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Proyectos: resolución de problemas |
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Aprovechando la
situación diseñé una actividad didáctica
con
una doble
finalidad: resolver el problema, adaptando un mueble a una alumna
atípica y, por otro lado, presentar al grupo de alumnos,
globalmente,
el método de resolución de problemas.El momento de desarrollo de la unidad se corresponde con las primeras semanas del curso. Lo hice así porque creo, como postula la “teoría de la elaboración”, que el desarrollo de cualquier currículo debe comenzar con la presentación, en términos globales, simples y concretos, de los contenidos que serán estudiados a lo largo del curso completo. Esta unidad justifica y sirve de ejemplo de cómo se engarzan, en el currículo de Tecnología, los núcleos de contenido principales y el modo en que esos núcleos de contenido deben adaptarse a las circunstancias de un caso concreto.
Creo que el currículo debe desarrollarse en torno a la solución creativa de problemas prácticos. Naturalmente, sé que los alumnos no pueden desarrollar, por sí solos, este proyecto. Así que, de partida, pensé la unidad didáctica como un proyecto fuertemente dirigido por el profesor, en todas sus etapas.Con esta unidad pretendía presentar a los alumnos un modo metódico y ordenado de resolver problemas prácticos. Como se trata de alumnos muy jóvenes, el proceso debía dividirse en pocas etapas, con un objetivo muy concreto, en busca de un resultado muy definido.
Deseaba también justificar la necesidad de adquirir nuevos conocimientos y destrezas durante el curso y, muy especialmente, aprender a dibujar bien, a medir y calcular magnitudes, conocer y elegir los materiales idóneos para construir cosas, conocer las herramientas disponibles y cómo usarlas en el momento adecuado, a planificar antes de hacer las cosas y a emitir una opinión argumentada sobre los productos artificiales.
Además deseaba documentar un caso real, con fotografías, dibujos y textos de los alumnos, porque quiero disponer de un catálogo de ejemplos de aplicación del método a problemas de muy distinta naturaleza. Estos ejemplos concretos, apoyados en imágenes, sirven para comprender mejor la finalidad de las tareas de un proyecto y el modo de desarrollarlas en distintas circunstancias.
Escribí en la pizarra el problema al que nos íbamos a enfrentar, procurando hacerlo de tal modo que no se pudiese presuponer qué objeto había que construir, ni sus características:
Proyecté en la pantalla un esquema en el
que aparecían
ordenadas las seis etapas del trabajo que íbamos a abordar:
Les expliqué en qué consiste esta tarea: antes de proponer posibles soluciones, es útil recopilar todos los datos e informaciones que puedan servirnos para afrontar el asunto que tratamos de resolver. Este enunciado no pareció aclararles mucho, porque se quedaron sin saber qué hacer. ¿Qué datos? ¿Qué informaciones? ¿Qué es lo que hay que averiguar?
Esta es una actividad difícil para jóvenes de catorce años, porque supone imaginar potenciales necesidades futuras de datos y conocimientos. Su pensamiento es aún muy concreto. Se hace necesario poner ejemplos en otro contexto: no parece lógico, les explico, ir a comprar un mueble para mi habitación sin plantearme, antes de ir a ver tiendas, algunas cuestiones como el espacio de que dispongo, para qué voy a utilizar ese mueble, dónde lo voy a ubicar, de qué color son las paredes de mi habitación, de cuánto dinero dispongo, etcétera. Así pues, antes de ir a ver muebles, debo analizar la situación, tomar algunas notas, medir los espacios disponibles, revisar mi cuenta corriente y, quizá, hacer un dibujo de la habitación.
Algunas áreas de investigación, en el problema planteado, afloraron tímidamente: tomar medidas de Laura y establecer sus peculiares requisitos ergonómicos, analizar sus dificultades para sentarse, estudiar la estructura de la silla para averiguar dónde podría sujetarse una estructura y de qué modo podría hacerse, etc.
