UN Viaje a Sicilia  

 

Aurelio Mena Hornero

Fenicios, griegos, cartagineses, romanos, árabes y bereberes, normandos, catalanes y castellanos fueron sus invasores históricos durante siglos... Hoy los sustituyen legiones de turistas de distintas naciones que llegan, en una semana recorren la isla y se van. Olvidados e invisibles quedan los que llegan de las costas de África.

Día Primero, martes 13, Palermo.- 

A pesar de los malos augurios, los viajeros se embarcan. Despegan del "Adolfo Suárez", el nuevo aeropuerto de Barajas, adonde han llegado dos horas antes, a las 9:00, aterrizan en el "Fiumicino" de Roma y transitan por estancias, corredores y salones luminosos llenos de rótulos e imágenes zalameras, como cantos de sirenas, ya Odiseo se enfrentó a ellos, que tratan de arrastrarlos a paraísos irreales. Otro avión los conduce a Sicilia, granero de Roma en otro tiempo, donde se alojan en un hotel periférico de la capital, Palermo.

A poco los viajeros salen a la calle con ansia de sumergirse en la historia y el ambiente palermitano. La vía Roma es uno de los ejes principales de la ciudad y pronto perciben ese ambiente y aroma tan característico: el tráfico caótico y los edificios sucios que ocultan viejos palacios reconvertidos en casas vecinales.

Dos grandes inmuebles les quedan en la retina y el recuerdo: el Teatro Massimo y el Teatro Politeama Garibaldi. Ambos evocan las monumentales construcciones de la Roma imperial, el Politeama con cuadriga y dos jinetes incluidos. También Garibaldi, caudillo de los camisas rojas, forjador de la unidad italiana, cabalga sobre un caballo de bronce.

Desde una terraza frente al Massimo, donde toman un refresco, observan cómo una muchachilla deambula entre los caminantes y los aborda con intenciones aviesas, seguramente, porque desaparece en cuanto surge un coche policial con esos agentes siglo XIX tan aparatosos.

De pronto, ya anochecía, en una calleja diagonal que arranca de la vía Maqueda, frente al Teatro Massimo, descubren la luna llena en el angosto trozo de cielo que dejan las casas entre sí. Mágico. Luego en la misma zona cenan en una pizzería castiza, cuyo horno de leña se abre a la misma estancia donde se acomodan los comensales.

Vuelven al hotel —ya esa calle y las adyacentes, donde se alinean tabernas y restaurantes vacíos poco antes, rebosan de clientes— dando un largo paseo por la Via della Libertá, que amontona comercios exquisitos, entre ellos los españoles Zara y Desigual, y la Via Ducca della Verdura, donde giran en torno al mercado "orto fruticola".

Día Segundo, miércoles 14, Monreale.-

La Piazza Vigliana o Quattro Canti, inspirada sin duda en las Quattro Fontane de Roma, es el centro de la ciudad, donde cada uno de los "canti" está dedicado a uno de los cuatro primeros reyes de la Monarquía Hispana de los Austrias: Carlos I y los tres Felipes sucesivos, que Sicilia era entonces parte del imperio de la Corona de Aragón.

El autocar conduce a los viajeros en una visita panorámica a lo largo de la Via Maqueda, que debe su nombre a Bernardino de Cárdenas y Portugal, duque de Maqueda, virrey de la Monarquía Hispana entre 1598 y 1601, símbolo perfecto de aquella Italia de los siglos XVI y XVII, donde palacios, conventos e iglesias se suceden sin interrupción casi. 

 A continuación de Quattro Canti, a la izquierda, queda la plaza Pretoria o de la Vergüenza, por la espectacular fuente rodeada de esculturas de ninfas, tritones y los cuatro ríos de Palermo, Oreto, Papireto, Gabriele y Maredolce, cuya desnudez inspiró el nombre Piazza de la Vergogna. Cuentan que la indignación de las monjas de los conventos del entorno, que eran muchas, llegó a tal extremo que con nocturnidad y alevosía mutilaron muchas de ellas. ¡Lástima que no supieran apreciar la hermosura que el Creador nos había regalado!

La capilla palatina, encargada en 1132 por el rey Rogelio II de Sicilia, y la catedral, un templo monumental de planta de cruz latina mandado construir en 1185 por el obispo de turno en competencia con el próximo de Monreale, muestran ese estilo híbrido de elementos bizantinos, normandos, árabes la bóveda de la catedral está cubierta de mocárabes enormes y catalanes, tan característico de la época, que evidencian el cruce de culturas que se dan en la isla. 

