EL HOTEL DE LOS CORAZONES ROTOS
Es un mito polivalente, plagado de contradicciones e incongruencias.
Elvis Presley fue
eficaz
símbolo de rebelión, pero nunca se consideró
un insurgente ni se planteó cambiar el mundo. Sus discos
sirven para recordarnos la maravillosa impetuosidad del primer
rock and roll o para lamentar la facilidad con que esa música
se corrompió. Encarna el sueño americano y la pesadilla
del triunfo. Lo llamaron el rey del rock and roll, pero se encontraba
más a gusto interpretando baladas country o canciones religiosas.
Combinaba un interés por la espiritualidad con un apetito
desenfrenado por todo tipo de placeres. Podía detestar
a los hippies y predicar contra las drogas mientras se atiborraba
de toda la gama de estimulantes y tranquilizantes comercializados
por la industria farmacéutica. Quiso ser el nuevo James
Dean y se conformó con protagonizar películas en
general mediocres. Era un perfeccionista a la hora de aplicar
su prodigiosa voz a cualquier canción, pero grabó
toneladas de temas casi impresentables. En los documentos gráficos
lo podemos ver bello o grotesco, felino o torpe, glorioso o vulgar.
Se puede antojar, finalmente, como una cruel metáfora de
su país.
De origen humilde,
el 8 de enero de 1935, en Tupelo (Misisipi), Gladys Smith Presley
dio a luz gemelos; sólo sobrevivió el segundo, bautizado
como Elvis Aron -posteriormente rectificado legalmente por Aaron-.
El padre, Vernon Presley, trabajaba cuando y donde podía.
En el Sur, donde todavía impera el sistema de castas, son
white trash (basura blanca). Cuando el chico tiene 13 años,
los Presley se instalan en Memphis (Tennessee) en busca de un
mejor ambiente para la joya de la familia. Se puede imaginar el
choque: Elvis, enmadrado y tímido, enfrentado a los adolescentes
de la ciudad. No es un gran estudiante, pero juega bien al béisbol
y sé gana algunos amigos que le protegen de las iras de
compañeros de colegio que no aceptan sus ropas chillonas,
sus peinados extravagantes. También le ayuda la música:
le gusta todo, desde los cantantes románticos hasta los
bluesmen, pasando por los sonidos que había asimilado desde
pequeño: el gospel de las iglesias y el country, género
predilecto de su gente. Actúa como aficionado en solitario
y con un grupo vocal. Hijo único, buen hijo. Tras graduarse,
se coloca como chófer de una empresa de instalaciones eléctricas;
un día de 1953 aparca su camioneta en el estudio de grabación
de Sun Records, un pequeño sello local. Hace un disco ?cuatro
dólares? como regalo para su madre. La empleada que le
atiende se fija en él y recuerda que su jefe, Sam Phillips,
siempre habla de que "hay una fortuna esperando a quien descubra
a un cantante blanco con el sonido y sentimiento de los negros".
No se siente muy impresionado Sam Phillips con este muchacho cortés y voluntarioso. Sin embargo, le da un margen de confianza: muchas horas en el estudio y la ayuda de dos buenos músicos: el contrabajista Bill Black y el guitarrista Scotty Moore. En julio de 1954, el jefe decide que el trío ha hecho algo nuevo y edita un disco con un blues (That's all right, mama, de Arthur Crudup) y una pieza country (Blue moon of Kentucky, de Bill Monroe); ambos, tocados y cantados con el desparpajo y la fiereza de una música híbrida que se conocerá como rockabilly. No es un éxito arrollador, pero Elvis abandona el volante para profesionalizarse en el negocio de la canción.
Una decisión acertada. Los discos tienen ventas aceptables y Phillips tiene contactos para meterle en el circuito de la música vaquera, donde causa cierta perplejidad: no es muy ortodoxo, pero resulta convincente en los temas rápidos. A finales de año ya tiene un club de fans y ha visitado los tribunales, acusado de dejar embarazada a una joven de Misisipi. Sale absuelto.
La buena estrella. Presley llama la atención del coronel Tom Parker, un pícaro rechoncho que se dedica al mundo del espectáculo. Tiene la lengua hábil y convence al cantante (y a su madre) de que puede hacer mucho por su carrera. Y lo hace: consigue que Radio Corporation of America (RCA), una de las cinco grandes casas discográficas norteamericanas, pague 40.000 dólares por el contrato de un artista de 19 años que sólo ha conocido un modesto éxito en algunas zonas sureñas. Rotos los vínculos con Sun, Elvis aterriza en la capital del country, Nashville, a prinipios de 1956. Allí aúna el rockabilly de Memphis con las habilidades de los músicos de estudios locales. Instrumentalmente, las grabaciones muestran cierta incertidumbre, pero se acopla misteriosamente con una voz imprevisible que serpentea alrededor de ritmos, melodías y arreglos. Nadie sabe cómo clasificarlo, pero el impacto de la música es inmediato: el melodramático Heartbreak hotel sube al número 1 de las listas.
