Asociación de Vecinos -- IES Alquibla

Itinerarios hacia El Relojero

Un poco de Historia

El Martyrium

Escudo

 El porqué de Alberca de las Torres

Plano

 

ESCUDO HERÁLDICO DE LA ALBERCA MURCIA

 

Siendo La Alberca una villa de señorío, que pertenecía a la familia Dávalos, es natural que llevase sus blasones. El primer señor de la villa, D. Gabriel Dávalos Fajardo y Ayala (fundó el mayorazgo en 1.613, en cuyo palacio -hoy inexistente- estuvo ubicado durante 200 años el Ayuntamiento de La Alberca y, posteriormente, el teatro y cine ) unió a los suyos los de su mujer, Dª Violante Rocamora y Maza. Cuatro hijos suyos poseyeron sucesivamente el señorío de la Villa y en la fachada de la casa del Capellán colocaron sus armas. Éstas son las que arriba aparecen representadas:

 

Escudo cuartelado (cuatro cuarteles):

El 1º de gules (rojo) con el castillo de oro y por bordura  cuatro jaqueles, dos de gules y dos de oro.

El 2º, en campo azur (azul) un roque de oro en una roca sobre ondas de mar. Sobre el roque dos lyses de oro.

El 3º, en campo de plata dos lobos de sable, uno sobre otro, y bordura de gules con ocho aspas de oro.

El 4º, de oro. con tres rocas de su color puestas en situación de faja y sobre aguas de azur y plata, y sumadas cada una, de una rama de ortigas de siete hojas.

Sobre el escudo, una corona de Conde, pues Dª. Violante y uno de sus hijos, Frey D. Pedro, lo fueron de La Granja.

 

Reseñas de D. Luis Lisón Hernández. Publicadas en La Ceña. 

 

ALBERCA DE LAS TORRES

(Origen del nombre)

 

    D. Luis Lisón Hernández, maestro que ejerció en el colegio y estudioso de la Historia de nuestro pueblo, expone a continuación los motivos por los cuales el nombre oficial de esta pedanía pasó a ser "Alberca de las Torres".

 

Cuando a finales del siglo XVI surge esta población, en toda la documentación aparece como “el lugar del Alberca” oel lugar de don Gabriel Dávalos”, por estar edificada sus casas dentro de la heredad o finca de don Gabriel Dávalos. Más tarde, dados los problemas que ocasionaban a las diversas administraciones la existencia de distintos lugares con el mismo nombre (Alberca, en Lorca; Alberca, en Cuenca; y La Alberca en Salamanca), comenzó a llamársele Alberca de las Torres, lo que adquirió carta de naturaleza en la escritura de 22 de diciembre de 1628 por la que se concedió a este pueblo eximirse de Murcia y constituirse en Villa con Ayuntamiento propio; en la cual Su Majestad dice reiteradamente (10 veces) que en adelante se ha de llamar Alberca de las Torres. Y mediante una Real Provisión expedida por Felipe IV a instancias de don Gabriel Dávalos Ayala y Fajardo, dada en Madrid a 30 de enero de 1629; por la cual ordenaba Su Majestad al Capitán Lorenzo de Bárcenas, venir a la ciudad de Murcia y al lugar del Alberca a diferentes cometidos, disponía sobre el lugar del Alberca, ...“que por haber referido el dicho Don Gabriel que ay otro del mis­mo nombre, que de aquí adelante se a de llamar Alberca de las Torres”, y lo repite otras dos veces en el mismo documento. Del mismo día es otra Real Provisión a Domingo de Ruesta, agrimensor, por la que le manda venir y medir el término de esta nueva Villa, y también en ella se dice que en adelante se ha de llamar Alberca de las Torres.

