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Miguel Angel de la Cruz Vives
Catedrático de Filosofía
I.E.S. Arquitecto Peridis
Leganés (Madrid)
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El siglo XIX es un siglo turbulento en lo social y en lo
político y, por añadidura, en el plano del pensamiento. A lo
largo de todo el siglo se va a entablar una dura batalla en todos los órdenes
entre las fuerzas que querían modernizar el país y los que
querían mantenerlo firme en sus añejas raíces. No éramos
en esto los españoles diferentes al resto de los europeos, también
escindidos entre las fuerzas progresistas y las tradicionalistas. La diferencia
estriba más bien en la correlación de fuerzas entre ambas tendencias,
pues mientras Francia o Inglaterra contaban ya con una burguesía firmemente
asentada y puestas las bases de la revolución industrial, en España
una burguesía débil fue desarrollándose a duras penas,
abriéndose camino en un ambiente reaccionario, viendo frustradas sus
esperanzas en un país casi analfabeto, apenas industrializado, en
plena decadencia económica y social, que soñaba en un Imperio
del que sólo quedaban los jirones.
La España del siglo XIX es el crisol en el que se formó la España del siglo XX, cuyo primer tercio es la prolongación y el estallido dramático de las fuerzas que fueran acumulándose durante tanto tiempo.
El intelectual español es un testigo espantado de los males de su patria: se siente como una planta trasplantada a tierra estéril que impide su crecimiento y desarrollo. Ve, impotente, la caída en el abismo, trata de respirar en un ambiente enrarecido, asomar la cabeza sobre la mediocridad, la incultura, la intolerancia, el despotismo y el inmovilismo.
En 1833, Mariano José de Larra escribía en El pobrecito hablador:
Yo, pobrecito de mí, yo Bachiller, yo batueco,
y natural por consiguiente de este inculto país, cuya rusticidad pasa
por proverbio de boca en boca, de región en región, yo hablador,
y careciendo de toda persona dotada de chispa de razón con quien poder
dilucidar y ventilar las cuestiones que a mi embotado entendimiento se le
ofrecen y le embarazan, y tú cortesano y discreto!!! ¡Qué
de motivos, querido Andrés, para escribirte!Ahí van, pues,
esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal o bien compaginadas, y derramándose
a borbotones, como agua de cántaro mal tapado. "¿No se lee en
este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?"
Cincuenta años, medio siglo, y el mismo absurdo:
¿Para qué escribir en un país de analfabetos?
Desde la caída del absolutismo, hombres como
Manuel José Quintana
,
Pablo Montesino
o
Antonio Gil y Zárate
van a intentar dar un giro a la política educativa. Pablo Montesino
inspiró, en 1834, una instrucción para el régimen y
gobierno de las escuelas primarias y se dedicó a la creación
de escuelas siguiendo el método Pestalozzi en Guadalajara, Alcoy y
Madrid. Quintana y Montesino son los inspiradores de la creación de
las primeras escuelas normales, la primera de las cuales se inaugura en Madrid
en 1839.
A Gil y Zárate, con quien colaboran Quintana y José de la Revilla
se debe el plan de 1845, que intenta la absorción, regulación
y dirección de la enseñanza por parte del Estado
[2]
, mediante una reglamentación tan estricta
de la enseñanza media y universitaria que no logra convencer ni a
tirios ni a troyanos: para los liberales y los radicales de izquierda el
plan supone un control excesivo del Estado y una limitación de la
libertad de pensamiento, para los clericales, estas medidas favorecían
la secularización de la enseñanza. El plan de 1845 nacía,
pues, herido de muerte.
Tras un breve período de secularización, la firma del Concordato con la Santa Sede en 1851 devuelve la enseñanza al dominio eclesiástico. La Iglesia asume la función de vigilante de la ortodoxia en todos los niveles de la educación, como pone de manifiesto el artículo 31 del Concordato:
Además, sé muy bien, que las palabras civilización y filosofía están borradas de algunos diccionarios privados, sea cual fuere la acepción en que se tomen; así como conozco igualmente las luchas sostenidas muchos años há entre los defensores de la ciencia y la prudente libertad del pensamiento, y los que en una y otra encuentran obstáculos invencibles a sus ideas de dominación universal [4] .