Se han encontrado Elvis y los teenagers. Se produce el momento mágico en que artista y público se descubren. Ayudan al flechazo los medios de comunicación, que se enfrentan al nuevo fenómeno con una animosidad que oscila entre el repudio y el sarcasmo. Y cooperan voces puritanas, que hablan de indecencia, de retorno a la jungla y demás. Lo potencia el coronel, que monta feliz sobre algo que parece un caballo desbocado, que pone en práctica ideas tan tramposas como presentar en directo a la sensación acompañado por números de variedades tan pesados y anticuados que la desazón de los espectadores termina convirtiéndose en histeria cuando se materializa el cuerpo esperado. Clic, clic: arden las cámaras.
Meses vertiginosos: RCA inunda el mercado sin conseguir saciar la demanda. aluvión de canciones memorables (Love me tender, Jailhouse rock, Hound dog, Teddy bear, All shook up) para demostrar que Elvis puede cantar meloso, salvaje o insinuante; que todo se vende, ya que millones de pequeños compradores se han enamorado de su voz y de su imagen. Y los guardianes sociales sudan intentando comprender qué ocurre allí, cuál es el misterio de ese semental de pocas palabras y movimientos espasmódicos.
Se hacen discos, películas y giras a marchas forzadas. Y es que el ídolo tiene una cita con el servicio militar. Algo que a le hace mucha gracia, ahora que se ha acostumbrado a tener muchos coches en el garaje, abundantes chicas en la cama y ida la diversión que se puede comprar con dinero. Hay posibilidades de conseguir una mili privilegiada, pero el representante decide que es más beneficioso no pedir un tratamiento especial (además, ausentarse durante dos años, en la cima, puede ser un lance genial).
En 1958, la maquinilla del peluquero arrasa el perfil de Elvis. Caen las lágrimas del ídolo y sus fans, que se multiplican cuando, justo antes de su partida hacia una base de la República Federal de Alemania, fallece su madre. La fiel Gladys ha abusado del alcohol y de las píldoras para adelgazar, demasiado para un corazón débil. La simpatía de la nación se derrama sobre el cantante, amante hijo y patriota impecable.
|
"Yo había estado tocando lo que luego
llamaron rockabilly desde que tenía uso de razón.
Pero nadie quería saber nada: las compañías
de discos me devolvían las cintas con cartas de disculpa:
"No sabemos qué hacer con esto". Pero llegó
Elvis y el cielo se abrió para mí. Me fui a las
oficinas de Sun sin pedir cita previa. Allí había
una silueta de cartón de Elvis: era la primera vez que
veía su cara, y no pude evitar pensar: "Es un tipo
guapo". Hay gente que piensa que debería sentirme
celoso de su éxito. Nada de eso. Conocí luego a
muchos artistas ?los Beatles, los Stones? y no tenían
la magia, el carisma, el estilo, la clase de Elvis. No espero
llegar a encontrar un artista tan completo". (Carl Perkins, 1985.) |
El farol del coronel Parker, jugador empedernido, funciona. Elvis está lejos, pero siguen saliendo discos grabados antes de la partida; abundan los imitadores, pero no tienen nada que pueda compararse con su carisma. A la vuelta, en 1960, aparece al lado de Frank Sinatra en un especial de televisión: es una especie de alternativa taurina, mediante la cual el león del rock and roll se reconvierte en artista para toda la familia.
Hay nuevos planes para él: a partir de 1961 debe renunciar al directo y concentrarse en el cine. Algunas de sus primeras películas (Jailhouse rock, El barrio contra mí) son atractivas, pero ahora se fabrican en cadena: tres películas por año (a millón de dólares la pieza), producidas sin muchos gastos y con mínima imaginación. Son rentables, ya que se sabe que los incondicionales pasan por taquilla más de una vez. El expediente discográfico se cubre publicando las bandas sonoras, donde Elvis canta temas exóticos y canciones ínfimas, cuyos derechos editoriales están en manos de Parker. Avanzan los años sesenta y Elvis vive entre las salchichas cinematográficas y Graceland, su nueva mansión de Memphis. Irrumpen los Beatles, Bob Dylan, Otis Redding. Elvis no se da por enterado. En 1967 se casa con Priscilla Beaulieu, hija de militar. A1 año siguiente nace Lisa Marie. Y una oportunidad: un programa de televisión para las Navidades. Parker quiere todos los tópicos, pero los responsables consiguen que reaparezca la fiera de los primeros tiempos, masticando viejos éxitos y moderno material que está a su altura. Es una milagrosa recuperación, confirmada en 1969 por discos afilados como From Elvis in Memphis. Vuelve al número 1 con la apabullante Suspicious minds, precedida por In the ghetto, canción con mensaje.
Ese mismo año vuelve al directo, iniciando algo que repetirá anualmente: Elvis es la atracción de un mastodóntico hotel de Las Vegas. Paraíso de la mayoría silenciosa, acoge al cantante con calor, y éste devuelve el cumplido ofreciendo conciertos aparatosos. Que también, ¡ay!, se convierten en una rutina, apenas aliviada por giras, retransmisiones vía satélite y un aluvión de discos irregulares.