Parecían sentirse muy motivados para
inventar y, enseguida,
encontraron alguna solución. Generalmente se trataba de ideas,
que preferían describir verbalmente, de forma
genérica y con pocos detalles. Al pedirles que dibujasen lo que
se les había ocurrido, hacían dibujos idealizados,
bastante ingenuos y planos, en los que se omitían muchos
aspectos físicos importantes como el grosor de los materiales o
las fijaciones del conjunto y se eludían los problemas de
construcción.
Tras concebir
la primera idea,
les resultaba muy
difícil abstraerse de ella para explorar otras posibilidades e
ideas.También debía forzarles a ser más minuciosos con los detalles, a enfocar su imaginación en asuntos concretos, especialmente en la forma de las piezas, el modo de unirlas entre sí y de sujetar el conjunto a la silla.
A la vez que intentaba que cayesen en la cuenta de que pasar por alto los detalles concretos puede hacer fracasar la idea más brillante, trataba de enseñarles el modo en que debían ocuparse de los detalles mientras concebían ideas: les mostré algunos dibujos y anotaciones que yo mismo había elaborado buscando soluciones para el problema en el que estábamos trabajando
Creo que, ahora si, comprendían mejor las
facetas de este
trabajo: inventar sacando a flote el ingenio, expresarlo con bocetos
anotados, identificar los aspectos que deben pensarse con mayor
detalle, abandonar las ideas que se muestran inviables y desarrollar
las más prometedoras.
Después de animarles a elaborar varias
ideas distintas, tres
como mínimo, fueron capaces de concebir un abanico razonable de
soluciones que agrupamos, en una sesión de presentación y
puesta en común, en cuatro tipos distintos:
Solución A:
Un estribo fijo, sujeto a la silla con la ayuda de una estructura
fijada a las patas.
Solución B:
Un estribo abatible, para que la misma silla pueda ser utilizada por
otros alumnos.
Solución C:
Un escabel portátil, que Laura llevaría consigo para
poder usarlo con cualquier silla.
Solución D:
Un estribo deslizante, que pueda escamotearse bajo el asiento de la
silla.
Fue necesario obligarles a guardar en la carpeta los dibujos que describían sus ideas para poder dedicarnos, en exclusiva, a definir los criterios con los que juzgaríamos cuál de todas ellas era la mejor.
Después de discutir sobre si es más importante, para vender un producto, el punto de vista del diseñador o el del cliente y usuario, alcanzamos un acuerdo sobre los criterios que describo a continuación. Es preferible la solución:
Una vez puestos de acuerdo sobre este conjunto,
pequeño y
homogéneo, de criterios de evaluación, se dedicaron a
calificar las ideas disponibles, en una escala de 1 a 5. Para conducir
la discusión, utilizaron un conjunto de bocetos que yo
había preparado, mostrando las ideas que ellos habían
propuesto. Los resultados de su evaluación los reflejaron en una
tabla de doble entrada: soluciones y criterios. Finalmente, sumando los
puntos obtenidos en cada uno de los criterios de evaluación,
cada solución reunía un total de puntos. La más
puntuada era la idea que se consideraba mejor.
| |
IDEA |
Fácil
de usar |
Polivalente |
Económico |
Estética |
Fabricación |
TOTAL |
|
| Fijo a la silla |
2 |
1 |
4 |
2 |
2 |
11 |
||
| Abatible con bisagras |
3 |
2 |
3 |
3 |
2 |
13 |
||
| Escabel portátil |
5 |
5 |
3 |
5 |
4 |
22 |
||
| Deslizante sobre guías |
4 |
4 |
3 |
5 |
2 |
18 |
Naturalmente, la evaluación de cada equipo
era distinta. Pero,
asumiendo las dispersiones en torno a la opción mejor puntuada,
la mayoría de los equipos consideraron que la mejor
solución era un escabel plegable, ligero y portátil, que
Laura transportaría de una clase a otra. Consideraban que este
producto era el más útil y polivalente, económico
y fácil de fabricar.
Yo sabía que había grandes dosis de
ingenuidad en esta
decisión. De hecho, estaba convencido de que el proceso de
evaluación de las ideas había sido invertido: primero
eligieron la idea más conveniente a su juicio y luego rellenaron
o ajustaron las puntuaciones para que la idea preferida fuese la mejor
valorada.
