo de fútbol, donde dos grupos de jinetes realizan diversas
exhibiciones. El primer grupo son bereberes que montan caballos árabes, cortos
y nerviosos, a la jineta, es decir, con los estribos cortos y las piernas
recogidas. Realizan varias cargas y disparan sus espingardas. El segundo grupo
calza botas altas y montan caballos hispano árabes al estilo europeo, o sea, al
estribo, con las piernas extendidas. Realizan varias acrobacias semejantes a las
que hacen los vaqueros tejanos en los circos.

Luego una bailarina se contorsiona sobre un
escenario móvil que llevan al centro del palenque. Dicen que es la danza del
vientre, pero el escenario queda tan alejado y la iluminación es tan
deficiente, que apenas se vislumbra. Como fin de fiesta desfilan todos los
grupos que han intervenido.
Lo peor
ha sido el frío que los viajeros han pasado, que no mitigaban
alguna estufa de gas ni la alfombra con que se taparon las piernas. Lo mejor
los jinetes bereberes y los trajes de ricos colores de los músicos y cantantes.
Regresan al hotel pasada la medianoche.
Lunes, día 5, la medina
El comedor, donde
los viajeros toman un desayuno de buffet
razonablemente variado, da a un jardín con piscina. A las nueve salen del
hotel y visitan el jardín de La Ménara, que tiene olivos enormes con la
tierra sin desbrozar, y el Olivar Bab Jdid, cuyas cosechas subasta todos los años
el Ayuntamiento, su propietario. Explica Abdel, el guía, que los olivos
españoles son más pequeños porque los andaluces han descubierto que así viven más años,
que la gran producción de los suyos los mata antes.
Luego
entran en la medina y llegan hasta el
alminar almohade de Kutubia o Kutubiya, que se dice en castellano, tantas veces
explicado en clase, porque es hermano menor de la Giralda y permite imaginar cómo
sería originalmente la torre sevillana, aunque los paños de sebka en cada cara
no están divididos en dos.
Muy cerca la
plaza Jmaa El Fna constituye un mercado
inmenso, multiforme y colorista, donde los vendedores ambulantes acosan al
viajero con sus mil productos, las cobras danzan al son de las zampoñas y los
camareros de los restaurantes piden a los visitantes que
recuerden el número de su mesa
cuando vayan a comer. El viajero entiende que ésa manera es su cultura, que se
están buscando la vida como pueden en una economía misérrima, pero le resulta
tan agobiante, que renuncia a interesarse por cualquier cosa para no soportar
ese acoso permanente. Hasta el autobús llegan muchas veces tratando de
venderles chilabas, collares u otras menudencias.
Nada más entrar en la Medina
visitan una farmacia
o herbolario donde tienen miles de botes alineados en cientos de repisas con
remedios para todos los males y especias y tés para todos los gustos.
Inmediatamente
pasean por el laberinto de la
Medina, de callejas estrechas como la antigua judería de Sevilla, aunque de
color terroso, admiran la sucesión de tiendas y talleres minúsculos, en
cuatro metros cuadrados puede trabajar un sastre o un zapatero, el colorido de
las fruterías o los caftanes de boda. En un taller un anciano rodeado de
cubiertas de coche desechadas corta una para hacer algún recipiente, que a su
lado tiene cubos, cestos, espuertas... Eso es reciclar y no lo que se hace en
las sociedades desarrolladas. El
viajero compra un taco de canela por cinco euros. Demasiado, debió haber regateado,
pero no sabe.
Pocas mujeres llevan velo y poquísimas la cara
tapada, que Marruecos es un país islámico "light", según el guía.
Habían
hablado algo sobre el asunto y dijo que los islamistas radicales nunca
llegarán al poder en el Norte de África, que los Hermanos Musulmanes que recién
han ganado las elecciones en Marruecos son muy moderados, que serán buenos
administradores de la cosa pública, porque son gente recta y honrada, que la
gente los ha votado, porque ya han probado todas las opciones políticas y ninguna ha funcionado, que
todos esperan que éstos saquen al país de la miseria y acaben con la espesa
corrupción que lo pringa todo.
Cuenta que en la literatura se habla de
al-Andalus
como del Paraíso Perdido.
Hablan de
Marruecos: Tanto el árabe como el
berebere son idioma oficiales, pero el segundo sólo se aprende en el seno de la
familia, que fue una concesión para movilizar a los bereberes a votar y lograr que se
integren. La nación berebere es amplísima, vive mayoritariamente en el Atlas y
está compuesta por muchas etnias, entre ellas la tuareg, los nómadas del
desierto, los hombres azules, por el turbante, velo y ropa teñidos de índigo
con que se cubren para protegerse del sol. Cuenta Abdel que en
el Sáhara hay una
guerra soterrada contra los tuaregs porque no renuncian a su nomadismo y los
estados por donde pasan pretenden cerrarles las fronteras. Por los días del
atentado de Londres en un pueblo de Mali asesinaron a treinta tuaregs, pero no
se supo, porque el asesinato en el primer mundo tapó el del tercero.