Desde entonces, y hasta la primera mitad del siglo XX, así se vino denominado, pese a que por comodidad o costumbre para mucha gente, la antigua denominación “del Alberca” se fue transformado en “la Alberca”, pues así les sonaba al oírlo, y así le denominaban y denominan, tal y como sucedió con otras localidades: las Alguazas (hoy sólo Alguazas), la Alcantarilla (Alcantarilla), los Aljezares (Algezares), etc., que han desterrado el feo pegado postizo. Cuando en los inicios de la década de los años 70 se creó el Centro de Estudios Alberqueños, y sus miembros empezaron a documentar la historia de dicho pueblo, empezó a descubrirse documentación con el nombre de Alberca de las Torres, y consultados los ancianos les confirmaron que así se llamaba el pueblo, pero que poco a poco se iba olvidando. Nuevas investigaciones dieron lugar al descubrimiento del Archivo municipal del desaparecido ayuntamiento de aquella antigua Villa (1628-1848), y en su abundante contenido hay infinidad de documentos donde consta llamarse Alberca de las Torres. También localizamos por entonces el Archivo Notarial del mismo pueblo, con el mismo resultado en cuanto al nombre. Y entre los valiosísimos legajos del Archivo Municipal de la Ciudad pudimos ver copia literal de la Real Provisión del rey Felipe IV al Capitán Bárcenas, citada anteriormente (después en el Archivo General de Simancas pudimos localizar los documentos originales).

Por todo ello, y con el apoyo del entonces Alcalde de la ciudad don Clemente García García, se formó un dossier para restaurar el verdadero nombre de la localidad, con diversos y variados testimonios documentales de todas las épocas justificativos de ser cierto lo que se pretendía; lo que tuvo cumplido efecto, pues en el Pleno celebrado por la Corporación Municipal en 30 de marzo de 1977 se acordó iniciar expediente para el cambio de denominación de la Entidad Singular “La Alberca”, por el de “Alberca de las Torres”; y posteriormente, en su sesión ordinaria de 27 de diciembre de 1977 acordó restituir  a dicha entidad singular su denominación histórica de “Alberca de las Torres”. Cuya denominación quedó reflejada en el Nomenclátor de ciudades, villas y aldeas a partir del 31 de diciembre de 1980.

Desde entonces, en los nomenclátores aparece con el nombre de Alberca de las Torres. Así figura en los mapas del Instituto Geográfico Nacional (en la sede de la Plaza de las Balsas se pueden ver varios de ellos), en la documentación del Instituto Nacional de Estadística (fácilmente comprobable en su página WEB: INE.ES), en el matasellos que estampa la oficina de Correos en la población que nos ocupa, en diversas asociaciones locales (Peña Huertana “La Seda”, Peña “El Rento”, Asociación Fotográfica “Rosa Blanca”, etc.), en los concursos de traslados del Ministerio de Educación y Ciencia; y un largo etc.

Por motivos que nunca hemos llegado a entender, lejos de todo fundamento, diversas personas y algunos colectivos, se han venido oponiendo a la denominación, hasta llegar a pintar las señales que a las entradas de la localidad puso el organismo correspondiente, y cambiarlas por otras, pese a que muy cerca de uno de ellos, existe colocada aún una lápida, puesta allí en 1685, donde dice claramente: Alberca de las Torres.

Luis Lisón Hernández

(Miembro de la Real Academia Alfonso X el Sabio)

 

 

ALBERCA DE LAS TORRES

(Síntesis histórica)

 

En las laderas de sus montañas se asentaron los primeros pobladores de la comarca, a salvo de las avenidas de los ríos Segura y Guadalentín, en lugares fácilmente defendibles y con numerosos nacimientos de agua. Junto a la ermita de San Antonio el Pobre se descubrió una necrópolis argárica (unos 2000 años a. de C.) y de sucesivos periodos posteriores son, entre otros, el santuario ibérico de La Luz, el poblado ibérico de Santa Catalina del Monte, las necrópolis del Cabecico del Tesoro y de la Estación Sericícola. Sucesivos asentamientos romanos y árabes han dejado numerosas huellas, entre las que destaca el monumento conocido como el Martyrium, villa tardorromana con templo cristiano, datado en el siglo VI. En todo este complejo que se extiende hasta Algezares, sitúan numerosos especialistas la antigua ciudad de Eio, mandada destruir cuando se estableció en Murcia la capitalidad del territorio.

