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    La presencia de los productos y la tecnología eléctrica y electrónica en la vida cotidiana es abrumadora. Por ello es fácil justificar la oportunidad de enseñar contenidos y destrezas relativos al manejo de los circuitos y aparatos eléctricos de bajo voltaje. Pero no resulta sencillo, en cambio, justificar la necesidad de enseñar contenidos de electrónica en la Secundaria. Y, aun llegando a la conclusión de que serían útiles algunos conocimientos de electrónica, es difícil calibrar hasta qué punto.

    Los productos electrónicos no se dejan trastear. Constituyen verdaderos sistemas interdependientes: un fallo en uno sólo de sus múltiples componentes afecta severamente al conjunto completo. Son, además, artefactos cerrados y opacos para el usuario. La lógica de su funcionamiento es compleja y depende, en gran medida, de las características de sus componentes. Las piezas de un sistema electrónico tienen formas y tamaños normalizados. Su función no se corresponde con su forma. Los componentes se identifican mediante códigos, tipos comerciales y requisitos normalizados, asequibles tan sólo a un público de perfil ingenieril.

    Reparar una avería está fuera del alcance de un usuario convencional, a diferencia de los sistemas mecánicos. Sólo un contadísimo número de casos permite la intervención del usuario: fallos de alimentación o en los interruptores y reguladores de mando. La reposición de componentes o subsistemas están controlados por los servicios de asistencia técnica, que ya no proporcionan una información técnica (esquemas, planos de conexiones y valores de servicio) que eran y son perfectamente inútiles para el usuario común. Cada vez hay menos aparatos construidos con componentes discretos y más circuitos integrados. Un fallo en un componente se resuelve sustituyendo el módulo, placa o subsistema completo. Es más barato.

    Está por lo tanto, fuera de nuestro alcance capacitar a los alumnos para reparar sus aparatos electrónicos. El interés del usuario se enfoca, en cambio, en adoptar una decisión de compra correcta, en base a los datos que proporcionan los fabricantes sobre las funciones y características técnicas de sus aparatos. ¿Están los potenciales usuarios en condiciones de valorar y comparar esos datos técnicos? ¿Cuáles de esas variables deberían ser de conocimiento común? ¿Debería saber todo el mundo qué significan conceptos como ancho de banda, relación señal/ruido, potencia de salida, sensibilidad, valor r.m.s., etc.?

    ¿Y qué pensar de la electrónica artesanal? ¿Es útil? ¿Para qué? Hay un cierto margen de maniobra para diseñar y construir pequeños dispositivos adaptados a nuestras necesidades particulares: alimentadores de cc, cargadores de baterías, avisadores y actuadores que funcionan bajo ciertas condiciones de luz, humedad o presencia, indicadores, amplificadores, etc.

    El aprendizaje de algunos rudimentos de electrónica artesanal, en la E.S.O., permite asomarse a un universo complejo y vastísimo. Pero hay que hacerlo en condiciones que garanticen razonablemente el éxito: con información simplificada, proyectos muy dirigidos y contenidos muy limitados. Presentar la electrónica como algo inabarcable y muy complicado no conduce a nada.

    En el primer ciclo deberían quedar claras las leyes básicas que regulan los circuitos eléctricos y sus magnitudes. En el tercer curso pueden estudiarse la producción y distribución de la energía eléctrica, hasta desembocar en las instalaciones domésticas. También puede estudiarse el funcionamiento de los electrodomésticos más comunes y las conexiones de aparatos en serie y paralelo.

    En cuarto curso se introducirá a los alumnos en el conocimiento de los componentes y circuitos electrónicos básicos, incluyendo el manejo de algunos circuitos integrados secuenciales (555), operacionales (741) y amplificadores de audio corrientes.
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