CHUCK BERRY.
"EL PADRE NEGRO DEL `ROCK AND ROLL".
DIEGO A. MANRIQUE
Nobleza obliga: Elvis Presley fue el catalizador de la explosión
del rock and roll, la encarnación de su poder de fascinación,
pero corresponde a Chuck Berry la distinción de haber proporcionado
dimensión mítica e identidad a esa música.
Sus canciones son la quintaesencia del género: ritmo imparable,
guitarra afilada, sonido electrificante, historias de excepcional
precisión y poder de evocación. Como instrumentista
define lo que es el estilo
básico
de los guitarristas de rock hasta el presente. Como compositor,
sus piezas retratan de forma imperecedera el estilo de vida de
la América juvenil de los años cincuenta, aparte
de perfilar la mitología del rock and roll. Son estas cualidades
las que le convierten en el más influyente de los pioneros
del género, con centenares de versiones de sus temas principales
grabadas por Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones, Jerry
Lee Lewis, Bruce Springsteen y mil más (incluyendo a Bob
Dylan, que en más de una ocasión ha injertado sus
letras en estructuras tomadas de Berry).
Charles Edward Berry se sube al tren del rock and roll por casualidad.
Nacido el 18 de octubre de 1931 en Saint Louis, Estado de Misuri,
tuvo una adolescencia problemática ?tres años en
un reformatorio por intento de robo? y pasó por las cadenas
de montaje de la General Motors. Padre de familia, decidió
mejorar su posición social: estudia cosmética y
peluquería en cursos nocturnos, a la vez que se gana un
sobresueldo como líder del Chuck Berry Combo, un trío
donde toca la guitarra y canta un repertorio amplio que va desde
las baladas de Nat King Cole hasta los ritmos excitantes de Louis
Jordan. No es una afición de fin de semana: sus colegas
se asombran de su afán de perfeccionismo, sus cuidados
uniformes, su presencia en escena. "Ese Chuck tiene mucho
futuro", dicen.
En Saint Louis, el trío de Berry compite únicamente
con la banda de otro guitarrista ambicioso, Ike Turner, por el
título del grupo más popular de la ciudad. Su reputación
llega a oídos del bluesman Muddy Waters, que se siente
impresionado por sus habilidades y le facilita el acceso, a Chess
Records, importante compañía independiente de Chicago.
Allí se presenta Berry con una cinta que contiene Wee wee
hours, un blues, y Maybellene, adaptación a ritmo de boogie
woggie de un tema country titulado Ida Red. Es esta pieza, que
los músicos consideran poco más que un entretenimiento,
la que llama la atención de Leonard Chess, que recomienda
se grabe de acuerdo con los módulos rítmicos de
esa "nueva música que llaman rock and roll'.
Cuesta encontrar el punto exacto, se hacen tres docenas de tomas
antes de llegar a la versión definitiva, pero Maybellene
es un gran impacto. Con el patrocinio del todopoderoso locutor
Alan Freed, que figura como coautor del tema, un obsequio de la
compañía, llega a lo alto de las listas de música
negra y se difunde ampliamente por emisoras blancas. Curiosa canción:
en la primera estrofa se citan tres marcas de coches, y la historia
de la carrera espontánea entre el vehículo de Maybellene
y el del protagonista sugiere que allí se habla de algo
más que de la velocidad de sus motores.
A partir de 1955, Berry inicia una existencia vertiginosa. Aparece en cuatro películas y recorre todo el país formando parte de paquetes de artistas juveniles, donde destaca por su profesionalidad sobre el escenario y trucos graciosos, como su famoso paso del pato. Todo esto sin dejar de grabar numerosos discos, 20 de los cuales llegan a las clasificaciones de éxitos. Íntimamente, Berry se considera como pretendiente a la corona del rock and roll, ostentada por Elvis, pero en contra suya juega el color de su piel, la deficiente infraestructura de su compañía y la ausencia de un empresario a la altura de las circunstancias.
Esa frustración no se percibe en su producción discográfica.
Admirador de guitarristas como Charlie Christian, T?Bone Walker
y Carl Hoagan, su instrumento adquiere un tono metálico
y cortante que salta de los altavoces con claridad arrolladora.
Musicalmente, lo suyo es el blues de Chicago, acelerado con toques
de country y del jump blues de Louis Jordan (Berry: "Es el
artista con el que más me identifico").
