Viaje al País Vasco

 

Aurelio Mena Hornero

 

Diversas circunstancias nos han retrasado el viaje al País Vasco, nuestra última frontera peninsular, de modo que éste ha tenido ese carácter iniciático de todas las primeras aventuras. Emocionante.

Domingo, día 10: Eibar, Bilbao

A las 6:20 llega puntual el taxi que nos lleva la Estación de Autobuses de la Plaza Elíptica y pasan unos minutos de las 7:00 cuando el coche emprende la marcha.  Fuera ya de la urbe nos dormimos.

Por la Bureba el paisaje se hace verde y al pasar entre las afiladas peñas del desfiladero de Pancorbo, el corredor entre los valles del Duero y el Ebro, no puedo menos que evocar las numerosas batallas que cristianos e islamitas disputaron en aquel lugar durante la Alta Edad Media, a la mayor gloria del Altísimo, Grande y Misericordioso, supongo.

Sobre las 13:00 llegamos a Eibar, nos alojamos en el hotel Unzaga Plaza, muy cerca del Ayuntamiento, y a las 13:50 nos citan para el almuerzo: La comida es cuartelera y el vino malo.

Por la tarde, después de una breve siesta, viajamos a Bilbao por una ruta que encadena diversos trechos de autopistas de peaje, ninguno de las cuales tiene tramos rectos más de cien metros, entre colinas y montañas verdes, con los bosques salpicados de prados o tal vez al revés, que la necesidad de pastos y carbón se ha ido comiendo el bosque. Tales serán todos los itinerarios en esta tierra.

Según entramos en la ciudad la guía nos dice que Bilbao tiene dos catedrales: La primera, el renovado estadio de San Mamés, que entrevemos a la izquierda y cuya fe señalan numerosas banderas rojiblancas en los balcones, y la segunda, de estilo gótico, encerrada entre las Siete Calles del casco histórico, consagrada a Santiago Apóstol, que la ciudad es término y comienzo de etapa del Camino de la Costa. Hemos accedido a la urbe por la Gran Vía de Don Diego López de Haro, fundador de la villa, donde se suceden las residencias de los magnates del siglo XIX y las sedes bancarias.

El Museo Guggenheim es más escultura que arquitectura, porque algunos de sus muros exteriores sólo funcionan como pétalos de una flor, cuya única función es estética, un señuelo para incautos, detrás no hay nada, sólo el vacío. La primera vez que lo encontró, cuando hizo el Camino de la Costa, el cronista no tuvo tiempo para ver su interior, ahora tampoco. No obstante es una flor hermosa.

Cruzamos a la otra orilla, donde se ubica el casco histórico, y subimos al santuario de Nuestra Señora de Begoña, la Amá, patrona de la ciudad.

Hace un calor pringoso: un termómetro marca 36º y explica la guía que cuando sopla el viento de la Meseta suele hacer ese calor.

El santuario es neogótico, pero está cerrado.

Bajamos de nuevo al “Botxo”, el Agujero, que así llaman los bilbaínos a su ciudad encerrada entre montes, y el coche nos deja en un parque junto a la ciudad vieja. En el extremo opuesto queda el teatro Arriaga.

Nos adentramos en las Siete Calles que tienen ese aire melancólico y añoso de todo lo antiguo. La catedral también contribuye a ese encanto. Sólo la Plaza Mayor, neoclásica, tiene un aspecto monumental. Todas las terrazas de la sombra están ocupadas, de modo que nos sentamos en el sol y sombra: un txacolí con una croqueta y un pimiento pequeñín, un pintxo. El txcolí es un vino nuevo, nos explican.

Después de la cena, ya en Eibar, damos un breve paseo nocturno. En el jardín que rodea la iglesia de Nª Sª de de Begoña hay un busto de Ignacio Zuloaga, con boina y paleta, hijo predilecto de la villa y eminente pintor.

Lunes, día 11: Salinas de Añana, Vitoria

El Valle Salado queda a media hora de Vitoria y las salinas explotan la sal disuelta en el agua procedente diversos manantiales. Explica la guía que el yacimiento tiene su origen en el mar terciario de Tetis, que a su vez le habría llegado de otros manantiales, cuyas aguas habrían lavado otros yacimientos salinos y así hasta el origen primigenio de las sales, que no explicó. El caso es que parte de este depósito aflora como una burbuja entre las capas más recientes de la corteza planetaria y las aguas subterráneas disuelven y sacan la sal a la superficie a través de los manantiales.