 

Durante la Edad Media el lugar fue eminentemente agrícola, no existiendo en él poblado alguno salvo aisladas alquerías y algunas torres o casas fuertes: torres del Sordo, de Lope Martínez de Zorito, y de doña Saurina. Posteriormente se edificaron también la de los Dávalos, Saavedra, Salucio del Poyo, de Bernabé o del Pato, y otras. El auxilio espiritual estaba a cargo de los franciscanos de Santa Catalina del Monte, convento erigido en 1441 bajo el amparo de la familia Mercader, y construido en los años siguientes, en cuyos aledaños alzaron su palacio de verano los obispos de la diócesis. El convento y la iglesia aneja fueron quemados y destruídos durante la pasada guerra civil, instalándose los PP. franciscanos, acaba la misma, en el citado palacio episcopal. El conjunto sirvió de lazareto en diversas ocasiones, durante las terribles epidemias que en otras épocas azotaban la comarca, y fue, como lo sigue siendo, lugar de ocio, recreo y esparcimiento para numerosas personas

 

Junto a la Torre de Dávalos surgen en la segunda mitad del siglo XVI algunas modestas casas para sirvientes, labradores y arrendadores, origen del actual pueblo de Alberca de las Torres; llamado así por existir allí una gran alberca o estanque para almacenar agua, y por las altas Torres que adornaban la casa del Señor del lugar. Los poseedores del mayorazgo —fundado en primero de septiembre de 1613—, edificaron una ermita a la que se puso pila bautismal en 1635, obra del maestro de cantería Pedro Vázquez, quien cobró por su trabajo veinte ducados. Estaba dedicada a Nuestra Señora del Rosario y  dependiente de la parroquial del Palmar. Siendo insuficiente la primitiva ermita, convertida al dotarla de pila bautismal en iglesia, fue preciso construir un nuevo templo, cuyas obras se iniciaron hacia 1660 y acabaron en 1666. Aunque desde sus primeros tiempos estuvo asistido el culto por los párrocos del Palmar y un capellán que decía misa pagado por los Señores de la Villa, en 1685 le anexaron el beneficio de una capella­nía dotada con abundantes bienes, la cual subsistió hasta 1854. El templo fue ampliado en la segunda mitad del siglo XVIII, colocándose en la fachada principal la antigua puerta de la Catedral, que daba a la Plaza de los Apóstoles, cuya puerta ha sido eliminada hace unas décadas. Se transformó en parroquia adyutriz de Santa María la Mayor de Murcia en 1710, alcanzando la categoría de curato de entrada en noviembre de 1893 por Real Decreto de S. M. Alfonso XIII, y en su nombre por la Reina Regente, dada la minoría de edad.

 

En 22 de diciembre de 1628 don Gabriel Dávalos Fajardo compró al rey Felipe IV este lugar del término de Murcia, con sus vasallos que entonces tenía y los que se acrecentaren en el futuro, y con jurisdicción civil y criminal, alta, baja, mero mixto imperio, señorío, vasallaje, penas de cámara y de sangre, calumnias, mostrencos y escribanías anejas a la dicha jurisdicción, y con todas las demás rentas jurisdiccionales del Señorío; y vasallaje y jurisdicción del dicho lugar, anejos y pertenecientes en cualquier manera, “desde la hoja del monte hasta la piedra del río, y desde la piedra del río hasta la hoja del monte”; al que se suponía un territorio de media legua, en precio de 7.250 ducados la legua. También el monarca le dio poder y facultad al dicho don Gabriel de Dávalos Fajardo y a sus Alcaldes mayores, alguaciles, guardas y otros ministros de justicia, para que pudiesen poner horca, picota, cuchillo, cárcel, cepo, azote y las demás insignias de jurisdicción que para ello fuesen necesarias.

