Nuestro rincón.


EN SERIO.

Educar. (Gabriel Celaya)

El maestro.

Un acto de valor. (Antonio Muñoz Molina).

Impotencia. (Manuel Vicent).


EN BROMA.


Educar.

Educar es lo mismo

que poner un motor o una barca ...;

hay que medir, pensar, equilibrar ...;

y poner todo en marcha.

Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino, ...

un poco de pirata, ...

un poco de poeta, ...

y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar                                                                                                     

mientras uno trabaja,                                                                                                               

que ese barco, ese niño,                                                                                                              

irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío                                                                                                                   

llevará nuestra carga de palabras                                                                                           

hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.                                                                             

Soñar que cuando un día                                                                                                         

esté durmiendo nuestra propia barca,                                                                                         

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.   Gabriel Celaya.                                                    


El maestro.                                                                                                                                       

Con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento,

viene el problema del pueblo, viene el maestro.

El cura cree que es ateo, y el alcalde, comunista;

y el cabo jefe del puesto piensa que es un anarquista.

Le deben treinta y seis meses del cacareado aumento

y él piensa que no es tan malo enseñar toreando un sueldo.

En el casino del pueblo nunca le dieron asiento

por no andar politiqueando ni ser portavoz de cuentos.

Las buenas gentes del pueblo han escrito al menisterio                                                              

y dicen que no está claro cómo piensa este maestro.

Dicen que lee con los niños lo que escribió un tal Machado,                                                        

que anduvo por estos pagos antes de ser exilado.

Les habla de lo innombrable y de otras cosas peores,                                                              

les lee libros de versos y no les pone orejones.

Al explicar cualquier guerra siempre se muestra remiso                                                                

por explicar claramente quién venció y fue vencido.

Nunca fue amigo de fiestas ni asiste a las reuniones                                                                  

de las damas postulantes, esposas de los patrones.

Por estas y otras razones, al fin triunfó el buen criterio,                                                                

y al terminar el invierno le relevaron del puesto.

Y ahora las buenas gentes tienen tranquilo el sueño,                                                              

porque han librado a sus hijos del peligro de un maestro.

Con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento,                                                                

se marcha el padre del pueblo, se marcha el maestro.

       


Un acto de valor.

ARTÍCULO DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA PUBLICADO EN "EL PAIS" EL 16/4/97.

Llegar a un instituto siempre tiene para mi algo de regreso en el tiempo. Llego a una galería de arte la tarde de una inauguración y me ahogo enseguida, siento un deseo instantáneo de irme, o de volverme invisible, igual que cuando no tengo más remedio que asistir a un estreno de teatro o de cine, o a la presentación de un libro.

Entro a un instituto, sin embargo, y no tardo nada en sentir que piso un territorio conocido, y me gana un sentimiento que es a la vez de vuelta en el tiempo y de asombro por toda la lejanía de los años. El recuerdo viaja a la velocidad de la luz, y en un instante yo puedo estar de nuevo en el abril de hace veinticinco años, en el instituto donde estudiaba lo que se llamaba entonces sexto de bachiller: no me cuesta nada identificar esta misma claridad matinal de primavera excesiva, de mayo o junio adelantados, que nos deslumbraba al entrar en las aulas orientadas al sur; la prisa de la gente muy joven en las escaleras, el aire un poco desgastado de todo, el fondo de ansiedad brusca, de atención impaciente, con que se sientan los alumnos, el cuerpo echado contra el respaldo, las piernas separadas, los cuadernos abiertos y los bolígrafos preparados para tomar apuntes.

Pero yo no soy uno de los que están sentados frente a la tarima, y la fidelidad del recuerdo es un engaño que me cuesta cierto trabajo disipar, porque aun siendo el tiempo la materia misma de la vida no somos capaces de medirlo de verdad usando tan sólo la inteligencia y los sentidos. ¿Cómo puede ser cierto que yo esté tan lejos de entonces, si me acuerdo con tanto detalle, si creo parecerme tanto a aquel estudiante de dieciséis años que apenas había salido de su pueblo y ni siquiera había visto aún el mar, pero que se sabía de memoria poemas de Neruda, de Lorca y de Bécquer y estaba decidido a convertirse cuanto antes en corresponsal de guerra, en novelista, en dramaturgo de vanguardia, en peregrino en autoestop por las carreteras de Europa? (Todo dependía del libro que estuviese leyendo: mi novela de cabecera entre los dieciséis y los diecisiete años era "Las corrupciones", de Jesús Torbado).

He llegado a media mañana a un instituto que está en un barrio de Madrid, el Rey Pastor de Moratalaz, que ya tiene de entrada un hermoso nombre de matemático republicano, y en el vestíbulo, mientras saludo a algunos profesores y observo que algunos alumnos al entrar o al salir me miran de soslayo, pienso que cada vez estoy volviendo al mismo instituto donde yo estudié, y que por eso tengo una sensación tan fuerte de reconocimiento, de gratitud, de melancolía por el paso del tiempo, pero también me afirmo en mis convicciones sobre la dignidad imprescindible de lo público, de la Instrucción Pública, sobre todo, con sus mayúsculas de preeminencia y respeto.