Todo el terreno en el fondo del valle y la solana está cubierto por las terrazas de las eras, que así llaman a las plataformas de madera, de unos cuatro o seis metros cuadrados cada una, adonde llega el agua canalizada para su evaporación y recuperación de la sal, en una extensión de varias hectáreas junto al pueblo. El sistema sigue siento el mismo desde sus orígenes en el siglos X y los salineros tienen la propiedad de la sal y las salinas por concesión de Alfonso I, el Batallador.

Nos gustó la visita, pero a muchos les pareció una pérdida de tiempo, que ya se sabe desde antiguo que hay gente para todo.

Comemos en Vitoria: guiso de judías y carrillada de cerdo con patatas.

En la visita a la ciudad nos acompaña Jose, un tipo de abundante pelo encrespado, pantalón de hilo y bufanda de lo mismo. Atravesamos un parque con fauna africana de bronce, pasamos ante la catedral nueva y llegamos a la Plaza Vieja, que domina la iglesia de San Miguel o de la Virgen Blanca y preside un monumento que recuerda la batalla de Vitoria contra las tropas de Napoleón. La Plaza Nueva es similar a la de Bilbao, aunque sólo tiene tres plantas, a la que sirve de modelo.

Nos dirigimos de inmediato al casco histórico y por la calle Cuchillería pasamos ante la Casa del Cordón, antigua propiedad de un judío converso, llena de símbolos, como el propio cordón franciscano, para dejar clara su lealtad cristiana. También nos detenemos un instante ante el Museo de Naipes Fournier, cuyas barajas están repartidas por todo el orbe mundial.

En una revuelta de la subida, en la plaza de las Burullerias, frente al Portalón, una posada medieval con apeadero para carruajes, nos topamos con el mural Al Hilo del tiempo, una pintura espléndida realizada por voluntarios de la Brigada de la Brocha, que supera casi todos los ejemplos conocidos de pintura callejera. Aún habríamos de ver alguna otra del magnífico Itinerario Mural de Vitoria Gasteiz. Todo un descubrimiento.

La Catedral vieja se visita bajo el lema “abierta por obras”. La guía es una atractiva muchacha, de ojos claros rasgados, que irradia una fuerza turbadora. Se construyó el templo en la cumbre de una colina en la que no cabía y el ábside quedó en una esquina rellena de escombros, algo así, que con el tiempo ha ido cediendo y puesto en peligro toda la obra, por lo que ahora andan apuntalando, con gruesas columnas de granito negro bajo un piso de bóveda plana, lo que en otro tiempo no se pudo hacer mejor, que no todas las viejas ciudades tienen tan buen asentamiento defensivo, ésa era la cuestión, como Toledo o Atenas. Algunos nos atrevimos a subir al triforio y rodeamos toda la nave central desde la altura sorteando vigas, puntales y arbotantes.

La iglesia de San Miguel tiene un retablo de Gregorio Hernández, cuya Virgen Blanca también está en el parteluz del pórtico y da nombre a la plaza. Desde aquella plaza se descuelga hasta la Plaza Vieja, por medio de una cuerda, el Celedón, un muñeco que evoca al huertano Celedonio Alzola, que todos los años llegaba a la ciudad por las fiestas de la Virgen Blanca (Andre Mari Zuria), cuya festividad se conmemora el 5 de agosto, e invitaba a todos los paisanos. 

Poco antes de volver al bus nos tomamos una cerveza con un pintxo en una esquina de la plaza Vieja.

Día 12, Martes: Bolívar, Markina-Xemein, Azpeitia y Vergara

En Bolívar está la casa natal de Simón Bolívar, una casona tradicional con todos los aperos del campo, pero no sé quién o qué es antes, si la aldea o el Libertador. También el Camino de Santiago de la Costa dicen que atraviesa la aldea. El cronista lo ha hecho, pero no ha pasado por allí, desde donde no se contempla el mar, aunque vimos a varios peregrinos que cruzaban.

El paisaje es típico: montes redondeados donde se alternan bosques y prados.

La temperatura no ha subido hoy de los 26º o 27º.

Marquina tiene alguna calles con casas y edificios añejos, y alberga sobre todo el Frontón que llaman Universidad de Pelota Vasca o Cesta Punta. Hay un pelotari en la cancha que hace para los viajeros una demostración lanzando y recuperando la pelota. Cuenta que durante veinte años ha sido jugador profesional en los USA, pero ahora el juego ha decaído mucho, no solo por el fútbol, sino porque los chavales tienen otros alicientes, las maquinitas, la televisión...

Llegamos a Azpeitia para ver el santuario de Loiola: Una abrumadora iglesia barroca, de finales del XVII o principios del XVIII, que recuerda las romanas de la Orden, el Gesú o San Ignacio, aunque ésta es de planta central.

