Si
el mundo natural está radicalmente dividido entre lo mental y lo
físico, de modo que lo físico es extenso en el espacio y
lo mental no, y si la naturaleza de la causalidad es tal que las causas
y efectos deben tener una conexión necesaria y ser de tipo similar,
entonces el interaccionismo mente/cuerpo cartesiano es obviamente insostenible.
Tal vez el primer intento importante de tratar esta contradicción
en la obra de Descartes es lo que se conoce como ocasionalismo.
A pesar de que fue precedida e influenciada por Le
discernement du corps et de l'ame (1666) de Géraud de Cordemoy
(fallecido en 1684), la obra de Nicolás Malebranche (1638-1715)
fue probablemente la más influyente del ocasionalismo.
Nacido en París y educado en el colegio de La Marche y en la Sorbona, Malebranche comenzó a leer a Descartes en 1664. Una década después, publicó De la recherche de la vérité en la que argumentó que las dos sustancias de Descartes, mente y cuerpo, no tenían relación causal. Dios era la única causa verdadera. No solo no hay influencia de la mente sobre el cuerpo o del cuerpo sobre la mente, sino que no hay causalidad operativa alguna excepto cuando Dios, la única causa verdadera, interviene para producir las regularidades que ocurren en la experiencia. Así, por ejemplo, cuando una persona quiere mover un dedo, ello sirve de ocasión para que Dios mueva el dedo; cuando un objeto aparece de pronto en el campo de visión de una persona, ello sirve de ocasión a Dios para producir una percepción visual en la mente de la persona.
Un
intento alternativo y mucho más duradero para responder al punto
muerto cartesiano fue el de Benedictus de Spinoza (1632-1677). Nacido
en Amsterdam, Spinoza pasó su vida como pulidor de lentes. Siendo
un judío expulsado de la sinagoga por heterodoxia, mantenía
pocas relaciones con sus contemporáneos holandeses o judíos
y publicó poco durante su vida. Su obra maestra de metafísica,
De
ethica, apareció en su Opera
posthuma, publicada en 1677.
Con el propósito de salvaguardar la noción de Dios como la única causa verdadera sin sacrificar la idea de unaa causalidad operativa tanto en la esfera mental como física, Spinoza abandonó las dos sustancias de Descartes a favor de la que ha llegado a ser llamada teoría del aspecto dual. Las teorías del aspecto dual están basadas en la noción de que lo mental y lo físico son símplemente diferentes aspectos de una única y la misma sustancia. Para Spinoza, la única sustancia era Dios. Aunque estaba de acuerdo con Descartes en que el mundo de la conciencia y el de la extensión estaban cualitativamente separados, Spinoza rechaza el punto de vista cartesiano de que la conciencia y la extensión son dos sustancias finitas a favor de la noción de que son atributos de una única sustancia infinita. Esta sustancia, Dios, es la esencia universal o naturaleza de todo lo que existe.
La consecuencia directa del punto de vista de Spinoza es que mientras los acontecimientos mentales pueden determinar solo otros acontecimientos mentales y los movimientos físicos pueden determinar solo otros movimientos físicos, la mente y el cuerpo sin embargo tienen una coordinación preestablecida, puesto que la misma esencia divina establece las conexiones entre ambas clases y no puede ser autocontradictoria. En la última mitad del siglo XIX, como veremos, las teoría del aspecto dual experimentaran un resurgimiento.
Otra alternativa al interaccionismo cartesiano es el del paralelismo psicofísico. Esta perspectiva mantiene tanto el dualismo entre la mente y el cuerpo como la noción de una correlación regular entre los fenómenos físicos y mentales, pero esquiva cualquier asunción de una conexión causal mente/cuerpo, directa o indirecta. El paralelismo psicofísico esquiva el interaccionismo sobre la base de que fenómentos tan totalmente diferentes como los de la mente y el cuerpo no pueden incidir el uno en el otro. También rechaza el ocasionalismo y la teoría del aspecto dual en base a que ninguna tercera entidad, cualquiera que sea, puede ser responsable de semejantes efectos enormemente diferentes. Los paralelistas símplemente aceptan el hecho de que cada fenómeno mental está correlacionado con un fenómeno físico de tal modo que cuando uno ocurre, también debe producirse el otro.
Un paralelismo de esta forma es usualmente atribuido a Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716). Historiador, matemático, filósofo, científico y diplomático, Leibniz nació y recibió la mayor parte de su educación en Leipzig. En 1676, después de un periodo en Mainz y cuatro años en París, fue a Hanover, donde pasó el resto de su vida. Corresponsal empedernido, colaborador de publicaciones intelectuales, y creador de manuscritos, la parte más importante de su obra está contenida en cartas, publicadas en forma de artículos, o que quedaron sin publicar a su muerte.
En el Système
nouveau de la nature (1695) y en el Eclaircissement
du nouveau sisteme (1696), Leibniz presenta la famosa descripción
del paralelismo psicofísico en la que adopta una metáfora
ocasionalista para sostener el punto de vista de que el alma y el cuerpo
existen en una armonía preestablecida. Comparando el alma y el cuerpo
con dos relojes que están en perfecto acuerdo, Leibniz argumenta
que hay solo tres posibles fuentes para su concordancia. Puede ocurrir
por influencia mutua (interaccionismo), a través de los esfuerzos
de un experto operario que regule los relojes y los mantenga de acuerdo
(ocasionalismo), o en virtud del hecho de que han sido construidos desde
el comienzo para que su futura armonía esté asegurada (paralelismo).
Leibniz rechaza el interaccionismo porque es imposible concebir partículas
materiales pasando de una sustancia a otra y el ocasionalismo por invocar
la intervención de un Deus ex machina en la serie natural
de los fenómenos. Lo que permanece es el paralelismo -la noción
de que la mente y el cuerpo existen en una armonía que ha sido preestablecida
por Dios desde el momento de la creación.