4. El siglo XIX: Mente y cerebro

Según avanzaba el siglo XIX, el problema de la relación entre la mente y el cerebro fue cada vez más apremiante. Era tan profunda la preocupación por las relaciones mente/cerebro que es difícil encontrar un texto sistemático escrito antes de 1860 que no contuviera alguna discusión sobre el tema. Esta preocupación está directamente reflejada en los dos temas que convergen para obligar a filósofos y psicólogos a enfrentarse con la cuestión central del problema mente/cuerpo. El primero de ellos es el progreso en el conocimiento de la localización de las funciones cerebrales, basado en la idea de que el cerebro sirve como órgano de la mente. El segundo concierne a la  progresiva familiaridad con la tesis de que los fenómenos mentales -creencias, sugestiones mentales, estados de trance mesmérico, traumas psíquicos, etc.- producen algunas veces alteraciones radicales en el estado del cuerpo. Este cambio se suscitó como consecuencia del progreso en la comprensión de la naturaleza de los desórdenes nerviosos funcionales. Antes de continuar, describiremos brevemente algunas de las más importantes perspectivas mente/cerebro establecidas en respuesta a estas tendencias.

A pesar de que las teorías sobre la relación mente/cuerpo que predominaron en el siglo XIX -epifenomenalismo, interaccionismo, monismo de aspecto dual y teoría de la materia mental- fueron formuladas, como sus predecesoras, en el contexto de las ciencias, estaban tratando de resolver las complejidades metafísicas del punto muerto cartesiano. No es sorprendente, en consecuencia, que estas perspectivas se desarrollaran en su mayor parte como variaciones de temas ya tratados anteriormente.

En 1870, el filósofo inglés Shadworth Holloway Hodgson (1832-1912) publicó una obra en dos volúmenes titulada The Theory of Practice. En ella aportaba la primera exposición moderna del punto de vista denominado epifenomenalismo. Descartes, por supuesto, había concebido la idea de que los animales eran simplemente autómatas físicos privados de estados mentales, una noción que implicaba que un mecanismo neural completamente autosuficiente podía producir aparentemente actos inteligentes complicados. En La Mettrie y, más tarde, en Cabanis, esta opinión se extendió hasta los seres humanos, pero de forma moderada ya que sólo la eficacia causal y no la existencia actual de los estados mentales era negada. Desde esta perspectiva los materialistas franceses se anticipaban a Hodgson.
 [Figure 9] En The Theory of Practice, Hodgson argumentaba que los sentimientos, a pesar de su intensidad, no tenían eficacia causal en absoluto. Comparando los estados mentales para los colores de la superficie de un mosaico de piedra y los fenómenos neurales para las piedras que los sustentan, Hodgson afirmaba que tal como las piedras están en su sitio sosteniendose unas a otras y no por los colores que ellas sustentan, los fenómenos del sistema nervioso forman una cadena autónoma independiente que acompaña a los estados mentales. Los estados mentales están presentes solo como "epifenómenos", incapaces de afectar de igual modo el sistema nervioso.

Este punto de vista fue posteriormente retomado, popularizado y situado en un marco evolucionista por Thomas Henry Huxley (1825-1895). En 1874, en un discurso en Belfast en la British Association for the Advancement of Science, Huxley presentó uno de los artículos más citado e influyente de este periodo, "On the hypothesis that animals are automata, and its history" En él, Huxley sugería que los estados de conciencia son solamente el efecto de aquellos cambios moleculares en la sustancia cerebral que alcanzaban el grado requerido de organización. Los animales, por consiguiente, eran "autómatas conscientes".

[Figure 10] En el mismo año, apareció otra obra, Principles of Mental Physiology de William Benjamin Carpenter (1813-1885), que adoptaba una posición diametralmente opuesta al epifenomenalismo de Hodgson y Huxley sobre la relación mente/cuerpo. Carpenter era un físico británico que había recibido su formación como médico en Bristol, en el University College de Londres y en Edimburgo. En 1845 asumió la cátedra de Fisiología en la Royal Institution y desde 1856 a 1879 fue archivero en la University of London. Principles of Mental Physiology contenía el  interaccionismo más exhaustivo producido en el siglo XIX:

"Nada puede ser más cierto, escribió Carpenter, que la forma primordial de la actividad mental -la conciencia de las sensaciones- se despierta a través de instrumentos fisiológicos. Una cierta impresión física se produce, por ejemplo, por medio de la formación de una imagen luminosa en la retina del ojo... La luz excita la fuerza nerviosa y la transmisión de esta fuerza nerviosa excita la actividad de esta parte del cerebro que es el instrumento de la conciencia visual. No sabemos nada actualmente acerca del modo en que el cambio físico así producido en el sensorio es trasladado (por así decir) al cambio físico que llamamos ver un objeto cuya imagen estaba formada en nuestra retina, pero somos igualmente ignorantes del modo en que la luz produce cambios químicos... Todo lo que podemos decir es que hay una estrecha sucesión de secuencias -como hay una estrecha relación entre el antecedente y el consecuente- en un caso y en el otro".

