UN CADAVER RODEADO DE FLORES
por Miguel Angel de la Cruz Vives
Catedrático de Filosofía
I.E.S. Arquitecto Peridis
Leganés (Madrid)
Artículo publicado en el periódico
El Independiente el día 29 de septiembre de 1990
© Miguel Angel de la Cruz, 1990
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«No pretendo decir
que mis perspectivas sean inmensas porque hayan alcanzado lo que las vuestras
no han logrado en modo alguno: he hecho lo que otras mil personas podían
haber hecho antes que yo, pero he ido sólo hacia el objetivo, sin medios
adquiridos y sin caminos abiertos. Yo SOLO habré confundido
veinte siglos de imbecilidad política; y a mí sólo las
generaciones presentes y futuras deberán la iniciativa de su inmensa
felicidad. Antes de mí, la Humanidad ha perdido varios miles de años
en luchar locamente contra la naturaleza; yo he sido el primero que se ha
doblegado ante ella al estudiar la Atracción, órgano de sus
decretos; por eso se ha dignado sonreír al único mortal que
le rindió homenaje y me ha entregado todos sus tesoros. Poseedor
del libro de los Destinos, vengo a disipar las tinieblas políticas
y morales, y sobre las ruinas de las ciencias inciertas elevo la Teoría
de la Armonía universal».
Exegi monumentum aere
perennius
Charles Fourier,
O.C., tomo I, pág. 191
El 10 de octubre de 1837, en un
pequeño piso de la rue Saint Pierre de Montmartre, completamente sólo,
tal como había vivido, murió de una crisis cardiaca el
poseedor del libro de los destinos de la Humanidad. Su portera le
encontró caído en el suelo, rodeado de sus gatos y de los jarrones
de flores que constituían su única compañía.
El mundo le olvido pronto: en realidad
nunca había hecho mucho caso del extravagante hombrecillo que esperaba
todas las tardes la visita de algún rico benefactor que subvencionara
la puesta en práctica de la falange de ensayo societaria. Sus discípulos
no tardaron en traicionarle, amputando buena parte de sus ideas. A partir
de 1848, la fuerza del pensamiento marxista arrojó a la cuneta a aquellos
que fueron considerados como socialistas primitivos o utópicos. Habrá
que esperar a la década de los 60 del siglo XX para que de nuevo se
comience a prestar atención al "más clarividente de los
visionarios de su tiempo".
Para entonces el modo de producción
capitalista había desarrollado ampliamente sus potencialidades. En
plena expansión económica, la sociedad de consumo se mostraba
incapaz de generar la felicidad humana y los jóvenes expresan con su
revuelta el "malestar de la civilización". Tampoco la
revolución marxista-leninista había conseguido generar la felicidad
allí donde había triunfado. La revuelta juvenil de mayo de
1968 no tenía por objetivo cambiar simplemente el modo de producción
económico, sino cambiar el modo de vida cotidiano. Los jóvenes
parisienses eran conscientemente utópicos; uno de sus lemas resumía
perfectamente el mensaje del romántico soñador de la Atracción
Pasional: "Sed realistas, pedid lo imposible". Lo imposible
es, tanto en la época de Fourier como en la nuestra, la felicidad,
el derecho al goce sin límites. Imposible porque tal objetivo no puede
alcanzarse sin una transmutación radical de los valores que constituyen
la cultura occidental desde su origen. Fundar la sociedad a partir
del deseo y no a partir de su represión: tal fue el mensaje
de Fourier desenterrado por los jóvenes del 68.
Hoy, treinta años después
de aquel estallido juvenil que conmoviera al mundo, vivimos tiempos menos
utópicos. Lo que parece estar al alcance de la mano no es la utopía
sino su contrario: la contrautopía, profetizada por Orwell y Huxley:
la manipulación genética, la mentira sistemática a través
de los medios de comunicación de masas, el control informatizado de
la sociedad, el deterioro irreversible del medio ambiente y la guerra perpetua,
son ya realidades cotidianas.
En los inicios de la revolución
industrial, muchas de cuyas contradicciones fue capaz de anticipar de forma
extraordinaria, Fourier sueña un mundo pastoril de productores de frutas
y flores, para los que no hay diferencia alguna entre trabajar y hacer el
amor. No sueña una utopía industrial, como su contemporáneo
Saint-Simon, sino la Arcadia feliz de Rousseau, cuya sabiduría y felicidad
se basan en una plácida ignorancia, desdeñosa del progreso
industrial. Un sólo saber le es útil al hombre, aquel que exigía
el oráculo de Delfos: "Conócete a ti mismo", conoce tu naturaleza,
tu carácter, tus pasiones dominantes y busca entre tus semejantes
y en la naturaleza exterior su complemento, respeta la diferencia y tu diferencia
será respetada, no fuerces la naturaleza y la naturaleza te ofrecerá
sus dones.