Tienen
los viajeros la comida contratada en un restaurante con
decoración retro, andalusí o almohade, como casi todo: Ensalada de verduras y arroz cocido, pollo
recalentado y naranjas variadas con un gajo de granada por cabeza. Luego té con
polvorones. Mientras comían en una sala enorme vacía una orquestina tocaba
instrumentos de viento, cuerda y percusión.
El
palacio de Bahía fue mandado construir por un
ministro del siglo XIX enamorado de la Alhambra, toda la distribución en cuartos
alrededor de patios y la decoración recuerda el palacio nazarí, lo que permite
columbrar especialmente las techumbres en madera de cedro pintadas con colores
naturales: índigo, azafrán y amapola. Explica Abdel que usan el cedro, que
abunda en el Atlas, porque es fácil de trabajar y su olor repele a la carcoma.
Las
Tumbas Saadíes constituyen el mausoleo de los
príncipes de la dinastía Saadí (1554-1559). Su decoración arquitectónica
recuerda al viajero, más que la Alhambra, el alcázar de Sevilla. Los musulmanes se
entierran desnudos, como vienen al mundo, sólo envueltos en un sudario y de
cara a la Meca, Abdel dixit.
El
viajero y su esposa terminan el día con un paseo nocturno hasta la
Kutubia para verla iluminada.
Martes, día 6,
Casablanca
Salen
los viajeros hacia las 8:45 con destino a Casablanca por
un paisaje árido y ocre, de agricultura de secano, en el que se ven pequeños
rebaños de ovejas, algún arado tirado por un mulo y chumberas que señalan la
linde de las propiedades. Más tarde, según se acercan al mar, el paisaje
se torna más verde y aparecen algunas cabezas de vacuno.
Al
paso por Settat Abdel cuenta que fue la ciudad
natal del ministro del Interior de Hassan II, que permaneció en el cargo
durante veinticinco años, el malo del régimen en tanto que el papel del bueno
lo desempeñaba el rey. Todos los naturales de la ciudad ganaban automáticamente
las oposiciones a la Administración a que concurrían sin más pruebas ni trámites.
Cuando los portugueses colonizaron la costa de África
vieron una aldea en la que sobresalía el alminar blanco de una mezquita y la
llamaron Casabranca. Luego los castellanos
adaptaron el nombre, que los
franceses conservaron más tarde, porque les gustó lo exótico del topónimo.
Pero su crecimiento espectacular data del siglo XX y hoy llega a los cinco
millones de habitantes.
Almuerzan en un gran restaurante casi vacío:
Ensalada de verdura, fritura de pescado, muy semejante al que sirven en Cádiz,
con guarnición de verduras a la plancha. La mejor hasta el momento opina el grupo.
La
mezquita de Hassan II junto al mar es colosal, el
alminar mide 200 metros, el doble que el de la mezquita mayor de Sevilla, la
Giralda hoy, pero resulta un refrito de estilos diferentes: califal cordobés,
almohade, nazarí..., aunque tiene armonía y sentido monumental. Construida
entre 1985 y 1993 por suscripción popular, es sin duda un símbolo faraónico
para aglutinar a la nación en torno a la monarquía.

Desde el
malecón de la explanada se ve la bahía y
las olas que rompen en la playa en numerosas líneas sucesivas, como un
disciplinado ejército que desembarca. El paseo marítimo discurre en torno a la
playa ocupada por otra línea continua de restaurantes, semejantes a blocaos
dispuestos a su defensa frente al invasor, algunos con piscina y gimnasio, en
uno de los cuales el viajero toma té a cuatro euros.

