Con la aparición
de la imprenta en Maguncia, se había iniciado una nueva era;
la era silenciosa de la lectura, y la razón, frente a la cultura
oral y mítica.
El primer producto
industrial se había proyectado. El libro, que hasta entonces
era un objeto de bibliotecas y conventos, se convierte en un
objeto para uso individual, fácilmente transportable, en el
que se habían tenido en cuenta entre otros factores, problemas
de legibilidad, coste, uso, producción en serie y comercialización.
La actividad de los
impresores y grabadores de punzones empieza a extenderse por
Europa. Aldo Manucio en Italia, Garamond en Francia, Caxton
en Inglaterra o Plantino en los Países Bajos, desarrollan una
industria que iba a cambiar la visión entera del mundo.
En siglos posteriores
otros tipógrafos como Bodoni, Caslon, Baskerville, Fournier
o Elzeverino, continúan una forma de hacer y de plantear la
lectura, en que la letra impresa todavía es una representación
del habla.
La letra todavía
no se ve, solamente se oye. Tras una era de objetos conformados
como continuación de la naturaleza creada por Dios, la era de
los objetos sometidos a las leyes del designio humano había
comenzado. A partir de este momento, el libro había iniciado
el camino para la construcción del mundo artificial, en el que
el hombre toma conciencia de su papel protagonista.
En esta etapa, España
realiza la mayor parte de su producción en los Países Bajos.
La decisión de Felipe II de encargar a Plantino la Políglota
Regia o los libros de rezo, estancó el desarrollo de la imprenta
española que, habiendo comenzado bien en zonas como Aragón y
Valencia, no resurgiría hasta el reinado de Carlos III con impresores
como Ibarra o Antonio Sancha.
Una segunda etapa,
que podríamos denominar de extensión de la lectura, comienza
a finales del siglo XIX con la llamada "Revolución Industrial".
Mallarmé, un poeta
francés, incorpora la imagen del texto al sentido de lectura
de su poesía. Esta concepción del texto como imagen será desarrollada
por las vanguardias artísticas, como el Futurismo, el Dadá,
el Formalismo o el Constructivismo, permitiendo la aparición
de la "Nueva Tipografía". El Lissitski escribe: "Las
palabras impresas se ven, no se oyen".
Una nueva forma de
leer se está proyectando. Una forma de leer que tiene en cuenta
la imagen del signo como representación.Empiezan a diseñarse
nuevos tipos y sistemas de signos que convierten también el
espacio y los objetos en susceptibles de ser leídos.
El texto se convierte
en imagen y la imagen se empieza a convertir en texto. La letra
impresa empieza a nombrar el mundo artificial que se estaba
creando, se extiende por los objetos y por las calles ayudando
a comprender el nuevo entorno artificial. El alfabeto se queda
pequeño para tanto significado y los números y toda clase de
signos icónicos empiezan a utilizarse de la misma forma que
la tipografía.
El Lissitsky, Moholy-Nagy,
Paul Renner, Herbert Bayer, Kurt Schwitters, Piet Zwart, Jonhson,
Gill, entre otros, desarrollan en Europa la "Nueva Tipografía"
, cuyo manifiesto más importante escribirá Jan Tschichold.
La lectura ha ampliado
sus límites. Una forma no sustituye a la anterior, sino que
la complementa.
En estas extensiones
que se producen en las primeras décadas del siglo XX, y que
van muy unidas al desarrollo cultural, industrial y político,
España permanece aislada, y no participa en él hasta bien avanzado
el siglo.
Con el desarrollo
de los medios audiovisuales durante la segunda mitad del siglo
XX, parece que la imagen y el sonido van a sustituir a la lectura.
Por otra parte, la publicidad parece disolver el texto, reduciéndolo
a adjetivos y nombres. El paradigma de los años 60 a 90 es el
logotipo. La imagen publicitaria cubre lo real bajo un espeso
velo de seducción, en el que la razón, que articulaba el texto,
no tiene lugar.
En la actualidad,
el cambio tecnológico ha revolucionado el mundo tanto o más
que lo hizo la imprenta en su momento. Nunca antes existieron
tantas tipografías, sistemas de signos y flujos de datos. Unas
formas de lectura no han sustituido a otras, sino que se han
superpuesto, configurando planos complementarios.
El texto ha pasado
a ser hipertexto, la realidad sensible se convierte en virtual,
una vez se ha transformado en signo. Hoy ya no se puede hablar
de natural o artificial, sólo cabe hablar de material o digital
y ambas realidades están informadas, son susceptibles de ser
leídas.
Nuevas extensiones
de la lectura aparecen cada día. Interfaces, programas, displays
informativos, interactivos, redes y sistemas de información
configuran un nuevo entorno artificial que necesita más que
nunca ser proyectado para ser legible.
Por una vez podemos
participar de este proceso, y la creación de tipografías puede
ser un buen comienzo. Algunos argumentarán, y no sin parte de
razón, que no hay necesidad de generar nuevas fuentes, es más,
que hay una inflación. Aceptar esta conclusión nos llevaría
a limitarnos al mundo de las citas y las referencias como está
ocurriendo en tantas disciplinas. Sin menoscabar este criterio,
también es necesario pensar que nuestro patrimonio visual carece
de tipografías, por lo que es necesario solucionar esta carencia
para adentrarse más tarde en cuestiones más específicas.
La creación de la
Hispana tiene este fin; intenta conseguir el doble objetivo
de uso e identidad.
En cuanto al uso,
el diseño hoy en día de una tipografía no puede tener por único
criterio la legibilidad, entendida ésta, sólo como transparencia
de la letra en beneficio de la comprensión y de la rapidez de
lectura de textos.
Hoy la letra no sólo
es soporte del significado, también aporta sentido, y en la
aceptación de este principio se basa gran parte de nuestro trabajo
como diseñadores. El término legibilidad se ha ampliado abarcando
todos los procesos de decodificación de información, y esa información
hoy es múltiple.
Las nuevas formas
de lectura llevan aparejados nuevos criterios de formalización
y uno de ellos es la identidad.
En ese sentido la
letra hispana, como su nombre indica, intenta conseguirlo a
través del concepto de mestizaje. Mestizaje entre lo racional
y lo expresivo, entre lo sistémico y casual, lo funcional y
lo simbólico. Una letra de palo seco que, frente al frío idealismo
de las formas puras, del circulo y el cuadrado o de la paralela
y el ángulo recto y frente al estricto racionalismo de las tipografías
suizas, trata de hacerse un poco más cálida, un poco más humana.
Sus formas, como trato de ilustrar en este libro junto a los
alfabetos de la fuente, se remiten a un contexto iconográfico
muy próximo a nuestra cultura.
En cuanto a cuestiones
técnicas como su aplicación y tratamiento, la Hispana ha sido
realizada para funcionar principalmente en caja baja y tamaños
medios, dejando blancos tanto entre letras como entre líneas.
Las familias creadas tratan de aportar un abanico suficiente
de posibilidades para trabajar con un estilo moderno sobre soportes
impresos, pues el soporte digital no era todavía, cuando fue
creada, un medio habitual de lectura para el que esto escribe.
En definitiva la
Hispana quiere ser el inicio de un camino. Con el "pre
- texto" de este libro, ya ha cumplido su principal objetivo;
convocar al diálogo a los diseñadores más próximos para reflexionar
sobre la situación actual en que nos encontramos en este campo.
Hoy en día, los problemas que se plantean son complejos y, como
decía Tschichold en el prólogo de la "Nueva Tipografía",
casi todo está por hacer. Espero que al menos por esta vez no
nos quedemos al margen.