El efecto que producen es abrumador por la riqueza y abundancia de la ornamentación de mosaicos, que se extienden como un rico y lujoso manual explicativo de toda la mitología judeocristiana, incluida la delegación divina del poder terrenal en los reyes normandos. Calculen el efecto que producía sobre la imaginación popular esa representación de Dios coronando al rey, comentó Tea, la guía local, ante el mosaico. Era sin duda la televisión de la época, aunque de una altísima calidad artística sin duda.

En el exterior hay una aparatosa carroza con una imagen de Santa Rosalía, patrona de la ciudad, montada para su desfile procesional del 15 de julio.

Por la tarde los viajeros suben a Monreale, un pueblín a diez kilómetros encaramado en una colina, para visitar el monasterio benedictino y la catedral, un lujo que el obispo de Palermo había tratado de emular. Los mosaicos cubren el interior y representan, como un libro abierto, toda la imaginería bíblica, desde la creación del mundo, en el principio de la nave central del lado de la epístola, hasta el triunfo de Cristo Salvador en el ábside. Inigualable.

El claustro anexo tiene columnas cilindras pareadas con incrustaciones de mosaicos e historias bíblicas en los capiteles.

Día Tercero, Jueves 15, Selinunte y Agrigento

En la costa sur de Sicilia, Selinunte y Agrigento son originalmente colonias griegas, que la Hélade en el siglo VII estaba pletórica y rebosaba de población excedente que se desparramaba por todo el Mediterráneo fundando colonias. De la riqueza y devoción de los griegos da idea la magnitud de los templos que levantan, como el de Hera, en toda la zona. Todos son de estilo dórico, el más arcaico, y muestran con claridad restos del revoco de yeso con que se cubría la piedra arenisca de color rosado de que estaban hechos. La mayoría fueron destruidos por un terremoto y algunos reconstruidos luego. El azul del mar al fondo pone una pincelada de esplendor y nostalgia.

En las lindes de los campos y al borde de los caminos crecen hiladas de chumberas, higueras de Indias las llaman. También abundan los acantos ya en flor, cuyos tallos sobresalen muy altos porque las hojas tienen extrañamente un desarrollo muy escaso comparado con lo habitual en Andalucía.

Luego de visitar el templo de Hera, recorren los viajeros la calle principal de Selinunte, donde en mitad del silencio se puede evocar el ajetreo de su gente yendo y viniendo a sus quehaceres cotidianos, salen por el lado opuesto y bordeando la muralla regresan al lugar donde los espera el autobús.

Entre Selinunte y Agrigento los viajeros comen en un parador situado en mitad de una hacienda de muchas hectáreas dedicada al cultivo de la vid y el olivo, un menú y lugar exquisitos, con una casita montada entre las ramas de un árbol, el sueño de cualquier niño, probablemente el que más.

El valle de los templos en Agrigento está bordeado por una muralla natural en la que a veces se abren tumbas. Al fondo derecha, hacia Poniente, se ve la ciudad nueva encaramada en una colina.

El templo de la Concordia, construido a mediados del siglo V, se conserva casi intacto gracias a la voluntad del Papa Gregorio Magno de convertirlo en iglesia. Pero el más grande es el de Zeus Olímpico, alzado para conmemorar la batalla de Himera de –480 y abandonado sin terminar luego de la invasión cartaginesa de –406. La imagen de su titular aún yace en el suelo y recuerda los colosos egipcios. Sic transit gloria mundi. También Falaris, tirano de Agrigento, murió en –554 de la misma muerte que daba a sus adversarios y enemigos políticos, achicharrado en el vientre de un toro de bronce que sus aduladores y cortesanos le habían regalado.

Desde el hotel la vista nocturna de los templos iluminados es muy evocadora y gratificante.

Día cuarto, viernes 16, Piazza Armerina

En Piazza Armerina los viajeros visitan la Villa del Casale, donde la vivienda del señor o dominus está toda decorada con mosaicos que representan carreras de cuadrigas, escenas de caza o amor, transporte de fieras africanas y asiáticas, muchachas que juegan a la pelota... Todo un extensa crónica, datada entre 285 y 305, de las probables actividades de la hacienda, de una magnitud y realismo nunca vistos, que se salvó por la capa de barro que arrastró una inundación y lo cubrió. Realmente impactante.

Amaneció lloviendo y al salir de la Villa vuelve a llover.

