LITTLE RICHARD
"LA FRUTA CORRUPTA".
IGNACIO JULIÁ
Máximo representante de su faceta más desvergonzada
y extremista, Little Richard inseminó el primitivo rock
and roll con insolente vehemencia, transformándose él
mismo en predicador de sus contradicciones, su velocidad rítmica
y excitante lubricidad, su chifladura vital.
Nacido Richard Penniman en Macon, Estado de Georgia, el 5 de diciembre
de 1935, Little Richard puso su cuerpo ligeramente deforme y su
acelerada sensibilidad homosexual al servicio de uno de los más
estimulantes y turbadores sonidos producidos durante los primeros
capítulos del rock. Poseído por una pertinaz y febril
energía expresiva, descubrió
nuevos
continentes musicales que otros explorarían posteriormente;
pero su osadía no fue recompensada como merecía.
Ahora afirma arrogante que el color de su piel y su estrafalaria
personalidad le apartaron de la gloria acaparada por Elvis y otros;
asegura que él, y sólo él, inspiró
a Jimi Hendrix, los Beatles, Tina Turner, los Rolling Stones,
James Brown y, podría añadirse, Prince; declara
con orgullo que sus fantásticas creaciones sonoras sirvieron
de válvula de escape para toda una generación, fueron
la alegría que difuminó mil y una depresiones, el
punto de encuentro entre blancos y negros en los racistas Estados
sureños. Y en parte tiene razón.
Hijo de un destilador ilegal de whisky criado en el seno de una
familia numerosa de profundas creencias religiosas, Little Richard
sintió en su propia piel el escalofriante influjo del rock
and roll a muy temprana edad. Aprendió a tocar el piano
y a templar su muy particular alarido vocal en la iglesia, como
tantos otros pioneros de esta música; pero su prematura
vocación no fue precisamente fomentada por sus progenitores,
quienes únicamente admitían en el tocadiscos familiar
a irreprochables tonadilleros como Bing Crosby o voces tan espirituales
como la de Ella Fitzgerald. A los 13 años, su padre, escandalizado
por los escarceos homosexuales del muchacho y por su fuga con
una pandilla de charlatanes y curanderos, le pone en la calle.
En libertad, surgen atropelladamente todas las pasiones, musicales
o no, que hasta entonces habían latido en su interior.
La futura reina del rock and roll le grita al mundo, desde tugurios,
bares o simples esquinas, su insatisfacción, su frenesí
juvenil, su diferencia.
Afortunadamente, es rescatado y adoptado por un matrimonio blanco,
Ann y Johnny Johnson, quienes le permiten desarrollar sus aptitudes
en el escenario del Tick Tock, el club que regentan. En 1951,
y como consecuencia de haber ganado un concurso local, debuta
en RCA, marca para la que registrará ocho discos sencillos,
que muestran la clara influencia de las celebridades del rhythm
and blues de la época; nombres como Roy Brown o Wynonie
Harris. Sus primeras grabaciones no cuajan a nivel popular, y
en 1954 pasa a otra discográfica, Peacock, para la que
realizará algunas canciones más sin lograr resultados
destacables. Durante esta primera etapa profesional empieza a
sentir la imperiosa necesidad de acelerar su visión del
rhythm and blues, de exagerar y confundir sus características
estéticas, de convertirse en algo más. Viendo que
su carrera está en punto muerto, decide enviar una cinta
de demostración a un popular sello discográfico
de Los Ángeles, Specialty, al tiempo que se ve obligado
a trabajar lavando platos en la estación de autobuses de
Macon. Peor, imposible.
Seis meses más tarde, cuando ya casi ha perdido toda esperanza,
llega la respuesta de Specialty y un billete de avión a
Nueva Orleans, por aquel entonces una de las capitales de la música
sureña y teatro de operaciones de algunas discográficas.
Las primeras sesiones no resultan. Los nervios y el actuar con
músicos desconocidos son los culpables. Pero durante un
descanso se sienta al piano y balbucea de forma espontánea
una de las canciones que había estado tarareando mientras
lavaba platos. Y Bumps Blackwell, el productor a quien Specialty
ha confiado su nuevo fichaje, la caza al vuelo. ¡Ya está!
Hay que depurar la letra, pues el contenido es definitivamente
obsceno para la época, pero Tutti fruto tiene serias posibilidades
comerciales. Las ventas del disco corroborarían poco después
que iban en la dirección correcta. El excéntrico
y alocado Little Richard había dado inconscientemente con
la fórmula de una música que, en el mejor de los
casos, pondría el mundo patas arriba.
Tutti frutti sintetizaba en unos pocos minutos de magnífica
histeria los rasgos básicos de su estilo. La voz estridente
y desmandada de Little Richard, su turgente y urgente interpretación
de aquella onomatopéyica canción, eran demenciales.
El resultado fue explosivo: tanto las emisoras blancas como las
de color lo radiaron con enorme éxito. Sus siguientes creaciones
fueron igualmente delirantes: títulos como The girl can't
help it. Slippin' and slidin', Ready Teddy o Good golly Miss Molly
inyectaron una saludable dosis de sensorial desenfreno en una
sociedad que a partir de entonces iba a tener que tolerar el reinado,
aunque fuera efímero, de espíritus tan irrefrenables
como el de Little Richard.
Sólo año y medio después de su primer éxito,
a finales de 1957, dejó bruscamente la música. Dicen
que su decisión tuvo mucho que ver con el accidental incendio
de uno de los motores de un avión en el que él y
su grupo viajaban. Después de aterrizar tiró todos
sus anillos y se puso a estudiar teología con la intención
de convertirse en ministro del Señor. Desde entonces, Little
Richard ha ido de un extremo a otro: en 1964 regresó a
los escenarios y grabó nuevas versiones de sus éxitos;
en los setenta, su afición por las drogas y sus pantagruélicos
apetitos sexuales le convirtieron en una triste parodia de sí
mismo. Su Iglesia le había rechazado por homosexual, y
la policía le había detenido en varias ocasiones
por actos deshonestos en lavabos públicos. Finalmente,
la muerte de uno de sus hermanos le hizo limpiar su organismo
de sustancias ilegales, al tiempo que se hacía vendedor
a domicilio de biblias. Fantástico.
Ahora ha vuelto, apoyado por un libro que relata su improbable
biografía y un nuevo elepé. Él, un melocotón
lascivo, uno de los más histriónicos genios que
ha dado el rock and roll, tiene algo importante que decirnos:
que por encima de todo está la pasión por la vida.