Es el último
tramo. Goza Elvis de la visibilidad de la que careció en
los sesenta, pero su existencia toma visos de tragicomedia. Infatigable
mujeriego, recibe con estupor la noticia de que su instructor
de karate se fuga con su esposa. Mastica entonces ansias homicidas
de venganza, a duras penas contenidas por sus íntimos.
Su salud se deteriora tras años de dietas desequilibradas
y ensaladillas de píldoras. Verdadero drogota, tiene arranques
de delirio, como presentarse en Washington, donde pide directamente
ser recibido por el director del FBI ("imposible") y
por el presidente Richard Nixon (¡lo consigue!) para transmitir
su preocupación por la difusión de los estupefacientes
entre la juventud norteamericana. Quiere ser un agente especial
de la lucha antinarcóticos, con placa y pistola (las armas,
otra obsesión). Vive una existencia desquiciada, si hemos
de creer las confidencias de antiguos miembros de la guardia pretoriana
(conocida como mafia de Memphis), que cuentan detalles estremecedores,
como el ritual de vestirse para el escenario con apretados corsés
(y unos pañales, ya que ocasionalmente pierde el control
de sus intestinos).
Baja el telón. Durante la noche del 16 al 17 de agosto de 1977, Elvis no logra dormirse. Está en Graceland, en vísperas de una gira. Toma un libro sobre la Santa Sábana de Turín de su extensa biblioteca de temas esotéricos y, para no molestar a su última novia, se retira al cuarto de baño para leer. A la mañana siguiente, la chica lo encuentra de bruces contra el suelo, rígido y en posición fetal. Para evitar el escándalo ?se trata de un héroe nacional?, el veredicto del forense es "muerte natural, un ataque al corazón". La autopsia es prácticamente un acto público contemplado por abundantes empleados del Baptist Memorial Hospital de Memphis.
| A pesar de su inclinación por Richard Nixon, el presidente Jimmy Carter ?después de todo, otro sureño? hizo pública una nota tras la muerte del cantante, donde afirmaba que el suceso "priva al país de una parte de sí mismo; para la gente del mundo, Elvis era un símbolo de la vitalidad, rebeldía y buen humor de Estados Unidos de América". |
Los norteamericanos manifiestan su tristeza, revelando profundos sentimientos de identificación con el cantante de Tupelo, al que varias generaciones consideran como miembro de la familia. "Tenía algo de divino, pero también era igual a nosotros". En varios Estados, las banderas ondean a media asta.
Es una obsesión nacional. Hay un intento de robar su cadáver. Aparecen espiritistas que transmiten sus mensajes desde el otro mundo. Legiones de imitadores ocupan los escenarios como una patética plaga. RCA reedita sus grabaciones de todas las formas posibles. Priscilla denuncia al coronel Parker en nombre de su hija, la principal heredera. Se abre un proceso contra el doctor que le suministraba los fármacos (en sus últimos meses, alrededor de 25 píldoras al día).
Al final queda su obra. De la faceta cinematográfica, mejor prescindir; en los discos, mucha hojarasca, más que compensada por grabaciones fibrosas que muy frecuentemente alcanzan niveles excelsos. Respecto al título de monarca del rock and roll, podríamos sustituirlo por el de rompehielos de los años cincuenta. Fue en ese periodo crucial cuando Elvis, sin tener conciencia de su papel, alteró gustos y costumbres, revolucionario sin armas ni programa.
|
Ahora, desde que mi chica me dejó,
/ he encontrado un lugar para vivir, / al fondo de la calle Soledad,
/ en el Hotel de los Corazones Rotos; / estoy tan solo, / estoy
tan solo, / estoy tan solo, / que me podría morir. Y aunque siempre está repleto, / aún puedes encontrar alguna habitación, / en la que los enamorados con los corazones rotos / desahogan su melancolía llorando. / Y están tan solos, / oh, tan solos, / oh, tan solos, / que se podrían morir. Corren las lágrimas del chico de las maletas, / el conserje está vestido de negro, / hace tanto tiempo que viven en la calle Soledad / que jamás regresarán. / Y están tan solos, / oh, tan solos, / oh, tan solos, / que desearían morir. Y si tu chica te deja y tienes una historia para contar, / vete andando por la calle Soledad, / hasta el Hotel de los Corazones Rotos, / donde estarás tan solo, / y yo estaré tan solo, / estaremos tan solos, / que nos podríamos morir. (Heartbreak Hotel, de Axton, Durden y Presley, grabada por Elvis en 1956.) |
|
"LA VIDA DE ELVIS PRESLEY
SE CORRESPONDIÓ A LOS ESQUEMAS DEL SUEÑO AMERICANO" *Elvis adoraba las guitarras, aunque las usaba esencialmente por estética. * En 1976, Bruce Springsteen, después de dar un concierto en la ciudad de Memphis, se trasladó a Graceland, la mansión de Elvis. Saltó la verja y se internó en el dominio privado del rey, hasta que un guardia le interceptó. Elvis estaba fuera, el tipo no había oído hablar de ningún cantante llamado Springsteen y el intruso fue puesto en la calle. Bruce recuerda: "Debió pensar que se trataba de otro admirador loco..., y eso es exactamente lo que yo era". |