A su lado está la casa torre de los Loyola, mitad inferior de piedra, una fortaleza, y mitad superior de ladrillo mudéjar. Una grabación muy beata va explicando todas las estancias de la casa y la vida del santo. Una orden muy militar, comenta un viajero. Pues eso. A la mayor gloria de Dios. Algún día habrá que hacer las cosas al mayor bienestar y salud de los hijos de Dios, y tal vez todo vaya a mejor. Pero vivimos totalmente alienados.

En Vergara o Bergara hay dos casas palacio con sendas ventanas en esquina, como en Trujillo: alguien que fue, la vio y le gustó, comenta la guía.

Hacemos una visita relámpago en que sólo recorremos dos calles. En el palacio  Irizar, donde se firmó la paz, se expone el memorial del Abrazo de Bergara (31/08/1839) con que finalizó la Primera Guerra Carlista, ilustrado con sendas imágenes policromadas de los protagonistas, generales Baldomero Espartero y Rafael Maroto.

Una sala de exposiciones ocupa la planta baja de una casona: hay pinturas de varios autores, algunos cuadros despiertan interés, surrealistas y abstractos.

Día 13, Miércoles: San Sebastián, Zarauz, Guetaria

Ha sido un día cansado y acelerado. Rodeamos la Concha. El mar está en calma y el cielo nublado. Está cambiando el tiempo. El palacio de Ayete, residencia de verano del caudillo Franco, queda sobre una colina a la izquierda. Llegamos al palacio de Miravel, residencia veraniega de los reyes.

San Sebastián o Donostia era una villa de pescadores y balleneros, hasta que a mediados del siglo XIX la reina Isabel II decidió establecer allí su residencia de verano. Fue el motor que puso en marcha la conversión de la villa en una ciudad de veraneo aristocrático y servicios. Hasta tres casinos llegó a tener, que habrían hecho las delicias de la Presidenta y Lideresa de Madrid.

Entramos luego en una bombonería a comprar chocolate y en un cestillo el cronista ve unos envoltorios de papel de seda muy evocadores:

—¿De dónde son esos polvorones? —pregunta.

—De Estepa, Sevilla —responde la mujer.

—¡Lo sabía!

—De La Concha —añade—: Es quien me los manda.

—Son los mejores.

Las calles enfilan  tiendas de diseño y las tabernas exhiben hileras de pintxos de aspecto exquisito en las barras. Tomamos varios acompañados con sendas copas de txacolí, que tiene cierto parecido con el ribeiro, aunque más fuerte y agrio.

En el restaurante “Boulevard 9”, junto al parque de La Brecha, en una sala de planta ovalada, nos sirven la mejor comida habida hasta el momento: lentejas estofadas y una tajada de bacalao con patatas. Tampoco pedimos tanto, pero estaba bien hecho.

El Kursal de Moneo sugiere dos bloques de hormigón de un rompeolas batido por el mar. Algo así dijo el autor que pretendía hacer. Otra construcción de fuera adentro. ¿La arquitectura no debería ser al revés? Como la catedral de León o la mezquita de Córdoba.

En Zarauz recorremos el paseo marítimo desde el que se ven muchos surfistas preparados para cabalgar la mejor ola, que sin embargo no aparece. El mar y la playa semejan un inmenso mural de Mark Rothko.

En Guetaria nos encontramos la efigie en mármol de Juan S. Elcano, de Vitorio Macho, aunque hay otra en bronce y un tercer monumento dedicado a los Dieciocho de la Fama que arribaron a Sevilla en la nao Victoria, luego que hubieron circunnavegado el mundo por primera vez.

Hay calles estrechas con alguna casa gótica.

Día 14, Jueves: la ferrería del Pobal

En Muzquiz visitamos la Ferrería del Pobal, que ha funcionado desde el siglo XVI hasta 1965, un taller de laboreo del mineral de hierro y fabricación de herramientas, o sea, metalurgia y siderurgia. El hombre que nos lo explica insiste en que Bizkaia produce el mejor hierro y carbón vegetal de Europa.

«Pero la revolución industrial trae la crisis de las ferrerías artesanales. El capitalismo industrial hunde a los pequeños artesanos. Es la época dice, a mediados del siglo XIX, en que los Ybarra lo compraron todo».

«Hoy la economía está por encima de la política añade gesticulando muy gráficamente con las manos—, cuando debería ser al revés... Las guerras carlistas fueron una guerra del capitalismo liberal contra los artesanos y el amor al oficio».