Digámoslo de una vez, y no se me acuse por exponer ingenua y francamente la verdad: el mal gravísimo que nos aqueja no es otro que el carecer de conciencia propia en lo que pensamos o tratamos de ejecutar; porque faltos de extensa y verdadera ilustración, demasiado apegados a estériles discusiones teóricas, merced a la calidad de los estudios metafísicos que han formado nuestra educación, y casuistas políticos antes que hombres de estado, damos rienda suelta a la dialéctica por el vasto campo de las ideas abstractas, y perdemos de vista las concretas y demostrables, que son las positivas, y sobre las cuales fundan las demás naciones su poder y engrandecimiento [6] .
Los temores de Revilla no eran infundados. La Ley de Instrucción
Pública de 1857, siendo ministro de Fomento
Claudio Moyano
, y que se mantendrá en vigor más de cien años, supone
la legitimación del intervencionismo eclesiástico iniciado
en 1851
[9]
.
A partir de este momento, los intentos de reforma no van a provenir de la Administración sino de algunos grupos de ilustrados que van a intentar influir por los resquicios que deja el sistema. Las universidades eran las menos afectadas por el intervencionismo estatal y tenían un funcionamiento de algún modo autónomo. En ellas desarrollaron su acción, mientras les fue permitido, los profesores más progresistas: krausistas, republicanos, federalistas y socialistas encontraron en ellas un cauce para plantear sus alternativas frente a la ciencia oficial:
Desde los primeros momentos la "cuestión pedagógica" va a estar en vanguardia de las preocupaciones de los revolucionarios de 1868. Se revocan las destituciones de catedráticos decretadas por Orovio y la Ley Catalina, de contenido retrógrado e irracional, no llega a entrar en vigor; se declara libre el ejercicio de la enseñanza en todos los niveles educativos, se suprimen las asignaturas de Doctrina Cristiana, Historia Sagrada, Religión, Moral Cristiana, etc.; desaparece la Teología como facultad universitaria, se vuelve a expulsar a los jesuitas y a las órdenes religiosas establecidas en España desde 1837, se suprime la subvención a los seminarios conciliares... La reforma educativa aparece como la premisa de la regeneración de España:
En el punto de una reforma de la educación que permitiera
la extensión de la misma a todas las capas de la población
convergían los intereses de la burguesía liberal y del proletariado,
a pesar de los diferentes objetivos que unos y otros planteaban a tal reforma.
Para la burguesía liberal era imprescindible la extensión de
la enseñanza para combatir el irracionalismo religioso y el poder institucional
de la Iglesia sobre el aparato escolar y poder educar a las masas en su ideología
progresista, en primer lugar; en segundo lugar, la progresiva tecnificación
de los procesos productivos exigía una mínima cualificación
de la fuerza de trabajo; y, por último, los partidos progresistas
consideraban que una relativa participación de los trabajadores en
la cultura favorecería el apoyo y la aceptación del pueblo
a sus promesas de reforma y a sus proyectos políticos.
El proletariado, por su parte, veía en la educación un camino de emancipación y de afirmación como clase y un posible instrumento de lucha ideológica contra el sistema capitalista. Así se desprende de la declaración del Congreso de la Internacional de Bruselas:
En cualquier caso, el período progresista va a terminar
sin que se produzca una autentica reforma educativa. El ambicioso proyecto
de escolarización se vio abortado por la falta de presupuesto. La
ley sobre libertad de enseñanza trataba de paliar la impotencia estatal
facilitando la expansión de la escuela privada, pero al estar ésta
en manos de la Iglesia y de los sectores más integristas del país,
no fue sino un obstáculo para los proyectos de la burguesía
liberal. La debilidad política de las fuerzas en el poder y el pronto
advenimiento de la Restauración conservadora que acabó con
la Primera República, devolvió a la Iglesia y a los sectores
integristas la dirección de los aspectos educativos a través
de su renovada influencia sobre el Estado.