Llegan a comer a una hospedería para multitudes, donde afortunadamente ya terminaba de hacerlo una bandada de niños parlanchines en excursión.

En Siracusa el hotel Jolly Aretusa está junto a una avenida comercial de la zona nueva, cerca del novísimo templo de la Virgen de las Lágrimas, que algunos viajeros visitan. Otros prefieren en cambio caminar hacia la ciudad vieja en la isla de Ortigia. Atraviesan el puente Santa Lucía, un partido de canoa polo se disponen a disputar unos jugadores a su vera, y llegan al templo del arquero celestial, un recinto vallado donde a ras de suelo se pueden ver los restos de lo que un día fue templo de Apolo. Luego por la via Dione, quizá la más amplia de las calles de la ciudad antigua, donde se alinean las sucursales de las firmas de prestigio, como corresponde, llegan a la plaza de Arquímedes, el siracusano universal, padre de la Física, donde se alza la fuente de Artemisa, que, construida hace poco más de un siglo en estilo barroco, representa el mito de Diana y Aretusa, del que ya hablaremos.

En la Piazza Minerva aparecen columnas dóricas embutidas en un alto muro lateral que lleva directamente a la piazza del Duomo: ¡Claro, el templo de Atenea, hija de Zeus, diosa de la sabiduría! Es de agradecer que los obispos, tan celosos de los dioses antiguos, hayan respetado parcialmente el de la diosa, que abre sus puertas a la plaza y se muestra muy barroco, de un blanco impoluto. ¡Sorprendente! En su interior también subsisten las columnas dóricas separando las tres naves: o los obispos eran muy cultos o los siracusanos apreciaban mucho sus glorias antiguas y no permitieron a los obispos su destrucción.

Al final de la calle se abre un parque abalconado al mar, zona de movida y encuentros nocturnos, donde se halla la fuente Aretusa, que no es propiamente una fuente, sino un manantial que fluye sobre un estanque semicircular donde navegan peces, algunos gansos blancos y crecen juncos y papiros. Aretusa, ninfa del séquito de Artemisa, había hecho votos de castidad y pidió auxilio a su patrona para librarse del asedio del oceánida Alfeo, perdidamente enamorado de ella. Atendió a su ruego la diosa y la transformó en fuente. Pero el dios no cejó en su empeño y transformado en río llegó hasta la isla de Ortigia y unió sus aguas a las de la ninfa. No obstante los autores griegos son de imaginación deslumbrante y cuentan historias diversas, quizá porque no tenían una iglesia, ¡los pobres!, que unificara los criterios.

El sol se pone entre nubes de tormenta, cúmulos y nimbos.

El viajero piensa que la antigua polis tiene un sabor que le recuerda vagamente a la ciudad vieja de Cádiz.

Día Quinto, sábado 17, Siracusa

Junto al templo de Apolo los viajeros encuentran a Claudio, el guía local, que los conduce al recinto arqueológico y les muestra el teatro enorme. En él todo parece indicar que se prepara una función y las viejas piedras se cubren de estructuras de madera que las protegen y adecuan para el espectáculo, no como en Sagunto, donde se ha mancillado y construido sobre la piedra milenaria. Agudo Claudio.

A continuación el guía explica el teatro griego, que tiene una misión educativa de carácter cívico religioso: tres actores varones interpretan todos los personajes, sean de uno u otro sexo, cubiertos de diversas máscaras, προσωπον, persona, para su caracterización. Luego el coro amplifica los sentimientos y emociones expresados por los personajes. Finalmente el corifeo o director del coro los interpreta y alcanza la síntesis o catarsis.

Los viajeros recorren la cantera de la que se extrajeron las piedras para construir la ciudad, un parque donde se levantan murallones de veinte o treinta metros, y se detienen en la Oreja de Dionisio, una cueva, cuya entrada tiene forma de oreja, producida por las extracciones, que amplifica el sonido que sale de su interior.

El ara es un recinto casi tan grande como un estadio donde tenían ocasión hecatombes o sacrificios de cien toros. Estaba cubierto de arena para absorber la sangre derramada, de ahí que la palabra “arena” designara también el lugar de los sacrificios.

Por la tarde algunos viajeros se llegan a Noto, atraídos por la ciudad y su fiesta de la infiorata. Destruida por el terremoto del 11 de enero de 1693, la ciudad hubo de ser reconstruida ya en un estilo intensamente barroco, lo que da una uniformidad extraña, aunque no desagradable, a todos sus palacios, iglesias y conventos, aumentada su magia por el color dorado de la piedra, lo que la convierten en una “ciudad de oro”, que recuerda vagamente a Salamanca.

