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ELVIS PRESLEY
LAS CADERAS DEL PROLETARIADO
JOSEP VICENT MARQUÉS
"¿Quieres casarte conmigo, o tendré que raptarte?", le dice Elvis a la chica en Girls, girls, girls. Ella le contesta: "¿No puede ser un poco de cada cosa?". Después, la película acaba con un improbable fin de fiesta en el que chinas, japonesas, balinesas y otras orientales no identificadas bailan con Elvis. Un poco de cada cosa, incluyendo un poco, sólo un poco, de la movilidad portentosa que el cantante podía dar a la mitad inferior de su cuerpo.

Un cuerpo que Hollywood reduce a un erotismo razonable. Las piernas y caderas son imprescindibles, pero sospechosas. ¿Es propio de un hombre moverse así? Y si lo es, ¿no lo será de forma obscena? La asombrosa respetabilidad del peinado da el contrapunto tranquilizador: el tupé contenido, la brillantina brillante y el cogote tan esquemático y limpio como debe tenerlo un joven americano. Un joven que podría raptar, pero que prefiere preguntar qué es lo que procede. Elvis Presley renuncia a la apuesta con los amigotes y cuida a un niño en G. I. blues. Una virilidad probada y dulcificada. Tranquilícense: la estridencia de la música de rock es compatible con la más tradicional delicadeza de sentimientos. Estos chicos jóvenes son buenos en el fondo, Mr. Smith.

Elvis es inequívocamente una imagen de la clase trabajadora. Sus movimientos, insisto, portentosos revelan una autonomía del cuerpo que la clase media no conoce o no puede permitirse. El grosor de sus labios sugiere sensualidad, pero este mismo rasgo y el color de su pelo y rostro sugieren también un amable pluralismo racial. Elvis no es John Lennon, en cierto nodo un intelectual de la clase obrera, sino el mecánico portador de una rebelión formal, una rebelión del cuerpo.

Hollywood utilizará esta capacidad suya de representar al proletario que busca ser proletario?con?su?chica (a la que llamará amante y muñeca). En Cita en Las Vegas no tiene dinero para pagar el motor con el que quiere competir en las carreras; en G. I. blues, un amigo bromeará presentándolo como rico; en Girls, girls, girls está obsesionado por comprar el barco del que es patrón, que además fue construido por su padre...

Un argumento transparente: si Elvis llega a ser dueño del barco se habrá cicatrizado la herida social, que se presenta como individual, pues no se trata tanto de la propiedad de los medios de producción como del recuerdo de su padre. Quiere ser independiente y se lo curra; es un trabajador reivindicativo, pero individualista (una cuestión de huevos, con perdón). El patrono, no obstante ser tramposo, borracho y violador fracasado, será el portador del dictamen favorable del sistema, y después de ser vencido exclamará: "Me recuerda a mí mismo de joven".

La rebelión queda reducida a un asunto de modales y el espectador adulto es informado de que los nuevos modos musicales son compatibles con la tradicional búsqueda americana del negocio propio, con la realización del servicio militar e incluso con el intento de cuidar un bebé, intento en el que debe fracasar para confirmación de su virilidad. Es el sistema que se renueva; Elvis cantará el suficiente número de baladas como para que la rebelión musical resulte matizada. Las madres pueden fijarse en la pulcritud del chico, y las chicas del barrio, atraídas por su encanto físico y potencialmente alarmadas por su movilidad pelviana, son informadas de que, hombre al fin, sería capaz de raptar a una chica, pero es porque además de un taller quiere tener una familia, y además antes lo pregunta. La chica servirá para confirmar que la virilidad consiste en combinar dureza y ternura, que todo buen americano aúna rebeldía y conformismo. Ella, no menos mujer y no menos americana, debe exigir y obtener un poco de cada cosa.