De nuevo vemos aparecer a Orovio al frente de la enseñanza, dispuesto a continuar la obra que le había interrumpido la revolución. El Real Decreto de 25 de febrero de 1875 obligaba a los profesores a presentar a la autoridad competente sus planes de estudio y libros de texto, violando el principio de libertad de enseñanza, tan celosamente defendido por los krausistas. El propio Orovio dirigió a los rectores de las universidades una circular en la que decía:
A finales de 1875 la situación intelectual provocada por estos sucesos es realmente desoladora como manifiestan estas líneas de Manuel de la Revilla :
El gobierno de Cánovas devolvió a la Iglesia
los bienes que le habían sido incautados, restableció las asignaciones
anteriores al paréntesis revolucionario y anunció la protección
del Estado al culto y al clero. Derogó la ley de matrimonio civil de
1870, aunque autorizó al no católico para contraerlo e hizo
obligatoria la inscripción del matrimonio canónico en el Registro
Civil. Determinados periódicos de la oposición, entre ellos
El Imperial, La Iberia, La Igualdad y El Pueblo, fueron suspendidos gubernativamente.
Los jefes y oficiales que habían sido eliminados del Ejército
durante el período revolucionario fueron reingresados. Toda la obra
de la Primera República quedó de este modo desmantelada.
En la primavera de 1876 se suaviza la actitud oficial respecto a los políticos e intelectuales implicados en los acontecimientos revolucionarios. Los krausistas salen de la cárcel y vuelven del destierro. Desde este momento se empieza a trabajar en un nuevo proyecto de amplias repercusiones: la Institución Libre de Enseñanza, que, amparada en el reconocimiento de la libertad de enseñanza de la Constitución de 1876, iba a iniciar sus actividades el 29 de octubre de ese mismo año, bajo la presidencia de Giner de los Ríos.
En la Institución Libre de Enseñanza no profesan
solamente la plana mayor del krausismo sino también positivistas,
especialistas en diversas disciplinas y personalidades académicas
como Joaquín Costa que no estaban vinculados al krausismo estricto.
El proyecto inicial era el de fundar una universidad libre que impartiera
una educación no dogmática inspirada en los métodos
europeos más avanzados. Su finalidad era formar elites que impulsaran
el progreso y la modernización del país. Fracasó el
intento de constituirse en universidad y la Institución, sin perder
su carácter elitista, se dedicó a la enseñanza primaria
y media.
La Institución Libre de Enseñanza introdujo la moderna pedagogía racionalista, laica y humanista, siguiendo fundamentalmente el modelo anglosajón. Supuso un nuevo estilo en la relación entre maestros y alumnos y un interés desconocido en el país por la renovación didáctica.
Pero la Institución Libre de Enseñanza, que
tan hondas repercusiones había de tener en los primeros tiempos de
la Restauración era un pequeño islote enclavado en un mar dominado
totalmente por la enseñanza de corte clerical y reaccionario. Los
auténticos beneficiarios de la libertad de enseñanza fueron
la Iglesia y las órdenes religiosas que ejercerían una considerable
influencia sobre la sociedad y la política a través del adoctrinamiento
de la juventud.
Después de tales crisis, la situación universitaria estaba lejos de haber mejorado. Las periódicas limitaciones de la libertad de cátedra, la separación de los profesores de la universidad, el control de la enseñanza y la falta de puesta al día en el terreno humanístico, filosófico y científico-técnico habían acabado por sumirla en la rutina y la impotencia. La vuelta, en 1881, de los catedráticos expedientados no sirvió de mucho ya que la mayor parte de ellos estaban volcados en proyectos extrauniversitarios. Sin embargo, la aceptación del principio de libertad de cátedra y la reintegración a la Universidad de los profesores destituidos, supone un cambio en la orientación de la Institución Libre de Enseñanza que, después de un primer período muy combativo, va a adoptar a partir de entonces una línea posibilista, tratando de reformar el sistema educativo desde dentro, centrándose sobre todo en la renovación pedagógica.