Desde 1980 celebra la “infiorata”, una fiesta primaveral originada con motivo del Corpus Christi, en que las calles se adornan con alfombras florales, aunque los viajeros sólo vieron la que cubría la vía Reinaldo Montuolo, desde el corso Vittorio Enmanuelle hasta la vía Camilo Benso Cavour, en el flanco derecho de la catedral, un gran tapiz hecho con pétalos de flores y formado por muchos tapices sucesivos, dedicado este año a Rusia. ¿La motivación religiosa original se desplaza hacia las relaciones internacionales?

La fiesta continuaba en la feria montada en el parque al final o principio del corso Vittorio Enmanuelle, donde también había una exposición de coches de época.

Día Sexto, Domingo 18, el Etna y Catania

El desayuno de ese día fue un caos. A las 7:00 los viajeros coincidieron en el comedor con un grupo de japoneses y no había servicio bastante.

La subida al volcán Etna se divide en dos tramos, el primero, hasta la cota de los 1.900 metros, en funicular y el segundo, hasta los 2.900, en vehículo todo terreno. En el viaje de aproximación ya han visto coladas de lava negra reciente, semejantes a las que hace poco vieron en el Teide, incluso una casa enterrada hasta la mitad, que en el nuevo milenio el volcán ha tenido una actividad continua. Contaban los antiguos que el filósofo Empédocles de Agrigento, primero que intentó enunciar los elementos básicos que integran los cuerpos: tierra, agua, aire y fuego, proclamó, murió arrojándose a su caldera, única muerte digna de su condición divina.

En la estación del funicular se detienen un instante a tomar un café y luego suben a una cabina desde la que ya la vista, a vuelo de pájaro, se hace magnífica. En el segundo tramo el 4x4 zigzaguea esforzado por una pista de tierra en cuyos bordes se  amontona la nieve vieja, sucia de cenizas y polvo de lava. Arriba, por el borde del cráter, se ve una hilera de caminantes como puntitos negros. La vegetación ha desaparecido y la tierra negra juega con diversas tonalidades pardas.

Cuando el vehículo se detiene y los viajeros se apean, aún la cumbre queda 300 ó 400 metros más arriba. Es el cráter principal, del que se ve salir una fumarola altamente sulfurosa, según el guía de montaña que los conduce. Hace frío. Abajo, a poca distancia, se ve un pequeño cráter ya viejo. Enseguida el guía encamina a los viajeros por un estrecho sendero,  que que los obliga a marchar enfilados, y los dirige a otro cráter cercano, que les evoca el del Teide, por la forma y tamaño, una especie de embudo poco mayor que una pista de tenis. Hay manchas de humedad sobre la tierra que pisan, ponen la palma de la mano sobre ellas y la encuentran caliente. La caldera no debe estar muy lejos. Pero el guía ha explicado que vulcanólogos y geólogos la tienen perfectamente controlada, de hecho ha dicho que no se conoce que el volcán haya matado históricamente a nadie. Es un alivio. Aunque nunca se puede estar tranquilo cuando se mete la cabeza en las fauces de un león. ¿O tal vez sí? Con todo es una experiencia mágica: por la altura, el árido paisaje lunar y el latido de la bestia.

Justo un mes después, el 16 de junio, la televisión difundiría las imágenes de la nueva erupción del Etna: un surtidor de lava que salía del cráter y un río de fuego deslizándose por la falda del cono. Dentro de dos meses entrará en erupción, había dicho el guía. El volcán se había adelantado.

En un lugar próximo a Catania almuerzan lentejas con una pasta de anillos menudos, como macarrones cortados en rodajas... ¡Macarrones! Durante tres días han comido o cenado macarrones, no ya “al dente”, sino a la piedra, duros como chinos. No pueden cocer spaghetti para treinta personas, explica el maitre, porque se harían una masa. Vale. ¿Pero acaso no hay decenas de variedades de pastas?

En la visita a la ciudad los acompaña Antonio, un hombre que ya ha pasado el ecuador, continuamente hace referencia al tiempo cuando aún tenía pelo, y manifiesta buen sentido del humor.

