UN CADAVER RODEADO DE FLORES
por Miguel Angel de la Cruz Vives
Catedrático de Filosofía
I.E.S. Arquitecto Peridis
Leganés (Madrid)
macruz@platea.pntic.mec.es

 
 
 
 

Artículo publicado en el periódico El Independiente el día 29 de septiembre de 1990


© Miguel Angel de la Cruz, 1990
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«No pretendo decir que mis perspectivas sean inmensas porque hayan alcanzado lo que las vuestras no han logrado en modo alguno: he hecho lo que otras mil personas podían haber hecho antes que yo, pero he ido sólo hacia el objetivo, sin medios adquiridos y sin caminos abiertos. Yo SOLO habré confundido veinte siglos de imbecilidad política; y a mí sólo las generaciones presentes y futuras deberán la iniciativa de su inmensa felicidad. Antes de mí, la Humanidad ha perdido varios miles de años en luchar locamente contra la naturaleza; yo he sido el primero que se ha doblegado ante ella al estudiar la Atracción, órgano de sus decretos; por eso se ha dignado sonreír al único mortal que le rindió homenaje y me ha entregado todos sus tesoros. Poseedor del libro de los Destinos, vengo a disipar las tinieblas políticas y morales, y sobre las ruinas de las ciencias inciertas elevo la Teoría de la Armonía universal».
Exegi monumentum aere perennius
Charles Fourier, O.C., tomo I, pág. 191


 Falansterio
 
   
Fourier temía que algún día las flores naturales fueran sustituidas por flores artificiales y quiso convertir al hombre en jardinero del universo. Entre la flor y la máquina eligió la flor, el mecanismo vivo frente al mecanismo muerto.

Los campos de flores y las huertas fueron horadados por las excavadoras y en su lugar emergieron urbanizaciones de cemento. Apenas quedan jardineros mientras proliferan burócratas y funcionarios de ojos tristes y ejecutivos que devoran estimulantes para mantenerse en la brecha. De la máquina-vivienda a la máquina-fábrica o a la máquina-oficina, a través de la máquina-ciudad, hombres de gestos maquinales se desplazan sobre máquinas de unas máquinas a otras. Se aprende a hacer el amor a través de manuales que nos muestran las zonas erógenas de nuestra máquina corporal y su mejor aprovechamiento. La publicidad determina aquello que debemos desear, mientras que la moda nos transforma en objetos del deseo. Diseño industrial del tiempo libre: playas contaminadas convertidas en parrillas donde se asa lentamente el cuerpo pasivo, o frenéticos safaris fotográficos por las ciudades. Nostalgia de la naturaleza en la aventura controlada del trekking y en los paseos por los montes talados y convertidos en parcelas urbanizadas. Nostalgia de la cocina tradicional en los restaurantes frecuentados el fin de semana, mientras la dieta del hombre moderno se compone habitualmente de platos precocinados de sabor indefinido, con aromas elaborados por procesos químicos. Universo de la simulación en el que simulamos incluso la propia vida, prolongando durante meses la agonía del moribundo mediante máquinas que sustituyen su corazón y sus pulmones. Niños clónicos que no tendrán necesidad de mirarse al espejo. La producción industrial se extiende incluso a la producción de la vida, eliminando la diferencia. De la máquina industrial a la máquina social, todo tiende al orden basado en la indiferencia absoluta, en la repetición incansable del objeto, del gesto, del deseo; en la suplantación del hombre real por un ente estadístico que constituye la forma moderna de la metafísica.
 
 

«Fourier, se han burlado, pero no habrá  más remedio que catar un día u otro tu medicina» 
(André Breton: Oda a Charles Fourier)
 
 

 Procedencia de la imagen:
Warren J. Samuels Portrait Collection at Duke University


Homenaje a Charles Fourier
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