Estamos en vísperas de un nuevo período de la historia de España: en 1879 se ha constituido el Partido Socialista Democrático Obrero de España, después P.S.O.E.; en 1881, disuelta la Federación Regional Española de la Internacional, que había subsistido en la clandestinidad, surge a la legalidad la nueva Federación de Trabajadores de la Región Española de corte bakuninista; en 1883 se recuperan los derechos de reunión y expresión; en 1887, la Ley de Asociaciones permite el ejercicio del derecho a libre sindicación: la España del siglo XX empieza a apuntar a lo largo del dilatado período de la Restauración y del sistema de alternancia en el poder entre Cánovas y Sagasta: la burguesía y el proletariado se constituyen y enfrentan paulatinamente. De la confluencia entre el krausismo y el socialismo -precisamente en el terreno de la educación- hablaremos al final del siguiente capítulo.
Durante estos años llegan a España reflejos, casi siempre tardíos, del pensamiento europeo. La primera parte del siglo XIX, como ya había ocurrido en el XVIII, es fundamentalmente el pensamiento francés el que encuentra mayor eco en los intelectuales; en la segunda mitad del siglo, será la filosofía alemana la que atraviese la frontera para combatir en nuestro suelo con la francesa. Continúa la tradición de los médicos filósofos que se remonta al Renacimiento: Letamendi , Hernández Morejón, Vendrell y Pedralbes. Cubí y Soler introduce la ciencia de moda en toda Europa: la frenología. García Luna introduce el espiritualismo ecléctico de Victor Cousin. El sensismo inglés también tiene a sus representantes en Martí de Eixalá y Llorens y Barba .
Frente a estos intentos de acercamiento a las corrientes filosóficas que circulan por Europa, en España sigue predominando el pensamiento católico que tiene en Balmes y en Donoso Cortés sus más firmes representantes.
El tradicionalismo y la polémica sobre la toleranciaJaime Balmes será uno de los impulsores del resurgir escolástico en la segunda mitad del siglo XIX, ejerciendo singular influencia sobre el cardenal Mercier, fundador de la Escuela de Lovaina que propiciaría el florecimiento del neoescolasticismo y neotomismo contemporáneos. La obra de Balmes, influenciada por el espiritualismo francés, es un exponente de la reacción del pensamiento católico frente al empuje de las corrientes laicas del pensamiento moderno: el empirismo inglés, el kantismo y el idealismo alemán, especialmente el hegeliano.
El otro gran representante del pensamiento católico español es Juan Donoso Cortés , más orador y polemista que propiamente filósofo, el cual, después de un período de acercamiento al pensamiento liberal, se convertiría, a raíz de los acontecimientos revolucionarios europeos de 1848, en el abanderado de la reacción más extrema. Sus tesis son las del tradicionalismo francés o "ultramontanismo", encabezado en Francia por Luis de Bonald y Joseph de Maistre: la verdad está fundada exclusivamente en la revelación, de la cual es depositaria la Iglesia Católica, cuya misión histórica consiste en transmitir esta verdad. En base a estas premisas, todo el orden social debe someterse a la autoridad de la Iglesia.
Para caracterizar la actitud del pensamiento católico oficial frente al liberalismo y el incipiente socialismo, resulta interesante recordar la polémica sobre la tolerancia mantenida por Balmes frente a Guizot.
El siglo XVIII había sido escenario de múltiples discusiones sobre la tolerancia. Voltaire, John Stuart Mill y Jeremy Bentham encabezaron el grupo de pensadores que defendieron la necesidad de la tolerancia, sobre todo en materia religiosa, considerando que la intolerancia ahoga el progreso de las ciencias. Frente a ellos, los tradicionalistas sostuvieron la necesidad de la intolerancia para evitar la difusión de los errores que la tolerancia propagaría.
En 1828, Guizot publicó en París su Historia de la civilización en Europa [15] , en la que afirmaba que la tolerancia, en tanto que punto medio entre el despotismo y la anarquía, constituyó uno de los motores de la civilización europea, en tanto que las sociedades intolerantes sufren un estancamiento que impide el progreso. Guizot considera que el cristianismo mismo es impensable sin la noción de tolerancia, por lo que las frecuentes reacciones de intolerancia de la Iglesia se alejan del propio mensaje cristiano.