 

Posesionado don Gabriel del Señorío, se constituyó el primer Ayuntamiento propio de la Villa, al que en la primera mitad del siglo XIX le fue incorporada la antigua diputación murciana de Casas de Saavedra. A causa de la pobreza de la mayoría de vecinos agobiados por los abusivos impuestos que les imponían las autoridades provinciales, tanto civiles como militares, y a petición de un buen número de ellos, sobre todo pertenecientes al distrito de Casas de Saavedra, uno de los tres que formaban el término municipal, dicho Ayuntamiento fue suprimido por Real Orden de 10 de septiembre de 1848 y agregado al de Murcia capital como una pedanía más, quedando don Diego Moreno García su último Alcalde constitucional, como el primer Alcalde Pedáneo que tuvo este pueblo. Es curiosa la circunstancia, de que cuando el Ayuntamiento disuelto presentó sus cuentas al de la Ciudad, el balance de Caja dio un superávit de 1.357 reales y 25 maravedís.

 

Durante el periodo señorial la Villa dependió de la Casa de Dávalos, hasta la muerte sin sucesión del último hijo de don Gabriel, que lo fue Frey don Pedro Dávalos Maza y Rocamora, Conde de la Granja, Señor del Estado de Maza, etc. Después de su muerte, acaecida en Valencia, pasó el Señorío de la Villa a la Casa de Ayala, y por sucesivos enlaces matrimoniales de ésta, a la de los duques de Veragua, Berwick y Alba. Abolidos los señoríos jurisdiccionales, esta última, en la persona de don Carlos María Fitz James Stuart y Palafox, vendió en 1890 las propiedades y derechos sobre los solares de las casas, a don Mariano Palarea, su administrador en Murcia.

 

El personaje más importante nacido en este pueblo es sin duda alguna don Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648), cuyo suceso ocurrió en la casa y hacienda de sus padres, situada entonces en lo que hoy es casco urbano de la población, pues por aquellos días la familia residía en ella con motivo de la faena del gusano de la seda. Por no existir aquí parroquia ni registro de bautismos, la partida correspondiente fue inscrita en la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto, en la vecina población de Algezares. Fueron sus padrinos de bautismo don Gabriel Dávalos y Agüero y doña Blanca Rodríguez de Avilés, Señores del lugar del Alberca, sus parientes y vecinos en la hacienda colindante.

 

En la localidad han residido otras familias de hijosdalgo, como Poyo del siglo XVI, cuyo principal personaje es el ya citado Damián Salucio del Poyo, famoso escritor; los Beltrán, que llegaron del Valle del Rocal en el siglo XVII; los Vera, procedentes de Lorca en el mismo siglo; los Herrera, también del XVII; Bernabé, de idéntica centuria, que residieron en la torre del Pato; los Moreno, procedentes de Molina de Aragón, que ya vivían aquí en 1666, y de los cuales aún subsiste en la Iglesia la lápida que tapaba el carnero sepulcral; los Gallardo, de principios del XVIII; los Martínez-Osorio, uno de cuyos miembros fue Cura Teniente; los Meseguer, algunos de cuyos miembros fueron importantes personajes a nivel regional; y los Paredes, que llegaron desde Mazarrón de la mano del que fuera capellán y luego párroco don Juan de Paredes.

 

El recorrido por todos y cada uno de los rincones del pueblo nos lleva a lugares de verdadero ensueño. Sus casas parecen buscar protección y auxilio al amparo de la sierra, al pie de la cual se agrupan y parecen querer saltar unas sobre otras en su afán de acercarse aún más. Y tras admirar su incomparable huerta, que parece abrazar amorosamente entre su seno y la sierra, el pueblo, prestándole su lozanía y juventud, vamos a penetrar en sus calles del Verdolay y Vistabella, que siempre y en todo lugar ha señalado como las únicas entre los pueblos de la región; y que presentan junto a su simetría de conjunto la armonía de sus bonitos jardines y chalés, que le dan un aspecto moderno y atrayente.

 

Luis Lisón Hernández

(28-III-2004)