Respecto a las letras, le distingue una eficacia casi cinematográfica
a la hora de narrar historias. A pesar de que ya es un adulto,
muestra una agudeza especial para captar el mundo juvenil. Plasma
la hostilidad sorda de los adolescentes alienados (Almost grown),
el aburrimiento del colegio (School days) o la insensibilidad
de los mayores (Too much monkey business).
Reconoce el papel central que el automóvil tiene en la incipiente subcultura de los teen?agers: ahí están Maybellene, No particular place to go, No money down, Jaguar and Thunderbird, You can't catch me. Naturalmente, también hace canciones de chico?chica en las que desliza finamente algunas metáforas eróticas tomadas del blues y mantiene su sentido del humor.
Un tipo listo. Advierte el potencial como medio de comunicación
del rock and roll y celebra sus mejores cualidades. Rock and roll
music, Roll over Beethoven o Let it rock son himnos arrebatados
a la nueva música, cargados de inocente entusiasmo. También
crea el arquetipo del rockanrolero en su tema Johnny be good.
Y no se le escapan las seguidoras de esos ídolos: Sweet
little rock and roller, Sweet little sixteen, Little queenie y
Go bobby soxer son retratos sagaces de la gente que está
al otro lado de los focos.
Por si fuera poco, los discos de Berry contienen abundantes
indicios de su talante inquieto. Escondidos en los elepés
pueden encontrarse blues, piezas suaves, instrumentales e incursiones
en sonidos exóticos. En todo momento, Berry canta con claridad,
sacando buen provecho de una voz poco excepcional.
Esos son los atributos que le van a hacer ganar un lugar privilegiado en las crónicas del rock. Pero esa gloria no le libra de miserias. En 1959 se trae desde México a una chica de origen apache, a la que da trabajo en su local de Saint Louis, el Chuck Berry's Club Bandstand. Unos meses después, ésta se presenta ante la policía, declara tener 14 años y acusa al cantante de empujarla a la prostitución. Su mundo se derrumba: intenta explicar que, su intención era aprender español y que nada sabe de las actividades de la joven fuera de su club. Inútil. Procesado por trata de blancas, es declarado culpable. Debido al carácter racista del magistrado se consigue que el veredicto sea invalidado, pero un segundo juicio, en 1960, concluye con su condena.
Dos años y medio en una penitenciaría. Sale en 1963
y descubre que todo ha cambiado. Curiosamente, su figura se ha
revalorizado gracias a jovenzuelos que han crecido durante sus
años dorados: desde Inglaterra llegan los Beatles, los
Rolling Stones, los Kinks, los Yardbirds; todos ellos, deudores
confesos de su música. Es una disculpa para que Berry retorne
a los escenarios y acumule algunos éxitos menores hasta
1965. Pero se le considera una vieja gloria, al que no le ayuda
su mal genio y una fama (cierta) de tacaño e inflexible
en cuestiones de dinero.
En la segunda mitad de los sesenta es recuperado por los hippies,
que le reconocen como un predecesor espiritual, pero a él
le preocupa más Berry's Park, el parque de atracciones
que construye en Misuri. A partir de 1970 se convierte en habitual
de conciertos nostálgicos. Precisamente en uno de estos
eventos registra My ding?a?ling, una pícara oda a la masturbación,
el mayor éxito de su carrera, número uno en 1972.
No se repetirá. Las grabaciones se van espaciando y Berry
se concentra en el directo, con resultados imprevisibles. En una
buena noche puede enloquecer a cualquier público; sin embargo,
muchas veces da recitales breves y rutinarios.
Más contrariedades. En 1979, tras actuar ante el presidente
Carter en la Casa Blanca, es condenado por evasión de impuestos
a tres meses de cárcel. Ante el juez no puede evitar que
se le salten las lágrimas: él, que ha compuesto
panegíricos a su país como Back in the USA o The
promised land, vuelve a sentir el rigor de la ley. No es un hombre
fácil. Amuralla sus sentimientos tras un aire de hostilidad.
Puede ser brusco: en una ocasión echa del escenario a Keith
Richards, el guitarrista de los Rolling Stones, cuando éste
sube inopinadamente a tocar con su ídolo; en otro encuentro
terminaron a golpes en un camarín. Quedémonos con
el Chuck Berry que reside en la moviola del recuerdo: guitarra
Gibson en bandolera, una sonrisa pérfida, elegante e incisivo,
poeta de la América de los descapotables y los juke-boxes,
inventor de la forma más simple y perenne del rock.