Jaime Balmes sería el primero en oponerse a la tesis de Guizot, asociando la noción de tolerancia con la idea del mal [16] :
Más radical que Balmes se manifiesta Donoso Cortés cuando aborda la cuestión [17] . Expone, con su elocuencia característica, las tesis tradicionalistas habituales: la Iglesia como depositaria de la verdad ("faro luminoso puesto en escollo eminente" [18] ), la infalibilidad del Papa ("Cuando sus pontífices hablan a la tierra, su palabra infalible ha sido escrita ya por el mismo Dios en el cielo" [19] ) y la misión histórica de la Iglesia ("Bajo su Imperio fecundísimo han florecido las ciencias, se han purificado las costumbres, se han perfeccionado las leyes, y han crecido con rica y espontánea vegetación todas las grandes instituciones domésticas, políticas y sociales" [20] ) antes de entrar de lleno en el tema de la tolerancia, llevando al extremo los planteamientos de Balmes. La Iglesia, depósito de la verdad eterna, no puede ser tolerante con el error. La libertad es siempre relativa a la verdad, fuera de ella no puede haber ni libertad ni tolerancia:
Católicos también, pero en las antípodas del pensamiento ortodoxo, son los krausistas.
El introductor del racionalismo armónico en España fue Julián Sanz del Río, quien en 1843 es nombrado profesor interino de filosofía de la Universidad Central de Madrid, bajo la condición expresa de perfeccionar sus conocimientos en Alemania. Sanz del Río inició su periplo en París, luego Bruselas -donde conocería a Ahrens, quien le despertó el interés por la filosofía de Krause- y, por último, se instala en Heidelberg, dedicándose de lleno al estudio de las ideas de tal autor.
A su vuelta a España, pasará diez años aislado del mundo, perfeccionando y sistematizando las ideas y, por fin, en 1854 se incorpora a la Universidad, siendo la lección inaugural del curso 1857-1858 el punto de entronque con los discípulos destinados a prolongar su obra: Fernando de Castro , Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, etc.
La filosofía europea del momento estaba iluminada por dos estrellas: el idealismo hegeliano y el positivismo comtiano. Una y otra disciplina son desconocidas en España. Sanz del Río ha trabado conocimiento de ambas en su aventura europea, pero no son los sistemas de Kant, Fichte, Schelling, Hegel o Comte los que han prendido en su espíritu sino el de un oscuro epígono de Kant que, salvo en España, no prendió en ninguna parte.
Sanz del Río encontró en Krause lo que ninguno de los otros le ofrecía a un espíritu inquieto como el suyo, profundamente católico, que trata de conciliar la religión con la ciencia. El racionalismo armónico y el panenteísmo krausista apareció como una luminaria en este sentido.
Difícil es resumir en breves líneas el pensamiento
abstruso y complicado de Krause
[24]
por lo que nos limitaremos, por vía de
ejemplo, a uno de los extremos más sugestivos de la misma: el panenteísmo,
con el que Krause trata de huir del panteísmo en el que caen Schelling
o Spinoza , y que puede resumirse en la siguiente fórmula: El mundo
no está en Dios, ni tampoco es Dios mismo, sino que es en Dios y mediante
Dios.
Tan complicada formulación parece significar:
a) que el mundo no agota, ni siquiera contiene la total esencia de Dios;
b) que el mundo ocupa, en relación con Dios, un lugar subordinado pero no independiente, o dicho de otra manera, que Dios libremente piensa, siente y quiere el mundo, que Dios pone el mundo como un momento de la esencia divina;
c) que lo que llamamos mundo es el conjunto de manifestaciones de la esencia divina en el tiempo y el espacio; y
d) que el conocimiento del mundo es el conocimiento de la divina esencia y sus manifestaciones [25] .
La concepción de Dios como un ser esencial infinito, capaz de abarcar elementos diversos y contrarios enlaza con las preocupaciones de Sanz del Río y, sobre todo, su idea de la unidad del Espíritu y de la Naturaleza en la Humanidad:
Pero la importancia del krausismo no radica en su sistema filosófico más o menos trasnochado, sino en el revulsivo que supone en la sociedad española que se encuentra ahogada por un pensamiento oficial integrista, impuesto por decreto desde las cátedras. El krausismo va a conmover los cimientos de la filosofía, el derecho, la historia, la pedagogía, la religión y las ciencias sociales al uso.