Inversamente, "puede mostrarse la existencia de una correlación semejante entre los estados mentales y la clase de fuerza nerviosa que llamaremos en adelante movimiento a través del aparato muscular... cada clase de actividad mental -sensorial, instintiva, emocional, ideacional y volitiva-, puede expresarse por sí misma en movimientos corporales... Así como una batería galvánica perfectamente construida es inactiva cuando el circuito es "interrumpido", así llega a ser activo en el instante en que el circuito es "cerrado", como hace una sensación, una tendencia instintiva, una emoción, una idea o una volición, que alcanza una intensidad adecuada para "cerrar" el circuito, liberar la fuerza nerviosa con la que una cierta parte del cerebro... está ya cargada" (pp. 12-14).

Desafortunadamente, en los 241 años que separan el De homine de Descartes de los Principles of Mental Physiology, de Carpenter, se habían hecho pocos progresos para eliminar la objeción primordial contra el interaccionismo. En las palabras frecuentemente citadas de John Tyndall (1871), "el paso de la física del cerebro a los hechos correspondientes de la conciencia es inconcebible. A pesar de que un pensamiento concreto y una acción molecular definida en el cerebro sucedan simultáneamente, no poseemos el órgano intelectual, ni aparentemente ningún rudimento de este órgano, que nos permita pasar, por un proceso de razonamiento, del uno al otro" (págs. 119-120). Desde entonces ésta objeción puede ser utilizada eficazmente contra el epifenomenalismo, que sólo consigue librarsede la mitad del problema del interaccionismo, por lo que otros pensadores del siglo XIX volvieron, como sus predecesores, al monismo como último recurso. Dos de los monismos mas influyentes de este periodo, ambos teorías del aspecto, fueron el monismo de aspecto dual [dual-aspect monism] y la teoría de la materia mental [mind-stuff theory].

El monismo de aspecto dual fue producto del cerebro de George Henry Lewes (1817- 1878). Nacido en Londres, Lewes fue una de las mentes más versátiles y brillantes de su siglo. Escritor, actor, biólogo, filósofo y psicólogo, sus intereses abarcaban una asombrosa colección de temas. Fue autor de la muy leida Biographical History of Philosophy (1845/1846). Su Physiology of Common Life (1859/1860) convirtió al joven Pavlov al estudio de la fisiología, y su obra en cinco volúmenes Problems of Life and Mind (1874/1879) constituyó la más importante contribución a la psicología de su época.

En The Physical Basis of Mind, que era el tercer volumen de Problems of Life and Mind, Lewes expuso la moderna formulación de la clásica teoría del aspecto dual, dual-aspect monism. Al presentar su teoría, Lewes llegó  más allá que las teorías de sus predecesores, complementando la noción de aspecto dual con un punto de vista que ha llegado a ser llamado monismo neutral. El monismo neutral incluye la pretensión de que sólo existe una clase de "materia" y que la mente y el cuerpo se diferencian solo en la configuración de esta materia o en la perspectiva desde la que es aprehendida.

Tomando prestada una metáfora de Fechner, Lewes caracterizó la relación de la mente con el cuerpo como una curva que mantiene su identidad como una línea simple aún cuando esté caracterizada en cada punto por la concavidad y la convexidad. Los procesos mentales y físicos, en otras palabras, son simplemente aspectos diferentes de una única y la misma serie de fenómenos psicofísicos. Cuando se ven desde un punto de vista subjetivo (p.e. cuando alguien está pensando), la serie psicofísica es mental; cuando se ven desde un punto de vista objetivo (p.e. cuando alguien observa lo que sucede en el cerebro pensante de una persona) es físico.

En los argumentos a favor de su teoría del aspecto dual, sin embargo, la innovación de Lewes no se limitaba en absoluto a su monismo neutral. Llegó a sostener que las descripciones mentales y físicas empleaban términos que no eran intercambiables. La experiencia visual de un enorme elefante no podía ser adecuadamente descrita a través de las expresiones que caracterizan las leyes de la luz o los mecanismos del sistema nervioso. Los términos mentales, en otras palabras, no podían ser reemplazados por términos físicos. Haciendo esta afirmación, Lewes transfirió el dominio del discurso de la metafísica al lenguaje y proporcionó el que es desde entonces el mejor argumento contra el reduccionismo extremo y la sustitución de la psicología por la fisiología.

La teoría de la materia mental, que es lógicamente similar al monismo de aspecto dual de Lewes, implica un cierto número de ideas relacionadas. La primera es que las propiedades superiores de la mente, como el juicio, el razonamiento, la volición o el flujo continuo de la conciencia, están compuestas de elementos mentales (trozos de materia mental) que no manifiestan en ellos mismos estas propiedades superiores. La segunda es que incluso los elementos materiales más básicos poseen un pequeño trozo de materia mental tal que cuando esos elementos están combinados, la materia mental está combinada de modo semejante. Así, por ejemplo, cuando las moléculas llegan a estar juntas en un nivel de complejidad suficiente para formar un cerebro y un sistema nervioso, la materia mental correlativa forma la conciencia. Y, por último, en oposición al monismo de aspecto dual de Lewes, que concibe tanto la mente y la materia como los dos aspectos de una sustancia neutral, la teoría de la materia mental toma una posición de monismo físico, argumentando que el mundo material es nada más que un aspecto bajo el cual la mente es aprehendida.
  



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© de la traducción: Miguel Angel de la Cruz Vives, 2000