La ciudad fue destruida por el terremoto de 1693 y luego reconstruida sobre una planta hipodámica con palacios, conventos e iglesias en el mismo barroco exuberante o rococó de Noto. Es una manera de exhibir poder, comenta el guía, y de hacerse un hueco en la exigente élite social de los poderosos. Pero ya nada es lo que era y ahora los viejos señores tienen que vender o alquilar sus estancias por piezas. En el centro de la Piazza del Duomo hay un monumento que recuerda al elefantino de la Minerva, de Bernini, en Roma, aunque sin la gracia de aquel. La catedral de Santa Águeda, cuya fachada se curva levemente y acumula tres pisos de columnas, queda desorientada en una esquina.

Una pareja de hindúes recién casados se pasean y dejan fotografiar en traje tradicional: él alto y guapo, ella pequeña y redonda, a tal extremo que las rodajas se le escapan por las ranuras del traje.

El hotel Sheraton es sin duda el mejor que han tenido hasta el momento: tiene vistas al mar, cuadros de última generación en las paredes y plantas de potos que cuelgan como una cascada por el amplio hueco de la escalera.

Día Séptimo, Lunes 19, Taormina

Taormina se levanta sobre una roca en un lugar imposible, como el nido de un cóndor, asentada entre los meandros que describe la carretera en su ascensión a la cumbre, pero antes de subir Antonio les muestra el Teatro Greco Romano y destaca entusiasta su eufonía.

Como suele suceder, el corso Umberto es la vía principal, una calle recta, llana y peatonal donde se ubican decenas de tiendas para visitantes y coleccionistas de objetos tradicionales. En una de ellas se muestra una colección de pupi o marionetas a su tamaño natural de tres pies y medio de estatura, nobles damas y aguerridos caballeros de la corte de Carlomagno o del Orlando de Ariosto, vestidos todos ellos con ricos trajes, como corresponde a su calidad y alcurnia. También hay un carro ceremonial siciliano completamente pintado de temas florales o paisajísticos.

A la misma calle dan otras mínimas, de poco más de un metro de ancho, que suben o bajan a las superiores o inferiores y permiten el acceso a las casas, adornadas con macetones de plantas diversas.

Hay también restos de casas góticas y finalmente la Piazza del Duomo, donde a la puerta del mismo se agrupan los invitados a una boda que entran o salen.

No hay tiempo para más y a toda prisa los viajeros regresan al autobús.

A través del estrecho de Mesina la región de Regio Calabria parece al alcance de cualquier nadador o remero entrenado y atrevido. Algunos ponen en este lugar el paso entre Escila y Caribdis y la aventura de Odiseo: «Empuja rápidamente tu nave junto al escollo de Escila, ya que es mejor perder a seis de tus hombres que toda tu nave». Así le aconseja Circe, la maga de la isla de Ea, porque Caribdis era un torbellino que se tragaba los barcos. También Eneas evitó el Estrecho en su huida de Troya hacia Occidente. Las islas Eolias se adivinan más tarde en la lejanía.

En Cefalú hay otra iglesia normanda con Jesús Cristo Salvador en majestad, pero para alcanzar el centro histórico los viajeros se reubican en dos "navetas" o microbuses que los conducen a la urbe  de calles estrechas, muy animadas de turistas ávidos de tipismo local y tiendas que pretenden satisfacer su apetito insaciable de sustraer el alma o esencia inasible de la villa en dos o tres dosis mágicas. En un lugar, ¿casa, tienda o museo?, se exhibe el carro que la villa regaló a Mussolini y que luego el dictador donó a sus habitantes. ¿Para qué quería el Duce semejante artefacto? Otro carro tradicional ricamente adornado con escenas bélicas y pinturas florales.

Hay que ver la catedral y el lavadero medieval, les advirtió el guía. La catedral tiene en el ábside la conocida imagen de Cristo en Majestad, algunas escenas de la mitología habitual y muchos mármoles encajados en los muros laterales, como fragmentos de una ruina allí guardados para una ulterior catalogación y estudio. Las naves laterales de columnas de una pieza están desnudas.

El claustro también exhibe una desnudez y soledad pavorosa, como si se avecinara el diluvio que anuncia un capitel y todo ser viviente, hombre o bestia, se hubiera guarecido ya.

El viajero no se acuerda del lavadero y vuelve al punto de encuentro saboreando la bulla abigarrada y las tiendas coloristas de la calle, el encanto de las rúas minúsculas que a ella caen desde lo alto y el gótico catalán de algunas casas: Muy parecida a Taormina, tanto que el viajero llegaría a confundirlas sin el oportuno auxilio de su esposa.