La Institución Libre de Enseñanza, el máximo logro del krausismo, es anterior a otros movimientos pedagógicos que alcanzaron gran difusión en el extranjero: las escuelas de Parker, Dalton y Putney en Estados Unidos; las escuelas experimentales de la Telegraph House, fundadas por Bertrand Russell; las escuelas Montessori en Italia. El krausismo siembra la semilla de los mejores logros intelectuales de la España del primer tercio del siglo XX y todavía se encuentran huellas de su paso en intelectuales contemporáneos como Aranguren y Tierno Galván.
La profunda religiosidad de los krausistas choca una y otra vez con el tradicionalismo y el integrismo de la Iglesia oficial. El problema religioso es, quizá, una de las claves para entender las peculiaridades del movimiento krausista.
En diciembre de 1864 se publica la encíclica del papa Pio IX Quanta cura, a la que acompaña una lista de ochenta proposiciones titulada Syllabus complectens praecip nostrae aetatis errores en la que se condenan el librepensamiento, el agnosticismo, el materialismo, el nacionalismo, el anticlericalismo, el regalismo, el liberalismo y la masonería. La publicación del Syllabus tuvo honda repercusión en todo el orbe católico y, fundamentalmente, entre los católicos que militaban en el liberalismo.
El catolicismo liberal, encabezado por Lammenais, Lacordaire y Montalembert, bajo el lema de Una Iglesia libre en un Estado libre , se oponía a la intervención eclesiástica en la vida pública y, sobre todo, a la teocracia que el tradicionalismo ultramontano aspiraba a implantar. El Syllabus acababa con las ilusiones despertadas por el Congreso de Malinas celebrado unos meses antes. Cuando en 1870 el Concilio Vaticano I definió el dogma de la infalibilidad del Papa, empujó a muchos católicos liberales, entre ellos los krausistas y a un buen número de escritores, políticos y hombres de ciencia, a apartarse de la obediencia de la Iglesia de Roma. y adoptar una forma de cristianismo racional o religión natural:
... a partir de 1870 -dice Giner de los Rios-
una parte de la intelectualidad española se desplaza hacia una forma
de "cristianismo racional" o "religión natural". Esta modalidad religiosa
dice proceder de la actual insuficiencia de todas cuantas religiones positivas,
hasta hoy, han aparecido en la historia; reconoce la necesidad de un vínculo
real entre Dios y el hombre, declarándole puramente natural y racional
y rechazando todo elemento dogmático, todo misterio, toda revelación
y todo milagro. La existencia y providencia de Dios y la inmortalidad del
alma son quizá los únicos principios comunes a toda esta dirección,
que en Francia y América reviste un carácter esencialmente
sentimental y moral, e intelectual por excelencia en Alemania, donde Dios
es tan sólo el Ser Absoluto, no el Dios vivo, y la religión
se absorbe casi por completo en la metafísica
[29]
.
El krausismo domina el pensamiento progresista español
hasta que el fracaso de la revolución de 1868 y la llegada de la Restauración
produzca un movimiento de autocrítica y revisión de los supuestos
ideológicos del anterior comportamiento político. En el propio
seno del krausismo se va a producir un acercamiento hacia el positivismo que
tiene como punto de referencia los debates que sobre el mismo se organizan
en el Ateneo de Madrid durante el curso 1875-1876, al tiempo que se produce
un giro político hacia el posibilismo y el reformismo, encabezado por
Emilio Castelar y Nicolás Salmerón, tratando de adaptarse a
las nuevas circunstancias históricas:
En el campo de la creación literaria la influencia
del positivismo no se hace esperar: La fontana de oro, de Galdós
y el estreno del drama de López de Ayala, Consuelo, marcan
el tránsito de la sensibilidad romántica a la naturalista. La
crítica literaria sigue el mismo camino con Pompeyo Gener y Manuel
de la Revilla.