Asumí su decisión. Les
expliqué
que, a continuación, debían trabajar la idea elegida para
concretar todos sus detalles y, muy especialmente, la forma y las
dimensiones de sus piezas y el modo en que se articulaban para que el
escabel pudiese plegarse para transportarlo.
En poco tiempo dos de los equipos
lanzaron la voz
de
alarma: el escabel debía tener 26 centímetros de altura
para que Laura apoyase los pies. Esto suponía que sus dos patas,
abatidas, sumaban más de medio metro. Su anchura debía
alcanzar los 29 centímetros. Con esas dimensiones el escabel
sería un trasto muy voluminoso y pesado que, además, no
podría guardarse bajo la silla. Tampoco sabían
cómo fijar las patas para que no se plegase al cargar el peso de
los pies.
Les mostré varias formas de montar
un tablero
deslizante: utilizando perfiles metálicos normalizados en forma
de “L” y de “U” o con unas guías para cajones de cocina de los
que disponíamos en el almacén. Eligieron un perfil
normalizado de aluminio y, a partir de ahí, fue sencillo decidir
las dimensiones de los carriles y del tablero del estribo.
Era el principio del curso. Los conocimientos técnicos de mis alumnos y su experiencia de taller eran mínimos. En esas condiciones no podían planificar la construcción del estribo. Aproveché la situación para presentarles las técnicas básicas y las herramientas en el aula taller.
Lo organicé haciendo preguntas, en gran grupo, acerca del tipo de operación (unir partes, cortar, hacer un agujero, etc.) que debíamos hacer para lograr nuestros fines y sobre la sucesión lógica de dichas operaciones.
Utilicé las ocasiones más claras, a raíz de sus respuestas, para mostrar los problemas generados por un orden inadecuado de las operaciones, por ejemplo, al roscar el alojamiento del tope cuando los carriles ya estaban fijados a la silla.
El resultado fue un proceso técnico, en 12
etapas, de 90 minutos de duración total. Les mostré
también una hoja de proceso simplificada en forma de lista
ordenada de tareas, recursos y tiempos.
La construcción del producto se desarrolló en forma de clase magistral. Yo construía el producto, manejando las máquinas y herramientas del taller, siguiendo las pautas fijadas en la hoja de proceso. Los alumnos, situados alrededor asistían a la demostración.
Al iniciar una operación presentaba la herramienta, explicando el modo en que trabajaba y el nombre de sus variedades más importantes. Al utilizarla impartía algunas instrucciones básicas de seguridad.
De este modo les mostré un número
apreciable de nuevas técnicas que no conocían:
cómo trazar líneas sobre piezas de metal, cortar con
sierra de arco, limar metales, el uso del granete, cómo taladrar
metales, roscar taladros a mano, unir piezas con remaches, cortar
tableros con la sierra de disco, cantear tableros con cinta de
tacón e, incluso, cómo hacer una ranura con la fresadora.
Laura viene
utilizando desde entonces la silla con estribo. Su opinión sobre
el producto que diseñamos y construimos para ella es buena, en
términos generales. También es muy buena la
opinión de los alumnos del grupo sobre su diseño.
Demasiado buena.
Me interesaba especialmente enseñarles a extremar su sentido crítico para identificar los aspectos mejorables de un producto cualquiera. Así que expuse al grupo mi propia evaluación:
El estribo no ha resuelto del todo la adaptación de la silla a las necesidades de Laura. Si la distancia desde sus pies al suelo es excesiva, también lo es la distancia entre su espalda y el respaldo (este inconveniente lo resolvió ella misma, trayéndose de su casa un cojín que sujeta con elásticos al respaldo de la silla).
El uso del estribo presenta algunas dificultades. No dispone de un asidero que haga más fácil tirar de él. La cinta de los cantos se ha despegado y fragmentado con el uso. Además, los tornillos alojados en la ranura rozan demasiado y dificultan el deslizamiento de la tabla.
Muchos alumnos consideraron mis críticas
excesivas. Al fin y al cabo era un producto bonito, barato y que
funcionaba bien. Discutimos durante un rato y lo dejamos así.
Íbamos a empezar el siguiente proyecto.
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