La
iglesia de Nª Sª de Lourdes, construida por los
franceses, tiene estructura tradicional, aunque las formas son funcionales, y
amplias vidrieras neobizantinas de Gabriel Loire.
De vuelta al hotel
pasan por el barrio que el ejército
francés construyó para sus oficiales: tiene evocadores edificios art
decó.
Luego recorren una larga avenida donde están todas las firmas
internacionales: Mango, Louis Vuiton, Armani...
El Hotel Golden Tulip Farra es aún mejor que el de
Marrakech, más grande y de estilo neoplasticista en edificio y mobiliario.
Miércoles, día 7, Volúbilis
Luego de un estupendo desayuno
los viajeros continúan hacia Rabat,
la capital, pasan ante la muralla almohade y
se detienen un momento para
visitar el mausoleo de Hassan II y Mohamed V, custodiado por jinetes e infantes
con el uniforme tradicional. Es de estilo almohade, como todo, como el alminar
de la vieja mezquita, auténtico éste, hermano de la Giralda, de cuyas naves sólo
quedan los fustes de las columnas traídos de la ciudad romana de Volúbilis. No
pueden o no saben salir de la edad media, aunque Mohamed VI va a establecer
pensiones universales de jubilación y ha implantado reformas que le han dado
gran popularidad, tanta que no hay republicanos, porque la monarquía es además
la garante de la unidad del Estado, que de lo contrario se rompería en cuatro o
cinco según las distintas etnias y culturas.
Rabat se alza en la orilla izquierda del río Bu
Regreg y en la otra orilla se levanta la ciudad de Salé, blanca como una
nevada.
En
Meknes atraviesan dos o tres cinturones de
murallas y pasean un instante junto a un estanque hasta llegar a la puerta de
una tercera o cuarta, muy semejante a la de Sevilla, que también es almohade.

En este punto
se desvían los viajeros para llegar a las ruinas
de la ciudad romana de Volúbilis, una Pompeya en pequeño, descubierta hace
poco más de un siglo y aún sin excavar completamente. Se han restaurado la basílica,
la puerta oeste, algunos mosaicos, las termas... Al Este, sobre dos empinadas
colinas, se alza Mulay Idris, cuna y santuario de Idris
I, fundador de su dinastía.

Ya de noche
llegan a Fez. El hotel es nuevo,
enorme y frío, el viajero pasa frío en el pequeño comedor, con decoración almohade
naturalmente, donde se sirven la cena.
Jueves, día 8, Fez
El caos tiene sus reglas, aunque aún no se hayan
descubierto. La Medina de Fez es un
laberinto fascinante, tanto que no
se permite la entrada a los turistas si no llevan guía. Allí están todos los
oficios y artesanías, tejedores, tintoreros, curtidores, orfebres, latoneros,
caldereros, sastres, ebanistas, confiteros... El viajero ha visto pestiños y tacos
enormes de turrón como los que se ven en las ferias de España, telas multicolores
expuestas con un sentido increíble de la armonía, maniquíes alineados como
soldados listos para la revista de ordenanza, naranjas, especias, frutos de toda índole, madroños... También
la carne está expuesta al filo de la calle y los gallos o gallinas se venden
vivos.
De vez en cuando alguien grita y es preciso
apartarse con celeridad, pasa un carrillo de mano, un mulo, un asno o incluso
una recua. Los asnos son diminutos, de un metro de alzada,
igual que Platero. Pasó un jayán más
grande que su cabalgadura montado sobre la grupa del asno y casi arrastraba los
pies. El viajero tuvo lástima de los animales, semejantes a máquinas vivas, tienen vacía la
mirada y corren agobiados por la carga, que los persigue como una
maldición del destino sin que atinen a comprenderla ni deshacerse de ella.

Los
viajeros han presenciado el lugar donde se curte el cuero igual que en la
edad media o la antigüedad, hombres metidos hasta las rodillas en pilones cilíndricos
llenos de palomino donde maceraban el cuero, después de haberlo tenido en cal
viva y
lavado en agua abundante, aunque ahora la empresa es cooperativa. Al entrar en
el recinto les dieron una ramita de hierbabuena para oler y soportar así el mal
olor del proceso de curtido.

En los sentidos quedan el colorido, la bulla, las
calles estrechas, los balcones con celosías o atauriques, los puestos de
comida, la mezquita de Qarawiyyin y la medersa
de Bu Inania, mezquita,
colegio mayor y escuela coránica, con yesos que recuerdan los del alcázar
sevillano y pilares semejantes a los de Santa María la Blanca en Toledo. Y
siempre el acoso de los vendedores en cuanto los viajeros mostraban interés por algún
producto. Llevaban detrás del grupo un contraguía que velaba porque ninguno se
despistase o se les acercasen parásitos de mano larga y dedos hábiles.