El krausismo se disuelve doctrinalmente ante el positivismo emergente. Ya en 1875, Canalejas levanta acta de esta descomposición:
La llegada a España, en 1868, del diputado napolitano Giuseppe Fanelli, discípulo de Bakunin, como enviado de la Asociación Internacional de Trabajadores supuso una revitalización y un impulso del asociacionismo obrero todavía incipiente. Al tiempo que Fanelli hacia su entrada en el país, Bakunin creaba en Ginebra la Alianza Internacional por la Democracia Socialista, cuyo ingreso en la A.I.T. fue denegado. Fanelli, ignorante de la situación, repartió estatutos y programas tanto de la Internacional como de la Alianza y constituyó grupos de una y otra.
Por entonces se produce la confrontación entre bakuninistas
y marxistas. En España es la Alianza de Bakunin la que obtiene un
claro predominio entre los dirigentes obreros. Para contrapesar esta influencia,
en diciembre de 1872, Paul Lafargue, yerno de Marx, que se encontraba refugiado
en España desde agosto, es encargado por Engels de la difusión
del marxismo.
Será la presencia en España de Lafargue la que resulte decisiva para la introducción del pensamiento marxista, como había sido la de Fanelli para el de Bakunin. Lafargue hizo enviar desde Londres algunos textos de su suegro y es posible que él mismo tradujera al castellano el Manifiesto comunista.
El marxismo arraiga antes como movimiento social que como corriente intelectual pero poco a poco se va extendiendo. En 1874, José Mesa debió exilarse, primero en París y finalmente en Londres, donde colaboró con Marx y Engels. Mesa traduciría al castellano el Manifiesto comunista y Miseria de la filosofía . En 1879 se produce la fundación del Partido Democrático Socialista Obrero Español, contemporáneamente a la del Partido Obrero Francés, cuyo programa fue traducido y adaptado por Pablo Iglesias.
En 1886, Atienza traduce el texto Socialismo utópico y socialismo científico y luego el controvertido texto de Gabriel Deville: el Resumen del Capital de Carlos Marx, acompañado de un estudio sobre el socialismo científico; también traduciría el texto de Guesde, La ley de los salarios. Es más bien la versión de Lafargue y de Jules Guesde de las ideas de Marx vulgarizadas, simplificadas y esquematizadas, que la propia obra de Marx lo que se va a introducir en España y esta circunstancia otorga al socialismo español de la época las peculiaridades que lo distinguen del de otros países europeos.
En 1894 se publica El origen de la familia, de la
propiedad privada y del Estado, de Federico Engels, y hasta 1903 no
se llegaría a publicar el primer tomo de El Capital,
si bien, en 1898, se había editado una parte del mismo. Treinta y
seis años, pues, tardó en llegar la obra cumbre de Carlos Marx.
Desde su misma fundación se había iniciado en el seno del Partido Democrático Socialista Obrero Español un debate acerca de si era posible la alianza con los elementos progresistas de la burguesía, agrupados en los partidos republicanos.
Mientras Pablo Iglesias
encabeza la facción del partido que considera que las relaciones
entre las clases obrera y burguesa no pueden ser sino de lucha y que el reformismo
de los republicanos no pretende sino utilizar a los obreros sino en su propio
beneficio, Jaime Vera mantenía el criterio de que era preciso colaborar
con los elementos burgueses progresistas en las primeras etapas del proceso
revolucionario. Una de las ideas fundamentales que Vera aportó al
socialismo español fue la importancia que dio a que los intelectuales
se incorporasen a las alternativas de los trabajadores.
Al adherirse el P.S.O.E. al revisionismo de la II Internacional se produce un cambio de estrategia, al considerarse que la ocupación progresiva de los aparatos de Estado es el medio más idóneo para llegar al poder. Se da entonces una importancia decisiva a la preparación educativa de los trabajadores antes de la toma del poder y se confía en que un buen sistema de instrucción sea capaz de superar las desigualdades culturales.
Debido a este doble acercamiento: la conjunción política
con los republicanos y la valoración del papel de los intelectuales,
ingresarán en el Partido Socialista Obrero Español muchos profesores
procedentes de la Institución Libre de Enseñanza, como
Julián Besteiro
y Rodolfo Llopis
, que tendrían una importante participación en la elaboración
del programa pedagógico aprobado en el Congreso del P.S.O.E. de 1918,
en el que por primera vez un partido obrero se plantea una reforma global
del aparato escolar.