He venido a dar una charla sobre literatura a los alumnos de los últimos cursos, pero sobre todo a acordarme íntimamente y en voz alta del alumno que fui y de las fábulas de vida adulta y de huida que alimenté en otras aulas, y también para vindicar lo menos apreciado ahora, lo que Fernando Savater llama en su último libro el valor de educar, la tarea mutua de profesores y alumnos que ahora ya parece un desastre sin remedio o un propósito imposible.

Durante catorce años, a base de leyes incompetentes, de demagogia y arrogancia, de entrega a la palabrería ignorante de los temibles expertos, los Gobiernos socialistas lograron el doble milagro de degradar la enseñanza pública justo cuando se estaba logrando universalizarla y de fortalecer los privilegios de la enseñanza eclesiástica. Ahora la derecha viene a completar el trabajo, y la ministra y sus asesores (entre ellos el pintoresco, el reverdecido ex-comunista Ramón Tamames) declaran que la escuela debe someterse a las leyes del mercado, lo cual viene a querer decir que habrá aún más dinero público para los colegios de los ricos y que las escuelas públicas tendrán menos profesores y más alumnos por aula, aún menos medios, todavía menos consideración social.

En el instituto Rey Pastor me acuerdo de aquella consigna de renuncia progresista al abatimiento que afirmó Antonio Gramsci: contra el pesimismo de los hechos, el optimismo de la voluntad. En un barrio de Madrid, en un centro público, a pesar de la desidia social y de la incompetencia de la Administración, a pesar del desaliento que suele ser el estado de ánimo más habitual entre quienes trabajan en la enseñanza, uno encuentra profesores que siguen disfrutando de su oficio, que aman la literatura, la historia, la física, el latín, que no se han rendido a la marrullería ni a la desgana, que aún insisten en transmitir a los alumnos una conciencia del delicado equilibrio entre la libertad y el deber, entre el respeto y la desenvoltura.

A pesar de todos los pesares, la educación sigue siendo un acto de valor y de optimismo, porque se basa en la creencia ilustrada de que es posible y necesario hacernos mejores, llegar a ser plenamente humanos, frente al oscurantismo clerical o nacionalista del ser de nacimiento, de la predestinación para el infierno o el cielo, para la pertenencia analfabeta y vegetal a unas presuntas raíces. "Educar", escribe en su libro Fernando Savater, "es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas que pueden ser sabidas y merecen serlo, en que los hombres podemos mejoramos unos a otros por medio del conocimiento".

En el instituto Rey Pastor, mientras les contaba a los alumnos el trato de mi adolescencia con la literatura, el gusto de aprender que me transmitieron algunos profesores, pensaba con algo de vértigo en quién había sido yo a los dieciséis años y me preguntaba en qué medida había llegado a parecerme a quien deseaba ser entonces.

Al salir de allí se desvaneció el hechizo del tiempo y regresé al presente. Uno nunca sabe en virtud de qué mezcla de deliberación y de azar ha llegado a ser quien es ahora. Pero yo estoy seguro, con toda gratitud, sin ninguna nostalgia, que una parte indeleble de quien soy se formó hace veintitantos años en un instituto público.

       


Impotencia.

ARTÍCULO DE MANUEL VICENT PUBLICADO EN "EL PAÍS" EL 18/5/97.

Por fortuna para nosotros, Dante no conoció el amor de Beatriz. Se limitó a imaginarlo. La mejor literatura amorosa nace de la impotencia, de la misma forma que las grandes aventuras han sido creadas por autores gordinflones o de poca salud que no se movieron de la mesa camilla. Para escribir un buen libro de cocina es aconsejable tener una gastritis que te permita acercarte a ciertos platos sólo con la mente y no con el estómago. La armonía de los dioses de marmol que emerge de la belleza helénica se la inventó el poeta loco Hölderling en el desván del ebanista Zimmer de la brumosa Tubinga, donde permaceció recluido durante muchos años hasta la muerte. Si Dante se hubiera casado con Beatriz, ambos tal vez habrían sido felices, pero nosotros nos hubiéramos quedado sin la Divina Comedia. Gracias a que Stevenson no fue un bucanero, sino un joven de pulmones muy delicados, hoy podemos leer La isla del tesoro. Conrad comenzó a escribir del mar cuando se retiró de capitán de la Marina mercante, y ese camino de la melancolía es el que ha conducido a algunos amantes y aventureros a crear obras de arte.

Cuando alguien experimenta con éxito el sexo, no tiene necesidad de escribirlo: a lo sumo, lo cuenta a los amigos en el bar, pero estos lances no le interesan a ningún editor. El aventurero tampoco encuentra tiempo para pasar al papel sus hazañas porque las está viviendo, y si uno se ha acostumbrado a comer bien, le basta con esperar una buena digestión sin más literatura. ¿Puede un borracho ser un buen enólogo? Sólo los ex alcohólicos tienen capacidad para dar aroma, cuerpo y profundidad al vino con el deseo o la memoria.

Todo esto está escrito para animar en un domingo de primavera a cuantos se sientan frustrados. Siempre es un consuelo pensar que Beethoven estaba sordo: de su silencio compacto extrajo la Novena sinfonía. ¿Se imaginan a Dante preguntando desde el gabinete: "Bea, ¿qué hay para cenar?". Cualquiera es capaz de tener en sus brazos a Richard Geere o a la Binoche. Basta con no poder hacerlo jamás.