Es sin duda un túnel del tiempo, como dijo Abdel.
Por cierto, el viajero no ha visto libros ni lutieres, tan abundantes en la Córdoba
y la Sevilla califales.

Han comido un buen cuscús en un cuarto abierto a
un patio en una casona de estilo granadino y les han explicado las alfombras de
cientos de miles de nudos de lana en una casa similar: una mujer tarda año y
medio en hacer una alfombra de seis metros cuadrados, cuyo precios es de 2.000
€.
En un
angosto callejón hay una lápida de mármol
que indica la casa que habitó (1160-1165) el médico y filósofo judío
Musa
ibn Maymun, Maimónides (1135-1204), nacido en Córdoba de donde tuvo que
exiliarse perseguido por la intolerancia almohade. El guía Abdul se la señaló al
viajero, que de otro modo le habría pasado desapercibida

En un taller de calderería
el viajero compra una tetera.
Los grabadores en estuco trabajaban en la calle. A última hora recorren a todo
correr el barrio de los andaluces,
emigrados de Córdoba, cuando el motín del Arrabal en tiempos de Alhakam I, o de Granada,
cuando los RRCC la conquistaron, precisamente en
Fez falleció Abu Abd
Allah Muhammmad ibn Alí, Muhammad
XII (1459-1533), último rey de Granada, llamado por los castellanos Boabdil, el
Chico.
Abdul, el guía local, es un tipo regordete, con
chilaba de paño marrón, que se explica muy bien en castellano y parece un
hombre sabio, aunque el viajero le discute algunos temas, el tradicionalismo arquitectónico,
por ejemplo. Argumenta Abdul que esas formas constituyen su identidad, en tanto
que los europeos asumen unas maneras y formas internacionales sin alma. También
le plantea por qué, después de brillar a gran altura científica durante la
edad media, luego quedaron parados y han perdido el tren de la historia. Los
interrumpen y es muy difícil seguir la conversación, aunque parece aceptar que
el despotismo político religioso bloqueó el desarrollo: Nuestra historia se
puede hacer mejor fuera, reconoce, porque aquí no se pueden escribir o decir
ciertas cosas.
Estaban
los viajeros en una placeta y de pronto comenzó a
pasar un desfile de jóvenes apresurados que entonaban una salmodia. No fotos,
no filmar, dijo nervioso Abdul. Era un entierro y el cortejo recitaba algo que
Abdul tradujo: Dios es el principio y el fin, algo así le pareció al viajero. Pasó el
difunto sobre unas parihuelas que portaban sus amigos, amortajado con un paño
blanco y cubierto con un tapiz rojo. Al parecer era un joven que se había
matado en un accidente de moto. Sin duda no llevaba casco, nadie lo lleva, ni
motoristas ni ciclistas, muy numerosos en la carretera como medio de transporte.
Iban a la mezquita y poco después los vieron de vuelta ya hacia el cementerio.
Los tenderos y artesanos suspendían respetuosamente su actividad y fue muy emotivo.
Al final del recorrido Abdul, como un buen profesor,
hizo una síntesis de lo que habían visto:
1.
El Borj del Sur, una fortaleza situada en una colina desde la que se ve
una espléndida panorámica de la Medina, que nos recordó la que se ve de
Toledo desde los cigarrales.
2.
La fachada del Palacio Real de siete puertas forradas de bronce.
3.
La
Medersa Bu Inania.
4.
La
Puerta de Bab Bu Jelud, azul en el exterior y verde en el interior.
5.
La
Plaza de la Medina, donde se encuentra el Museo de las Artes y Oficios de
la Madera, antes Fonduk Nejarlin
6.
Mausoleo de Mulay Idriss, sólo accesible a los musulmanes, pero cuya
riqueza ornamental se ve ya en la fachada.
7.
Universidad de Qarawiyyin.
Viernes, día 9, el Medio Atlas
Pensó
el viajero que el día sería festivo, pero Abdel
dijo que, como ellos tienen más relación con los países occidentales, han
cambiado la festividad del viernes al sábado y domingo, y sólo conservaban la oración,
que su horario de trabajo les permite. Otras costumbres también se han
occidentalizado y así los jóvenes retrasan el matrimonio hasta los treinta y
muchas parejas conviven antes de casarse. No obstante en el campo se mantienen