La autovía del norte discurre entre el mar y los altos acantilados de caliza rosada, salpicados de chumberas y palmitos, que orlan la costa. Así vuelven los viajeros a Palermo cuando el sol alcanza ya el Nuevo Mundo. Tanta contemplación produce un mareo, aturdimiento o vértigo y el viajero se siente aquejado por el síndrome de Sthendal.  

Día octavo y último, martes 20, Palermo de nuevo

Sin embargo aún queda el último día en Palermo, un  oratorio queda, el del Rosario in San Domenico con las virtudes, ¿teologales o cardinales?, realizadas por Giacomo Serpotta (1656-1732). La Charitas viste una túnica que se le pega al cuerpo como una segunda piel según la técnica de paños mojados de la Antigüedad clásica, semejante a la Afrodita de Frejus o la Victoria de Samotracia. ¿En qué notaron las monjas palermitanas que estas esculturas eran más castas que las de la Fontana Pretoria? Aquellas son evidentes, pero estas espolean la imaginación, la loca de la casa, y ya nos advirtió la santa abulense de su indisciplina. Nunca lo sabremos, tal vez, el caso es que las respetaron y hoy podemos gozar de sus curvas voluptuosas y el aroma seductor y cortesano que emana de todas ellas.  

Luego los viajeros visitan la Martorana, la iglesia de Santa María dell’Ammiraglio o de la Martorana, por Eloísa Martorana, fundadora del convento próximo, en la que de nuevo se repiten las bóvedas y mosaicos ya conocidos: cabe destacar uno a la derecha de la entrada donde se ve a Cristo Salvador coronando rey a Roger II (1095-1154), que aparece con traje palaciego cuando era un guerrero, o sea, el revolucionario radical y antisistema reconvertido en legitimador de sus verdugos. Sic sidera volvunt. Pero los poderosos siempre han sido muy hábiles para darle la vuelta al discurso de sus adversarios y hacer creer que es blanco lo que todos ven negro, igual que en la crisis que hoy nos acongoja. Estamos saliendo de la crisis, dicen. Claro, pero al precio de que los pobres lo son cada vez más y los ricos aumentan su riqueza.

CHIESA INFAME

VIVA GIORDANO BRUNO

Dice un rótulo sobre una pared de la calle y aún se ha quedado muy corto el grafitero.  

En la anexa iglesia normanda de San Cataldo, cuyas bóvedas están desnudas, dos restauradores limpian cuidadosa, minuciosamente los mosaicos del suelo con pinceles .  

Luego los viajeros deambulan sin horizonte fijo por la ciudad, toman un café en la “Antica Focacceria S. Francesco”, un lugar tremendamente evocador que los devuelve al ambiente de hace un siglo. Suben por la vía Divisi, una calle estrecha donde las bicicletas ocupan todo el espacio, cuyos talleres y tiendas se suceden uno tras otro. En la Piazza del Carmine se topan con el extenso mercado de vía Ballaro, los puestos del cual ofrecen todas las mercancías comestibles imaginables y en todos los formatos. Sus tascas serían un estupendo lugar para comer si la hora fuese más apropiada. En una calle una mujer baja una cuerda con una cesta desde un tercer o cuarto piso para que su tendero le ponga en ella los pedidos de una lista... No, eso lo vieron el primer o segundo día... En cualquier caso, algo semejante a lo que ya observaron en Nápoles en otro tiempo.

Toda la ciudad es un abigarrado bullir de gente donde la fachada del barroco más fantástico se alza junto a la casa más ruinosa con ropa tendida a secar entre los balcones. 

Sin embargo ha constatado el viajero que las fachadas son efectivamente fantásticas, con frontones partidos, columnas amontonadas y diversos planos que se mueven y curvan con imaginación, pero los interiores de una o tres naves son muy clásicos y siguen escrupulosamente el trazado de los viejos templos griegos, nada parecido a lo que Bernini o particularmente Borromini hicieron en Roma: la decoración puede ser barroca o rococó incluso, pero la traza de la planta es clásica.

En el “cheking” del aeropuerto parece que jugaran a los dados, porque ninguno de los viajeros tuvo asiento junto a su pareja. En el vuelo hacia la Ibérica el viajero pudo advertir el paso sobre las luces de Mallorca y la entrada en la península sobre Valencia. La costa se dibujaba como una línea luminosa.

Es todo. Salud, compañeros, hasta la próxima.