Un enfoque distinto, más pegado a la gente y la tierra, donde los reyes, las dinastías y el dinero nada tienen que ver, son la niebla que oculta el paisaje.

«Nuestras espadas eran mejores que las de Toledo —dice el hombre—, porque las láminas de acero se trenzan y no se superponen paralelas, con lo que se romperían más fácilmente».

Una toledana se mosquea con esta explicación y hace constar su punto de vista disidente en el libro de firmas.

En Guetxo cruzamos a Portugalete por el puente colgante, una plataforma colgada, mediante unos cables, de un sistema de ruedas que circula por una vía situada entre dos torres metálicas a uno y otro lado de la ría. Curioso.

En el otro lado apenas nos da tiempo a ver un quiosco de música y el exterior de una iglesia. Comienza a caer la lluvia anunciada y volvemos al hotel a comer.

En Guernika vemos el tronco del árbol institucional más antiguo que ha llegado hasta hoy, protegido por las columnas de un tholos, y el actual muy joven. También nos muestran la Sala de Juntas, que acogía los plenos de las Juntas Generales de Bizkaia, y nos ponen un vídeo donde se habla de ¡las juntas medievales como origen de la democracia vasca! En fin, todas las naciones tiene su propia mitología. Aquella era una democracia orgánica, como le gustaba al invicto Caudillo, y la actual es inorgánica.

Bermeo es un pueblo de balleneros, donde en el puerto aún permanece amarrado un velero de los que antaño perseguían a las ballenas. Luego en el Museo Pesquero pasamos ante una imponente colección de arpones y demás utensilios usados por los pescadores. Resulta acongojante la historia del mayor predador conocido.

Viernes, día 15, San Isidro: Regreso a Madrid

Amanece lloviendo y así continúa hasta que salimos del PV. Pero aún nos queda una visita al Ecomuseo del Caserío Vasco de Artea, donde nos explican cómo funcionaban estos establecimientos, una unidad económica autosuficiente, en las que se produce todo lo necesario para la vida rural, desde los tejidos de lino o lana hasta las herramientas de madera o hierro, porque también tiene su ferrería. Había un andador para bebés, que al cronista le recordó el que usaba el más pequeño de sus primos, aunque era la mitad de largo, un metro casi.

La sociedad vasca ha sido matriarcal hasta hace poco y la mujer era la gobernanta del caserío, nos dice la guía. Pero lo que no explicó y al escribidor se le pasó preguntar es quién representaba al caserío o cuál era la representación en las Juntas Generales de Guernika, donde nos dijeron que eran origen de la democracia vasca.

Hemos entrado en la villa de Durango por el arco de Santa Ana, una puerta similar a la de tantas otras construidas a la mayor gloria de los monarcas reinantes, aunque en este caso figuran las armas de los Austrias, porque el cantero de Berriz, Juan de Zubiaga, que remodela el arco, se obligó a respetar las armas del escudo de la obra vieja, fechado en 1566. ¿Todo un manifiesto político? Que en 1743, cuando se ejecuta la obra nueva, ya reina Felipe V de Borbón, muy poco respetuoso con los fueros antiguos.

Enseguida llegamos al Ayuntamiento, de estilo renacentista, cuyas pinturas barrocas de arquitecturas fingidas cubren toda la parte superior de la fachada y lo hacen inconfundible. Espectacular.

La iglesia de Santa María de Uribarri, gótica, tiene un pórtico lateral de madera que puede acoger a dos mil personas, dicen, muy adecuado para un país de lluvias continuas.

Preguntamos luego y nos recomiendan la taberna “Pausta”, muy cerca de la iglesia, donde tomamos un txcoli y unos pintxos.

Volvemos al hotel para la comida. ¿Por qué no hemos comido en el restaurante del Caserío, donde el lugar, y sin duda la comida, era mucho más agradable y sugerente? Sin duda habría sido más caro y la Comunidad de Madrid, promotora del viaje, no da para más en tiempos de recortes.

Y después carretera y manta, o sea, camino de Madrid. Llueve hasta que subimos a la Meseta, luego se abre el cielo y luce el sol. El paso del Pancorbo, semejante a las fauces de un saurio jurásico, vuelve a ser muy evocador de nuevo. Hacemos una parada técnica en Lerma, la villa del duque ministro de Felipe III. Luego Somosierra, Guadalix de la Sierra, San Sebastián de los Reyes, Alcobendas... La entrada en la Villa y Corte, a las 19:30, es vertiginosa y Javier, nuestro chófer, sortea el tráfico de los anillos periféricos con una habilidad envidiable.

Hemos llegado. Laus Deo.