los modos tradicionales y es frecuente que en la misma casa convivan varias
generaciones.
Se
ha levantado el grupo a las 6:30 y parte a las
8:00. Tan frío resulta el comedor, que el viajero baja a desayunar con gorro y chaqueta.
Ya explicó Abdel en Marrakech que las casas están pensadas para el calor, con
gruesos muros y techos altos, como en Andalucía. En invierno no hay calefacción
o no funciona.
Decía
el informe de la agencia que Ifrane, en el Medio Atlas,
fundada por los franceses hace un siglo y situada a 1.700 metros de altura, era
una ciudad como las suizas, pero los viajeros apenas pudieron verla, que sólo
tuvieron quince
minutos para tomar un té y contemplar un león tallado en una roca. Al paso sí
observaron que las casas tenían los tejados muy inclinados, como corresponde a
una población de abundantes nevadas, que allí van los que pueden esquiar,
incluido el rey, que naturalmente tiene palacio. Los apartamentos de veraneo se
pagan a 100€/día en tanto que en la Roca o Azru, a veinte kilómetros, sólo
a 30€.
El paisaje del entorno es de coníferas y la tierra
de calizas rojas y anaranjadas. Quizá más interesante es el paisaje humano que
se advierte, pequeños pueblos con casas a medio terminar, informa Abdel que así
se ahorran la cédula de habitabilidad y usan la luz y el agua de obra. La
bicicleta es un medio de transporte bastante común y el autobús tiene a
veces que esquivarlas. También los asnos son de uso frecuente. Entre las
mujeres abundan los caftanes de vistosos colores y el velo, aunque no se las ve
con la cara tapada.
Cuenta Abdel que
la enseñanza es obligatoria y
gratuita hasta los quince años y sigue el modelo francés: escuela, cuatro años
de colegio o secundaria obligatoria y tres de liceo o bachillerato, igual que
en España.
En cambio la sanidad es más deficiente y no incluye
las medicinas.
Comen
los viajeros en Beni Mellal en un restaurante ambientado
al modo de las mil y una noches o los cuentos de la Alhambra: una especie de
empanada de hojaldre rellena de verduras y fideos chinos, y un cuscús con pollo.
Llegan
los viajeros a Marrakech ya noche cerrada y todos coinciden que ha sido
una jornada agotadora y casi perdida, porque todo se ha visto a vuelo de
pájaro y no se ha podido degustar. ¿Hay vuelos entre Fez y Madrid?
Parece que no.
En la misma avenida del hotel Palm Plaza donde
de nuevo se alojan en Marrakech, cerca del Jardín d’Agdal, a cinco minutos a pie, hay un gran centro
comercial, enorme Carrefour incluido, donde se exponen y venden todos los últimos
caprichos de la moda occidental.
En Aghmat, a veinte kilómetros de Marrakech,
murió y está enterrado Muhammad ibn 'Abbad al-Mu'tamid
(1040-1095), poeta y rey de Sevilla, destronado y desterrado por los
almorávides:
«Tumba de forastero, que las lloviznas
vespertina y matinal te rieguen, porque han conquistado los restos de Ibn 'Abbad»...
Así dice el epitafio redactado por él mismo, pero el guía Abdel no lo dijo ni
visitaron el mausoleo.
Sábado, día 10,
La Mamounia
Se
levanta el viajero con calma y sosiego para un desayuno
abundante, según costumbre, y el autobús de camino al aeropuerto se detiene
para que los viajeros vean y admiren “La Mamounia”, un hotel mítico construido por los franceses hace
noventa años, donde se han alojado todos los grandes y adinerados del mundo,
desde Wiston Churchill y Charles Chaplin a Carmina Ordóñez, que estas cosas
siempre fascinan al personal. Realmente es espectacular, un lujo de película, igual que
los jardines, con un portero de uniforme blanco y capa carmesí de las mil y una
noches. Se pregunta el viajero, si los hoteles en que han estado eran de cinco
estrellas, ¿a que constelación o galaxia pertenecería éste?
El vuelo se retrasó una media hora, pero
han
llegado a Madrid a las 17:35 hora local, con 5º en Barajas y algo de niebla. En la
estación de Metro de la T4 hacía un frío tremendo. Ya les advirtió una de las
azafatas que todo el día había estado así.

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