| El euro, la moneda del siglo XXI , será muy pronto la moneda
de uso común en España y en el resto de la Unión Europea.
Un medio económico y financiero lleno de ventajas que nos hará
sentir más fuertes y más europeos que nunca, porque nos facilitará
los contactos, comunicaciones e intercambios con Europa.
Con el euro se abren para todos nuevas oportunidades. En este año
1999, el mundo financiero y empresarial ha comenzado a operar con euros.
Y nosotros, los ciudadanos de a pie, seguiremos utilizando nuestras monedas
nacionales en la vida diaria hasta el año 2002, fecha en la que
el euro nos abrirá definitivamente todas las puertas de una nueva
Europa, aún más próspera y competitiva. Porque el
euro es el valor de la unión. |
 |
|
| Por otra parte, el presupuesto anual de la Unión
Europea nunca ha sido sencillo de negociar. Más difícil todavía
es lo que ahora se discute en Bruselas, la financiación y los gastos
de los siete años próximos, del 2000 al 2006. Se trata de
una decisión con la que tienen que estar de acuerdo todos los gobiernos
nacionales. En el caso de que se modifique el sistema de ingresos, también
deben prestar su consentimiento los quince parlamentos nacionales. Cuesta
encontrar una solución a gusto de todos, por la disparidad de situaciones
e intereses entre los socios europeos. Además, las opiniones públicas
siguen cada vez con mayor interés cómo se gasta sus dineros
la Unión y esto hace que los negociadores sean aún más
cautelosos.
Una de las novedades de esta negociación es que un buen número
de Estados miembros quiere reducir el gasto comunitario en los próximos
años. Estos países mantienen que en la Unión debe
existir la misma disciplina presupuestaria que en los Estados miembros,
donde se han hecho grandes esfuerzos de austeridad y rigor en el gasto
para llegar a la moneda única. Los gobiernos europeos deben seguir
haciendo esfuerzos de convergencia y lograr una mayor reducción
del déficit público,y no pueden aumentar sus contribuciones
a la Unión.
Dicha tesis tiene su parte de verdad, pero contradice el deseo generalizado
de ampliar la Unión Europea, para lo que parece necesario aumentar
el presupuesto europeo actual, de tamaño modesto: no llega al 1,27
% del PIB de la Unión. Nuestros vecinos del Este contemplan con
preocupación cómo uno de los preparativos de la Unión
para recibirles pueda ser limitar el dinero con el que se financian políticas
comunitarias básicas y que debería servirles para elevar
sus bajos niveles de renta.
Por otra parte, con frecuencia se olvida en este debate que las instituciones
europeas actúan sobre todo como agencias reguladoras, especializadas
en dictar normas sobre numerosas cuestiones económicas y sociales.
La predicción de Delors, según la cual la legislación
europea afectaría a más del 80% de las normas nacionales,
está hoy cerca de cumplirse. A cambio, los programas de gasto europeos
no son comparables con los nacionales. Apenas existe en el plano comunitario
una política fiscal y de solidaridad. La Unión regula y desregula,
pero quienes financian o se ven afectados por las consecuencias de estas
acciones son los Estados y las sociedades civiles correpondientes.
En el centro de la discusión sobre el presupuesto europeo, también
está el deseo de algunos países de mejorar su saldo neto.
Los llamados contribuyentes netos- Alemania, Holanda, Austria y Suecia-
reclaman pagar menos y que otros igual de prósperos paguen más
o que los menos desarrollados reciban menos. Es evidente que, por motivos
de justicia, lo apropiado es que sean los países más ricos
quienes contribuyan más.
Pero, aunque al final no se ponga en cuestión uno de los objetivos
principales del Tratado, la cohesión económica y social,
es decir, la reducción de las disparidades de renta entre las regiones
europeas, hay un problema de fondo en el discurso sobre saldos netos. No
basta con fijarse en lo que un Estado recibe de la Política Agrícola
Común o de los fondos estructurales para determinar si obtiene de
Bruselas más de lo que aporta.
Las economías de los Quince están tan relacionadas entre
sí que, de poder hacerse el cálculo, sería a partir
de un modelo mucho más complejo. Habría que incluir otras
muchas variables, como los beneficios de las empresas en cada Estado miembro
al operar en todo el mercado interior.
En cualquier caso la integración económica europea ha
tenido éxito hasta ahora al estar inspirada en el ideal de la prosperidad
compartida, que lleva a tomar en cuenta el largo plazo y, por lo tanto,
a tratar de que ningún Estado gane a costa de otro cuando Bruselas
regula o gasta.
Próximamente, la negociación se intensificará y
es de esperar que se llegue a un principio de acuerdo. Para ello, la postura
alemana será crucial, tanto por ejercer la Presidencia de la Unión
como por ser el principal contribuyente al presupuesto europeo.
Schröder prometió en la campaña electoral que Alemania
pagaría menos a Bruselas. Fue una reacción a la presión
nacionalista del centro-derecha y a la situación interna poco sostenible
de subsidios masivos y continuados a los territorios de la antigua Alemania
del Este.
El problema del canciller ahora es lograr esta reducción de la
factura alemana sin dañar su liderazgo europeo, todavía de
contornos poco precisos. Una vez que se cierre el debate, convendría
revisar las reglas de negociación de estas cuestiones financieras
y sustituirlas por un procedimiento menos arcaico e intergubernamental,
que tome en cuenta los intereses generales europeos y no esté sujeto
a la miopía nacionalista. En el futuro, será preciso reforzar
un presupuesto reducido que hoy, sin embargo, financia a una Unión
cada vez con más miembros y a unas instituciones capaces de decidir
sobre innumerables cuestiones domésticas.
En definitiva, las economías de los quince países de la
UE están tan relacionadas entre sí que hacer un cálculo
de cuánto gana o pierde un país es un asunto bastante más
complejo que ver lo que recibe por los fondos de cohesión. |