La lectura de Fourier en una sociedad
completamente dominada por el avance inexorable de la tecnología de
la información resulta un ejercicio estimulante. Nuestra sociedad representa
la antítesis extrema del sueño fourierista. Las flores que
se cultivan son ciertamente bellas pero artificiales: flores de plástico,
de papel, de aluminio que están en lugar de las flores autenticas.
Flores sin significado, producidas en serie, que no se marchitan pero que
carecen de olor o cuyo olor es tan artificial como la propia flor.
Las flores que rodeaban el cadáver
de Fourier representaban pasiones, eran hieroglifos cósmicos, un vínculo
sagrado entre el hombre y el universo. Eros y Tanatos. La vida y la muerte
hermanadas en el lóbrego cuarto de una pensión. Nunca llegó
el patrocinador que arriesgara su fortuna en la realización de un
sueño. Fourier ofreció dividendos de felicidad a los socios
fundadores, pero la felicidad se encuentra al margen del mercado, lo que
podemos encontrar allí son sus sucedáneos: las flores sin olor
que no se marchitan nunca.
Fourier temía
que algún día las flores naturales fueran sustituidas por flores
artificiales y quiso convertir al hombre en jardinero del universo. Entre
la flor y la máquina eligió la flor, el mecanismo vivo frente
al mecanismo muerto.
Los campos de flores y las huertas
fueron horadados por las excavadoras y en su lugar emergieron urbanizaciones
de cemento. Apenas quedan jardineros mientras proliferan burócratas
y funcionarios de ojos tristes y ejecutivos que devoran estimulantes para
mantenerse en la brecha. De la máquina-vivienda a la máquina-fábrica
o a la máquina-oficina, a través de la máquina-ciudad,
hombres de gestos maquinales se desplazan sobre máquinas de unas máquinas
a otras. Se aprende a hacer el amor a través de manuales que nos muestran
las zonas erógenas de nuestra máquina corporal y su mejor aprovechamiento.
La publicidad determina aquello que debemos desear, mientras que la moda
nos transforma en objetos del deseo. Diseño industrial del tiempo
libre: playas contaminadas convertidas en parrillas donde se asa lentamente
el cuerpo pasivo, o frenéticos safaris fotográficos por las
ciudades. Nostalgia de la naturaleza en la aventura controlada del trekking
y en los paseos por los montes talados y convertidos en parcelas urbanizadas.
Nostalgia de la cocina tradicional en los restaurantes frecuentados el fin
de semana, mientras la dieta del hombre moderno se compone habitualmente
de platos precocinados de sabor indefinido, con aromas elaborados por procesos
químicos. Universo de la simulación en el que simulamos incluso
la propia vida, prolongando durante meses la agonía del moribundo
mediante máquinas que sustituyen su corazón y sus pulmones.
Niños clónicos que no tendrán necesidad de mirarse al
espejo. La producción industrial se extiende incluso a la producción
de la vida, eliminando la diferencia. De la máquina industrial a la
máquina social, todo tiende al orden basado en la indiferencia absoluta,
en la repetición incansable del objeto, del gesto, del deseo; en la
suplantación del hombre real por un ente estadístico que constituye
la forma moderna de la metafísica.
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«Fourier,
se han burlado, pero no habrá más remedio que catar un
día u otro tu medicina»
(André Breton:
Oda a Charles Fourier)
Procedencia de la
imagen:
Warren J. Samuels Portrait
Collection at Duke University
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Fourier supo comprender a tiempo
que el proceso industrializador conducía hacia un universo de la simulación,
de la repetición compulsiva y de la abolición de la diferencia,
emprendiendo una cruzada a favor de lo natural frente a lo artificial, de
la multiplicidad y la diferencia frente a la estandarización de la
producción y el consumo, del polimorfismo del deseo frente a la homogeneidad
del orden instituido; con estos materiales construyó la más
gigantesca utopía de todos los tiempos.
Y es precisamente en estos tiempos
antiutópicos que vivimos cuando se hace más imprescindible reabrir
el debate sobre la utopía y adquiere un renovado valor el delirio
onírico de Fourier frente al positivismo triunfante.
Materiales para la reflexión y el debate